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CONTRA QUIÉN
LUCHAMOS
Fragmento 1
Se cuenta lo siguiente de un viejo anacoreta o ermitaño, es
decir, una de esas personas que por amor a Dios se refugian en
la soledad del desierto, del bosque o de las montañas para
solamente dedicarse a la oración y a la penitencia.
Se quejaba muchas veces que tenía demasiado quehacer.
La gente preguntó cómo era eso de que en la soledad estuviera
con tanto trabajo.
Les contestó:
"Tengo que domar a dos halcones,
entrenar a dos águilas,
mantener quietos a dos
conejos,
vigilar una serpiente,
cargar
un asno y someter a un
león".
No vemos
ningún animal cerca de la cueva donde vives.
¿Dónde
están todos estos animales?
Entonces el
ermitaño dio una explicación que todos comprendieron.
Porque
estos animales los tienen todos los hombres, ustedes también.
Fragmento 2
La segunda
pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y
descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía
un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo
parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se
revelaba para nada pacífico.
Pero cuando
el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado
arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se
encontraba un nido. Allí, en medio del rugir del la violenta
caída de agua, estaba sentado placidamente un pajarito en su
nido...
Fragmento 3
Así fue cómo los colores estuvieron presumiendo, cada uno
convencido de que él era el mejor. Su querella se hizo más y
más ruidosa. De repente, apareció un resplandor de luz blanca
y brillante. Había relámpagos que retumbaban con estrépito. La
lluvia empezó a caer a cántaros, implacablemente. Los colores
comenzaron a acurrucarse con miedo, acercándose unos a otros
buscando protección.
La lluvia habló: “Estáis locos, colores, luchando contra
vosotros mismos, intentando cada uno dominar al resto. ¿No
sabéis que Dios os ha hecho a todos? Cada uno para un objetivo
especial, único, diferente. Él os amó a todos. Juntad vuestras
manos y venid conmigo”.
Dios quiere extenderos a través del mundo en un gran arco de
color, como recuerdo de que os ama a todos, de que podéis
vivir juntos en paz, como promesa de que está con vosotros,
como señal de esperanza para el mañana”. Y así fue como Dios
usó la lluvia para lavar el mundo. Y puso el arco iris en el
cielo para que, cuando lo veáis, os acordéis de que tenéis que
teneros en cuenta unos a otros.
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