El
Diario del exilio de Zenobia Camprubí vale porque es autobiografía, es biografía de Juan Ramón, es
diario de viaje y es el diario de una exiliada de la Guerra Civil
Española. A su voz de exiliada nos vamos a referir en este ensayo.
En la literatura hispana apenas hay diarios escritos por
mujeres. El diario de Zenobia es una lucha con ella misma en la que logra
mantener un equilibrio entre las experiencias de su vida exterior y su
vida interior.
Zenobia empezó a llevar un diario de muchacha, viviendo en Nueva York, en la tradición puritana impuesta por su madre para adquirir
conciencia de sus responsabilidades. Asumió de nuevo la escritura de un diario al
casarse con Juan Ramón en 1916, también en Nueva York y lo mantuvo hasta el
regreso a España.
Estos textos carecen casi de ideología y
son mayormente relatos de sus muchas actividades sociales en los Estados Unidos y de los
trabajos pesados, por razones económicas, al instalar su primer piso en Madrid. El
diario del exilio es de otra índole, en él Zenobia se enfrenta con su destino, el
de su marido, y el de toda una nación, España, y en él se revela la mujer entera,
que es en parte una mujer de letras.
A la edad de catorce años, Zenobia Camprubí empezó a publicar en inglés, en la conocida revista de niños St. Nicholas ¡llustrated Magazine for
Boys and Girls, de Nueva York, que premiaba los mejores trabajos escritos y
los
publicaba en una sección especial.
De los catorce a los dieciséis años, le
publicaron a Zenobia cuatro cuentos breves.
De los veintiuno a los veintitrés, dos
crónicas y un estudio crítico sobre la pintura de Sorolla también vieron la luz en
prestigiosas revistas estadounidenses.
La traducción de la obra de Tagore
del inglés al español fue hecha por Zenobia, existen suficientes pruebas en los
archivos juanramonianos que indican que Juan Ramón «revivió» las
traducciones de Zenobia y las hizo poesía suya. Su habilidad como traductora se puede
apreciar en los manuscritos de los archivos juanramonianos, las correcciones
del poeta van escaseando según adelantan las traducciones. Como ha dicho
Willis Bamstone, conocido traductor al inglés de grandes autores
hispanoamericanos contemporáneos, un traductor de poesía puede ser un modesto poeta o puede no ser
poeta sino en la traducción, pero como el poeta, el traductor se
ejercita en su arte con el tiempo.
Zenobia escribió en Cuba en inglés el diario que abarca desde la Guerra Civil, entre los años 1937 a 1939 y que nosotros
hemos traducido. Cuando los Jiménez llegaron a La Habana a fines de noviembre de
1936, la isla con un alto componente de inmigrantes españoles vivía pendiente
del conflicto armado de España. La Habana era puerto de llegada o de paso de los exiliados de la Guerra Civil,
intelectuales muchos de ellos, que daban conferencias y se declaraban a favor
de la causa republicana.
Algunos que pasan por La Habana son vistos por Zenobia según su actuación interesada o desinteresada, su
egoísmo o generosidad para con los otros exiliados, según lo que dicen o no dicen de
la Guerra Civil o de España. El comentario sobre la llegada de Fernando de los Ríos a La
Habana, es buen índice de la opinión de Zenobia hacia algunos exiliados y
del momento de solaz en el medio de su angustia que un gran hombre podía
proporcionarle a ella y a Juan Ramón:
Pensé ir al Stadium a oír el discurso de Femando de los Ríos,
pero debido a nuestra carencia de fondos decidí oírlo por radio. J. R. y yo
estábamos sobrecogidos, porque fue un verdadero discurso sobre nuestra España, no sobre esas
lunáticas Españas modernas que nos sirven con salsa antiespañola y que
nuestro paladar rechaza vivamente. J. R. hasta se llevó el pañuelo a los ojos.
Corrimos al hotel a abrazarlo... Fernando de los Ríos estaba de un gran humor y él y
J. R. evocaron a Don Francisco Giner en particular, después a D. Gumersindo
Azcárate, Cossío, Rubio... Cuando le hablaron a F. de los R. de la colección de
canciones populares de Lorca que cantaba La Argentinita tarareó con oído musical
exacto «Anda jaleo jaleo» y nos dio la letra de muchas canciones populares. Contó
hasta más no poder cuentos de la gente del campo, y J. R. afectado y estimulado por
una igual corriente le provocaba a cada momento. Fue una noche animadísima (18/XII/38).
De estos momentos hay muy pocos en el diario de los años de la
Guerra Civil.
Decía Zenobia en julio 8 de 1937, que tenía el alma en vilo
esperando las noticias de España, éstas les llegaban por cartas, por radio,
por el periódico, por los inmigrantes, los refugiados o los oficiales del gobierno
republicano destinados a Cuba. Zenobia iba a ver los noticieros cinematográficos y a
través de todas estas fuentes ella y Juan Ramón vivían las angustias de la
tragedia española: el bombardeo alemán de Almería, la caída de Santander, el
bombardeo de Madrid de 1937, el bombardeo de la zona residencial de Barcelona. Los
bombardeos aéreos afectaban horriblemente a Juan Ramón y las noticias
llenaban de pavor a Zenobia, hasta decidir que no quería volver a España.
Cualquier buena nueva era una fiesta. Al saber, el 18 de noviembre de 1938 que
el vapor Erica Reed, portador de ayuda y alimentos para España, pudiendo haber
sido hundido, llegó sin accidente, Zenobia, que tenía un gran dominio de sus
emociones, deja oír su voz gozosa en el Diario:
El Erica Reed llegó sin accidente ¡Gracias a Dios! Dos barcos
insurgentes lo pudieron haber hundido y no lo hicieron, ¡gracias a Dios!
Gracias a Dios porque llegó el alimento y gracias a Dios porque parece que un
sentimiento de piedad, además del temor de enfurecer a la opinión pública americana
tuvieron algo que ver con que escapara.
Expresiones de gozo como éstas no abundan en el diario de la
Guerra Civil; al contrario, la tristeza por lo que pasa en España muy a menudo
irrumpe en el autodiálogo. El 23 de mayo de 1938 Zenobia fue a ver la película Amapola del camino en la que se utilizaba, sin permiso, el poema de ese
título de Juan Ramón.
Tenían la esperanza de poder alegar y así sacar una
pequeña suma que reparara en algo su menguado capital; pero, como otras veces, el
drama de la Guerra Civil, no la necesidad propia, pasa a primera plana como
puede verse por las frases con que termina la escritura de ese día:
Por la tarde fui a ver Amapola del camino y verifiqué que
no sólo copiaron el título de J. R., sino que la canción-tema es suya y el
estribillo del coro final es una repetición de la misma... Pero lo que me llamó la atención y me
dolió en el alma fue una escena del noticiero: los refugiados españoles cruzando
la frontera y no eran las mujeres y los niños los más trágicos ni los milicianos
atiborrándose alegremente después de haber pasado hambre, sino la figura de un hombre,
probablemente un sargento o un oficial que en absoluta desesperación pasó
frente a la cámara, sin darse cuenta de ello. Desesperado por lo que había
dejado detrás, pero más por lo que le esperaba. ¡Si hubiera podido estar allí para
ayudarlo!
Zenobia interpreta el sentimiento ajeno poniéndose en el lugar
del miliciano; pero ya ella y su marido habían sentido en la propia carne la
mayor de las tragedias de la Guerra Civil, la muerte en el frente de un ser
querido.
El 23 de marzo de 1938 se enteraron por carta de Eustaquio, el
hermano de Juan Ramón, que su hijo, Juan Ramón Jiménez Bayo, sobrino-ahijado del poeta, había sido herido. Juan Ramón y Zenobia le tenían un amor
entrañable desde niño; huérfano de madre, le costeaban parte de sus estudios y lo
habían tenido con ellos en Madrid. La zozobra, sin tener más noticias hasta el 13
de abril, es patente en las páginas que median del diario. Juanito, como lo llamaban,
había muerto en el frente de Teruel el 15 de febrero de 1938,
atravesado por los cascotes de un proyectil enemigo. Tenía veintidós años. Los sueños y la
fantasía no tienen lugar en el diario de Zenobia, sin embargo, pasando una
mala noche en la incómoda litera de un tren cubano casi se quedó dormida cuando
le pareció que tenía el hombro lleno de sangre y dolorido y en la mente
confusa, aunque despierta, no sabía si era ella o Juanito. «Por la mañana —dice—, tenía los
ojos inyectados, pero fue un gran alivio el llorar sin que nadie me viera ni me
oyera» (14/IV/38). En el viaje a una vieja ciudad colonial, que Zenobia
emprendiera a raíz de las noticias de la muerte del sobrino, en contacto con
la naturaleza encontró consuelo, sabiéndolo en una región de paz eterna.
No busquemos en este diario de la Guerra Civil hondas
reflexiones sobre la tragedia española; pero la presencia de España es constante. En
medio de la relación de las actividades diarias aparecen como breves destellos los
sentimientos de exiliada de la autora. En la playa se pregunta si habrá
lugares plácidos en España donde bañarse en el mar y al pasar una tarde mirando
extasiada fotografías de España dice: «Había tantos álamos en las fotos que quise
llorar». La procesión de Pascua le hace pensar qué resurrección tiene el futuro para
España, una visita a los Claustros de Nueva York le recuerda a los de
Guadalupe y le hacen sentir, misteriosamente, que no seguirá la guerra. El día que
María Muñoz de Quevedo, una pianista que fue discípula de Falla y dirigía el
Conservatorio Bach y la Coral de La Habana, dio una charla sobre el cante
jondo ilustrada con discos, escribe Zenobia: «Es imposible decir en palabras cómo
nos afectaron esas canciones, nunca la tuve tanta pena por J. R. Con mucho
cuidado pretendía secarse el sudor de la cara y me di cuenta de su profundo dolor
al ser transportado a Andalucía, ahora tan desesperadamente inalcanzable» (18/V/37).
Pero Zenobia no cuestiona su decisión de salir de España. El 19 de octubre de
1937, reflexionando sobre el estado de Juan Ramón se dice: «J. R. está tan afectado mentalmente con la situación de España que me tiene muy
preocupada. Anoche, creyendo que yo dormía se puso a hablarle a España como un
triste enamorado. Una de estas noches me voy a incorporar y a contestarle. Si nos
hubiéramos quedado en España se hubiera vuelto loco en tres meses».
Escuchando la voz de Zenobia la exiliada de la Guerra Civil,
captamos un aspecto de su vida interna que no aparece en los datos de su
biografía externa: su callada aspiración a la maternidad. Zenobia recoge dinero
para enviar alimentos, ropa y equipo a España, se ocupa sobre todo de su leal sirvienta
Luisa Andrés, que vela por la casa que dejaron puesta en Madrid y del
fiel amigo Juan Guerrero, haciendo esfuerzos por sacarlo de España a él y a su
familia (28/VI/38), hallando la manera de mandarle alimentos a través de
la Cámara de Comercio de España en París, o le manda una medicina por
mediación del profesor inglés J. B. Trend, que ha pasado por La Habana, o le manda una
remesa cuando el bombardeo de Alicante aunque se quedan sin un centavo;
pero su preocupación más constante, que surge a través de breves
comentarios por todo el diario es por los niños de España.
A poco de llegar a Cuba, Zenobia averigua de los representantes
del gobierno español cuál es la mejor manera de utilizar los fondos de
estudiantes para los niños (21/IV/37). Cuando se entera que el vapor Méxique lleno de
niños
refugiados anclará en La Habana camino de México hace todas las diligencias
y preparativos para comprarles juguetes, subir a bordo con Juan Ramón y pasar
un rato con ellos, cuidándose de que ninguno de los juguetes pueda traerles
memoria de la guerra. A los tres meses de estar en Cuba, quiere ir a Francia a
cuidar a los niños refugiados. En 1938 quiere hacerse enfermera práctica para ser
útil a los niños en Madrid (18/11/38). Busca la manera de enviar ayuda a Luis
Montagut, de la Consejería Municipal de Castellar del Valles, que se ha encargado de los
niños abandonados a quienes ellos dieron albergue antes de salir de España. Les
escribe, pide noticias de ellos, envía libros para los niños españoles de
Francia, se cuida de firmarlos para que no Vayan a negociar con ellos. En un breve
viaje para visitar a su familia en los Estados Unidos, hace encargos para los niños
españoles y todavía el 22 de enero de 1939, visitando una escuela de niños en una de
las provincias de la Isla de Cuba, les dice «tan sencilla y directamente como
le fue posible, cómo era la guerra y les rogó trabajar por la paz desde la
niñez, atacando la guerra desde sus principios, que era la mala voluntad». La ideología del diario de Zenobia durante la Guerra Civil es la
de una española republicana a quien no le ciega la pasión, que se declara contra
los extremos de cualquier bando, que sin estar de acuerdo con el clero,
condena la campaña anticlerical en España, que le teme a la intolerancia de los
viejos sistemas políticos y aún más, a que los nuevos sistemas perpetúen el
abuso.
Cuando termina la guerra en 1939, Zenobia y Juan Ramón se han
trasladado a Miami, que tenía poca población española en aquella época. Las
noticias de la guerra escasean, sólo se habla de la agresión a Checoslovaquia;
han perdido el rastro de Juan Guerrero cuya correspondencia, con la de Luisa
Andrés, era uno de los vínculos más estrechos que los unía a la guerra en
España. Una horrible tarjeta postal de Guerrero, recibida el 17 de mayo de 1939 y
llena de elogios para los vencedores y una carta de Luisa del 24 del mismo mes cuyos
silencios son más elocuentes que lo que dicen, les hace darse cuenta del
peligro que conlleva la victoria. También el silencio de Zenobia en su diario al
terminarse la Guerra Civil es más elocuente que lo que pudiera haber dicho. La parte más significativa y conmovedora del diario en cuanto al
final de la Guerra es la del 27 de febrero de 1939. Juan Ramón acababa de
dictar un llamamiento que iba a publicarse en el periódico neoyorkino La prensa, un gran diario en lengua española fundado y dirigido por el hermano de Zenobia,
José Camprubí Aymar. Quería recoger fondos para los intelectuales
españoles en los campos de concentración de Francia y acababan de recibir los
primeros dos números del periódico que les llegaba a la nueva dirección en Florida.
Al abrir uno de ellos Juan Ramón se enteró de la muerte de Antonio
Machado. Ese día, Zenobia cerró con broche de oro su diario de la Guerra Civil y
se juntaron todas sus voces, la de la mujer, la de la esposa, la de la ciudadana,
y la de un ser humano que sabe que nada hay de más valor que la propia vida. Dice
Zenobia:
... [J. R.] acababa de dictar su llamamiento para empezar a
recoger dinero para los intelectuales españoles que sufren en los campos de
concentración de Francia cuando al abrir el periódico se le hundió la cabeza de pena al
leer sobre la muerte de Antonio Machado. Trató que lo invitaran a la Universidad de
La Habana, pero los más jóvenes, Gaos en particular, que fue el primero en
beneficiarse, no querían tener nada que ver con los mayores (solamente los de su
generación) y prevaleció sobre J. R. Ahora era más grande su dolor por no haber podido
ayudarle. Quizás se hubiera salvado. Pero como dice J. R.: «Ha sido una muerte
noble, acorde a su vida —sobre todo física— esforzada y lastimosa». Me parece que a
ratos había algo de envidia en los pensamientos de J. R. en cuanto a su muerte.
Lo más probable es que J. R. estuviera muerto o completamente loco de haber
seguido su suerte, pero el día en que juntó su destino al mío, cambió ese fin.
Después de todo, yo soy, en parte, dueña de mi propia vida y J. R. no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal que valga el arrojar una
vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra, yo siempre he sido
Sancho.
El diario de Zenobia fue su
isla espiritual, una vida interior cultivada, alimentada, es un pozo de fortaleza, la
estructura interior que necesitamos para resistir las catástrofes, errores e
injusticias que nos llegan de fuera.7 En el exilio, el diario de Zenobia fue su
pozo de fortaleza para hacerle frente, ella y su marido, a la desde entonces inolvidable
tragedia de la Guerra Civil Española.