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En tiempos de los romanos, el apreciado aceite andaluz se exportaba a Roma y a distintos lugares de su Imperio.
El aceite se transportaba en pellejos hasta los embarcaderos, donde el río era navegable, y allí se trasegaba a ánforas olearias, panzudas, casi esféricas.
Cada ánfora se identificaba con un sello del alfarero y con una inscripciones hechas a tinta, en las que se indicaba el peso, contenido y procedencia.
Como el envase no era retornable, los almacenistas rompían las ánforas vacías y arrojaban sus tiestos a un descampado cercano.
El montón de tiestos fue creciendo, entre los siglos I y III, hasta formar un monte, el Testaccio (monte de los tiestos, en italiano), en el que se calcula que habrá unos veinticinco millones de ánforas.
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Después de Roma, tanto moros como cristianos cultivaron el olivo en Andalucía. Los cristianos que conquistaron Andalucía prosiguieron también con el cultivo de sus olivares.
Según la leyenda, cuando la aceituna madura, los moros expulsados de Andalucía mandan desde África una bandada de zorzales. Cada pájaro coge tres aceitunas, dos en las patas y una en el pico, y regresan con ellas a África para entregarlas a sus amos. De ese modo, los moros van renovando las propiedades sobre sus olivos y nunca pierden el derecho a recuperarlos. |
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