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La
Constitución de 1931 dio la mayoría de edad política a las mujeres
españolas, pero no estaría de más que nos preguntásemos, ¿cómo se llegó a
ello?
La historia
del sufragio universal femenino sigue en España unas pautas diferentes a las de
otros países europeos por las especiales condiciones de desarrollo político,
económico y social de nuestro país.
En España, la
situación es muy diferente de Europa. La sociedad es todavía profundamente agrícola, la
revolución industrial sólo ha transformado algunas áreas de Cataluña y el País
Vasco. Si a ello añadimos un país de base rural, empobrecido por la pérdida de
las colonias, tendremos como resultado una burguesía mucho menos poderosa e
innovadora que en el resto de Europa, que sólo adquirirá plena conciencia de su
poder ya iniciado el siglo XX, cuando entre en conflicto con otra nueva clase
emergente: el proletariado.
Con la irrupción de la
burguesía y la nueva clase obrera, la mujer va a emprender una lenta integración
en el mundo laboral urbano (en el rural ya existía como campesina), que por la
base se da en las nuevas fábricas textiles y por la cima en las nuevas
profesiones de servicios auxiliares. El mayor problema es la falta de una
formación apropiada, de ahí los esfuerzos en pro de una educación igualitaria
por parte de nuestras primeras feministas.
A imitación del resto
de Europa, al final de la Gran Guerra en nuestro país nace una preocupación
minoritaria por el papel de la mujer y hacia 1920 surgen agrupaciones, como la
"Asociación Nacional de Mujeres Españolas". En general son asociaciones con
fines educativos y de promoción social, más que sufragistas. Les preocupa el
acceso de la mujer a la educación, obteniendo estudios y puestos de trabajo
mejor remunerados de los que podía acceder hasta entonces, relegados básicamente
al servicio doméstico y la agricultura. El acceso al ejercicio del magisterio,
la entrada en la Universidad, el desempeño de nuevas profesiones "femeninas",
como enfermeras, modistas, peluqueras, etc, van abriendo lentamente la puerta a
un nuevo modelo de mujer que se desmarca de su papel tradicional familiar.
Dentro de este
movimiento hay que citar la aparición en 1926 del "Lyceum Club" de Madrid, a
imitación de los ya existentes en otros países europeos. Aquí se integra la
avanzadilla más calificada del feminismo español: María de Maeztu, Victoria Kent,
Zenobia Camprubí... Pretenden conseguir la reforma del Código Civil en aquellas
leyes que otorgan a la mujer un trato distinto y discriminatorio respecto al del
hombre en las mismas circunstancias, lo que las lleva a ponerse del lado de los
nuevos partidos progresistas y liberales. Su actitud da pie a numerosas críticas
irónicas de una sociedad machista que, sin embargo, empieza a respetarlas en
razón de su trabajo serio y de su ejemplo moral y competencia profesional, lo
que lentamente va dando paso a un reconocimiento generalmente aceptado en los
partidos de centro y de izquierda.
Pese a que el
movimiento feminista seguirá siendo elitista y minoritario, se van logrando
diversas parcelas y triunfos sociales. Y el derecho al voto también, aunque
justo es reconocer que no fue uno de los más reivindicados por nuestras
feministas. Un derecho obtenido "por etapas". En el año 1924, el general Miguel
Primo de Rivera otorgó el voto en las elecciones municipales a la mujer "que no
esté sujeta a la patria potestad, autoridad marital o bajo tutela superior". Las
razones de limitarlo a las solteras emancipadas y a las viudas, eran, según el
dictador, que no era conveniente conceder el voto a la mujer casada "para evitar
disputas entre los cónyuges".
El 14 de abril de 1931
queda instaurada en España la II República, que como primer objetivo se impone
proclamar una nueva Constitución que recoja el sentir de los españoles.
Curiosamente se concede a la mujer el derecho a ser elegible, pero no electora.
En los primeros comicios salen elegidas dos mujeres:
Clara
Campoamor y
Victoria Kent, figuras señeras del feminismo español.
Pero las
circunstancias persistentes del subdesarrollo social seguían pesando demasiado;
hacia 1930, el nivel cultural de la mujer española en general y su participación
en el mundo laboral, estaban muy por debajo de los niveles alcanzados en Europa;
por eso, la defensa de los derecho femeninos sólo era llevada a cabo por una
minoría perteneciente, en su mayor parte, a la burguesía acomodada e
intelectualmente preparada. Sin embargo el número de estas mujeres aumentaba
poco a poco. Las jóvenes ya podían hacer estudios superiores y el sector
servicios les ofrecía cada vez más puestos de trabajo. Sus ideales van cambiando
lentamente, cambio que la irrupción de la República va a acelerar de modo
inexorable.
En septiembre de 1933
se disuelven las Cortes, dando convocatoria a nuevas elecciones. Ganará el bloque de los partidos conservadores,
pero conviene destacar que obtienen el acta de diputadas seis mujeres: tres por
las izquierdas (Margarita Nelken, Matilde de la Torre y María Lejárraga) y tres
por las derechas (Francisca Bohigas, Mª Urraca Pastor y Pilar Careaga).
En la siguiente
convocatoria electoral saldrá victorioso el
Frente Popular, en donde se encuadran las cinco mujeres diputadas que salieron
de estos comicios: Margarita Nelken, Victoria Kent, Julia Alvarez, Matilde de la
Torre y Dolores Ibárruri.
La sublevación
nacionalista del 18 de julio de 1936, dio paso a una cruenta guerra civil de
tres años que imposibilitó el ejercicio pacífico del sufragio electoral, tanto
para los españoles como para las españolas. El final de la contienda trajo durante casi 40
años, la dictadura del general Franco.
El régimen franquista,
redujo las convocatorias electorales a los plebiscitos previamente orquestados
por el régimen, al servicio de su propia permanencia en el poder. Pero incluso
bajo la peculiar configuración de "democracia orgánica", la mujer
no fue relegada, siempre que cumpliera las restrictivas condiciones de "cabeza
de familia"; exclusión que no se extendió a la convocatoria de los referendums,
en donde las mujeres –casadas y solteras- mayores de edad, pudieron votar tan
"libremente" como los hombres.
Tras el largo
paréntesis de la dictadura, el pleno acceso de la mujer a la política como
electora y elegible no fue algo que resultara extraño en el cuerpo social
español. Así tanto en el Referéndum para la Reforma Política convocado por
Adolfo Suárez en diciembre de 1976, como en las primeras elecciones democráticas
generales de junio de 1977, con plenitud de partidos políticos libres y
reconocidos, las españolas gozarán del pleno acceso al voto, sin exclusiones de
ningún tipo. Un derecho que desde entonces ha venido ejercitando hasta hoy con
tanta naturalidad y responsabilidad, lejos de los tópicos y los fantasmas
manejados antaño, con una tendencia que resulta imposible de diferenciar
respecto a la ejercida por los hombres. El voto femenino ha sido pues, un factor
más de estabilidad y equilibrio en el proceso de la normalización política
española, desde la transición hasta nuestros días, ejercido por todas las
mujeres como un derecho más, con toda naturalidad, responsabilidad e ilusión.
Sólo nos queda confiar y desear que las generaciones futuras lo puedan seguir
ejerciendo igual.
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