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Sólo indirectamente podemos investigar acerca de las creencias de esta época. Basándonos en los restos materiales y en el estudio de los pueblos que han mantenido esa forma de vida hasta el siglo XXI, pensamos que el ser humano trataba de interpretar la naturaleza proyectando su propia personalidad sobre ella, dotando de vida y voluntad a plantas y animales, a las nubes y al mar, a la propia tierra. Es lo que se denomina animismo.
Fenómenos naturales, como la increíble peña rocosa que domina la vega de Antequera debieron despertar en su imaginación la conciencia de encontrarse en un lugar mágico. Incluso hoy, este extraño cerro conserva su leyenda. |
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| La Peña de los enamorados semeja la cabeza de un gigante dormido y transformado en montaña. |
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Nos encontramos en una época en la que las técnicas agrícolas y ganaderas son aún rudimentarias. La productividad debía ser muy baja y cualquier contratiempo medioambiental podía arrebatarles cosechas y ganado.
Los ritos dirigidos a favorecer la fecundidad de tierra, los animales y del propio hombre, aparecidos mucho antes, estaban plenamente vigentes en esta época.
Los dólmenes nos hablan también del culto a los muertos, que probablemente tenía que ver con su intervención benéfica sobre los vivos y con el desarrollo de las señas de identidad del grupo, de pertenencia a un clan en el que el individuo encontraba apoyo y protección.
La orientación de estas construcciones hacia el sol naciente y el depósito de ajuares junto a los cuerpos, son también significativos. |
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| El túmulo del Romeral, parcialmente visible en la fotografía, se orienta de espaldas a la peña, aunque ambos destacan en el llano paisaje. |
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