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MERLÍN EL MAGO |
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Fragmento 19 Sin
embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya
que quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en
el río. Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con
otros peces tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa
en la cual había estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar
pescado. "Este ejemplar parece apropiado para los invitados de esta
noche.", dijo la mujer contemplando el pescado expuesto encima de un
mostrador. El pez acabó en la cocina y, cuando la cocinera la abrió para
limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos. "¡Pero
si es uno de los soldaditos de...!", gritó, y fue en busca del niño para
contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le
faltaba una pierna. "¡Sí, es el mío!", exclamó jubiloso el niño al
reconocer al soldadito mutilado que había perdido. "¡Quién sabe cómo llegó
hasta la barriga de este pez! ¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado
desde que cayó de la ventana!" Y lo colocó en la repisa de la chimenea
donde su hermanita había colocado a la bailarina. Un milagro había reunido
de nuevo a los dos enamorados. Felices de estar otra vez juntos, durante
la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación. Pero el
destino les reservaba otra malévola sorpresa: un vendaval levantó la
cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer en el
hogar. El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía
que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se
sentía impotente para salvarla. ¡Qué gran enemigo es el fuego que puede
fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su
única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos
esfuerzos, por fin también cayó al fuego. Unidos esta vez por la
desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan cerca que el plomo
de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a fundirse. El plomo
de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió
sorprendentemente la forma de corazón. A punto estaban sus cuerpecitos de
fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos
estatuillas entre las llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde
entonces, el soldadito y la bailarina estuvieron siempre juntos, tal y
como el destino los había unido: sobre una sola peana en forma de corazón.
Fragmento 20 - A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita. - No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta. Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles. Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo. El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta. La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada. - Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! - Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela. - Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! - Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo. - Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! - Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita. Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y Fragmento 21 Hace muchos años, cuando Inglaterra no era más que un puñado de reinos que batallaban entre sí, vino al mundo Arturo, hijo del rey Uther. La madre del niño murió al poco de nacer éste, y el padre se lo entregó al mago Merlín con el fin de que lo educara. El mago Merlín decidió llevar al pequeño al castillo de un noble, quien, además, tenía un hijo de corta edad llamado Kay. Para garantizar la seguridad del príncipe Arturo, Merlín no descubrió sus orígenes. Cada día Merlín explicaba al pequeño Arturo todas las ciencias conocidas y, como era mago, incluso le enseñaba algunas cosas de las ciencias del futuro y ciertas fórmulas mágicas. Los años fueron pasando y el rey Uther murió sin que nadie le conociera descendencia. Los nobles acudieron a Merlín para encontrar al monarca sucesor. Merlín hizo aparecer sobre una roca una espada firmemente clavada a un yunque de hierro, con una leyenda que decía:
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