La Julianita

(de José Nogales)

Es un hermoso sitio aquel medio escondido en un ancho y profundo pliegue de la extensísima falda del monte San Ginés.

La ladera desciende bordada de matorrales, pinos, olivos y vides, hasta el llano, donde las huertas verdeguean y donde el agua de las albercas y de las angostas acequías brilla como las lunas azogadas de los espejos.

El otro lado de la amplia falda del San Ginés ostenta el sombrío tono de los castañares, que, en grandes masas de verdor oscuro, ocupan la extensión de tierra roja llamada la Dehesa.

Desde aquel repliegue suntuoso de la montaña, en la breve hondonada que alegra el rumor continuo del manantial que brota bajo las rocas volcánicas, amontonadas por alguna prehistórica catástrofe, se escucha el roce sonoro de las copas de los pinos, el ruído de los castañares que el viento sacude, se contempla la cúspide de¡ castillo, coronada por las ruinas moriscas y por la iglesia mozárabe, empenachadas de higuerones silvestres y de acebuches; las casillas blancas de los barrios altos y las columnas de humo azul que suben del pueblo y se juntan en la atmósfera fría, así como los lejanos encinares y las enriscadas sierras cubiertas de jarales y madroñeras, que en progresión formidable avanzan hasta el límite lejano y brumoso del horizonte.

Tiene el sitio aquel una hermosura triste; acaso las sombras del monte, interpuesto gran parte del día entre el sol y la hondonada, mantienen en ella aquella luz de eterno crepúsculo y conservan aquella humedad caprichosa y fresca, que ora se convierte en gotas de rocío sobre las hojas verdes, ora se condensa en trémulos cendales de sútiles neblinas, que ondean en aquel ambiente cargado de acres aromas resinosos y de fuertes perfumes de las silvestres hierbas.

Sobre aquel paisaje solitario y triste y sobre aquel manantial murmurador y frío, flotan, a más de la neblina vaporosa, las informes neblinas de la tradición y la leyenda.

La tradición tiene la sencillez clásica y la sana poesía del pueblo.

Es imposible que al escribirla conserve el rústico sabor y el olor encantadoramente bravío de las flores del campo.

* * *

Camina a mujeriegas sobre su burra parda y entre costales de trigo la gentil molinerita. Va hacia el molino, cantando, más alegre que unas Pascuas y más hermosa que los floridos prados.

Quince años cumplirá en agosto, que ella nació cuando las espigas rubias dieron su grano en las parvas y más de una vez formaron su cuna con gavillas y con pámpanos y la mulleron con paja fresca y la perfumaron con mastranzos y con tomillos.

Es la Julianita la mejor flor de los campos. Algo morena, como todo el que no teme al aire bravo de la montaña y al sol espléndido del mediodía; pero es la piel de su rostro suave y sonrosada y de tal modo fresca que, a veces, cuando sube saltando como las cabras de la cuesta del molino, parecen sus mejillas dos hojas de amapola y sus labios dos cerezas mojadas por el rocío.

Tiene una frente tan pura y unos ojos pardos tan grandes y tan alegres, que, con ellos, se ríe más que con la boca, tal vez por no enseñar los limpios y menudos e iguales dientes, que de nácar más que de hueso son, según su blancura, su brillo y pulimento.

Y hay en sus hombros y en su seno unas redondeces y unas turgencias tan en sazón y tan provocativas, y en sus caderas unas corvas tan amplias y tan esculturales, y en sus brazos mórbidos unas roscas como de torno de marfil, y en su cuerpo una flexibilidad felina y una ligereza y un donaire, y en sus palabras una miel aún no extraída de los cálices, y en toda ella un aroma de salud, de lozanía y de virginidad, como en la fruta no desprovista aún de la casta película que la envuelve, que no es extraño, sino muy natural, que a la Julianita la persiguieran los mozos requiriéndola de amores, con honestos fines y que fueran a solicitarla para sus hijos varios honrados y viejos labradores del contorno.

Julianita recibía las ofertas riéndose a más no poder, y, con tan poca seriedad, convencía a sus padres de que era una chicuela, que aún no servía para otra cosa que para correr por los vericuetos como las cabras monteses, llenarse de harina en el molino e irse a sacudir y espolvorear al sol, como las gallinas y las perdices, y formar cestillas de hierbas y de flores, como los nidos de la oropéndola, para colgarlas de los castaños o arrojarlos a la corriente que se hundía en el gran cubo de piedra para mover la tosca maquinaria de la aceña.

Julianita no hacía caso de los mozos que la querían y sin embargo ella quería a alguien sin conocerlo.

¡Cosas de muchachas!

A veces, hay una exuberancia tal de ternura, que rompe por malos caminos y se quiebra en fantasías.

Hay un gran escritor que dice que "El cantar de los cantares" es una explosión de la castidad comprimida.

Aquel idilio es sublime.

El amor de Julianita era una explosión extraña del sentimiento.

Su madre le había dicho: «No pases sola por la hondonada sombría de la falda del monte San Ginés, porque hay en aquel manantial un duendecillo tan malo, que persigue a las muchachas ofreciéndoles tesoros y cariños, que dan a la infeliz que los acepta la condenación de su alma por toda una eternidad».

Y desde que tales prevenciones se le hicieron, Julianita no piensa más que en el duendecillo del manantial y en los amores que a las muchachas ofrece.

Ya ha pasado muchas veces por aquel sitio y ha clavado sus miradas en aquel agua que se escapa entre los riscos, riéndose con notas cristalinas, y aunque al mirarse en la breve onda se encontraba hermosa, el duendecillo no se había presentado, sin duda despreciando lo que tantos otros, que no son duendes, a todas horas y con tales ansias codiciaban.

Y así, entre temores y deseos, entre angustias y esperanzas, Julianita, cada vez más enamorada de aquel duende, en quien suponía perfecciones que no encontraba en los demás que le salían al paso ofreciéndole realidades, iba formándose un carácter libre y raro, aficionándose a lo sobrenatural, en aquella atmósfera espléndida y religiosamente grande de los campos.

* * *

Sobre su burra parda camina Julianita; va hacia el molino y pasa por la hondonada prohibida.

Ya el sol se ocultó tras de la cumbre del monte; la sombra cayó sobre el manantial, cubierto de berros verdes y brillantes, como laminillas de esmeralda, los pinos murmuran un cántico monótono y triste al rozar sus copas frondosísimas; el agua corre con relampagueos de sierpe y sobre los zarzales en flor se desgarran las puras y azuladas neblinas de la tarde. Allá a lo lejos, los encinares se incendian con reflejos purpúreos, y los trigos verdes ondean con el oleaje rumoroso que las brisas de la montaña imprimen. Cantan las codornices, llamándose en los ardores de su celo, y las tórtolas del matorral confunden su arrullo, tierno y apasionado, con el bullanguero y estridente canto de los grillos.

Todas las hierbas y todas las flores lanzan al aire sus más puros aromas, y el fresco ambiente primaveral y vespertino se juntan los efluvios de la universal eflorescencia y el polen fecundante de todas las plantas. Ese aire preñado de tantos gérmenes lleva la vida a todos los lugares y a todos los organismos; hay plétora de vida y abundancia de savia.

Julianita jugaba con un ramo de flores, recién hecho, cuando llegó al manantial.

Había cogido puñados de amapolas, de lirios silvestres, de margaritas blancas, de campánulas azules, de madreselva y de romero, y atándolos con un junco lo llevaba en sus manos, como si tuviese un novio a quien ofrecérselo.

Miraba el agua correr y los berros temblar en el fondo de aquel pocillo, abstraída y como sonámbula. A veces suspiraba como la tórtola en el éxtasis de su extraño celo.

De pronto se enturbió un poco el agua y se agitaron los berros, y una cabecita rubia y un rostro encantador asomaron entre la diminuta espesura de las acuáticas plantas.

—No temas Julianita; soy el duende, ¡el duende que te adora!

Julianita sintió súbito espanto, que se desvaneció enseguida.

Enseguida que contempló la tímida expresión de aquellos ojos celestes que la miraban extasiados.

—Yo soy el duende que habita en los palacios subterráneos que cubre esta montaña. Este manantial es una de las fuentes de mi espléndida vivienda. El agua que corre hasta tu molino la mando yo; sale también de mis palacios. En ella me deslizo por las noches, y girando en el cubo del molino y columpiándome en la rueda, entono esos cánticos suavísimos de amor que tú sin entenderlos presencias. Yo he sorprendido en tus sueños el amor que por mí sientes y recogía como ofrendas de él las flores que tú arrojabas a la límpida corriente, ignorando que hasta mí llegaban. ¡Ven, no temas! Mira, mi cuerpo es pequeñito, pero mi amor es eterno. Y si quieres, también puedo crecer cuando lo desee, así, así, sin perder un atomo de mi forma ni un ápice de mi belleza.

Y Julianita se encontró al lado de un hermosísimo mancebo rubio, de ojos celestes, que la acariciaba, infundiéndole un cariño dulce y fuerte, como el perfume de la madreselva.

—¡Ven, entra en mi palacio y sé mi esposa! Jamás conocerás las tristezas de la vejez ni la amargura del desengaño; serás la hada de estos bosques y la ninfa perpetuamente hermosa de estos claros manantiales. Yo tengo para ti tesoros como no han podido soñar los hombres. Hay aquí dentro salones con alfombras de áureas arenas, más blandas que las plumas y más brillantes que las estrellas, con tapices de agua congelada formando labores caprichosísimas; grutas misteriosas que al amor convidan, lechos de mármoles y lagos con playas cubiertas de hongos, en cuyas soledades húmedas y calientes el espíritu se dilata y el amor se eterniza. ¡Ven, Julianita, tú has nacido para ser la reina de estos alcázares! Yo te vestiré de algas flotantes y te coronaré de nenúfares; pondré sobre tu cuello gargantillas de diamante y en tus cabellos polvo de oro y en tus brazos ajorcas de esmeraldas y serás dueña de todos los tesoros de que a montones dispongo. ¡Ven, Julianita! La primavera está ya entonando nuestro cántico nupcial. La estrella ha salido y nos envía su resplandor dulcísimo desde la celeste altura; los árboles murmuran el cándido epitalamio con los besos de sus hojas; los manzanos floridos nos embriagan con sus perfumes; las vides nos saludan con sus pámpanos tiernos y hasta los castaños seculares agitan sus pajuelas amarillas, enviándonos el acre aroma de sus menudas flores. Allá dentro nos aguarda la dicha suprema, la grandeza libre, magnífica, de la tierra. ¡Ven, ven!

—¡No, que perderé mi alma!

—La has perdido ya... yo te la robé con mi amor.

—No sé qué cosa es ésta que quema como el viento solano y marea como el andar por las alturas.

—Eso es amor.

—Amor que seca y que derrite el alma... el sol de agosto quedesmenuza el heno... iSea!

El duende se fue encogiendo, encogiendo, hasta quedar de la estatura de un niño; metió sus pies en el manantial, y tendiendo los brazos, asió a Julianita y con ella fue hundiéndose, mientras la besaba, en el cieno del fondo del charquito, hasta que ambos desaparecieron en aquella profundidad desconocida.

El agua enturbiada se fue aclarando y los berros tronchados volvieron a flotar a impulsos de la corriente cristalina y fría, que siguió escapándose, con notas confusas, por la pendiente florida de la hondonada.

* * *

La burra parda, cansada de esperar a Julianita, tiró las talegas de trigo al suelo y tomó la dirección de la querencia hacia el molino.

Como los sembrados verdes y las praderas cubiertas de pasto menudeaban que era una bendición de Dios, la burra se entretuvo, refocilándose buenamente, todo el tiempo que la necesidad y la gula le dejaron, y cuando ya bien entrada la noche se presentó en el molino, llevaba, sí, una panza inverosimil, pero no a Julianita ni a los costales de trigo.

Presintiendo una desgracia, salieron los padres y deudos y aún enamorados de Julianita en demanda de sus huellas, y cuando, registrado el campo mata por mata, dieron con el olvidado ramo de flores silvestres, con los costales y aún con una auténtica prenda de la niña, al borde de aquel pérfido manantial, allí fueron los gritos y clamores y allí las maldiciones al duende impío, que habíase propuesto robar y seducir a las mejores mozas de la comarca.

Todo fue en vano; ni aún los exorcismos, tan recomendados en aquella época, produjeron resultado alguno; el manantial ni el duende devolvieron su presa, y en memoria de este hecho infausto llamaron a esa fuente "La Julianita, para perpetuar de generación en generación el nombre de la infortunada doncella y como aviso a todas las demás, para que siempre se abstengan de pasar por sitios tan peligrosos y por trances tan terribles.

Leyendas y tradiciones de Andalucía

 
   
   
 

El Centro | Equipos de Trabajo | Especialidades | Ciclos | Trabajos de alumnos | Noticias | Fotos
© CEIP José Nogales - Equipo de Informática