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Al
contemplar la llanura, llaman nuestra atención un par de colinas
muy alargadas, aunque de pocos metros de altura.
Actualmente se encuentran rodeadas y en buena parte cubiertas de cipreses,
olivos y otros árboles, que las hacen destacar nítidamente
en su entorno, pero debemos imaginarlas desnudas, rodeadas de círculos
de piedras coloreadas, zanjas y empalizadas. Ese aspecto debieron presentar
hace cuatro mil años, cuando eran las catedrales de la Edad del
Bronce.
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El
primero de los túmulos, casi engullido por el casco urbano,
se encuentra en las mismas puertas de la ciudad de Antequera y
está formado, en realidad, por dos colinas artificiales,
que cubren los dólmenes de Menga y Viera.
La transformación humana del entorno hace menos notoria
su presencia, a pesar de que el visitante que se acerca a la ciudad
lo distingue nítidamente sobre un cerro natural cubierto de arbolado. |
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El segundo, situado a 3 km. de distancia, se eleva en un terreno
completamente llano, sobre el que se recorta su silueta, en forma
de óvalo muy alargado.
Rodeado también por un círculo de cipreses que dibujan
su contorno, cubre el asombroso dolmen del Romeral, en magnífico
estado de conservación.
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