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LA MÚSICA EN AL-ANDALUS
El
artista árabe encontró en la música y en la poesía esa evasión que le
permitía plasmar el genio que encerraba en su interior, de ahí que su legado
sea una de las más bellos que ha dejado en su andadura histórica. En Al-Andalus
no fue menos importante, llegando a gozar de una época de verdadero esplendor.
Para comprenderla es necesario incluir algunas pinceladas históricas referentes
a la cultura musical islámica en general.
Durante
la primera etapa del Islam, los
instrumentos quedarían un tanto eclipsados ante el canto en la llamada del muecín,
escuchándose principalmente, salvo excepciones, el canto del Corán. Pasado
este primer período se produjo una cierta apertura en los centros de La Meca y
Medina durante el mandato de los omeyas. La expansión a otras tierras les llevó
a entrar en contacto con otros pueblos y culturas y, como consecuencia, con
distintos tipos de música. Este hecho contribuyó a enriquecer su patrimonio, y
con ello se dio paso a una música más depurada y artística, en la que
aparecieron grandes artistas y estudiosos.
El
más famoso musicalmente fue Al-Farabí.
Este eminente filósofo sobresalió tanto en la teoría como en la práctica.
Varias tradiciones nos aseguran que durante una fiesta nupcial, Al-Farabí podía
tocar el laúd hasta hacer que el auditorio prorrumpiera en risas, derramara lágrimas
o se durmiera. Igualmente aseguran que inventó el "rabab" (rabel) y
el "qanún" (cítara pulsada), aunque es muy posible que se limitara a
mejorarlos.
El
último gran teórico de la música fue Avicena.
Este médico y filósofo incluyó en sus obras largos capítulos sobre música.
Su aportación radica en la detallada descripción de los instrumentos usados
entonces y en el tratamiento de puntos de teoría musical griega que no se han
conservado.
El
período más floreciente se produjo con la llegada de los abbasíes al poder en
el año 750. Bagdad pasó a ser el centro de todas las artes. La música fue
protegida y mimada por los califas, algunos de ellos poetas y compositores,
considerándose esta época como la Edad de Oro de la música islámica. En Irak
nació una dinastía de filósofos liderada por Al-Kindi
(s. IX), quien aplicaría las teorías neo-platónicas de la Armonía Universal
al laúd, considerado como el "sultán” de los instrumentos islámicos.
Entre los músicos destacaron, entre otros, el laudista Al-Mawsuli
y su hijo Ishaq.
En
Bagdad surgió entonces la “nawba” o suite clásica oriental, que
posteriormente se desarrollaría en Al-Andalus. Durante este periodo apareció
una figura clave en la histórica de la música: se trataba de Abu al Hassan Alí
Ibn Nafeh (789-857), apodado Ziryab,
“el pájaro negro cantor” (según algunos por asemejarse al mirlo y según
otros, por el oscuro color de su tez), músico de origen persa y tañedor de laúd
en la corte del califa. Sus cualidades provocaron las envidias de su maestro Al-Mawsuli,
de ahí que decidiera emigrar a otras tierras donde encontraría la protección
adecuada para su arte.
En
su huida de Bagdad se refugió primero en Kairauán, siendo más tarde invitado
por Al-Hakam I a residir en su corte en Córdoba. Su llegada a esta ciudad en el
año 822 se produjo con la subida al trono de Abderramán II, emir protector de
las artes y el primero de Al-Andalus en fundar un conservatorio musical.
Ziryab
destacó como auténtico mecenas en su corte, siendo considerado como el
fundador de la escuela musical andalusí.
Era un auténtico polígrafo: poeta, literato, astrónomo, geógrafo y un
refinado esteta, pero ante todo fue un gran músico. Se dice que se sabía de
memoria las letras y melodías de diez mil canciones. Aquí encontró una tierra
de respetuosa convivencia, el lugar adecuado para seguir la tradición oriental,
al mismo tiempo que pudo desarrollar su espíritu creador y renovador,
inventando nuevas formas musicales.
Él
mismo fabricó sus propios instrumentos, los dio a conocer y los mejoró con sus
propias innovaciones. La laminilla de madera que se empleaba como plectro en el
“ud” (laúd), instrumento árabe por excelencia, la sustituyó por la pluma
de águila, con lo que produjo un sonido más agradable. También le inventó
una quinta cuerda, situándola entre la segunda y la tercera.
Sus
enseñanzas fueron las auténticas transmisoras de la música y los instrumentos
andalusíes al resto de la península ibérica y Europa. Fundó en Córdoba las
primeras escuelas de canto, que reunirían a artistas procedentes de muy
diversos lugares de Oriente y Occidente, estableciendo al mismo tiempo un nuevo
método para su enseñanza: en primer lugar, se recitaba el poema con acompañamiento
de un tamboril, lo cual permitía percibir los acentos; luego se procedía al
aprendizaje de la melodía. Una vez asimilada, se procedía a ornamentarla.
En
Córdoba se desarrollaría la “nawba”, vulgarmente conocida como “nuba”,
elaborada composición melódica de contenido en su mayor parte profano o místico.
En ella la exaltación del amor, la belleza y la sensualidad alcanzan su máxima
expresión, siempre como obra y prueba de la existencia de Alá. Eran, pues, una
elevada concepción y expresión de la sensibilidad refinada, de tal modo que
llegaron a componerse veinticuatro, dedicándose una para cada hora del día de
manera que pudieran adaptarse a las distintas condiciones y estados del espíritu
humano a lo largo de la jornada. La interpretación de cada una abarcaba entre
cinco y siete horas aproximadamente, por lo que resulta evidente que, dada su
larga duración, los músicos debían extraer de cada una sólo aquellas
canciones que consideraban más adecuadas al momento y ambiente.
Técnicamente
hablando, se trataba de una estructura musical formada por distintos fragmentos
vocales e instrumentales, constituyendo unidades independientes. En realidad
equivalía a una especie de sinfonía o suite actual. Comenzaba con una pieza
instrumental de carácter libre, a la que le correspondía definir tanto el modo
como el carácter general de la obra. Le seguía otra sección instrumental
sobre un ritmo fijo, tras la cual se interpretaban cinco piezas cantadas. Las
partes vocales corrían a cargo de un coro que cantaba al unísono y en
heterofonía. El conjunto de instrumentos que intervenían en su interpretación
estaba formado básicamente por laúd, flauta, “qanún” (cítara pulsada o
salterio), “darabukka” (tambor de un solo parche, en forma de copa o
florero) y tamboril.
Esta
música clásica que se escuchaba en Al-Andalus se abrió paso en Oriente a
partir del siglo XIII con el canto de la “muwassaha” o moaxaja,
llegando a crear su propia escuela. Esta composición fue creada por el poeta
Muqqadam ibn al Mu’afa, apodado Al-Qabrí
por haber nacido en la localidad de Cabra (Córdoba) hacia finales del siglo IX,
aunque fue más conocido como el Ciego de Cabra. La moaxaja rompe con la métrica
rígida de la “qasida” árabe originaria de Oriente y se impone rápidamente.
Consta de cinco estrofas, que se dividen cada una en dos partes (que van
precedidas de una introducción de dos o más versos). Su interpretación corría
a cargo de un solista y de uno o dos coros de hombres o mujeres que cantaban con
el acompañamiento del pequeño conjunto instrumental de la nuba, el cual
ejecutaba breves interludios entre estrofa y estrofa. El último verso de la
moaxaja se escribía en lengua romance y se le conocía con el nombre de jarcha
("jarya").
De
la moaxaja se derivó el “zayal” o zéjel,
caracterizado por expresarse en lengua romance o dialecto andalusí popular, a
lo que debe su mayor calado en todos los estratos sociales.
Todas
estas estructuras se vieron posteriormente reflejadas en una parte importante de
los villancicos recogidos en los cancioneros cristianos, en la lírica
tradicional galaico-portuguesa, a través de las cantigas de amigo, y en las
formas poéticas y musicales de los trovadores franceses.
Con
la llegada de los Reinos de Taifas, la música gozó de un verdadero período de
esplendor. Las escuelas de música acogían a mujeres, tanto a musulmanas
como cristianas que, tras una dura etapa de formación en filosofía, geometría,
astrología, geografía y música entre otras disciplinas, pasarían a formar
parte de orquestas, amenizando las tertulias palaciegas y cortesanas. Reinos
como el de Al-Mutamid (Sevilla) eran conocidos por contar con importantes
orquestas compuestas de músicos y cantoras musulmanas andalusíes, además de
rodearse de reconocidos poetas y poetisas del mismo origen.
Con
la capitulación del último rey nazarí de Granada, todo este caudal musical se
vio desplazado en la memoria de los andalusíes a tierras del Magreb.
En cuanto a los instrumentos musicales, los aportados por los musulmanes sustituyeron en la Península y, por tanto, en Europa a la exigua variedad y primitivismo de los previamente existentes. Entre los principales pueden citarse a la cítara, el dulcémele, la guitarra, el laúd, el pandero, el rabel, el timbal... De estos se derivarían otros que serían fundamentales en la evolución de la música europea, como el clavicordio y el piano, que tuvieron como antecesor al “santur” o dulcémele.
Dentro de los instrumentos de cuerda frotada, el más importante de ellos fue el rabel andalusí. Se le considera como el predecesor del violín, violonchelo y todos los demás instrumentos orientales del mismo tipo. Su sonido, bajo y zumbante, se utilizaba tradicionalmente para acompañar la voz. Sin embargo, su actividad está desapareciendo en la actualidad, usándose solo en Marruecos y norte de África.
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Aquél
que no se conmueve con la dulzura de la música, |
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Abd Al-Yabar al-Fayiyi |