"Joaquín y los Ratoncitos "  por Pablo Sauci Camacho

   Joaquín era un niño de diez años, de pelo rubio, delgado y muy simpático; tenía  buen corazón y ayudaba a todos en lo que podía. Pero lo que más llenaba su vida era el amor por los animales.

    Todos los días después del colegio, Joaquín, después de almorzar y de hacer los trabajos del colegio acompañaba a su padre a la bodega que tenía. Joaquín le ayudaba en lo que podía: Ponía los tapones y las etiquetas en las botellas, formaba las cajas y los estuches para meter las botellas, etc.

    Un día Joaquín vio un ratoncito en una de las naves de la bodega y se quedó mirándolo escondido para que no lo viera, pero cuando el ratoncito lo descubrió, salió  corriendo hacia el agujero que era su escondite.

    Joaquín fue a ver dónde se había escondido el ratoncito y descubrió que había muchas huellas de ratoncitos; pensó que tantas huellas no podían ser de un solo ratoncito, por lo que se quedó escondido esperando para ver si salía alguno más.


 

   

  

 

   Después de esperar mucho tiempo, al final no salió ninguno y pensó: Si les pongo queso, ¿saldrán a comer los ratoncitos?

   Al día siguiente se llevo un trozo de queso y lo partió en pedacitos que lo repartió por los alrededores de la cueva donde se escondió el ratoncito. El olor del queso atrajo a uno cuantos  ratoncitos y se lo comieron todo mientras Joaquín los miraba, sin esconderse mucho, para que los ratoncitos pudieran verle y no sintieran miedo de él.

    Joaquín siguió echándole queso a los ratoncitos todos los días y como los ratoncitos lo veían y no los asustaba, se comían el queso tranquilamente y empezaron a hacerse amigos de Joaquín.
Desde entonces Joaquín iba todos los días a ver los ratoncitos.

    Uno de los días descubrió que se había colado un gato en la bodega y que podía ser un peligro para sus amigos los ratoncitos. No quería hacerle daño al gato, pero tampoco podía dejarlo en la bodega. Se lo contó a su padre y éste le preparó una gatera en la que cayó el gato. Joaquín lo cogió y se lo dio a un amigo que se lo llevó a su casa, así no habría peligro para los ratoncitos.

   Un día que Joaquín llevaba su flauta empezó a tocarla y los ratoncitos, al oírla, empezaron a salir de su cueva y se quedaban escuchando la canción que Joaquín estaba tocando. Pero de pronto empezaron a correr y saltar como si estuvieran bailando, como si les gustara aquella música.

    Cuando Joaquín vio a los ratoncitos bailar decidió llevarse la flauta todos los días para tocarles una canción y que bailaran.

    Como todos los días les daba de comer y tocaba la flauta. Los ratoncitos tomaron mucha confianza, tanto que se le subían encima y parecía como si jugaran con él.

    Joaquín le dijo a su padre que quería hacerle un corralito a los ratoncitos y el padre le dio permiso para que lo hiciera. Cogió ladrillos y los fue poniendo alrededor de la cueva, haciendo una tapia. Puso dentro del corralito unos platitos donde les echaba el agua y el queso y dejo cerquita la gatera por si viniera algún gato.

    Los ratoncitos parecían que se daban cuenta de lo que estaba haciendo Joaquín y saltaban y jugaban con él como dándole las gracias por darles de comer y por protegerlos.