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Joaquín era un niño de diez años, de pelo rubio, delgado y muy simpático; tenía buen corazón y ayudaba a todos en lo que podía. Pero lo que más llenaba su vida era el amor por los animales.
Todos los días después del colegio, Joaquín, después de almorzar y de hacer los trabajos del colegio acompañaba a su padre a la bodega que tenía. Joaquín le ayudaba en lo que podía: Ponía los tapones y las etiquetas en las botellas, formaba las cajas y los estuches para meter las botellas, etc.
Un día Joaquín vio un ratoncito en una de las naves de la bodega y se quedó mirándolo escondido para que no lo viera, pero cuando el ratoncito lo descubrió, salió corriendo hacia el agujero que era su escondite.
Joaquín fue a ver dónde se había escondido el ratoncito y descubrió que había muchas huellas de ratoncitos; pensó que tantas huellas no podían ser de un solo ratoncito, por lo que se quedó escondido esperando para ver si salía alguno más.

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Después de esperar mucho tiempo, al final no salió ninguno y pensó: Si les pongo queso, ¿saldrán a comer los ratoncitos?
Al día siguiente se llevo un trozo de queso y lo partió en pedacitos que lo repartió por los alrededores de la cueva donde se escondió el ratoncito. El olor del queso atrajo a uno cuantos ratoncitos y se lo comieron todo mientras Joaquín los miraba, sin esconderse mucho, para que los ratoncitos pudieran verle y no sintieran miedo de él.
Joaquín siguió echándole queso a los ratoncitos todos los días y como los ratoncitos lo veían y no los asustaba, se comían el queso tranquilamente y empezaron a hacerse amigos de Joaquín.
Desde entonces Joaquín iba todos los días a ver los ratoncitos.
Uno de los días descubrió que se había colado un gato en la bodega y que podía ser un peligro para sus amigos los ratoncitos. No quería hacerle daño al gato, pero tampoco podía dejarlo en la bodega. Se lo contó a su padre y éste le preparó una gatera en la que cayó el gato. Joaquín lo cogió y se lo dio a un amigo que se lo llevó a su casa, así no habría peligro para los ratoncitos.
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Un día que Joaquín llevaba su flauta empezó a tocarla y los ratoncitos, al oírla, empezaron a salir de su cueva y se quedaban escuchando la canción que Joaquín estaba tocando. Pero de pronto empezaron a correr y saltar como si estuvieran bailando, como si les gustara aquella música.
Cuando Joaquín vio a los ratoncitos bailar decidió llevarse la flauta todos los días para tocarles una canción y que bailaran.
Como todos los días les daba de comer y tocaba la flauta. Los ratoncitos tomaron mucha confianza, tanto que se le subían encima y parecía como si jugaran con él.
Joaquín le dijo a su padre que quería hacerle un corralito a los ratoncitos y el padre le dio permiso para que lo hiciera. Cogió ladrillos y los fue poniendo alrededor de la cueva, haciendo una tapia. Puso dentro del corralito unos platitos donde les echaba el agua y el queso y dejo cerquita la gatera por si viniera algún gato.
Los ratoncitos parecían que se daban cuenta de lo que estaba haciendo Joaquín y saltaban y jugaban con él como dándole las gracias por darles de comer y por protegerlos.

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