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From I.E.S. "CÁSTULO". Linares (Jaén). SPAIN

 
Breve Historia de Europa


INTRODUCCIÓN
 
Europa, uno de los seis continentes que constituyen la superficie emergida de la Tierra de acuerdo con la costumbre, aunque en realidad sólo es la quinta parte más occidental de la masa continental euroasiática, compuesta en su mayor parte por Asia. En general, para los geógrafos modernos los montes Urales, el río Ural, una parte del mar Caspio y las montañas del Cáucaso forman la principal frontera entre Europa y Asia. El término Europa quizás deriva de Europa, el nombre de la hija de Agenor en la mitología griega, o posiblemente de Ereb, palabra fenicia que significa ‘ocaso’.



Europa, el segundo continente más pequeño de la Tierra, tiene una extensión de 10.359.358 km2 aproximadamente, pero ocupa el segundo lugar en cuanto a población de todos los continentes, con unos 699.774.000 habitantes (según estimaciones para el año 1993). El punto más septentrional del continente europeo es el cabo Nordkinn, en Noruega, y el más meridional la punta de Tarifa, al sur de España. Se extiende de oeste a este desde el cabo da Roca, en Portugal, hasta la vertiente nororiental de los Urales, en Rusia.


Europa ha sido durante mucho tiempo un territorio en el que han tenido lugar grandes logros culturales y económicos. Los antiguos griegos y romanos crearon civilizaciones importantes, famosas por sus contribuciones a la filosofía, la literatura, el arte y los sistemas de gobierno. El renacimiento, que comenzó en el siglo XIV, fue un periodo de grandes éxitos para artistas y arquitectos europeos, y en la era de los descubrimientos, iniciada en el siglo XV, los navegantes europeos viajaron a los lugares más apartados del mundo conocido hasta la fecha. Más tarde, las naciones europeas, en especial España, Portugal, Francia y Gran Bretaña, construyeron grandes imperios coloniales con vastas posesiones en África, América y Asia. En el siglo XVIII se inició el desarrollo de formas modernas de organización y producción industrial. Durante el siglo XX, las dos guerras mundiales devastaron gran parte de Europa. Después de la II Guerra Mundial, que acabó en 1945, el continente se dividió en dos importantes bloques políticos y económicos: los países de Europa oriental, bajo el dominio de la Unión Soviética, y los países de Europa occidental, bajo la influencia de los Estados Unidos. Sin embargo, entre 1989 y 1991 el bloque del Este se desintegró y sus dirigentes comunistas abandonaron el poder dando paso a regímenes de tipo democrático en la mayoría de los países de Europa oriental. La República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana se reunificaron. El Partido Comunista de la Unión Soviética se disolvió, los lazos multilaterales militares y económicos entre Europa oriental y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se redujeron o eliminaron, y la misma URSS dejó de existir.

ENTORNO NATURAL  
Europa es una masa continental muy fragmentada que abarca algunas penínsulas grandes, como la Escandinava, la Ibérica y la Italiana, al igual que algunas pequeñas, como Jutlandia y Bretaña. También engloba gran número de islas cercanas a la costa, en especial Islandia, las islas Británicas, las islas Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta. Su litoral se extiende hasta el océano Glacial Ártico, el mar del Norte y el mar Báltico al norte; el mar Caspio al sureste; el mar Negro y el mar Mediterráneo al sur; y el océano Atlántico al oeste. El punto más alto del continente es el monte Elbrús (5.642 m), en el Cáucaso, al suroeste de Rusia. El punto más bajo de Europa se halla a lo largo de la costa septentrional del mar Caspio, aproximadamente a 28 m por debajo del nivel del mar.

Regiones fisiográficas  
Desde un punto de vista geológico, Europa está formada, de norte a sur, por una antigua masa de rocas cristalinas estables, un ancho cinturón de materiales sedimentarios relativamente nivelados, una zona de estructuras geológicas mezcladas, creada por la acción de las fallas, los plegamientos y los volcanes, y una región montañosa de formación reciente en comparación con las anteriores. Esta estructura geológica ha contribuido a crear las numerosas regiones fisiográficas que constituyen el paisaje de Europa.


En Finlandia y gran parte del resto de la península Escandinava subyace el escudo Fino-escandinavo, surgido durante la era precámbrica. Inclinado hacia el este, forma las montañas de Suecia occidental y la meseta de Finlandia. La glaciación ha labrado los profundos fiordos de la costa noruega y ha erosionado la superficie de la meseta finlandesa. El movimiento de un segmento de la corteza terrestre contra el escudo estable durante la orogenia caledoniana (desde hace 500 millones hasta hace 395 millones de años) creó las montañas de Irlanda, Gales, Escocia y Noruega occidental. La erosión posterior ha redondeado y desgastado estas montañas en las islas Británicas, pero los picos de Noruega aún alcanzan los 2.472 m de altitud.


La segunda región geológica destacada, un cinturón de materiales sedimentarios, se extiende en un arco desde el suroeste de Francia hacia el norte y hacia el este, a través de los Países Bajos, Alemania y Polonia hasta alcanzar el interior de Rusia occidental. También abarca una parte del sureste de Inglaterra. Aunque deformadas en algunos lugares para formar cuencas, como la de Londres y la de París, estas rocas sedimentarias, cubiertas por una capa de rocalla depositada en las glaciaciones, están en general lo suficientemente niveladas como para formar la gran llanura europea. Algunos de los mejores suelos de Europa se encuentran en la llanura, en especial a lo largo de su margen meridional, donde se ha depositado el loess, un material arrastrado por el viento. La llanura tiene más anchura en el este.

Al sur de la gran llanura europea, una franja de estructuras geológicas diferentes se extiende a través de Europa y crea los paisajes más intrincados del continente, las montañas centroeuropeas. En toda esta región las fuerzas de los plegamientos (cordillera del Jura), las fallas (Vosgos, Selva Negra), los volcanes (macizo Central), y las elevaciones (meseta Central) han interactuado para crear montañas, mesetas y valles alternos.

La principal región fisiográfica de Europa, situada más al sur, es también la de formación más reciente. A mediados de la era terciaria, hace 40 millones de años aproximadamente (véase Oligoceno), la placa afroárabe colisionó con la placa euroasiática y desencadenó la orogenia alpina (véase Placas tectónicas). Las fuerzas de compresión generadas por dicha colisión elevaron grandes masas de sedimentos mesozoicos y crearon cordilleras como los Pirineos, los Alpes, los Apeninos, los Cárpatos y el Cáucaso, que no sólo son las montañas más altas de Europa sino también las más escarpadas. Los frecuentes terremotos indican que los cambios orogénicos aún están teniendo lugar.

Hidrografía  
La naturaleza peninsular del continente europeo ha determinado una estructura hidrográfica radial, en la que la mayoría de los ríos fluyen hacia el exterior desde el núcleo del continente, a menudo desde cabeceras cercanas. El río más largo de Europa, el Volga, fluye principalmente en dirección sur, hasta el mar Caspio, y el segundo en longitud, el Danubio, fluye de oeste a este antes de desembocar en el mar Negro. Entre los ríos de Europa central y occidental destacan el Ródano y el Po, que desaguan en el mar Mediterráneo, y el Loira, el Sena, el Rin y el Elba, que desembocan en el océano Atlántico o en el mar del Norte. El Oder y el Vístula fluyen hacia el norte hasta el mar Báltico. La estructura radial hidrográfica facilita la interconexión de ríos mediante canales. Algunos ríos españoles, por su longitud y caudal, son dignos de mención, como el Ebro, el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir.

Existen lagos en zonas montañosas, como en Suiza, Italia y Austria, y en regiones llanas, como en Suecia, Polonia y Finlandia. El lago de agua dulce más grande de Europa es el lago Ladoga, al noroeste de Rusia.

Clima  
Aunque gran parte de Europa está situada en latitudes septentrionales, los mares que rodean el continente, relativamente cálidos, proporcionan a la mayor parte de Europa central y occidental un clima moderado, con inviernos fríos y veranos templados. Los vientos del oeste, dominantes, calentados en parte al pasar sobre la corriente oceánica del Atlántico norte, traen precipitaciones durante casi todo el año. En la zona climática mediterránea (España, Italia y Grecia) los meses de verano suelen ser calurosos y secos, y la mayoría de las precipitaciones se recogen en otoño y primavera. Aproximadamente a partir de Polonia central, hacia el este, se reduce el efecto moderador de los océanos y, como consecuencia, el clima es más frío y seco. Las partes septentrionales del continente también tienen este tipo de clima. Las precipitaciones anuales varían entre los 510 y los 1.530 milímetros.

Flora  
Aunque buena parte del continente, en particular el oeste, estaba en su origen cubierta de bosques, la flora ha sido transformada por la expansión humana y el desmonte. Sólo los bosques de las zonas montañosas más septentrionales y de zonas del norte y centro de la Rusia europea han permanecido relativamente a salvo de la actividad humana. Por otra parte, Europa está cubierta en su mayoría de bosques plantados o que han vuelto a ocupar tierras desmontadas. La zona de vegetación más grande de Europa, que corta la mitad del continente desde el Atlántico a los Urales, es un cinturón de árboles de hoja caduca y coníferas: robles, arces y olmos mezclados con pinos y abetos. Las regiones árticas de Europa septentrional y las vertientes superiores de sus montañas más altas se caracterizan por la vegetación de tundra, constituida fundamentalmente por líquenes, arbustos y flores salvajes. Las temperaturas del interior de Europa septentrional, más suaves pero aún frías, crean un ambiente favorable al desarrollo de bosques de coníferas como la picea y el pino, aunque también hay abedules y álamos. La mayor parte de la gran llanura europea está cubierta de praderas, zonas de hierbas relativamente altas; Ucrania se caracteriza por la estepa, una región llana y seca con hierbas cortas. Las tierras que bordean el Mediterráneo destacan por los frutos de algunos de sus árboles y arbustos, en especial aceitunas, cítricos, higos y uvas.

Fauna  
En otras épocas, Europa fue el hogar de una gran variedad de animales, como el ciervo, el alce, el bisonte, el jabalí, el lobo y el oso. Sin embargo, los humanos han ocupado o desarrollado tal cantidad de territorio europeo que numerosas especies animales se han extinguido o reducido su número. El ciervo, el alce, el lobo y el oso se pueden encontrar en estado salvaje y en cantidades significativas sólo al norte, en Escandinavia y Rusia, y en la península de los Balcanes. En otras zonas habitan sobre todo en reservas protegidas. Los saami (lapones) del extremo norte crían renos (caribúes domesticados). El rebeco y el íbex (íbice) viven en las cumbres más altas de los Pirineos y los Alpes. En Europa todavía hay muchos animales pequeños como la comadreja, el hurón, la liebre, el conejo, el erizo, el lemming, el zorro y la ardilla, y gran número de pájaros autóctonos, como el águila, el halcón, el pinzón, el ruiseñor, el búho, la paloma, el gorrión y el tordo. Se cree que las cigüeñas traen buena suerte a las casas donde anidan, en especial en los Países Bajos, y los cisnes adornan los ríos y lagos europeos. Los salmones de Escocia, Irlanda y el Rin son muy apreciados por los europeos y en las aguas costeras marinas hay gran variedad de peces, incluidos especímenes de importancia comercial como el bacalao, la caballa, el arenque y el atún. En los mares Negro y Caspio hay esturiones, de los que se extrae el caviar.

Recursos minerales  
En Europa existe una gran variedad de recursos minerales. Hay grandes yacimientos de carbón en varias zonas del Reino Unido, en la región alemana del Ruhr y en Polonia, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia y Ucrania. Hoy día las mayores fuentes europeas de mineral de hierro son las minas de Kiruna (al norte de Suecia), la región de Lorena (en Francia) y Ucrania. En algunas zonas de Europa se produce petróleo y gas natural en pequeñas cantidades, pero las dos regiones más importantes en este sentido son el mar del Norte (que explotan en su mayoría Gran Bretaña, los Países Bajos, Alemania y Noruega) y las antiguas repúblicas soviéticas, en especial Rusia. Entre otros muchos yacimientos minerales destacan los de cobre, plomo, estaño, bauxita, mercurio, manganeso, níquel, oro, plata, potasio, arcilla, yeso, dolomita y sal.

LOS PUEBLOS EUROPEOS  
Aunque no se sabe con exactitud cuando se establecieron en Europa, los primeros grupos humanos emigraron probablemente desde el Este en varias oleadas, en su mayor parte a través de un puente de tierra, que ya no existe, desde Asia Menor a los Balcanes y a través de las praderas del norte del mar Negro y desde el sur, a través de la península Ibérica. Alrededor del año 4.000 a.C. algunas zonas de Europa ya tenían una considerable población. Barreras geográficas como los bosques, las montañas y los pantanos contribuyeron a dividir a los pueblos en grupos que permanecieron separados durante largos periodos. No obstante, como resultado de las migraciones hubo una constante mezcla racial.

Etnología  
En Europa existe una gran variedad de grupos étnicos (personas unidas por una cultura común, fundamentada principalmente en la lengua). La mayor parte de las naciones europeas se componen de un grupo dominante, como los alemanes en Alemania y los franceses en Francia. En varios países, sobre todo en el sur y el centro de Europa, hay minorías étnicas; además, la mayoría de los países contienen grupos más pequeños, como los saami (lapones) de Noruega. Además, un número considerable de turcos, negros africanos y árabes viven en Europa occidental, la mayor parte de ellos como trabajadores temporales. A partir de 1989 y hasta 1991 se produjo la desmembración de la URSS en 15 repúblicas distintas, cada una con su grupo étnico dominante. Los croatas, eslovenos y macedonios, que constituían la mayoría de la población de sus respectivas repúblicas en Yugoslavia, votaron a favor de la separación de Yugoslavia en 1991 para convertirse en Estados independientes. Bosnia-Herzegovina, con una variedad de grupos étnicos mucho más diversa, se convirtió en el escenario de un dramático conflicto étnico que tuvo lugar tras la declaración de independencia de dichas repúblicas en 1992.

Demografía  
La distribución de la población europea no ha sido estable durante largos periodos, si bien su incremento ha sido notorio a lo largo de la historia, debido a la diferencia entre las tasas de natalidad y mortalidad y a los movimientos migratorios de todo tipo. A principios de la era cristiana, la parte más densamente poblada de Europa bordeaba el mar Mediterráneo. En la década de 1980 Europa tenía la densidad de población total más alta del mundo. La zona más densamente poblada era el cinturón que comenzaba en Gran Bretaña y continuaba hacia el este a través de los Países Bajos, Alemania, Checoslovaquia, Polonia y la URSS europea. En el norte de Italia también había una gran densidad de población.

La tasa media de crecimiento anual de la población europea durante el periodo comprendido entre 1980 y 1987 sólo fue del 0,3% (en el mismo periodo la población de Asia creció cerca del 0,8% anual, y la de Estados Unidos un 0,9% anual). En la misma época, hubo grandes variaciones en la tasa de crecimiento según los países europeos. Así, a finales de la década de 1980, Albania tenía una tasa de crecimiento anual del 1,9% aproximadamente y España del 0,5%, mientras que las tasas de las ciudades de Gran Bretaña no cambiaron significativamente y las de la antigua República Democrática Alemana descendieron. En conjunto, la lentitud de la tasa de crecimiento de población se debió sobre todo a la baja tasa de natalidad. Generalmente, los europeos disfrutan al nacer de una de las más elevadas tasas de esperanza de vida, unos 75 años en la mayoría de los países, si la comparamos con las mismas tasas en la India y la mayoría de los países africanos, por debajo de los 60 años.

Los movimientos de la población, voluntarios o involuntarios, han sido una característica constante en la vida europea. A finales del siglo XX destacaron dos movimientos: la migración de personas en busca de trabajo como ‘trabajadores invitados’ (en alemán, gastarbeiter) y la migración de zonas rurales a zonas urbanas. Trabajadores italianos, yugoslavos, griegos, españoles y portugueses (al igual que turcos asiáticos, norteafricanos y de otras zonas no europeas) se trasladaron, en su mayoría sin la intención de establecerse permanentemente, a Alemania, Francia, Suiza, Gran Bretaña y otros países en busca de empleos. Además, muchos europeos emigraron desde zonas rurales hasta las ciudades dentro de las fronteras nacionales. Entre 1950 y 1975, la población urbana de Europa occidental aumentó de un 70% aproximadamente a casi un 80%; en Europa oriental creció del 35% al 60%. Por otra parte, en comparación con las emigraciones del siglo XIX y principios del XX, muy pocos europeos salieron del continente. La mayor parte de las personas que dejaron Europa a finales del siglo XX emigraron a Sudamérica, Canadá o Australia.

En la mayor parte de los países europeos la capital de la nación es la ciudad más grande, pero además hay muchas otras ciudades importantes. Numerosas capitales europeas tienen una gran trascendencia económica y cultural y albergan numerosos lugares históricos. Entre las ciudades más famosas se encuentran Berlín, Budapest, Londres, Madrid, Barcelona, Moscú, París, Praga, Roma, Estocolmo y Viena.

Idiomas  
Los europeos hablan una gran variedad de idiomas. Las principales familias lingüísticas están formadas por las lenguas eslavas, que incluyen el ruso, el ucraniano, el bielorruso, el checo, el eslovaco, el búlgaro, el polaco, el esloveno, el macedonio y el serbo-croata; las lenguas germánicas, que engloban el inglés, el alemán, el neerlandés, el danés, el noruego, el sueco y el islandés; las lenguas románicas, entre las que se encuentran el italiano, el francés, el español, el catalán, el portugués y el rumano. Estos idiomas tienen básicamente los mismos orígenes y se clasifican dentro de las lenguas indoeuropeas, que también comprenden el griego, el albanés y lenguas celtas como el gaélico, el galés y el bretón. Además de las lenguas indoeuropeas, en el continente hay pueblos que hablan lenguas ugrofinesas, además de otras lenguas, como el vasco (euskera) y el turco. Muchos europeos utilizan el inglés, el alemán, el español o el francés como segunda lengua.

Religión  
A finales de la década de 1980 la mayor parte de los europeos se declaraban cristianos. El grupo religioso más numeroso, el católico, vive principalmente en Francia, España, Portugal, Italia, Irlanda, Bélgica, el sur de Alemania y Polonia. Otro gran grupo lo componen las confesiones protestantes, concentradas en países del norte y el centro de Europa, como Inglaterra, Escocia, el norte de Alemania, los Países Bajos y los países de Escandinavia. El tercer grupo cristiano más importante era el ortodoxo, sobre todo en Rusia, Georgia, Grecia, Bulgaria, Rumania, Serbia y Montenegro. Además, había comunidades judías en la mayoría de los países europeos (la más numerosa en Rusia), mientras que los habitantes de Albania, Bosnia-Herzegovina y Turquía eran en su mayor parte musulmanes.

Cultura 
 En Europa hay una gran tradición cultural reflejada en la calidad de su literatura, pintura, escultura, arquitectura, música y danza. A finales del siglo XX París, Roma, Londres, Berlín, Barcelona, Madrid y Moscú eran centros culturales especialmente famosos, pero otras muchas ciudades también mantenían museos, grupos musicales y teatrales y otras instituciones culturales. Los medios de comunicación (radio, televisión y cine) de buena parte de los países europeos han alcanzado un gran desarrollo. También hay excelentes sistemas de enseñanza y la tasa de alfabetización es alta en la mayoría de las ciudades. Algunas de las más antiguas y mejores universidades del mundo, como Cambridge, Oxford, París, Heidelberg, Praga, Upsala, Bolonia, Salamanca y Moscú se encuentran en Europa.

ECONOMÍA  
Durante mucho tiempo, Europa ha dirigido las actividades económicas mundiales. Como lugar de nacimiento de la ciencia moderna y la Revolución Industrial, adquirió una superioridad tecnológica sobre el resto del mundo, lo cual le proporcionó un dominio incuestionable durante el siglo XIX. La Revolución Industrial, que comenzó en Gran Bretaña en el siglo XVIII y desde allí se difundió a todo el mundo, implicaba el uso de maquinaria compleja y dio lugar a un gran incremento en la producción agrícola y a nuevas formas de organización económica. A partir de mediados del siglo XX, la creación de importantes organizaciones supranacionales como la Unión Europea, la Asociación Europea de Libre Comercio y la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico ha estimulado el crecimiento económico.

Agricultura  
En general, la agricultura europea es de tipo mixto: se producen varios tipos de cultivos y actividad ganadera en la misma región. La parte europea de la antigua URSS es una de las pocas regiones extensas donde predomina el monocultivo. Las naciones mediterráneas mantienen un tipo de agricultura distinto, dominado por la producción de cereales, aceite y cítricos. En la mayoría de estos países la agricultura tiene más importancia en la economía nacional que en los países del norte. En Europa occidental las industrias de productos cárnicos y lácteos son las más relevantes. La importancia de los cultivos crece a medida que se avanza hacia el este, como en la península de los Balcanes, donde suman aproximadamente un 60% de la producción agrícola, y en Ucrania, donde la producción de cereales eclipsa a cualquier otro tipo de cultivo. Europa en su totalidad destaca particularmente por su elevada producción de trigo, cebada, avena, centeno, maíz, patatas (papas), judías, guisantes (chícharos) y remolacha azucarera (betabel). Además de ganado vacuno, se crían grandes cantidades de ganado porcino, caprino y animales de granja.

A finales del siglo XX, Europa era autosuficiente en los productos agrícolas básicos. En buena parte de la tierra arable se utilizaban técnicas avanzadas de agricultura, como la aplicación de maquinaria moderna y fertilizantes químicos, pero en regiones del sur y sureste de Europa aún dominaban la técnicas tradicionales, poco eficientes. Durante gran parte del periodo en el que los regímenes comunistas ocuparon el poder en Europa oriental, la agricultura de estos países (con la excepción de Polonia y Yugoslavia) se basó en grandes granjas y comunas estatales.

Silvicultura y pesca  
Los bosques septentrionales, que se extienden desde Noruega a través del norte de la Rusia europea, son la principal fuente de productos forestales de Europa. Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia tienen industrias forestales relativamente grandes que producen pasta de madera, madera para la construcción y otros artículos. En Europa meridional, España y Portugal fundamentalmente, se manufacturan gran variedad de productos del corcho extraído del alcornoque. Aunque todos los países europeos costeros poseen alguna industria pesquera, la pesca tiene gran importancia en los países del norte, en especial Noruega y Dinamarca. España, Rusia, Gran Bretaña y Polonia también son naciones pesqueras destacadas.

Minería  
La distribución actual de la población de gran parte de Europa ha estado determinada por antiguas actividades mineras, en especial por la explotación de carbón. Zonas carboníferas, como los Midlands (en Gran Bretaña), la región del Ruhr (en Alemania) y Ucrania atrajeron a las industrias y estimuló la creación de estructuras industriales que permanecen actualmente. Aunque el número de personas dedicadas a la minería está descendiendo en Europa, principalmente a causa de la mecanización, todavía existen varios centros importantes: el Ruhr (en Alemania), Silesia (en Polonia) y Ucrania son productores importantes de carbón. Se produce mineral de hierro en abundancia al norte de Suecia, al este de Francia y en Ucrania. Se extrae gran variedad y cantidad de otros minerales, como la bauxita, el cobre, el manganeso, el níquel, el potasio y el mercurio (en España). Una de las más recientes e importantes industrias de extracción en el continente es la producción de petróleo y gas natural en zonas cercanas a la costa, en el mar del Norte. Durante mucho tiempo se han extraído grandes cantidades de estos productos en la parte meridional de la Rusia europea, en especial en la región del Volga.

Industria  
Desde la Revolución Industrial, el sector secundario transformó radicalmente las estructuras económicas y ayudó en la formación de unos nuevos patrones vitales y culturales en Europa. Las zonas centrales y septentrionales de Inglaterra se convirtieron pronto en centros de industria moderna, al igual que las regiones del Ruhr y Sajonia (en Alemania), el norte de Francia, Silesia (en Polonia) y Ucrania. El hierro y el acero, los metales fabricados, los tejidos, los barcos, los vehículos motorizados, y el material móvil han sido productos fundamentales en la industria europea durante mucho tiempo. La elaboración de productos químicos y equipo electrónico y de otros artículos de alta tecnología ha estimulado el crecimiento de la industria durante el periodo posterior a la II Guerra Mundial. En conjunto, la actividad se concentra en especial en la parte central del continente (una zona que se extiende por Inglaterra, el sur y el este de Francia, el norte de Italia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania, Polonia, la República Checa, Eslovaquia, el sur de Noruega y el sur de Suecia), así como en la Rusia europea y Ucrania.

Energía  
Europa consume gran cantidad de energía. Las principales fuentes energéticas son el carbón, el lignito, el petróleo, el gas natural y la energía nuclear e hidroeléctrica. En Noruega, Suecia, Francia, Suiza, Austria, Italia y España hay importantes instalaciones hidroeléctricas, que proporcionan gran parte de la producción anual de electricidad. La energía nuclear es importante en Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Lituania, Ucrania y otras antiguas repúblicas soviéticas, Suecia, Suiza, Finlandia y Bulgaria. Irlanda se distingue del resto de los países europeos en la utilización de la turba como principal fuente energética para uso doméstico; también se utiliza para generar electricidad.

Transporte  
El sistema de transportes europeo está muy desarrollado, y es más denso en la parte central del continente. Escandinavia, la antigua URSS europea y el sur de Europa poseen infraestructuras de transporte menos desarrolladas. Existe gran número de vehículos privados y buena parte de las mercancías se transportan por carretera. Las redes de ferrocarril están en buen estado en la mayor parte de los países europeos y son importantes para el transporte tanto de personas como de mercancías. El transporte marítimo tiene un papel destacado en la economía europea. Varios países, como Grecia, Gran Bretaña, Italia, Francia, Noruega y Rusia mantienen grandes flotas de barcos mercantes. Rotterdam (en los Países Bajos) es uno de los puertos con mayor tráfico del mundo. Otros puertos importantes son Amberes (en Bélgica), Marsella (en Francia), Hamburgo (en Alemania), Londres (en Gran Bretaña), Génova (en Italia), Gdañsk (en Polonia), Bilbao (en España) y Göteborg (en Suecia). Una buena parte de las mercancías se transportan al interior por vías fluviales; los ríos europeos con un tráfico comercial destacado son el Rin, el Escalda, el Sena, el Elba, el Danubio, el Volga y el Dniéper. Además, en Europa hay varios canales importantes. Casi todos los países europeos cuentan con aerolíneas nacionales, y algunas, como Air France, British Airways, Swissair, Iberia, Lufthansa (Alemania) y KLM (los Países Bajos) tiene importancia mundial. La mayoría de los sistemas de transporte de los países europeos son estatales. Desde la II Guerra Mundial se han construido numerosos oleoductos para transportar petróleo y gas natural. La Unión Europea (UE) ha propiciado el desarrollo de importantes redes transeuropeas a través de sus países miembros.

Comercio internacional  
En su mayoría, los países europeos mantienen un notable comercio internacional. Gran parte de dicho comercio es de carácter interior, en especial entre miembros de la Unión Europea, pero los europeos también comercian a gran escala con países de otros continentes. Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y los Países Bajos se encuentran entre las principales naciones mercantiles del mundo. Una buena parte del comercio intercontinental europeo se basa en la exportación de productos industriales y en la importación de materias primas.

HISTORIA  
Desde la prehistoria hasta la actualidad, Europa ha sido ocupada por numerosos pueblos. El siguiente resumen sólo incidirá en aquellos hechos, desarrollos, tendencias e individuos que han sido responsables de transiciones o transformaciones decisivas en Europa a través de los siglos. Hasta cierto punto, las secciones de historia de los artículos de los países europeos contienen datos más detallados sobre el origen, crecimiento y estado actual de la civilización occidental. Dichas secciones también remiten al lector a una gran variedad de artículos que tratan aspectos más amplios de la civilización europea. Es más, varios artículos contienen referencias a otras entradas relacionadas con los acontecimientos continentales. Un repaso de todo el material pertinente puede ser un requisito anterior a la comprensión adecuada de Europa en cualquier época.

Prehistoria y antigüedad  
El hombre moderno (Homo sapiens sapiens) apareció por primera vez en Europa a finales del paleolítico (antigua edad de piedra). Los cazadores y recolectores dejaron tras de sí notables ejemplos de arte rupestre (hace entre 25.000 y 10.000 años), que se han encontrado en más de 200 cuevas, principalmente en Francia y España. Hace unos 10.000 años, al final del pleistoceno (el más reciente de los periodos glaciales) el clima comenzó a mejorar y se aproximó gradualmente a las condiciones actuales. Con el tiempo, los pueblos del neolítico desarrollaron economías agrícolas que sustituyeron a la caza y la recolección. Durante el sexto milenio a.C., la agricultura se extendió a la mayor parte de Europa occidental. Algunas de estas culturas neolíticas, que nacieron alrededor del año 5.000 a.C., erigieron enormes monumentos de piedra (megalitos), bien como estructuras funerales, bien como monumentos conmemorativos de hechos notables. El desarrollo del neolítico temprano fue especialmente intenso en las zonas del Danubio y los Balcanes, en las llamadas culturas de Starcevo (cerca de Belgrado, en la Serbia actual) y Danubiana. En los Balcanes meridionales, la cultura de Sesklo (en Tesalia) había desarrollado complejas formas protourbanas alrededor del año 5.000 a.C. Ésta, a su vez, condujo a la cultura de Dimini (también en Tesalia), caracterizada por las aldeas fortificadas. Las excavaciones en los Balcanes han demostrado que en la zona se utilizaba el cobre en el año 4.000 a.C. aproximadamente, durante la cultura de Vinca (alrededor del año 4.500-3.000 a.C.). En esta época, el comercio, especialmente del ámbar procedente del mar Báltico, adquiría cada vez más importancia. Los grandes yacimientos de cobre y estaño de Europa central (Bohemia) permitieron el desarrollo de la tecnología del bronce durante el tercer milenio a.C. Las tumbas aristocráticas típicas de este periodo se cubrían con túmulos o tumuli, pero a finales del segundo milenio antes de Cristo hubo un cambio: la cremación se convirtió en algo común, y los entierros en urnas (que dieron paso a la denominada cultura de los Campos de Urnas) se convirtieron en una costumbre establecida.

La llegada de los indoeuropeos  
Las investigaciones aún no han determinado con exactitud donde se originaron las lenguas indoeuropeas que se hablan en gran parte de Europa en la actualidad. Algunos investigadores creen que la cultura del kurgan (túmulo), que se inició al norte del mar Negro alrededor del año 2500 a.C., fue una primitiva cultura indoeuropea. De acuerdo con esta teoría, en el año 2220 a.C. aproximadamente, estos indoeuropeos invadieron y se extendieron por los Balcanes, e introdujeron los caballos en la región; después se dispersaron por toda Europa. Por consiguiente, a mediados de la edad del bronce los pueblos de los Balcanes y Europa central pudieron haber hablado lenguas indoeuropeas. No obstante, y con la excepción de las civilizaciones de Creta y Grecia, en el segundo milenio a.C., la mayor parte de Europa desconocía la escritura.

La primera civilización que maduró en Europa fue la de Creta, en el segundo milenio a.C. Llamada civilización minoica por el legendario rey Minos, esta sociedad de la edad del bronce controló el Egeo alrededor del año 1600 a.C. (véase Civilización del Egeo). La fecha de la llegada de los primeros invasores griegos a Grecia es poco fiable. Muchos eruditos están de acuerdo en que fue cerca del año 1900 a.C. Hacia el año 1400 a.C. aproximadamente, estos griegos (llamados micénicos por su principal ciudad, Micenas) habían conquistado los dominios cretenses. La civilización micénica mantenía contactos comerciales con Oriente Próximo y Britania. No obstante, después del año 1200 a.C., la sociedad micénica fue casi totalmente destruida debido a la invasión de los pueblos del Norte, probablemente de griegos dorios, quienes, a pesar de tener una cultura menos avanzada, habían aprendido a fabricar armas de hierro. El comienzo de la edad del hierro se caracterizó por una regresión cultural.

Culturas de la edad del hierro  
A finales de la edad del bronce, la población había comenzado a incrementarse rápidamente en otras zonas de Europa. A principios de la edad del hierro, que comenzó aproximadamente en el año 1000 a.C., las tribus de la cultura de los Campos de Urnas de Centroeuropa comenzaron su expansión a lo largo de los ríos más importantes y dieron lugar a importantes grupos, como los celtas y los eslavos, al igual que los itálicos y los ilirios. Al norte de Italia, la cultura de Villanova (alrededor de 1000-700 a.C.) adquirió gran importancia, y otra cultura similar, la de Halstatt (aproximadamente 750-450 a.C.) se difundió a gran parte de Europa occidental con la expansión de los celtas entre los siglos VII y IV a.C. Los celtas también se identifican con la cultura de La Tène (aproximadamente 450-58 a.C.), cuyo precedente inmediato era la de Halstatt. Alrededor del año 500 a.C., los germanos comenzaron a expandirse desde Escandinavia meridional y el Báltico. En la península Ibérica, los celtas se encontraron el año 900 a.C. con los iberos, que ya se habían instalado en ella mucho antes, procedentes del sur. Fue el primer gran mestizaje peninsular.

La supremacía de Grecia  
Alrededor del año 800 a.C. la civilización griega comenzó su resurgir tras la conmoción de la invasión doria, pero en una forma diferente de la cultura micénica. Esto se debió en gran parte a los fenicios, que habían establecido puestos comerciales en el Mediterráneo y difundido elementos de la civilización de Oriente Próximo hacia el Oeste. Los griegos tomaron de ellos el alfabeto fenicio, al que añadieron vocales llenas. En el siglo VIII a.C. las ciudades-estado griegas comenzaron a expandirse, estableciendo colonias en el Mediterráneo occidental; en el siglo siguiente, la civilización helénica había alcanzado su madurez. La creación de colonias aumentó y la prosperidad del comercio entre estos asentamientos y con otros pueblos tuvo como consecuencia la difusión de la civilización griega. La mayoría de estas nuevas ciudades griegas, aunque casi independientes, estaban unidas por una cultura común. Eran conscientes de su herencia helénica y consideraban a los otros pueblos bárbaros. La mayoría de los grupos étnicos del Mediterráneo occidental (incluidos los etruscos, que habían sustituido a los miembros de la cultura de Villanova) pronto adoptaron elementos de la cultura griega. La mayoría de los centros urbanos importantes del área, griegos o no, pasaron de ser monarquías a crear regímenes aristocráticos, que finalmente dieron lugar a oligarquías comerciales (plutocracias).

Aproximadamente en el siglo V a. C. algunos centros griegos, como Atenas, se habían convertido en democracias. En esa época, Grecia comenzó a ser amenazada por la expansión del Imperio persa, fundado en el siglo anterior. Pronto los persas conquistaron toda Asia Menor y, en el año 490 a.C., atacaron Grecia. Después de que los persas fueran rechazados definitivamente (479 a.C.), la Atenas democrática surgió como la mayor potencia del mundo griego. Se estableció un imperio ateniense en el Egeo que precipitó la integración económica y cultural de la región; el siglo V a.C. fue la edad de oro de la civilización griega clásica. No obstante, las políticas expansionistas atenienses y las antiguas rivalidades económicas y políticas provocaron la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) en la que gran parte de Grecia fue devastada; las guerras entre las ciudades griegas continuaron en el siglo siguiente.

Macedonia, situada al norte de Grecia, no había sido en su origen parte del mundo griego. Alrededor del siglo IV a.C., sin embargo, su clase dirigente se había helenizado. Bajo Filipo II, Macedonia conquistó gran parte de Grecia, y su hijo, Alejandro Magno añadió el Imperio persa a estas posesiones. Tras su muerte, sus sucesores dividieron el imperio, por lo que los centros de gravedad durante el siguiente periodo (conocido como helenístico) se trasladaron a ciudades como Alejandría, en Egipto, y Antioquía, en Turquía. Finalmente, Macedonia y Grecia fueron conquistadas por Roma en el siglo II a.C.

El dominio de Roma  
Al contrario que Grecia, a principios de la edad del hierro Italia estaba fragmentada en numerosos grupos étnicos y lingüísticos. Mezclados entre las primeras culturas neolíticas, hubo varios grupos de indoeuropeos que se infiltraron en el norte de Italia a finales del segundo milenio a.C. y posteriormente se expandieron por toda la península. El más numeroso de estos grupos fueron los itálicos. Una importante cultura de la edad del hierro (la de Villanova) se desarrolló al norte y tuvo un gran impacto en las regiones vecinas. Probablemente durante el siglo X a.C., los etruscos, o al menos su clase dirigente, emigraron desde Asia Menor. Se establecieron en Italia central y septentrional y crearon una civilización compuesta por elementos villanovianos y orientales. A esto se añadió una intensa influencia de la civilización griega, incluido el alfabeto, procedente de las colonias griegas del sur.

Alrededor de esta época —la fecha tradicional es el año 753 a.C.— se fundó Roma junto al río Tíber. Los romanos eran un pueblo latino perteneciente al grupo itálico. Roma (al principio una simple aldea) fue ocupada y civilizada por los etruscos hasta finales del siglo VI a.C. Posteriormente, los romanos comenzaron la conquista de las zonas vecinas, y, a principios del siglo IV a.C., habían conquistado la importante ciudad etrusca de Veii. Tras un revés temporal causado por la invasión de los galos (una tribu celta), los romanos continuaron anexionándose grandes zonas de Italia; a principios del siglo III a.C. la mayor parte de Italia central y septentrional era romana. Al contrario que los griegos, los romanos conectaron sus dominios con carreteras y garantizaron la total o parcial ciudadanía a los asentamientos situados fuera de Roma, una política que finalmente dio lugar a una lengua y una cultura más o menos uniformes.

La expansión de Roma  
En las llamadas Guerras Pírricas (280-271 a.C.), Roma consiguió el control de la Italia meridional griega y, al absorber este área, se helenizó en parte. La conquista puso a Roma en confrontación directa con Cartago, una antigua colonia fenicia del norte de África, por el control del Mediterráneo occidental. En las posteriores guerras con Cartago (véase Guerras Púnicas), Roma obtuvo la victoria y Sicilia, Córcega, Cerdeña, y el norte de África cayeron bajo su esfera de influencia. El dominio romano de la península Ibérica no fue fácil y entre los episodios de resistencia se hizo célebre la defensa de Numancia, cuyos habitantes prefirieron morir antes de entregarse. Frente a los romanos, el héroe peninsular Viriato inventó un tipo de acción militar que se hizo célebre, la guerra de guerrillas. A mediados del siglo II a.C., Cartago había sido destruida por Roma, que también conquistó Macedonia y Grecia. Los romanos limpiaron los mares de piratas y extendieron sus carreteras por toda la región, con lo que facilitaron las comunicaciones y favorecieron la unión cultural. Esta amalgama cultural romano-helenística fue bilingüe: el latín dominó al oeste y el griego al este.

El Imperio romano  
Tras un periodo de guerras civiles y luchas, la República romana se transformó en un Imperio bajo el emperador Augusto, aproximadamente a principios de la era cristiana. En los 200 años siguientes el nivel de prosperidad del Mediterráneo alcanzó un grado tal que en muchos aspectos no pudo ser igualado hasta 1.500 años después. El Imperio romano asimiló a numerosos pueblos; además, en el año 212 d.C., la mayor parte de los hombres libres nacidos dentro de los confines del Imperio se convirtieron en ciudadanos romanos. Este concepto de ciudadanía universal fue único en el mundo antiguo. Más allá de las fronteras del Imperio, ciertos elementos de la cultura grecorromana influyeron también en las tribus celtas y germanas. La península Ibérica sufrió un profundo proceso de romanización. Se dice que era ‘el granero de Roma’ y una de sus provincias más ricas. Romanos famosos nacidos en la península fueron Quintiliano, el poeta Lucano y el filósofo Séneca.

El siglo III d.C. fue una época de quiebra de las estructuras imperiales, después de la cual el emperador Diocleciano reorganizó el Imperio. Muchas de sus reformas económicas y sociales anticiparon la edad media y sus cambios administrativos acabaron con la supremacía de Italia. En el siglo IV, bajo Constantino I el Grande, Constantinopla (actual Estambul) reemplazó a Roma como capital, y el cristianismo se convirtió de hecho, si bien no oficialmente, en la religión del Estado. En el siglo V, tras la caída del Imperio romano de Occidente ante los grupos germánicos invasores, que dio lugar a la instauración de una serie de reinos germanos, la Iglesia conservó la herencia romana. La romanización del Imperio había sido tan completa que hoy día las lenguas que se derivan del latín se hablan en Francia, España, Portugal, Italia, partes de Suiza y Rumania.

Las grandes migraciones  
Mientras la civilización se consolidaba en el Mediterráneo, en otras partes de Europa hubo grandes cambios. Las culturas de la edad del bronce y del hierro de las regiones periféricas consistían principalmente en comunidades pastoriles y agrícolas, mucho menos estables que los asentamientos grecorromanos. Las emigraciones de áreas más pobres a zonas más ricas fueron continuas, y el movimiento de un pueblo o tribu desplazaba a su vez a otros pueblos y a menudo provocaba reacciones en cadena. Los primeros en comenzar dichos movimientos durante los siglos finales de la era precristiana y principios de la era cristiana fueron las tribus germánicas. Estas tribus habían ocupado partes de Escandinavia meridional y Alemania septentrional a finales de la edad del bronce. Durante la edad del hierro comenzaron a emigrar al sur, quizás a causa de un empeoramiento del clima. En el siglo II a.C. dos tribus germánicas, los cimbrios y los teutones, alcanzaron la zona que hoy día es Provenza, pero fueron rechazados finalmente por los romanos. Los suevos tuvieron más éxito y ocuparon parte de la Alemania actual. Las tribus celtas de esa región fueron empujadas hacia el oeste para ser conquistadas muchos años más tarde por los romanos bajo mando de Julio César. La expansión romana hacia los territorios germánicos fue interrumpida en el año 9 d.C., cuando tropas germánicas dirigidas por Arminio (Hermann) aplastaron a las legiones romanas en el bosque de Teoburgo. Como consecuencia, Roma estableció una zona de contención al este del Rin y al norte del Danubio. Aproximadamente en el año 150 d.C., las migraciones y posteriores dislocaciones de pueblos se intensificaron de nuevo y amenazaron las fronteras imperiales. El emperador Marco Aurelio luchó con éxito contra los marcomanos y los cuados, al igual que contra un pueblo no germano, los yacigos; un ejemplo de las características de este periodo es que Marco Aurelio pasó gran parte de su reinado luchando con las tribus invasoras. A comienzos del siglo III d.C., los alamanes habían penetrado al norte de la frontera romana, y al este los godos comenzaron su infiltración en la península de los Balcanes. Tras su derrota ante las tropas imperiales, los godos se convirtieron en mercenarios de Roma.

Durante la segunda mitad del siglo III, los grupos germánicos (incluidos los francos) penetraron en el Imperio. Se hicieron grandes esfuerzos para fortalecer las defensas interiores. Bajo el emperador Aureliano se construyó una muralla alrededor de la misma Roma, Dacia fue abandonada, y se reclutaron cada vez más mercenarios germánicos para formar parte de los ejércitos romanos. Roma sólo pudo capear la crisis del siglo III gracias a la reestructuración del Imperio por parte de Diocleciano, realizada en principio para enfrentarse a las tribus germanas con más eficiencia. Después de la mitad del siglo IV la situación parecía estar bajo control, pero un nuevo pueblo, los hunos, invadió Europa desde Asia central y causó una nueva serie de reacciones. Los godos fueron empujados hacia los Balcanes y derrotaron a los romanos en Adrianópolis en el año 378. En el 410 los visigodos de Alarico I saquearon Roma y provocaron una conmoción en todo el Imperio. Poco después los vándalos, tras atravesar la península Ibérica, penetraron en el norte de África bajo dominio romano y establecieron un reino. En el año 451 un ejército romano, formado en gran parte por visigodos, derrotó a los hunos de Atila, pero años más tarde Roma fue saqueada de nuevo, esta vez por los vándalos. En ese momento Britania, Galia e Hispania estaban ocupadas por tribus germánicas. El final del Imperio de Occidente llegó en el año 476, cuando mercenarios germánicos depusieron al emperador Rómulo Augústulo y convirtieron a su jefe, Odoacro, en rey de Italia. En esta época, Hispania estaba dominada ya por los visigodos, que habían abrazado la herejía arriana, que no aceptaba que Cristo fuera parte de la Santísima Trinidad, considerándolo simplemente un profeta. A partir del dominio romano, florecieron mártires y santos.

Inicios de la edad media  
Rómulo Augústulo fue depuesto en el año 476 sin haber designado heredero, y cuando a Zenón, el emperador del Imperio de Oriente, le aconsejaron que no había una razón inmediata para designar un sucesor, la sugerencia parecía razonable. En teoría, en la ley y en los corazones del pueblo, el Imperio era invulnerable. Muchos reinados de emperadores habían sido cortos, muchos habían terminado violentamente y los pueblos germánicos beligerantes habían estado presentes en la vida política romana durante más de un siglo. Nadie podría haber imaginado en la época que Rómulo Augústulo (que irónicamente llevaba el nombre del legendario fundador de Roma) iba a ser el último emperador romano de Occidente y que una época había terminado.

El conflicto romano-germánico  
Con el final del siglo IV los pueblos germanos del norte y el este del Imperio romano habían comenzado un movimiento hacia el oeste y el sur. Eran pueblos agrícolas y pastoriles y, como todos los pueblos pastores con un alto grado de nomadismo, tenían una larga historia de migraciones.

Para afrontar la emigración germánica, Roma, con serios problemas económicos, siguió una política de adaptación pragmática. El Imperio, cuya extensión era excesiva, se podía permitir perder territorio, que se cedía inmediatamente a los germanos; pero los emperadores decidieron defender puntos estratégicos vitales, como los puertos mediterráneos, de los que dependía Europa meridional para conseguir el imprescindible trigo norteafricano. A mediados del siglo V, sin embargo, los grupos germánicos tenían el control político del Imperio de Occidente. Los francos invadieron la Galia a principios del siglo V, la península Itálica se convirtió en un reino godo por invitación del emperador, los visigodos conquistaron la península Ibérica alrededor del año 507 y los vándalos habían invadido las provincias del norte de África, ricas en cereales, en el año 428 aproximadamente. En la península Ibérica, la conversión del visigodo Recaredo al cristianismo (año 587), resolvió el conflicto que enfrentaba a la iglesia hispanorromana con la elite invasora dominante. Se acepta que con Recaredo se estableció un proyecto de unidad político-territorial, incorporando a los pueblos peninsulares en el sistema político de la monarquía visigoda.

Las tribus germánicas querían tierras y riquezas, pero también deseaban vivir como romanos, y lo que se considera convencionalmente como la ‘barbarización’ del Imperio de Occidente debería considerarse con la misma firmeza la romanización de los bárbaros. El conflicto básico entre ambos pueblos fue religioso.

Los germanos occidentales eran paganos que adoraban un panteón de dioses celestiales y deidades naturales. Los germanos orientales ya se habían convertido al cristianismo gracias a la intensa actividad misionera desarrollada por el obispo Ulfilas, un seguidor de la doctrina del arrianismo, que mantenía que Cristo era totalmente humano y no tenía naturaleza divina. En el año 380 esta teoría se consideró una herejía. De este modo, los pueblos germánicos fueron odiados y temidos menos como enemigos políticos de Roma que como portadores de una versión herética del cristianismo.

Los orígenes del poder de la Iglesia  
La oposición religiosa a los invasores paganos y arrianos dio un nuevo sentido a la Iglesia y al Papado durante este periodo. El gobierno eclesiástico se había organizado de forma muy parecida a la administración provincial romana: el control estaba en las manos de los obispos independientes locales. No obstante, tres obispados, Alejandría, Antioquía y Roma, ocuparon posiciones comparables a las de los gobernadores provinciales, al supervisar no sólo las congregaciones de sus propias ciudades, sino también las de los territorios vecinos. Los tres fueron figuras de gran prestigio y cada uno recibió el título honorífico de papa (padre). El papa de Roma tenía el prestigio adicional de ser el heredero directo de san Pedro, el primer obispo de Roma. En principio la influencia del Papado creció por la enorme actividad de varios papas romanos, pero la transigencia, la parálisis y el colapso final del gobierno romano en Occidente fue un motivo aún más importante: mientras la autoridad política se desintegraba, los obispos permanecieron firmes en lo que ellos consideraban la verdad y el antiguo orden, y el último representante de este orden en Roma ya no eran el emperador o el Senado sino el papa, que ocupaba la silla de San Pedro.

El Imperio bizantino  
Sin embargo, un emperador romano dirigía aún el Imperio de Oriente y sus sucesores continuarían reinando durante otros 1.000 años. Constantinopla era ahora la ciudad que gobernaba las provincias romanas del Mediterráneo oriental, aunque el Imperio se había transformado de tal manera que los historiadores modernos lo han llamado bizantino en lugar de romano.

Todos los elementos básicos del Imperio bizantino estuvieron presentes en la época del gran emperador del siglo VI, Justiniano I. La tendencia del Imperio, presente durante toda la historia de Roma, a convertirse en una autocracia militar quedó eliminada definitivamente durante su reinado. El gobierno se convirtió por entero en un cuerpo profesional y civil, centrado en el palacio imperial y, lo más importante, en el emperador mismo. La ley romana se codificó de forma sistemática. La economía y la recaudación de impuestos se centralizaron. La política religiosa de Justiniano también contribuyó a la centralización. En una época de intensos conflictos religiosos y revisión de la doctrina, el Imperio bizantino se convirtió en el Imperio ortodoxo y la religión del emperador en la religión oficial del Estado.

En los primeros años de su reinado, Justiniano se embarcó en un intento de reconquistar el Occidente arriano. El reino vándalo de África cayó rápidamente, al igual que el itálico de los lombardos y la zona oriental del reino de los visigodos en la península Ibérica. No obstante, debido a la presión continua de los Sasánidas de Persia, el Imperio perdió su poder militar en la península Ibérica, que resurgió como un reino visigodo con una cultura y una organización política particulares. En Italia, las fuerzas imperiales se retiraron a Sicilia y a su plaza fuerte del Adriático, Ravena, y dejaron el resto de la península a los lombardos. Los Balcanes fueron completamente devastados por los ávaros y los pueblos eslavos.

En efecto, las conquistas occidentales de Justiniano dieron a la Europa medieval su estructura cultural característica. Los territorios europeos mediterráneos se separaron del norte, económica y culturalmente subdesarrollado. En realidad eran parte de Oriente Próximo, una evolución que se consumó en el siglo VII, cuando el norte de África y el suroeste de Europa (la península Ibérica y partes del sureste de Francia) cayeron ante los ejércitos musulmanes.

El ascenso de los francos 
 En el norte, la historia europea desde el siglo V al IX estuvo dominada por un grupo de tribus germánicas occidentales denominadas colectivamente francos. Al contrario que los germanos orientales, los francos se convirtieron directamente de su antiguo paganismo al cristianismo católico, sin un periodo intermedio de arrianismo. Los francos salios comenzaron su conversión definitiva el año 496, después de que su jefe guerrero Clodoveo I se bautizara por el rito cristiano junto a muchos de sus seguidores. Clodoveo I, un descendiente de Merovech o Merowig (que reinó entre 448 y 458) y parte de la familia gobernante de los francos salios, fue el primer rey de la dinastía merovingia. Gracias a sus numerosas victorias contra otros pueblos y el éxito de una larga serie de complejas disputas familiares características de la cultura franca, se convirtió en el gobernante supremo de todos los francos.

A la muerte de Clodoveo, por la ley tradicional de los francos salios, las tierras bajo su control se dividieron entre sus cuatro hijos. Éstos, a su vez, dejarían sus tierras a todos sus herederos masculinos, de manera que toda la época de gobierno merovingio se caracterizó por periodos alternos de fragmentación y consolidación, dependiendo del número y habilidades de los herederos.

Esta era llegó a su fin en el siglo VIII. Históricamente los últimos reyes merovingios se ganaron el apelativo de rois fainéants (‘reyes perezosos’). Poco a poco el poder se concentró en el cargo del mayordomo de palacio y no en el rey, hasta que, en el año 751, el rey Childerico III y su único hijo fueron encarcelados. Su pelo largo (simbolismo de su nobleza) fue cortado y el mayordomo de palacio, Pipino el Breve, hijo del gran guerrero Carlos Martel, se proclamó rey de los francos, el primero de la dinastía carolingia en asumir el título real.

El golpe de Estado carolingio nunca habría ocurrido sin la intervención activa del papa. En varias cartas que ambos mandatarios se cruzaron entre el año 740 y el 750, el rey carolingio inquiría sobre la conveniencia de mejorar el gobierno del reino, en el que todo el poder no estaba en manos del monarca; el papa respondió citando el precedente bíblico de David, ungido por el profeta Samuel mientras el rey Saúl aún vivía. Es más, el papa siguió el precedente y ungió a Pipino, y seguiría ungiendo a sus descendientes en un ritual de consagración real.

Carlomagno  
El más grande de los reyes carolingios fue Carlomagno (742-814) que en su propia época fue una figura mítica y legendaria. Su reinado marcó la culminación del desarrollo franco. Bajo su gobierno, los francos, por medio de una serie de conquistas, se convirtieron en los dueños de Occidente y en los garantes del poder papal en Italia. Carlomagno derrotó a los lombardos en Italia, a los frisios en el norte, a los sajones en el este, se anexionó el ducado de Baviera y expulsó a los musulmanes del sur de Francia. Consolidó su poder sobre este vasto territorio al conseguir que los miembros de los sectores terratenientes se aliaran entre sí y con él mismo mediante juramentos especiales de lealtad, que se recompensaban ocasionalmente con tierras de zonas recién conquistadas y con absoluta jurisdicción sobre sus súbditos. Esta política —el primer ejemplo importante de los crecientes lazos de dependencia personal conectados con el poder político llamado feudalismo— no sólo proporcionó a Carlomagno un suministro permanente de guerreros, sino que también contribuyó a controlar más fácilmente su territorio. Los vasallos del rey y sus subordinados más cercanos, así como los vasallos de éstos, se convirtieron a su vez en delegados y representantes del propio monarca.


El aumento del sentido de misión cristiana de Carlomagno fue inseparable de la consolidación militar y política. Fundó monasterios en territorios fronterizos que funcionaron como establecimientos de colonizadores que sometieron los bosques y pantanos (los imponentes hogares de los antiguos dioses paganos) al control cristiano y los hicieron cultivables. También fueron centros de actividad misionera y educacional, pues la expansión del cristianismo requería un clero preparado, un rito homogeneizado y la producción de libros importantes. La clave fue la educación, y el trabajo práctico de fundación y dotación de personal de las escuelas monásticas y catedralicias demandaba ayuda exterior. Carlomagno la encontró en Roma y en las tierras lombardas de Italia, donde las antiguas tradiciones educativas no habían muerto por completo. No obstante, la mayor contribución a la reforma educacional carolingia fue anglo-irlandesa, pues los grandes monasterios de Inglaterra e Irlanda eran ricos en libros y en su preparación; de hecho, el consejero principal de Carlomagno fue el erudito inglés Alcuino de York.


El reino de los francos, como resultado de todo ello, integró Europa territorial y culturalmente como no se había hecho desde el Imperio romano. El día de Navidad del año 800, Carlomagno fue a oír misa a la catedral de San Pedro de Roma. Según se cuenta, mientras se levantaba de orar, el Papa colocó una corona en su cabeza, se inclinó ante él y le proclamó imperator et augustus ante el pueblo. Así pues, Carlomagno se convirtió no sólo en el emperador de los francos, sino también de Roma. El poder del nuevo Estado (que se llamó Sacro Imperio Romano Germánico), la organización de la Iglesia y las antiguas tradiciones de Roma se habían vuelto indistinguibles entre sí.

Nuevas invasiones  
Los últimos años del reinado de Carlomagno estuvieron marcados por tensiones políticas que continuaron en los reinados de sus descendientes. Por el sur se produjo la invasión musulmana, que en sus inicios contó con el apoyo de los judíos, que en gran número habitaban las tierras del norte de África y la península Ibérica. El año 711 las tropas islámicas atravesaron el estrecho de Gibraltar y se extendieron por toda la península, llegando hasta el sur de Francia. A finales del siglo IX y durante el siglo X Europa fue el escenario de una renovada desintegración política y una serie de invasiones desastrosas, esta vez de los vikingos (escandinavos procedentes del norte) y de los magiares que, procedentes de Asia, avanzaban hacia el Oeste, a través de las llanuras del Danubio. Las tierras fronterizas dejaron de cultivarse, el comercio se interrumpió y los viajes eran peligrosos incluso en distancias cortas.

Durante este periodo existieron varias tendencias. Por un lado, Europa experimentó otra gran ola de fragmentación política; sin embargo, aunque las fuerzas partidarias de la centralización política eran débiles, no puede decirse lo mismo del poder de las familias terratenientes locales. También fue una época de dominio de los monasterios benedictinos, grandes propietarios que se mezclaron en la red de alianzas feudales. Finalmente, el Papado se convirtió por derecho propio en un poder secular que ejerció un control político directo sobre gran parte de Italia central y septentrional. Gradualmente elaboró un aparato de autoridad central sobre las iglesias regionales y los monasterios, y, por medio de su expansión diplomática y de la administración de justicia, también acumuló un notable poder político en toda Europa.

Alta y baja edad media  
En el año 1050 aproximadamente, Europa estaba entrando en un periodo de grandes y rápidas transformaciones. Las condiciones de la vida material que produjeron estos cambios aún no están del todo claras, aunque las siguientes causas se pueden citar con seguridad: el largo periodo de emigraciones germánicas y asiáticas había terminado y Europa disfrutaba de un nivel de población estable y continuado, había comenzado e iba a continuar una expansión de la población de proporciones sorprendentes. La vida urbana, que nunca cesó del todo durante los siglos anteriores, experimentó un notable crecimiento y desarrollo, y por ello rompió la tendencia medieval hacia la autosuficiencia económica. La economía y el comercio, en particular en las tierras mediterráneas de Italia y el sur de Francia y en los Países Bajos, se incrementó en cantidad, regularidad y extensión. En la península Ibérica, los incipientes reinos cristianos del norte iniciaron una larguísima guerra contra las sucesivas invasiones almorávides y almohades, en una reconquista que se prolongó durante siete siglos.

Fermento y crecimiento intelectual  
A la vez que la economía europea se hacía más compleja, las instituciones sociales y políticas también se diversificaron. En cada rama de los asuntos públicos —gobierno local, administración de justicia, regulación del comercio y el desarrollo de las instituciones educativas necesarias para proporcionar personal a cada administración de acuerdo a su reglamentación— apareció una estructura similar en complejidad y desarrollo.

Los nuevos imperativos de esta compleja vida social produjeron un fermento intelectual sin precedentes en la historia europea. Este fermento, presente en todas las esferas de la ciencias, ha terminado siendo conocido como el renacimiento del siglo XII. Las leyes eclesiásticas y seculares se sistematizaron, discutieron y cuestionaron como nunca antes. La retórica y la lógica se convirtieron en objeto de examen por derecho propio y dieron lugar a investigaciones de la cultura clásica, olvidada durante mucho tiempo. La doctrina teológica fue explorada y promovió nuevos métodos de crítica. Entre tanto, en Córdoba, capital musulmana, se produjo un notable sincretismo religioso y cultural, ya que en esta ciudad convivieron durante siglos musulmanes, judíos y cristianos en paz y armonía. A través de Córdoba, Europa conoció la filosofía griega y la literatura clásica, gracias a las traducciones árabes y a la escuela de traductores de Toledo; también gracias a ellos la medicina, la astronomía y las ciencias antiguas y modernas penetraron en el continente. Los árabes transmitieron a Europa las matemáticas, e introdujeron productos como el papel, el arroz y la caña de azúcar.


Todo ello favoreció el que los europeos occidentales comenzaron a pensar en sí mismos de una nueva manera, un cambio que se reflejó en las innovaciones en las artes creativas. En literatura, la lírica amorosa y el romance cortés aparecieron en las lenguas vernáculas emergentes, y tuvo lugar un brillante resurgir de la escritura en latín. La pintura y la escultura dedicaron nueva atención al mundo natural e hicieron un intento sin precedentes de representar extremos emotivos y vitales. La arquitectura floreció con la construcción, a lo largo de rutas de peregrinaje por las que se viajaba frecuentemente, de iglesias en un estilo que combinaba materiales y técnicas grecorromanas con una estética totalmente nueva.

También hubo cambios de gran alcance en la vida espiritual. En el siglo XII se establecieron nuevas órdenes religiosas, como la orden cisterciense (que intentó purificar las tradiciones del monacato benedictino) y las órdenes de los frailes mendicantes, que procuraron ajustar el ideal monástico a la nueva vida urbana. En todas ellas era frecuente un nuevo sentido de piedad individual, basado no en el ritual, sino en la identificación individual con el sufrimiento de Cristo. El desarrollo del culto a la Virgen María, una figura relativamente poco importante en los siglos precedentes, tuvo un espíritu similar.

Evolución política  
Al mismo tiempo, los pueblos se empezaron a identificar a sí mismos como miembros de grupos y comunidades con intereses distintos a los de sus vecinos. Los hechos políticos del periodo tuvieron una relación íntima con estas nuevas identidades.

Uno de los hechos más importantes fue el rápido ascenso hegemónico de los normandos. Descendientes de los vikingos que se establecieron en el norte de Francia durante los siglos IX y X y convertidos en feudatarios del rey de Francia, los normandos entraron en escena en la historia europea en 1066, año en que tuvo lugar la batalla de Hastings, mediante la que conquistaron Inglaterra bajo el mando de Guillermo I el Conquistador, quien aseguró su conquista con un programa de reasentamientos intensivos; los normandos, cuya lengua era la misma de los francos, se convirtieron en la clase dirigente de Inglaterra, unida a Guillermo por las concesión de tierras y las obligaciones feudales. Esta feudalización política sistemática y la imposición de otras instituciones normandas llevaron a Inglaterra a la principal corriente del desarrollo político y social del continente. El hecho de que el duque de Normandía (un feudo dependiente del rey de Francia) fuera también rey de Inglaterra, convirtiéndose así en un personaje de igual posición y más poder, ilustra la creciente complejidad del mundo europeo. El conflicto político, y con él la idea del Estado como institución autónoma, fue inevitable.

En los territorios germánicos e italianos del Sacro Imperio Romano Germánico, la nueva actividad del Papado como un órgano de gobierno real entró en conflicto con el poder del emperador en una maraña de sucesos conocidos colectivamente como la querella de las investiduras. Durante el primer periodo del Imperio no se había hecho una separación estricta en teoría o en la práctica entre los campos eclesiástico y político. Desde el momento de la alianza histórica de los carolingios con el Papa, el emperador ya no se consideró únicamente una figura secular. De la misma manera, los obispos eran poderes seculares por derecho propio, consejeros o siervos feudales de reyes y emperadores. No se cuestionaba que el poder secular debía tener parte en la elección de obispos y tener una presencia activa en la coronación o investidura episcopal. Precisamente esta práctica provocó la lucha cuando el Papa Gregorio VII declaró la primacía de la Iglesia en la elección y consagración de sus propios funcionarios.

El resultado más importante de la controversia fue que cuestionaron todas las relaciones entre Iglesia y Estado. Dentro de la teología, el derecho y la teoría política, el Estado, como entidad secular, fue examinado críticamente, al igual que la Iglesia, no sólo como comunidad de devotos cristianos, sino también como una aristocracia administrativa de obispos al servicio del Papa. A finales del siglo XII la Iglesia se convirtió en un gran poder político europeo junto a los distintos Estados seculares emergentes.

La unidad cultural
 
Las fuerzas materiales y culturales liberadas en el siglo XII prolongaron su impacto durante los siguientes 200 años. Europa se había convertido en una unidad cultural, por la que se expresó de forma institucional lo que era el pensamiento de la Iglesia cristiana. Esta unidad se reflejó con más claridad que nunca en una serie de expediciones militares (las Cruzadas) en las que se pretendía arrebatar al Islam los lugares santos cristianos de Oriente Próximo. La jerarquía de la Iglesia predicó en favor de las cruzadas, que consiguieron el apoyo de las nuevas órdenes monásticas, para las que el ‘peregrinaje militar’ representaba el camino a la salvación individual y colectiva. La idea de la guerra santa, sin embargo, rebasó las divisiones sociales y atrajo tanto a la aristocracia guerrera tradicional como a los campesinos, las nuevas clases de artesanos y los trabajadores de las ciudades surgidos por el crecimiento de la sociedad urbana. En la península Ibérica, la tolerancia tradicional entre musulmanes, judíos y cristianos vivió épocas de crisis y, conforme se extendían los reinos cristianos hacia el sur, los monarcas y la Iglesia tuvieron que intervenir con frecuencia para apaciguar los ánimos populares, que achacaban a los judíos, incluso a los conversos o ‘nuevos cristianos’, la culpa y responsabilidad por todos los desastres. Se estaba incubando la más grave crisis de identidad nacional, origen de la Inquisición y de la expulsión de judíos y moriscos, ocurrida a finales del siglo XV y del siglo XVI respectivamente.

La creciente intolerancia hacia las poblaciones no cristianas dentro y fuera de las fronteras de Europa tuvo la misma importancia como expresión de la unidad cultural cristiana. El islam, el enemigo infiel de la lejana Jerusalén, también era el enemigo en las fronteras, y en Sicilia siglos de intercambio comercial e intelectual llegaron a su fin. También en el periodo comprendido entre los siglos XII y XIV la intolerancia hacia los judíos que se habían establecido en toda Europa se extendió y se hizo más virulenta. Decretos punitivos restringiendo el asentamiento y la colonización judías coincidieron con atrocidades y motines en masa contra la población judía, y se establecieron las bases del antisemitismo ideológico: los judíos, como criaturas extrañas y demoníacas, envueltas en conspiraciones internacionales y culpables de la muerte ritual de niños cristianos, entraron en el folclore de la imaginación europea. Finalmente durante esta época hubo un aumento de las herejías, una expresión de la inquietud intelectual y social de la época, y de los esfuerzos políticos y militares en destruirlas, que se reflejaron sobre todo en la cruzada al sur de Francia contra la herejía de los albigenses.

Así pues, la unidad cultural europea no estuvo libre de conflictos. Al contrario, estuvo en un precario estado de equilibrio, y sus elementos, en continuo desarrollo, inevitablemente entraron en conflicto unos con otros en los siglos siguientes. Los pueblos y ciudades continuaron su crecimiento económico y demográfico. En Italia, Inglaterra y los Países Bajos comenzaron a luchar por la autonomía política. La lucha fue particularmente cruel en Italia, donde las ciudades se encontraban entre los conflictivos diseños políticos del Imperio y el Papado. También fueron destacadas las luchas internas entre distintos grupos sociales urbanos. Como resultado, se intensificó el pensamiento político y social que hoy día se llama humanismo, mientras el pueblo intentaba articular sus propias posiciones.

El ascenso de la conciencia nacional  
La lucha general por la supremacía entre Iglesia y Estado se convirtió en una constante de la historia europea. En los siglos XIII y XIV la unidad cultural europea fue desafiada en toda Europa por intereses locales, regionales y nacionales. Esto se manifestó en el incremento real del poder del rey de Francia y en su enfrentamiento con el rey de Inglaterra, en teoría su inferior. También se evidenció en la esperanza, incluso en ausencia de cualquier poder unificador potencial, de una Italia independiente del Papa y el emperador, y libre de luchas cívicas y territoriales. En todo Occidente se vivía un sentimiento de renovación, expansión y descubrimiento. En la península Ibérica, acabada la reconquista en 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, se aseguraba la unidad territorial y se establecía el primer Estado en el sentido moderno del término, del mismo modo y simultáneamente a lo que ocurría en Francia e Inglaterra.

La conciencia nacional y regional, así como la desarrollada en las ciudades, el crecimiento continuo del comercio dentro de Europa y hacia Oriente, la extraordinaria creatividad intelectual y artística del renacimiento y la confusión y conflictividad social fueron algunos de los rasgos del final de la edad media. Incluso la terrible aparición de la peste negra, a mediados del siglo XIV, y su periódica reaparición no alteraron fundamentalmente estas tendencias.

Ningún suceso aislado puede exponer mejor la inquietud de este periodo que el primer viaje de Cristóbal Colón, en el siglo siguiente. Espoleada por la rivalidad nacional y el interés comercial en abrir nuevas rutas comerciales hacia el Oriente, la Monarquía Hispánica costeó las especulaciones del navegante y mercader veneciano. El rey portugués, Enrique el Navegante, había rechazado los planes de Colón, por lo que éste se dirigió a la Corte española, donde Isabel la Católica, tras vencer muchas dudas, y buscando apoyo económico ajeno, financió la expedición de Colón. El resultado fue inesperado. Había un nuevo mundo al Oeste. Los horizontes se ampliaban y el mundo físico y material se había convertido en un objeto de curiosidad intelectual. Europa estaba lista para aumentar el escenario de sus operaciones. El ‘encuentro‘ de las nuevas tierras con Occidente ocurrió en un momento crucial para España. Terminadas las guerras de reconquista, expulsados los hispanomusulmanes y coincidente con la salida de los judíos que no aceptaban ser cristianos, los reyes de España vieron en los descubrimientos y posterior conquista la mejor manera de dar una salida natural al impulso expansivo y a las energías acumuladas en las guerras peninsulares.

Inicio de la época moderna  
El siglo y medio que transcurrió entre la llegada europea a América y el final de la guerra de los Treinta Años fue una época de transición y tensión intelectual. Después de 1648, la religión siguió siendo importante en la historia europea, pero no se volvió a dudar de la prioridad de las preocupaciones seculares. Debido a que este cambio de valores suscitó inquietud e incertidumbre en su comienzo, los pueblos de Europa exhibieron una profunda ambivalencia: ya no eran medievales, pero tampoco eran modernos.

El nacimiento de una nueva era 
 Esta ambigüedad se manifestó en quienes, a finales del siglo XV, comenzaron a explorar la tierras situadas más allá de las costas europeas. Inspirados por el celo religioso, exploradores como Vasco da Gama, Cristóbal Colón y Fernando de Magallanes hicieron posible un vasto esfuerzo descubridor y misionero. Motivados también por el afán de conseguir bienes materiales, contribuyeron a una revolución comercial y al desarrollo del capitalismo. Portugal y España, como patrocinadores de los primeros viajes, fueron los primeros en recoger la cosecha económica. Aunque la enorme cantidad de plata que fluyó a España contribuyó a una ‘revolución de los precios’ (rápida devaluación del dinero e inflación a largo plazo), en un principio sirvió para poner un extraordinario poder en manos del rey Felipe II, de quien se decía que "en sus dominios no se ponía nunca el Sol". Heredero de los dominios de los Habsburgo en Europa occidental y América, Felipe se autoproclamó defensor de la fe católica. Su oposición a las ambiciones del Imperio otomano en el Mediterráneo no se debió sólo a que los turcos eran competidores imperiales sino también a que eran ‘infieles’ musulmanes. Del mismo modo, sus campañas contra los Países Bajos e Inglaterra tuvieron a la vez motivaciones políticas y religiosas, pues en ambos casos sus enemigos eran protestantes.

La Reforma protestante  
La Reforma protestante que Felipe II detestaba comenzó en 1517, año en que Martín Lutero expuso a debate público sus 99 tesis. En busca de la salvación personal y ofendido por la venta de indulgencias papales, el profesor de Wittenberg había llegado a una conclusión que se diferenciaba en poco de la que había provocado la muerte de Jan Hus un siglo antes. Lutero renunció a retractarse incluso cuando se enfrentó a una bula de excomunión. No obstante, a pesar de su carácter religioso, tras proclamar que la salvación sólo se obtiene mediante la fe, el desafío de Lutero a la Iglesia se mezcló con aspectos políticos. Al reconocer el peligro de las repercusiones políticas de sus ideas, Carlos V puso a Lutero bajo proscripción imperial.

La ruptura de Lutero con la Iglesia podría haber sido un hecho aislado si no hubiera sido por la invención de la imprenta. Sus escritos, reproducidos en gran número y muy difundidos, fueron los catalizadores de una reforma más radical incluso, la de los anabaptistas. En su determinación por recrear la atmósfera del cristianismo primitivo, los anabaptistas se opusieron a los católicos y a los luteranos por igual. La Reforma tampoco pudo ser contenida geográficamente; triunfó en Suiza cuando Zuinglio impuso sus ideas en Zurich. En Ginebra, Juan Calvino, francés de nacimiento, publicó la primera gran obra de la teología protestante, Institución de la religión cristiana (1536). El calvinismo demostró ser la más militante políticamente de las confesiones protestantes.

Incapaz de conservar la unidad cristiana occidental, la Iglesia católica no cedió territorio a los protestantes. La Contrarreforma, que no sólo fue una respuesta al desafío protestante, representó un esfuerzo por vigorizar los instrumentos de la autoridad de la Iglesia católica. El Concilio de Trento reafirmó el dogma tradicional católico, denunció los abusos eclesiásticos y potenció la Inquisición y el Índice de libros prohibidos. Con la Compañía de Jesús, fundada por san Ignacio de Loyola, la Contrarreforma podía enorgullecerse de contar con una organización tan militante y dedicada como la de cualquier confesión protestante.

Las guerras religiosas  
Alentada fundamentalmente por los monarcas españoles Carlos V y Felipe II, la lucha entre los católicos y los protestantes no se limitó al área espiritual. Durante el periodo 1550-1650, las prolongadas guerras religiosas ocasionaron la destrucción general del continente. No obstante, estas guerras religiosas se entrelazaron de modo inextricable con las contiendas políticas, que finalmente adquirieron un papel de gran importancia. En Francia, un sangriento conflicto civil entre los católicos y los hugonotes se prolongó durante 30 años hasta que Enrique IV fue reconocido como rey en 1593. Al poner el poder secular por encima de la lealtad religiosa, el protestante Enrique se convirtió al catolicismo, la religión de la mayoría de sus súbditos. En los Países Bajos, la España católica y las provincias holandesas, calvinistas, entablaron una brutal y larga guerra (1567-1609) que finalizó con la victoria de estas últimas. La religión se identificó muy de cerca con las aspiraciones nacionales; el líder holandés Guillermo de Orange-Nassau, católico y luterano antes de hacerse calvinista, reunió a su pueblo para convocar la resistencia nacional por encima de todo.

También en Inglaterra la lucha religiosa fue parte de un esfuerzo mayor para asegurar la independencia nacional. Bajo la reina Isabel I las razones de estado dictaron la política religiosa; como resultado, la autonomía administrativa protestante y el ritual católico fueron hábilmente tejidos para fabricar una solución intermedia: la Iglesia de Inglaterra (Iglesia anglicana). Con ayuda de tormentas traicioneras (el ‘viento protestante’), la Inglaterra de Isabel rechazó a la Armada Invencible que Felipe II de España había enviado en 1588, lo que supuso una victoria tanto nacional como religiosa. Al conocer esa derrota, el rey español exclamó: "He enviado mis naves a luchar con los hombres, no contra los elementos". España perdió su liderazgo europeo, que pasó a Francia, su enemigo tradicional.

La guerra de los Treinta Años fue la última guerra religiosa y la primera moderna. Iniciada en Bohemia, donde los Habsburgo católicos y los checos protestantes mantenían una fiera oposición, la confrontación fue alimentada por dos países luteranos, Dinamarca y Suecia. Sin embargo, casi desde el principio, su carácter fue ambiguo; aunque desde el principio las pasiones religiosas contribuyeron a su estallido, en 1635 la guerra se convirtió en una lucha política entre la dinastías Habsburgo y Borbón, ambas católicas. Ejemplo de este periodo de tensiones, a la vez que de transición, fue el cardenal Richelieu, un miembro de la Iglesia católica cuyos intereses eran seculares y que implicó a Francia en la contienda. Al final de la guerra, Francia surgió como la potencia más poderosa del continente europeo y el prototipo del Estado secular y centralizado.

La era del absolutismo  
En la resaca de la guerra de los Treinta Años, el absolutismo comenzó a tomar una forma reconocible; el Estado, secular y centralizado, reemplazó a las instituciones y conceptos políticos feudales como instrumento de poder e influencia mundial. A través de los esfuerzos de los cardenales Richelieu y Mazarino, Francia entró en escena como la primera gran potencia moderna. En 1661, cuando Luis XIV asumió el gobierno del país, comprendió que sólo se podrían conquistar nuevos territorios mediante la movilización de los recursos económicos y militares de todo el Estado. La serie de guerras que provocó en Europa no pudieron transformar sus sueños más audaces en realidades, pero el esfuerzo en sí mismo habría sido imposible sin las políticas económicas mercantilistas de Jean-Baptiste Colbert y la creación de un gran ejército permanente. La vasta burocracia civil y militar que inevitablemente llevaba consigo la ambición territorial desenfrenada del monarca francés pronto comenzó a tomar vida propia, y, aunque el rey pudo haber creído que él era el Estado, de hecho se había convertido en su principal servidor. La aristocracia francesa corrió una suerte similar. Cuando la diversidad feudal cayó víctima del racionalismo burocrático, los aristócratas fueron obligados a ceder el poder político a los funcionarios de la burocracia estatal, llamados intendentes. En España, la muerte de Carlos II sin sucesor provocó la guerra de Sucesión. La llegada de la nueva dinastía de los Borbones coincidió con la implantación del absolutismo. Felipe V abolió los fueros de los distintos reinos, se extinguieron las Cortes y se centralizó el poder basado en una férrea burocracia.

La centralización del Estado
Otros monarcas europeos emularon rápidamente el absolutismo francés. El zar Pedro I el Grande dedicó sus energías a transformar Rusia en una importante potencia militar. Como parte de este programa de occidentalización creó un Ejército y una Armada permanentes, estimuló el estudio de la tecnología occidental e insistió en que la nobleza se definiera por el servicio al Estado. Tomó, además, medidas para racionalizar la administración del gobierno. Estos esfuerzos se coronaron con éxito cuando Rusia derrotó a Suecia en la guerra del Norte (1700-1721). Pedro y sus sucesores, acomodados en su nueva capital, San Petersburgo, no pudieron ser excluidos durante más tiempo de la ecuación política de Europa. Ni tampoco Prusia, donde la estructura política fruto de su evolución histórica era similar a la de los estados más centralizados: la guerra y el impulso expansionista dictaron la concentración del poder, la normalización de los procedimientos administrativos y la creación de un Ejército moderno y permanente.

El precio a pagar por el fracaso en la centralización del poder político era la decadencia política, como se manifestó en Polonia y el Imperio otomano. La persistencia de la independencia aristocrática debilitó tanto a Polonia que finalmente fue repartida en tres ocasiones (1772, 1793, 1795) por los estados vecinos de Austria, Prusia y Rusia. Los turcos, en otras épocas temidos conquistadores del sureste europeo, fueron incapaces de impedir que los jenízaros y funcionarios provinciales usurparan el poder que una vez perteneció al sultán. Como consecuencia, el Imperio otomano entró, antes del final del siglo XVIII, en un proceso que le acabó convirtiendo en el ‘enfermo de Europa’.

De las guerras que asolaron Europa entre 1667 y 1721, surgió un sistema estatal que, en general, sobrevivió hasta 1914. Al comienzo del periodo, Francia permaneció de forma incontestada como la potencia militar más poderosa de Europa; sin embargo, en la segunda década del siglo XVIII aproximadamente, Gran Bretaña, Austria, Rusia y Prusia se convirtieron en potencias con las que había que contar. En lugar de ser un imperio francés, Europa se organizó como un grupo de grandes potencias en equilibrio político. La estabilidad política se convirtió en un principio de la diplomacia europea (conocida con el nombre de ‘concierto europeo’) y en una contestación efectiva a cualquier agresión que tuviera por objeto la hegemonía continental.

La visión secular del mundo  
Junto a la secularización de la política hubo una secularización del pensamiento. La revolución científica del siglo XVII sentó las bases de una visión del mundo que no dependía de las asunciones y categorías cristianas. Al liberarse de la teología, los filósofos descubrieron nuevos aliados en la ciencia y las matemáticas. Para pensadores como Francis Bacon y el filósofo francés René Descartes, el destino del alma era menos importante que el funcionamiento del mundo natural, y aunque Bacon era empirista y Descartes un racionalista, ambos creían que el poder de la razón humana, utilizado correctamente, se imponía a la autoridad.

Entre los distintos creadores del pensamiento moderno, ninguno fue más importante ni más celebrado que el físico inglés Isaac Newton, que descubrió una explicación mecánica que abarcaba todo el universo sobre la base de la ley de la gravedad universal. El respeto que Newton inspiró a los filósofos del siglo XVIII difícilmente puede ser exagerado. Determinados a popularizar una imagen del mundo científica y a adaptar sus métodos a la tarea de la crítica social y política, las principales figuras de la Ilustración pusieron los problemas del mundo directamente en el centro de su actividad intelectual. En el compendio más famoso del pensamiento ilustrado, la Enciclopedia (1751-1772), Denis Diderot (el editor), Jean d’Alembert, Voltaire y otros autores cuestionaron la concepción religiosa del mundo y abogaron por el humanismo científico basado en la ley natural.

El despotismo ilustrado 
 Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la ilustración se alió con el absolutismo. Inspirados por los filósofos, monarcas absolutos como Federico II el Grande de Prusia, José II de Austria y Catalina II de Rusia, se modelaron a sí mismos en el ideal del rey filósofo e intentaron, con distintos niveles de éxito, utilizar el poder al servicio del bien común. A pesar de su sinceridad, su mayor éxito fue radicalizar aún más el absolutismo. Bajo su mando, el particularismo político continuó su retirada ante el avance de la uniformidad legal a través de los códigos de leyes y las regulaciones administrativas y burocráticas. Efectivamente, hubo un resurgir aristocrático durante el siglo, pero los aristócratas debían su nueva vitalidad a su obligación de servir al Estado. En resumen, bajo los monarcas absolutos ilustrados la centralización del poder se desarrolló rápidamente; en un auténtico esfuerzo por mejorar el bienestar de sus súbditos, los déspotas ilustrados introdujeron aún más el poder del Estado en la existencia diaria. En España, bajo Carlos III florecieron las artes y las letras amparados por gobiernos dirigidos por políticos excelentes, como el conde de Aranda, el conde de Campomanes, Gaspar Melchor de Jovellanos y el conde de Floridablanca, amigos y seguidores de los ilustrados franceses y de los nuevos ideólogos ingleses.

La era de las revoluciones 
 Hacia finales del siglo XVIII la concentración de poder en manos del monarca comenzó a ser desafiada. La rebelión europea contra el absolutismo se intensificó con el éxito de la guerra de la Independencia estadounidense y la creación de los Estados Unidos y por el auge de la burguesía inglesa, el cual coincidió con la Revolución Industrial. Esta rebelión cristalizó por primera vez en Francia, en 1789, y desde allí se extendió por todo el continente durante el siglo siguiente.

La Revolución Francesa  La Revolución Francesa abarcó una serie de acontecimientos que transformaron la atmósfera política, social e ideológica de la Europa moderna. Estos hechos comenzaron cuando la aristocracia, que rehusó a pagar impuestos, obligó al rey Luis XVI a restablecer los moribundos Estados Generales en la primavera de 1789. Pocos sospechaban que esta decisión desataría fuerzas elementales e irresistibles de descontento. Aunque tenían diferentes fines, aristócratas, burgueses, sans-culottes (los habitantes pobres de las ciudades) y campesinos se unieron en la resolución de alterar las condiciones de su existencia. Junto a esta declaración de sus intereses, un cuerpo de ideas y teorías políticas heterogéneas orientó las energías revolucionarias, en particular, la doctrina de Jean-Jacques Rousseau de la soberanía popular que influyó en los líderes más capaces del tercer estado (el pueblo llano). Cuando la Asamblea Nacional proclamó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en agosto de 1789, pretendía advertir al resto de Europa que había descubierto unos principios de gobierno universalmente válidos.

El reinado del Terror  
La monarquía constitucional que había surgido en 1791 era tan insatisfactoria para el rey como para los jacobinos, una facción de los revolucionarios. En la Asamblea Legislativa (1791-1792), éstos y los girondinos (otra facción revolucionaria menos radical) propugnaron establecer una república, al mismo tiempo que preparaban una declaración de guerra contra Austria (abril de 1792). Cuando las tropas francesas sufrieron reveses iniciales, la temperatura revolucionaria subió todavía más y, en septiembre, la recién formada Convención Nacional proclamó la República en Francia. El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue ejecutado y durante el año y medio siguiente, el país fue gobernado por dirigentes revolucionarios, cuyos sueños de perfección moral y odio a la hipocresía inspiraron un periodo conocido como reinado del Terror, que convirtió a la guillotina en el símbolo del mesianismo político. La furia moral del Comité de Salvación Pública no conoció fronteras territoriales, y sus miembros llevaron a cabo una escalada de guerras contra una coalición de potencias europeas cuyo absolutismo chocaba con sus ideales revolucionarios. Su éxito puede atribuirse en parte a la conscripción obligatoria instituida en agosto de 1793, que demostró el terrible potencial militar de una nación en armas. No obstante, el miedo invadió finalmente al propio Comité; en julio de 1794 Maximilien de Robespierre, su máximo dirigente, fue arrestado y ejecutado. Durante la reacción posterior, los franceses olvidaron pronto ‘la república de la virtud’ y dieron la bienvenida a una nueva etapa casi como un símbolo de libertad.

Llegada de Napoleón al poder 
 El gobierno del Directorio, muy difamado, intentó asimilar los elementos menos controvertidos de la herencia revolucionaria y llevar un coup de grace (golpe de gracia) al mesianismo jacobino. El Directorio, determinado a alentar las carreras de hombres de talento, hizo posible el rápido acceso al poder de Napoleón Bonaparte. Con la connivencia de dos directores, Napoleón preparó un golpe de Estado en noviembre de 1799, gobernó de forma autoritaria y se coronó emperador en 1804. Napoleón, un estudiante que llegó a la mayoría de edad durante la Revolución, está considerado como el último de los monarcas absolutistas. Como parte de su plan para extender los principios de la Revolución Francesa, promulgó el Código napoleónico, un sistema codificado de leyes, y puso la educación bajo control estatal. Entre los principios revolucionarios de libertad e igualdad, prefirió este último en el conocimiento de que sólo sería estimulado por una autoridad central fuerte.

Las Guerras Napoleónicas  
En los asuntos exteriores, Napoleón renovó el expansionismo de Luis XIV con un convencimiento firme de algunos principios ilustrados. Abolió los antiguos privilegios feudales e impuso la igualdad legal en los territorios, que se extendían por la mayor parte de la Europa continental y que añadió al Imperio francés por la fuerza de las armas. En su pasión por la centralización del poder, sacrificó las complejidades históricas en favor de las exigencias de la comodidad administrativa, como por ejemplo en la creación de la Confederación del Rin.

Lo que Napoleón no acertó a apreciar fue hasta qué punto las unidades administrativas más grandes y las reformas igualitarias promovían la conciencia nacional. Al igual que su éxito dependía del entusiasmo nacional francés, su caída fue provocada por el desarrollo de la conciencia nacional de otros pueblos europeos. Las Guerras Napoleónicas (1799-1815) se diferenciaron de las de Luis XIV en que no eran simplemente entre Estados, sino entre Estados nacionales. Tras una serie de desastres (sobre todo la campaña de Rusia y la interminable ‘guerra peninsular’ en España y Portugal), Napoleón fue derrotado y el poder europeo recobró un equilibrio más adecuado; los llamados Cien Días (1815) que siguieron a su huida de Elba y culminaron en la batalla de Waterloo un año más tarde, constituyeron su desesperada y arriesgada jugada final. Al igual que los dirigentes de la Revolución, Napoleón había incrementado el poder del Estado centralizado y le añadió una explosiva mezcla de nacionalismo.

Liberalismo, nacionalismo y socialismo  
Tras la derrota de Napoleón, los aliados victoriosos se reunieron en Viena, decididos a restaurar el antiguo orden (véase Congreso de Viena). El ministro de asuntos exteriores austriaco Klemens von Metternich, que defendía el principio de legitimación, restauró a los Borbones en Francia, aseguró la hegemonía de los Habsburgo en las zonas de habla alemana e italiana de Europa central y forjó un acuerdo general para vigilar el continente contra cualquier alteración revolucionaria. Metternich trató de ayudar al monarca absolutista español Fernando VII en sus pretensiones de recuperar sus dominios americanos, pero tuvo que enfrentarse a la resistencia de los ingleses, que apoyaban a los insurgentes en la América española. No obstante, su autoritaria actuación sólo fue una acción de contención. Las ideas revolucionarias europeas siguieron actuando en la sombra, conspirando con la ayuda del auge de la industrialización y una población en rápido crecimiento para impedir cualquier intento de vuelta atrás.

Los románticos 
 La imaginación romántica resultó afectada por el drama conmovedor de la revolución y la guerra. Los románticos, que rechazaron el cálculo racional y el control clásico, inventaron un Napoleón idealizado y confirieron al liberalismo, al socialismo y al nacionalismo un fervor emotivo. Como herederos de la ilustración y representantes de la burguesía, los liberales (concepto acuñado en las Cortes de Cádiz, en 1812) hicieron campaña en favor del gobierno constitucional, la educación secular y la economía de mercado, que liberaría a las fuerzas productivas del capitalismo. Su llamamiento, aunque real, se limitaba sólo a un segmento relativamente pequeño de la población y pronto fue eclipsado por el mensaje de ideologías rivales, en parte a causa de su indiferencia hacia la cuestión social, a la que socialistas utópicos como Charles Fourier, Henri de Saint Simon y Robert Owen ofrecieron provocativas, si bien fantásticas, respuestas. Y lo que es más, el liberalismo fracasó en generar el tipo de entusiasmo exaltado que surgió con la aparición de la conciencia nacional. Activado por la Revolución Francesa, Napoleón y las obras del historiador alemán Johann Gottfried von Herder, el nacionalismo romántico superó a todas las ideologías en liza, en especial al este del Rin. Mientras el cristianismo empezaba a perder su influencia sobre las vidas individuales, dirigentes como Giuseppe Mazzini, en Italia y Adam Mickiewicz, en Polonia fueron capaces de imponer en la conciencia nacional un carácter mesiánico. En España, la revolución liberal que implantó la primera Constitución duró muy poco. El rey Fernando VII volvió a implantar el absolutismo en 1814 y tuvo que enfrentarse a la revuelta de los liberales, que lograron imponer su política entre 1820 y 1823, durante el llamado Trienio Liberal.

Revoluciones y socialismo científico 
 A pesar de la vigilancia de Metternich, algunas de estas ideologías no pudieron ser eliminadas y entre 1815 y 1848 Europa fue sacudida por tres crisis revolucionarias. En 1848 las llamas de la revuelta se extendieron a lo largo de toda Europa, con la excepción de Gran Bretaña, Rusia y la península Ibérica. Sin embargo, cuando las cenizas se enfriaron finalmente, estaba claro que la revolución romántica se había consumido a sí misma. Efectivamente, Metternich había sido expulsado de Austria y en Francia se había proclamado la Segunda República francesa, pero la mayoría de los levantamientos fracasaron, y los sueños revolucionarios se habían frustrado para convertirse en realidades. No obstante, la época de la Restauración llegó a su fin. Los ferrocarriles, la industrialización y la próspera población urbana estaban alterando el paisaje de Europa al mismo tiempo que el pensamiento materialista comenzó a desafiar la primacía romántica de la poesía y la filosofía. La ciencia se estaba convirtiendo en un lema, la garantía del progreso inexorable. En 1851, la Gran Exposición de Londres rindió homenaje a los logros técnicos del siglo. Charles Darwin, a pesar de su visión de una naturaleza salvaje, predicó la "supervivencia de los más aptos". Karl Marx y el revolucionario alemán Friedrich Engels se mofaron del socialismo utópico y elaboraron un socialismo ‘científico’ fundamentado en propuestas más radicales de transformación de la sociedad.

La política pragmática 
 En política, la antorcha pasó a los partidarios de la realpolitik (en alemán, ‘política pragmática’). Así, el liberal, pero pragmático, Camillo Benso di Cavour tuvo éxito donde Mazzini había fracasado; unificó Italia al combinar una hábil diplomacia con el uso de ejércitos regulares. Al rechazar el desafío cerrado a compromisos del revolucionario húngaro Lajos Kossuth, el político húngaro Ferenc Deák negoció la autonomía de Hungría en el contexto de la monarquía de los Habsburgo. En Francia, Napoleón III forjó un gobierno autoritario en el que aunó progreso económico (industrialización) y social (programas de bienestar público) con disciplina política y orden social. Por otra parte, se produjo el hecho más importante del tercer cuarto de siglo, cuando Otto von Bismarck unificó Alemania. Convencido de que las grandes problemas de su tiempo sólo podrían ser resueltos con "sangre y hierro", utilizó las guerras contra Dinamarca, Austria y Francia para convertir el nuevo Estado nacional alemán en una de las principales potencias de Europa. Sin embargo, incluso el legendario canciller, un patriota prusiano indiferente a las ideologías, fue obligado a hacer concesiones a los socialistas y los liberales. Su fracaso final en el empeño por aislar la diplomacia de la pasión nacional preparó el camino de la I Guerra Mundial.

En España, el siglo XIX, tras la muerte de Fernando VII, la pérdida de todos los dominios americanos y el enfrentamiento entre liberales y conservadores fue un época de graves convulsiones políticas. La Gloriosa Revolución de 1868 provocó la caída de la monarquía de Isabel II, el advenimiento de la Primera República y la Restauración de la monarquía, en 1874, con el reinado de Alfonso XII, hijo de Isabel II.

El siglo XX  
Para la mayoría de los europeos la época comprendida entre 1871 y 1914 fue la Belle Époque. La ciencia había hecho la vida más cómoda y segura, en un principio el gobierno representativo había conseguido una gran aceptación y se esperaba con confianza el progreso continuo. Orgullosas de sus logros y convencidas de que la historia les había asignado una misión civilizadora, las potencias europeas reclamaron enormes territorios de África y Asia para convertirlos en sus colonias. No obstante, algunos creían que Europa estaba al borde de un volcán. El novelista ruso Fiódor Dostoievski, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, el psiquiatra austriaco Sigmund Freud y el sociólogo alemán Max Weber advirtieron sobre el optimismo fácil y rechazaron la concepción liberal de una humanidad racional. Tales presagios comenzaron a parecer menos excéntricos a la luz de las dudas contemporáneas que suscitaba el consenso liberal. Un nuevo y virulento brote de antisemitismo surgió en la vida política de Austria-Hungría, Rusia y Francia; en la cuna de la revolución, el caso Dreyfus amenazó con derribar la Tercera República. Las rivalidades nacionales se exacerbaron por la competición imperialista y el problema de las nacionalidades en la mitad húngara de la Monarquía Dual se intensificó debido a la política de magiarización del gobierno húngaro y la influencia de las unificaciones alemana e italiana en los pueblos eslavos.

Mientras, la clase trabajadora industrial crecía en número y fuerza organizada, y los partidos socialdemócratas marxistas presionaban a los gobiernos europeos para equiparar las condiciones y las oportunidades de trabajo. El emperador Guillermo II de Alemania apartó de su lado a Bismarck en 1890. Durante dos décadas, el ‘canciller de hierro’ había servido como el "honesto corredor de bolsa" de Europa, al realizar con gran destreza una asombrosa política de alianzas internacionales que permitieron el mantenimiento de la paz en el continente. Ninguno de sus sucesores poseía la habilidad necesaria para preservar el sistema de Bismarck, y cuando el emperador incompetente desechó la realpolitik en favor de la weltpolitik (la política imperial), Gran Bretaña, Francia y Rusia formaron la Triple Entente.

Las guerras mundiales  
El peligro alemán, junto a la rivalidad entre Rusia y Austria en los Balcanes, implicaba una actividad diplomática que presentaba dificultades demasiado grandes para los mediocres funcionarios que dirigían los ministerios de Asuntos Exteriores europeos en la víspera de 1914. Cuando el terrorista serbio Gavrilo Princip asesinó al archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo el 28 de junio de 1914, no hizo sino encender la mecha del barril de pólvora sobre el que se asentaba Europa.

La I Guerra Mundial  
El entusiasmo con que los pueblos europeos saludaron el estallido de las hostilidades pronto se convirtió en horror cuando las listas de bajas aumentaron y los objetivos limitados se volvieron irrelevantes. Lo que se había proyectado como una breve guerra entre potencias, se convirtió en una lucha de cuatro años entre pueblos. En las últimas semanas de 1918, cuando finalmente terminó la guerra, los imperios alemán, austriaco y ruso habían desaparecido, y la mayor parte de una generación de jóvenes murió. El que el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, fuera la principal figura de la conferencia de paz de París (1919) demostró ser una señal de lo que estaba por llegar. Decidido a convertir el mundo en un lugar "seguro para la democracia", Wilson había implicado a Estados Unidos en la guerra contra Alemania en 1917. Mientras proclamaba su llamada a una Europa democrática, Lenin, el dirigente bolchevique que en el mismo año se hizo con el poder en Rusia, llamaba al proletariado europeo a la lucha de clases y sentaba las claves ideológicas de la revolución socialista. Ignorando ambas premisas ideológicas, Francia y Gran Bretaña insistieron en una paz con reparaciones económicas, y Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía fueron obligados a firmar tratados que no tenían nada que ver con sueños mesiánicos.

España, que había permanecido neutral, seguía arrastrando una profunda crisis de identidad, tras el desastre de 1898, la guerra con los Estados Unidos, la pérdida de Cuba y Filipinas, y sus repetidos fracasos militares en Marruecos. Pero a pesar de la neutralidad, la sociedad se dividió profundamente en dos bandos: los ‘aliadófilos’ frente a los ‘germanófilos’.

El periodo de entreguerras 
 En las postrimerías de la catastrófica guerra y de una epidemia de gripe que provocó veinte millones de muertos en todo el mundo, muchos europeos creyeron, junto al filósofo Oswald Spengler, que eran testigos de la ‘decadencia de Occidente’. Por supuesto, aún podían encontrarse signos de esperanza: se había fundado la Sociedad de Naciones y se decía que en el este y el centro de Europa había triunfado el principio de la autodeterminación. Rusia se había liberado de la autocracia zarista y Alemania se había convertido en una república. No obstante, la Sociedad de Naciones ejerció poca influencia, y el nacionalismo continuó siendo una espada de doble filo. La creación de Estados nacionales en Europa central llevaba consigo necesariamente la existencia de minorías nacionales, porque la etnicidad no podía ser el único criterio para la construcción de fronteras defendibles. Los zares habían sido reemplazados por los bolcheviques, que rechazaron reconocer la legitimidad de cualquier gobierno europeo. Lo más importante fue, quizás, que el Tratado de Versalles, al establecer que existía un culpable de la guerra, había herido el orgullo nacional alemán, mientras que los italianos estaban convencidos de que les habían negado su parte legítima del botín de posguerra.

Benito Mussolini, al explotar el descontento nacional y el temor ante el comunismo, estableció una dictadura fascista en 1922. Aunque su doctrina política era vaga y contradictoria, se dio cuenta de que, en una época en la que la política dirigida a las masas estaba en pleno auge, una mezcla de nacionalismo y socialismo poseía el mayor potencial revolucionario. En Alemania, la inflación y la depresión dieron a Adolf Hitler la oportunidad de combinar ambas ideologías revolucionarias. A pesar de su nihilismo, Hitler nunca dudó de que el Partido Nacional Socialista Alemán era el vehículo prometido a su ambición. Por su parte, el sucesor de Lenin, Stalin, subordinó el ideario internacionalista de la revolución al concepto de la defensa de la patria rusa, y al proclamar ‘el socialismo en un único país’, erigió un aparato gubernamental jamás igualado en omnipresencia.

La crisis española desembocó en el destronamiento pacífico de la monarquía, tras las elecciones municipales de 1931. Pero la República fue contestada desde sus inicios por las fuerzas conservadoras y los sectores más radicales del anarcosindicalismo; los poderes fácticos, la Iglesia y los terratenientes, provocaron con sus continuos vetos y obstáculos gravísimos enfrentamientos políticos y sociales. En 1936 estalló una cruenta guerra civil, que dividió de inmediato a la opinión pública en todo el mundo. Acabó en 1939 con el triunfo del general Francisco Franco, que había tenido el apoyo decisivo de Hitler y Mussolini.

La II Guerra Mundial  
Al afrontar la creciente beligerancia de estos estados totalitarios y el confirmado aislamiento de Estados Unidos, las democracias europeas se encontraron a la defensiva. Bajo el liderazgo de Neville Chamberlain, Gran Bretaña y Francia adoptaron una política de apaciguamiento, que sólo fue abandonada tras la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939. Cuando la II Guerra Mundial comenzó, las rápidas victorias del ejército alemán persuadieron a casi todos, excepto a Winston Churchill, de que el ‘nuevo orden’ de Hitler era el destino de Europa. Pero después de 1941, cuando Hitler ordenó el ataque a la Unión Soviética y los japoneses bombardearon Pearl Harbor, soviéticos y estadounidenses se unieron a Gran Bretaña en un esfuerzo común para obligar a Alemania a rendirse incondicionalmente. El rumbo de la guerra cambió en 1942 y 1943 y tras el desembarco y la batalla de Normandía, Alemania y sus restantes aliados sucumbieron al final de una terrible lucha en los frentes oriental y occidental. En la primavera de 1945, Hitler se suicidó y una Alemania arrasada se rindió a las potencias aliadas.

La era de posguerra  
En los días finales de la guerra, las unidades militares de Estados Unidos y la Unión Soviética se encontraron en su avance cerca de la ciudad alemana de Torgau. Este elocuente encuentro simbolizó la decadencia del poder europeo y la división del continente en dos esferas de influencia, estadounidense y soviética. En poco tiempo, la tensión y la sospecha engendrada por la proximidad geográfica de las dos superpotencias mundiales tomó la forma de Guerra fría, una prueba de nervios que fue particularmente dura en el nacimiento de la era atómica.

Enfrentamiento Este-Oeste  
Al haber sufrido tremendas pérdidas durante la guerra, la URSS estaba decidida a establecer una zona de seguridad en Europa oriental que la separara del mundo capitalista europeo. Entre 1945 y 1948, dictadores apoyados por la Unión Soviética consiguieron el poder en el corazón de Europa, desgarrado por la guerra. En Alemania, las zonas de ocupación aliadas comenzaron a transformarse en entidades políticas; en 1949, los gobiernos de Alemania Occidental y Alemania Oriental ya se habían creado, con lo que simbolizaban la división del continente. Alarmado por el establecimiento de gobiernos comunistas en Europa oriental y por la vulnerabilidad de Europa occidental, que se encontraba en ruina económica, el secretario de Estado de Estados Unidos, George C. Marshall, propuso un programa de ayuda de largo alcance destinado a acelerar la recuperación económica europea (véase Plan Marshall). Éste, rechazado por los gobiernos de Europa Oriental bajo la hegemonía de la Unión Soviética, posibilitó una milagrosa recuperación económica de Europa Occidental. La creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) evidenció aún más la dependencia europea de Estados Unidos.

Al rechazar la invitación de Hitler a participar en la guerra, el general Franco logró mantenerse neutral, pero no consiguió ganarse la simpatía de los ‘aliados’, que le negaron los beneficios y las ayudas del Plan Marshall. Entre 1945 y 1953 el gobierno español tuvo que soportar el ostracismo internacional, tras ser rechazada su presencia en las organizaciones internacionales del mundo occidental.

Los Estados europeos, que ya no eran dueños de sus destinos, en especial Francia y Gran Bretaña, fueron forzados a desmantelar sus imperios. Durante las primeras dos décadas de la posguerra tuvo lugar un impresionante proceso de descolonización, que fue preparado en parte por el auge de los movimientos nacionales en Asia, África y Oriente Próximo en el periodo de entreguerras. Esta decadencia del imperialismo y el colonialismo reflejó la crisis europea, tanto espiritual como política. Las aplastantes revelaciones en relación con los campos de concentración nazis y los dolorosos recuerdos de colaboración se transformaron en un sentimiento de culpabilidad generalizada. Para muchos, el existencialismo del filósofo francés Jean Paul Sartre representó la última palabra en lo concerniente a la condición humana.

Resistencia al control soviético  
No obstante, Europa demostró ser muy resistente. Casi desde el principio, los dirigentes soviéticos aprendieron que el fuerte orgullo nacional que anima a los pueblos de la Europa Oriental no podía ser suprimido fácilmente. En 1948 fueron incapaces de impedir que Josip Broz Tito (un combatiente de la resistencia comunista), se embarcara en una aventura distinta: el socialismo autogestionario en Yugoslavia (véase Partidos comunistas). En 1953, el año de la muerte de Stalin, los alemanes orientales se amotinaron, y en 1956 los húngaros libraron una heroica batalla (destinada al fracaso) contra los soviéticos. En 1968, de nuevo el control soviético fue puesto a prueba en Checoslovaquia, donde el dirigente comunista Alexander Dubcek comenzó la liberalización de la vida checa durante el breve periodo conocido como la primavera de Praga. Otra vez las fuerzas militares soviéticas, junto a tropas de otros países del Pacto de Varsovia, aplastaron el experimento del ‘socialismo con rostro humano’, pero voces de resistencia y reforma continuaron haciéndose oír. La propia URSS tuvo que hacer frente a las presiones nacionalistas cuando algunas de sus repúblicas comenzaron a rechazar el gobierno central.

En España, a partir de 1953, el general Franco supo sacar ventaja de su proclamado anticomunismo, y consiguió reanudar relaciones y contactos con los gobiernos occidentales e iniciar su entrada en todos los organismos, empezando por la UNESCO en ese mismo año.

Resistencia a la influencia estadounidense
 Los estadounidenses, que habían sido mucho mejor recibidos que los soviéticos, trataron a los europeos como aliados en la Alianza Atlántica. Algunos, en cambio, percibieron los peligros de la influencia de Estados Unidos. Éste fue el caso del general Charles de Gaulle, que se convirtió en el presidente de la V República de Francia en 1959. Al negarse a conceder a Estados Unidos una presencia permanente en Europa Occidental, De Gaulle interrumpió la colaboración francesa con la OTAN y comenzó a desarrollar una fuerza disuasoria nuclear propia. Debido a la relación especial que Gran Bretaña mantenía entonces con Estados Unidos, el presidente francés vetó la candidatura británica a la Comunidad Económica Europea (CEE) o Mercado Común. De Gaulle, que veía a Europa extenderse del Atlántico a los Urales, abogó por una inestable federación de estados independientes (L’Europe des patries). A esta visión se oponían aquéllos que consideraban que era necesaria y posible una unión más integral. El primer paso en esa dirección había sido tomado en 1951, cuando Francia, la República Federal de Alemania, Italia y los Países Bajos se pusieron de acuerdo en establecer el Mercado Común del Carbón y el Acero. A esto le siguió en 1957 la formación de la Comunidad Económica Europea. Aunque tuvo un considerable éxito económico, el Mercado Común no evolucionó hacia la unión política europea tan rápidamente como algunos de sus fundadores habían esperado (véase Unión Europea).

En 1975, tras la muerte de Francisco Franco, se inició en España un periodo de transición, que culminó en las primeras elecciones libres de 1977 y la proclamación de una Constitución democrática en 1978.

El futuro de Europa  A principios de la década de 1980, cuando el sindicato polaco Solidaridad estaba en pleno apogeo, el gobierno, con el apoyo soviético, declaró la ley marcial y encarceló a muchos de los disidentes anticomunistas. A finales de la misma década, sin embargo, las condiciones económicas de Europa Oriental se deterioraban tan rápidamente que los gobiernos comunistas no pudieron retener por más tiempo la ola de protestas públicas. Durante 1989 y 1990, las elecciones libres dieron lugar a gobiernos democráticos en Polonia, Hungría y Checoslovaquia. A finales de 1989 la línea divisoria entre Este y Oeste, el muro de Berlín, fue derribado; el régimen de la República Democrática Alemana se disolvió, y en octubre de 1990 Alemania Oriental fue absorbida por la Alemania Occidental (República Federal de Alemania). En septiembre de 1991 la independencia de tres repúblicas bálticas de la Unión Soviética, Estonia, Letonia y Lituania, fue reconocida a nivel internacional; la URSS también aceptó antes del final de 1991 la independencia del resto de las repúblicas soviéticas, lo que significó su total desintegración. La Comunidad de Estados Independientes (CEI), formada en diciembre de 1991 por prácticamente todas las antiguas repúblicas soviéticas, fue la sucesora de la URSS.

El desarrollo político en Europa y la antigua URSS provocó un importante cambio que afectó a la presencia militar estadounidense en el continente. A finales de 1995, el Ejercito estadounidense había reducido sus instalaciones militares en Europa de un total de 893 a 319.

En Europa Occidental, el final de la Guerra fría levantó esperanzas de cooperación total, e incluso de amistad entre Este y Oeste. Estas perspectivas se ensombrecieron, no obstante, con la creciente inestabilidad de las antiguas repúblicas soviéticas y por el estallido de la guerra entre serbios y croatas en Croacia, y serbios, croatas y musulmanes en Bosnia-Herzegovina. En abril de 1992, cuatro de las seis repúblicas constituyentes de Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) habían declarado su independencia, y las dos restantes (Serbia y Montenegro) se habían unido y constituido una nueva Yugoslavia. En cambio, la comunidad internacional se negó a reconocerla como Estado soberano. La guerra continuó hasta 1996, tras la firma de los Acuerdos de Dayton entre los bandos enfrentados.

El 1 de enero de 1993, asimismo, Checoslovaquia se dividió en dos repúblicas distintas, la República Checa y Eslovaquia.

Por su parte, los países miembros de la Comunidad Europea (ahora llamada Unión Europea) habían establecido en un principio el 1 de enero de 1993 como fecha límite para la integración económica. El tratado de la Unión Europea o Tratado de Maastricht, diseñado para intensificar la integración política y económica de la Comunidad Europea, fue ratificado finalmente por los doce miembros de la Unión Europea en 1993. Ésta eliminó la mayor parte de las fronteras comerciales interiores y permitió la libre circulación de ciudadanos de la Unión, además de elegir a la ciudad alemana de Frankfurt como sede del nuevo Instituto Monetario Europeo. Pero los planes para adoptar políticas de defensa común a través de la Unión Europea Occidental y crear una moneda única a finales del siglo XX se han retrasado. En mayo de 1994, Finlandia, Suecia y Austria solicitaron su ingreso en la Unión Europea (UE), que se hizo efectivo en 1995. El 15 de diciembre de 1996 se aprobó el estatuto jurídico del euro (nombre adoptado un año antes para la futura moneda única europea), el nuevo Sistema Monetario Europeo (SME) y el llamado Pacto de Estabilidad, por el que los estados miembros deben continuar sus respectivas políticas de convergencia una vez que, en 1999, comience a utilizarse el euro.


En 1993 Europa sufrió una recesión económica y un alto nivel de desempleo. Además, el flujo de exiliados y refugiados procedentes de Europa suroriental y el norte de África provocó una escalada del nacionalismo racista y xenófobo y de rechazo contra los inmigrantes, especialmente en la Alemania reunificada. Pero el proceso irreversible tendente a la eliminación de fronteras dentro de la Unión Europea, la solicitud de ingreso en la misma realizada por países del antiguo bloque del Este y la apertura en 1994 del túnel del Canal de la Mancha, que une Dover y Calais, después de más de cinco años de construcción, son algunos buenos ejemplos del espíritu favorable a la cooperación y al entendimiento entre los pueblos y los ciudadanos del Viejo Continente.

Iván Villa Lara 2º ESO – A I.E.S. " Cástulo "