Colegio Público "TAJO de las FIGURAS"
Benalup-Casas Viejas (Cádiz)

PARQUE NATURAL DE LOS ALCORNOCALES

Vista del P.N. de los Alcornocales

Vista general

SITUACIÓN:
Este/Sureste de la provincia de Cádiz y Noroeste de la provincia de Málaga.

EXTENSIÓN: 170.025 hectáreas.

FLORA Y FAUNA:
- Alcornoque (Quercus super), Quejigo o roble andaluz (Quercus canariensis), robledilla (Quercus fruticosa), Ojaranzo (Rhododendron ponticum), Helechos (40 especies).

- Corzo (Capreolus capreolus). Águila perdicera (Hieraetus fasciatos), Alimoche (Neophron percnopterus), Galápago europeo (Emys orbicularis).

ACCESOS:
Por carretera: N-340 (Algeciras-Tarifa; A-381 (Alcalá de los Gazules-Los Barrios); C-3331 (San Roque-Jimena de la Ftra.- Cortes de la Ftra.). Por ferrocarril: Línea Algeciras-Bobadilla, apeaderos hasta Cortes.

 DIRECCIONES DE INTERÉS:
- Oficinas del Parque: 956-413307
- Centros de visitantes: 956-679161, 95-2154345 y 95-2154310
- Puntos de información: 956-412404 y 956-420277.

ÁREAS DE ACAMPADA:
Charco Redondo (Los Barrios), La Sauceda (Cortes), Los Tornos (Tarifa), Tajo del Águila (Algar).

AULA DE LA NATURALEZA:
El Picacho (Alcalá de los Gazules)

ÁREAS RECREATIVAS:
El Celemín (Benalup-Casas Viejas), Benazainillas (Jimena de la Ftra.), Montera del Torero y Molinos del raudal (Los Barrios), El Picacho (Alcalá de los Gazules), Bujeo (Tarifa).

REFUGIOS DE MONTAÑA:
Picacho y Albina de la Oliva (Alcalá de los Gazules), Palancar (Los Barrios).

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Alcornoque recién descorchado (Fito Carrera)

Si los sueños de la infancia se tornasen reales serían el Parque Natural de los Alcornocales.

Éste es uno de los últimos refugios del tímido y frágil corzo, cuyos hábitos sigilosos acuñaron la leyenda de los gnomos.

El denso matorral de sus sotobosques bajo las copas de los chaparros (nombre local del alcornoque adulto) constituye el mejor hábitat de esta especie en Andalucía.

Un paisaje que cambia cada hora, cual escenario de una fábula. Así, el amanecer transforma a cualquiera de sus montes en una auténtica ópera mística.

De preludio, un hálito mágico, casi sacro, inunda el paisaje. Esa fría luz diurna anega poco a poco el bosque y resuelve en negrura húmeda los troncos de la arboleda. Mientras, algún pequeño arroyo cercano balbucea, sovoz, a la neblina mañanera.

Es la frontera del orto, cuando mueren los fantasmas que siembran de pesadillas la mente de los hombres y bostezan los diosecillos de la foresta.

Si el botánico Willdenow vivió este trance, tal vez se entienda por qué bautizó erróneamente a uno de los más bellos paladines de este tablero natural, el denominado quejigo o roble andaluz.

La historia de este despiste científico es una de las anécdotas que jalonan el blasón de Los Alcornocales: Como quejigo (del latín cecedium o agalla, debido al sistema defensivo contra insectos que dota a estos robles) figuran dos especies dentro del territorio de este Parque. Una es el quejigo a secas, llamado por la ciencia Quercus faginea, al recordar sus hojas a las del haya (fagus en latín). El otro es el quejigo andaluz, conocido botánicamente como Quercus canariensis. Este desatinado gentilicio en honor a Canarias se acuñó cuando se clasificaban muestras herborizadas durante un trabajo de campo en la provincia de Cádiz. Willedenow creyó de buena fe que tales vestigios habían sido recolectados en el archipiélago canario, donde este árbol no existe ni por asomo, y de ahí el desliz.

Si el quejigo andaluz se troncó así en canario, no es menos pasmosa aquí la presencia de otro roble, el melojo (Quercus pyrenaica), propio de las umbrías montañosas del Norte peninsular y al que los singulares microclimas húmedos de Los Alcornocales han preservado en estas latitudes meridionales.

Los más bellos quejigos de esta zona forman comunidad con otra de las maravillas que la Naturaleza ha regalado a este Parque: los Acanutos@. Esta formación es considerada como uno de los últimos bosques relictos, que se mantienen casi como en las primeras edades de la Tierra.

Arroyo del P.N. Alcornocales (Fito Carrera)

Articulado en torno al lecho de un pequeño arroyo, generalmente una garganta entre montes, el canuto tiene una flora propia del denominado bosque ripario o de ribera.

Este es el dominio del aliso, cuyas enramadas cuajadas en hojas y recamadas de lianas epífitas rechazan incluso la luz solar y crean auténticas galerías de verdor umbrío.

Los centenarios roncos del quejigal aparecen cabalgados de helechos reales, una de las cuarenta especies que pueden hallarse en Los Alcornocales, donde han llegado a detectarse también ejemplares del rarísimo Psilotum nudum.

Pero existen además otros maravillosos inquilinos en estos bosques. Ciertos charcones del Parque cobijan a los tardígrados, los seres más parecidos a un extraterrestre sobre la superficie del planeta.

Estas criaturas, también llamadas Aositos de agua@, son un auténtico enigma. Aún hoy los científicos discuten sobre sus taxones y clasificación definitiva dentro del reino animal. Su milimétrico organismo es una astronave viviente. Experimentos realizados en laboratorios han permitido comprobar que los Aositos de agua@ sobreviven a temperaturas de más de 100 1 C o reviven después de soportar sumergidos en helio líquido hasta a -2701 C.

Si vivir es la clave, los montes de Los Alcornocales han sido el soporte idóneo para toda la vida.

El propio ser humano ha establecido, incluso, durante siglos una relación íntima con los bosques mediante el carboneo, primero, y la explotación corchera después.

No en vano dentro del perímetro del Parque se encuadra el primer Amonte ordenado@ (aquél cuyos recursos se explotan de forma racional) de España: La Sauceda, en la provincia de Málaga, datado a finales del siglo XIX.

Ahora las forestas de estos parajes proporcionan cientos de jornales y vinculan en forma especial a los habitantes de los municipios del Parque Natural con su entorno. La caza, la recolección de leña y el sobrevivir del día a día en el corazón del bosque curtieron a las gentes del lugar con una orgullosa independencia y laboriosidad.

Un notable retrato de este tipo humano aparece recogido en la novela de Luis Berenguer AEl mundo de Juan Lobón@. Este furtivo -paradigma de libertad en sus páginas- es ante todo un hombre que ama, conoce y respeta su propio entorno natural. Su vida y su futuro dependen de este cuidado, según confiesa el propio personaje.

Cualquier inquilino del Parque Natural de Los Alcornocales, gigante o diminuto, vegetal o animal ha contribuido a incrementar la riqueza de leyendas y folklore de este mágico imperio natural. Aún se narran relatos sobre el Aalicante@, la enorme serpiente peluda que recorre el bosque en busca de víctimas.

Ajeno a tales fabulaciones, su protagonista real, el meloncillo es la única mangosta que vive en Europa tras ser introducida por los árabes -al igual que la gineta- como animal doméstico. Si esta última se encargaba de librar a la casa de ratones, el meloncillo tenía la útil misión de limpiar de serpientes el huerto.

Fue, empero, su hábito de formar una larga hilera - una madre seguida por sus crías con las colas mordidas entre ellas a fin de permanecer juntas en la espesura- la que acuñó la leyenda del peludo Aalicante@. Y el animal que combatía las serpientes pasó a convertirse así en ofidio, dentro de las ricas leyendas de Los Alcornocales.

Finalmente, otro de los fenómenos más exclusivos del mundo acaece en los cielos de este Parque. La doble migración que cada año realizan millones de aves en ida y retorno entre Europa y África. Un capricho natural de joyas emplumadas a las que es raro volver a encontrar juntas pues, pasadas estas latitudes, comienzan ya a dispersarse. Una lluvia mágica de colores y trinos que cada año, por partida doble, convierten a estos montes y bosques en un tesoro único.

Por ÓSCAR LOBATO, revista APáginas del Sur@. Abril de 1.997
Fotos Alcornoque y Arroyo: Fito Carreto