El Cristo de la Plaza

(de José Nogales)

La hermosa iglesia parroquial de Aracena, dispuesta al culto, iba a ser solemnemente consagrada.

Las obras habíanlas felizmente consumado los encargados de la construcción y del adorno y entre el clero regular y parroquial, el concejo y corregimiento, la nobleza y el pueblo todo, habíanse concertado las mayores fiestas, así religiosas como populares, en celebración del fausto suceso de que mucho tiempo atrás se venían todos los vecinos cristianos viejos ocupando.

Cierto que para rendir un tributo a la impaciencia pública, amén de rendir otro y muy forzoso a la escasez de dinero, la construcción de la iglesia había sufrido un corte por lo sano, quedándose en los cimientos una buena parte de la obra, quizá la principal y más notable, y así, con el carácter de provisional, como ahora se dice, sin las naves últimas levantadas, sin varias capillas y almacenes y hasta sin torre, la iglesia iba a ser consagrada al culto de Dios, esperando tiempos mejores y generaciones más solícitas y dadivosas para que el proyecto arquitectónico se realizase por completo.

Y como ni los tiempos ni las generaciones han dado de sí cosa alguna favorable a aquel religioso asunto, la capitis diminutio que sufrió el proyecto continúa y sabe Dios si continuará, como es lo más probable, hasta que se confunda, entre el polvo de la ruína, los escombros de la parte edificada con los cimientos de la que no se edificó.

Ello es que, salvo las faltas dichas, la iglesia aparecía limpia y brillante como un ascua de oro, con sus esbeltas columnas de pulidos sillares, sus bóvedas estrelladas como un cielo de estío, sus grandes ventanas por las que entraba el sol en anchos haces de rayos para jugar en los remates dorados de los retablos, en las aristas de la marmórea escalinata presbiterial, en el enrejado de los púlpitos, en la trompetería del órgano, grande y sonoro abanico de brillante estaño, para lanzar la lluvia de notas que dan realce y majestad a las ceremonias solemnísimas del culto.

Como las cosas se habían precipitado hasta el punto de aparejar una consagración de poco más de media iglesia, que es lo que en realidad habían edificado, se echaban de menos muchas cosas y entre ellas buenas imágenes.

La devoción y la piedad retenían muchas en sus respectivos altares en todas las Iglesias conventuales, ermitas y oratorios de aquella jurisdicción canónica; por otra parte, lo accidentado y abrupto del país, la falta de caminos y de medios de conducción rápida, impedía a una satisfacer los piadosos deseos de aquellos vecinos, consistentes en colocar sobre el mejor altar de la nueva iglesia un buen Cristo, un Cristo grande a quien rendir extraordinario y ferviente culto, seguros de que por su amor y por su fe llegaría a hacer milagros.

—¡Si tuviéramos un Cristo! ¡Qué falta nos hace un Cristo! —se decían unos a otros.

Pero, puesto que no lo había y los PP. Dominicos no daban el suyo ni por todo el dinero del mundo, llegada que fue la víspera de la consagración, los vecinos se conformaron y previnieron a gozar de los festejos que la villa pagaba con desusada esplendidez.

Aquella noche bailaban los grupos ante la colosal hoguera de la plaza y las sombras de los bailadores danzaban también como fantasmas locas, sobre el muro, rojizamente iluminado, de la nueva iglesia.

En el en que a mayor extremo llegaba el regocijo se presentaron en la plaza y en demanda de los señores Justicias y Regidores, dos mancebos de hermosos aunque extraño porte, que consiguieron producir una impetuosa curiosidad entre las masas del pueblo que esparcían sus ánimos al son del tambor y ante la inmensa hoguera que lanzaba tremendas llamas y trémulas chispas al espacio.

Los dos jóvenes serían de la misma edad y sus rostros acusaban un mismo origen, por lo extremado de su semejanza. Vestían a modo de peregrinos, pero con un ropaje nunca visto, de una forma jamás conocida. El ala del ancho sombrero se recogía en la frente con algo que parecía una chispa de luz celeste y los rizos abundantes y flexibles de sus cabelleras rubias, caían sobre los hombros ondeando como madejas de rica seda elaborada por las manos finísimas del gnomo. Una blancura transparente, como de alabastro, tenían sus rostros, de corrección suprema, y ambos miraban con unos ojos grandes y azules que parecían dos pedacitos de cielo primaveral enclavados en el fondo de un témpano de inmaculada nieve.

Llevaban sobre los hombros unas a modo de alículas flotantes en el aire y sostenían sus manos el báculo del peregrino, largo y nudoso como el dolor humano, fuerte como la fe y perdurable como la esperanza.

La multitud les acompañó a la casa del Concejo, no siendo las mujeres las últimas que se acercaban para inquirir la extraordinaria e incomparable hermosura de aquellos mancebos tan esquivos, que ni una mirada de amor, ni un gesto de simpatía, ni una palabra de deseo les dirigían en su marcha silenciosa.

El pueblo no pudo penetrar en la sala de Cabildo. Sólo los señores Justicias, regidores, oficiales y escribanos, a más del señor Alférez del Duque, pudieron escuchar las razones de los dos mancebos.

Pronto se supo, pues las noticias vuelan y han volado en todos tiempos, que eran dos peregrinos desviados de su ruta por el deseo de asistir al día siguiente a la consagración de la nueva iglesia. Que impidiéndoles su voto hospedarse en conventos, mesones y aún viviendas habitadas por particulares familias, habían solicitado y el Cabildo concedídoles para su estancia la casa perpetuamente deshabitada, sita en la plaza y a espaldas del edificio concejil, conocida por más de tres generaciones con el sombrío nombre de "la casa de los duendes".

No les arredraron a los dos mancebos ni el nombre ni la casa, antes bien, agradecieron la hospitalidad con expresivas muestras y con cariñosas palabras.

Cuando la vieja puerta de la casa giró rechinando tras de los jóvenes y hermosos peregrinos y éstos se hundieron sonrientes y tranquilos en las sombras profundas y húmedas de aquel lugar maldito, muchos corazones temblaron y en muchos ojos femeninos brotó una lágrima de piedad, testimonio patente de su angustia.

No se resolvió el pueblo a abandonar, así como quiera, a los que suponía inocentes víctimas de los diabólicos duendes habitadores de aquel recinto, y aunque guardando respetuosa distancia con el edificio temible, observó, escuchó y olfateó, seguro de la catástrofe.

En cincuenta años lo menos sólo dos personas hicieron noche en aquella casa: un director de farándula que vino a ajustar con el cabildo las fiestas del Corpus y una mendiga vieja y leprosa.

El comediante se ahorcó de una encina y la mendiga amaneció muerta a la mañana siguiente.

Dicen que el suicida murió por la desesperación y la mendiga por el hambre y la lepra.

Pero no hay duda de que los duendes tuvieron su parte y no muy floja en el asunto.

Ya muchos se retiraban a sus casas, pues que la ronda no tardaría en salir por las calles. La hoguera se había extinguido, no quedando de ella más que un gran redondel de ascuas, que brillaban en la oscuridad como piedras preciosas y al bullicio y algazara había sucedido el silencio de las villas medianamente gobernadas.

Aún quedaban algunos zagueros frente a la casa maldita y éstos fueron los que notaron un resplandor extraño que pasaba por las grietas y rendijas de las ventanas y de la puerta, desde el interior del antro a la calle silenciosa.

Todos se estremecieron; aquella luz azulada y suave indicaba algún misterio. El renombre fatal de la vivienda aumentaba el terror en los ánimos, y como el miedo también tiene alas, pronto dio con la ronda y la atrajo hacia la plaza.

El alcalde ordinario que velaba aquella noche por el pueblo se adelantó, como un héroe, hasta la puerta misma de la casa de los duendes.

Jamás se había visto tanto valor en un hombre.

Con la vara, birolada de plata, dio tres varios y sonoros golpes, y como nadie respondiese, gritó:

—Mancebos, ¿qué hacéis?

—¡Oramos! —le contestó una voz dulcísima y armoniosa y reposada.

—¿No teméis?

—¡El Señor es con nosotros!

—Él os guarde y os libre de todo mal, como a nosotros todos.

—¡Así sea!

Y la ronda siguió su camino admirada del mucho pecho que demostró el alcalde.

A poco después no era la luz lo que llamaba la atención unicamente: eran unos golpes fuertes, como si chocaran dos cuerpos duros, y rechinamientos y roces que claramente se oían en toda la plaza.

—¡Ellos son! !Los duendes!

—¡Ave María Purísima! ¡Están atormentando a los mancebos!

—Pronto, id al convento por agua bendita..., avisad al Padre Tomás el exorcista...; bien lo temíamos. ¡Tan hermosos y morirán mañana!

—O esta noche, ¿quién lo sabe?

Todo esto se decían los curiosos de más valor que habían quedado en la plaza, y había muchos que se persignaban y otros que sacaban lignum crucis y escapularios distintos.

Cuando regresó el alcalde con su ronda y, escuchó los golpes, desmayó y aflojó un punto su bravura; pero repuesto al fin de su debilidad primera, afrontó el peligro y, como antes, llegó a la puerta y con puño fuerte llamó una vez y aguardó un instante. Tampoco le contestaron y volvió a gritar:

—Mancebos, ¿qué hacéis?

—¡Trabajamos!

—Dios hizo el día para el trabajo y para el descanso la noche.

—¡Dios no conoce la noche!

—Pero vosotros sois hombres.

—Y Dios nos manda trabajar.

—Pues yo, en nombre de¡ Rey, os mando que no sigáis; ¡bueno será el trabajo cuando se huye del sol y se buscan las sombras y los duendes! Mañana daréis cuenta de vuestra obra.

—Es verdad: ¡daremos cuenta!

Y dejando dos guardias de vista frente a la casa y repartiendo entre los últimos curiosos algún que otro zurriagazo, que los hizo buscar la cama más que de prisa, el alcalde se fue a la suya, como hombre que nada tiene ya que hacer y que sabe de memoria el profundo dicho bíblico: "iBástale al día con su afán!".

* * *

La claridad del alba tiñó con fajas purpúreas y ráfagas blancas la extensión oriental del cielo y ganando poco a poco la bóveda azul, vertió en magníficas oleadas la luz crepuscular que envolvió, eclipsándola, la luz ya mortecina de los astros.

Los pájaros sacudieron sus plumas mojadas por el rocío y echándose a volar parecían bañarse en los átomos luminosos que incendiaban la atmósfera en el creciente flujo de los solares rayos.

Los pájaros son mariposas que cantan: como las mariposas, tienen alas de colores y adoran la luz.

No se conciben el aire sin pájaros, ni las flores sin mariposas.

El aire que cruza volando un pajarito es algo que vive y que sonríe y que canta. La flor que sostiene una mariposa tiene dos pétalos más; las alas esplendorosas que se agitan sobre su cáliz.

El mundo salía de las sombras y en las frescuras luminosas de la mañana todo parecía revivir. Las campanas de toda las iglesias comenzaban con sus alegres repiques la anunciada fiesta. Las gentes aparecían engalanadas con los mejores trapos y acudían en interminable desfile a oir las primeras misas en los conventos.

El clásico tamboril y la dulzaina desde bien tempranito despertaron a los perezosos. Era preciso que todo el mundo viese lo que sólo una vez cada tres siglos se puede a veces contemplar.

Ya los Regidores y las comisiones se hallaban en la Plaza. Los guardias que estableció el heroico alcalde frente a la casa de los misterios aún continuaban firmes en su puesto.

Era preciso despertar a los mancebos durmientes, y a eso fueron, y más que por eso por mundana curiosidad, las autoridades, resguardadas por un piquete de alguaciles y voluntarios vecinos, con armas y con sigilo y hasta con recelo y temores, por cierto bien fundados.

Llamaron a la puerta viejísima de aquella casa y la puerta se abrió como si los esperase.

Hubo duda y vacilaciones y hasta conatos de discusión, que es muy antiguo entre nosotros el achaque parlamentario, pero al fin dominó la idea de la entrada, y aunque alguien se santiguó en los umbrales, todos se hicieron de tripas corazón y avanzaron hacia el interior de la casa.

Los mancebos no estaban ya en ella y, sin embargo, los guardias juraban por Dios uno y trino, que no habían salido en el tiempo de su centinela.

Cuando en la búsqueda pasaron por delante de la puerta de la última habitación, vieron una luz singular en ella y con gran brío y denuedo entraron los que pudieron caber.

Lo que se ofreció a su vista los hizo enmudecer de espanto y de respeto.

Sobre unos amplísimos paños rojos, tendido y con la cabeza algo más levantada que el cuerpo, yacía enclavado en una cruz de madera negra un Cristo de tamaño natural y de incomparable hermosura.

Habíase escogido para representarle el momento sublime de la expiración, y aquellos pies cárdenos y rígidos, aquel torso levantado por los estertores de la feroz agonía, aquellos músculos torcidos por el dolor y aquellos huesos salientes con el relieve cadavérico del martirio consumado; aquellos brazos tendidos, como las alas desplegadas de los ángeles, aquella frente pálida, coronada de espinas y de gotas de sangre, aquellos ojos sin brillo, convertidos hacia el cielo, aquellos labios descoloridos, entre los que aún flotaba el ¡Consumatun est!, aquella cabellera negra, pegada a las sienes por los últimos sudores de la muerte y de la angustia, aquella barba semítica, entre cuyos hilos se detuvieron y cuajaron los hilos de sangre que corrían por sus mejillas, aquella real idealidad que flotaba como atmósfera propia sobre el Cristo, denunciaban el origen divino de la escultura, demostraban el mérito del regalo que hacían los ángeles a la nueva iglesia.

Porque ángeles eran los escultores que en una noche habían realizado la súblime obra.

Y para que no hubiere dudas, habían dejado en la escultura su firma, la estrella azul que como joyel lucían recogiendo las alas de sus sombreros. Esa estrellita flotaba sobre las espinas de la corona del Mártir y ya nunca jamás se ha separado.

Muchos, no todos, la ven cuando la santa imagen se descubre.

El "Cristo de la Plaza" recibió como santas primicias la oración de los que le descubrieron.

El alcalde ordinario, que había osado amenazar a los ángeles en nombre del rey, calló de rodillas, llorando ante la imagen, y estaba a punto de decir con Isaías: "¡Ay de mí, que soy muerto! que siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de pueblos que tienen labios inmundos, han visto mis ojos al Señor Dios de los ejércitos!"

La imagen fue colocada en el mejor altar y, para hacer aquel sitio más augusto, en él colocaron el Sagrario.

Día y noche, ante aquel retablo dorado, arde una gran lámpara que jamás se apaga. Y si alguna vez su luz llega a extinguirse, la estrellita azul que flota sobre las espinas de la corona del Cristo, salta desde el camarín a la lámpara y su resplandor sigue iluminando tranquila y silenciosamente el tabernáculo donde recibe culto ferviente el milagroso "Cristo de la Plaza".

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