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La Zulema
(de José Nogales)
Como a unos quinientos pasos de Aracena y hacia la parte del mediodía, se encuentra una fuente, que el pueblo designa con el nombre morisco que estas líneas encabeza.
La Zulema, situada en un paraje bastante solitario, deja oir los rumores de sus cristalinos chorros, cayendo en la blanca pila de mármol, con el ritmo eterno y melancólico de árabe canturria.
Un muro casi derruído ciñe y defiende las injurias del ganado el espacio donde la fuente se halla situada.
Sobre el lienzo de muro que se alza, como espaldar de roca, tras de la fuente, y formado con azulejos de dorados cambiantes y relampagueos de ópalo, descubre el caminante una especie de cuadro, que representa, entre nubes y ángeles, la imagen de la Virgen.
Un sucio y mezquino farolillo, alimentado por la piedad religiosa, lanza en la noche sus destellos rojizos y apagados, semejando su luz, entre las nieblas del invierno o los vapores de la fuente, lejana y solitaria estrella, desvanecida y titilante, en los senos inmensos del espacio.
Los vallados próximos, los claros arroyos que cruzan el paisaje y van a fecundar la tierra de las huertas, hinchada por la explosión de los gérmenes y empapada en los jugos de la savia que nutre al vegetal; las grietas de los riscos y los muros de las fuentes cúbrense en la primavera de hierbas y de flores; las trepadoras tienden sus ramas, cargadas de campánulas azules, y el saúco ostenta sus ramos blancos, que hacen estremecer de envidia a la espinosa zarza, y hasta alguna atrevida madreselva va a mojar los flexibles filamentos de sus flores en la corriente que serpea entre juncos y entre riscos.
Esta fuente tiene su tradición.
Yo escuché el relato, sentado en el borde mismo de la pila.
El rumor del agua que, aprisionada en los caños, cae, espumosa y rápida, sobre la onda que llena con sus diáfanos pliegues el breve espacio que los mármoles le dejan, ese rumor que contiene sonidos de cristales finísimos que se quiebran y choques de diamantes sobre tazas de oro, que a veces finge el alborozo de la risa y a veces semeja el sollozo apagado del lamento, acompañaba con su interminable cadencia la palabra del narrador.
Los últimos haces de luz los arrojaba penosamente el sol, que se ocultaba, desde la cumbre del San Ginés.
El limo verde que llenaba el fondo de la fuente parecía una inmensa esmeralda.
Los azulejos del cuadro se animaban, como bebiendo la última luz del día, y los ángeles y la Virgen se destacaban en una atmósfera brillante, tal como debe ser la de la Gloria.
* * *
Hace ya muchos años, ¡muchos!, los moros construyeron una fortaleza en la cumbre misma del agudo y solitario monte que domina al pueblo de Aracena.
¡Y era buena fábrica la fábrica del castillo!
En vano el cristiano campeón llegó hasta el pie de sus murallas; en vano el ariete y la catapulta golpearon, con gigante choque de hierro y piedra, la sólida trabazón de los sillares.
Aquello no se conmovía ni agrietaba.
Parecía endurecerlo el soplo del desierto y la voluntad inmensa del Profeta.
Llegó a ser alcaide del Castillo el fuerte entre los fuertes, el venturoso entre los venturosos, Mohamed-Ben Abdallá-Ben-Elarbí.
Guerrero duro e indomable, de nervios de acero y de fantástica imaginación, poseía las dos cosas más agradables a los ojos de Aláh.
Fuerza, constancia y odio profundísimo al cristiano y sumisión, fanatismo, delirio por el Profeta y su código religioso.
Santón de envidiable prestigio, era la gloria del califato.
Su mismo ardor religioso le llevó a aquel castillo.
Lo que pudiéramos llamar disciplina, decaía en Córdoba y Sevilla de un modo lamentable.
Las ciencias, el lujo, el comercio, sobre todo, y los enervantesestímulos de las treguas, introducían tratos frecuentes con el enemigo; la espada se enmohecía y la religión se adulteraba.
¡Cuánto sufrió Mohamed aquellos días!
Pero consiguió ser nombrado alcaide del castillo a que nos referimos.
Llevó consigo a su bellísima e incomparable Zulema, la hija tierna y sensible de aquel tigre. ¡Contrastes misteriosos que ofrece la naturaleza!
Rodeó su camarín de lujo, pieles de leones africanos, alfombras de Estambul, pebeteros de Arabia, que lanzaban nubes azules cargadas de aromas, espejos de plata y lámparas de oro, cojines de seda, rellenos de plumón de pichones, esclavas negras como el ébano, guzlas de palmera y guembries de cervatillo; cuanto se usaba en los retiros y refinamientos del harén.
Zulema era su única debilidad. La quería, la adoraba casi, casi tanto como a Aláh; de seguro, tanto como al Profeta.
* * *
Mohamed velaba mucho por temor al cristiano, y no sabía que el cristiano estaba en la fortaleza, encerrado en el corazón de su hija.
Todas las tardes, cuando el sol se hundía tras de la altísima barrera de montañas que se escalonan al occidente, salía Zulema del castillo, con su fiel esclava, ambas envueltas en amplísimos jaiques, blancos como la nieve y finos como un cendal de vapores.
Descendían al llano por senderos abiertos en la caliza, a fuerza de hollar durante siglos, e iban a sentarse al pie de una gran roca rojiza, rodeada de matorrales.
Allí permanecían algunas horas, horas de ventura para Zulema y de sobresalto y congoja para la esclava.
Cuando la estrella crepuscular, solitaria y brillante como una lágrima perdida entre los esplendores del cielo, se elevaba, anunciando la llegada de las sombras nocturnas, se sentía un estremecimiento singular en los tallos de las altas hierbas y en las copas del matorral espeso; poco a poco, la espesura se entreabría y un guerrero gentil, cuyo pecho cruzaba morada banda, caía a los pies de la hermosísima Zulema.
¡Era un cristiano!
La música del viento en el ramaje, el son de la "chirimías", el canto religioso del Mudden, que desde el castillo llamaba a la última oración del día, el sonido aflautado y triste del sapo que cantaba entre los juncos y espadañas de la laguna y el rumor sordo, confuso e indeterminado de los árboles, que parecen conversar antes de que la luz se acabe, acompañaban con salvaje armonía el arrullo de los amantes.
Él, cristiano, jugaba su cabeza al presentarse en aquel sitio.
Ella, mora, jugaba su vida y perdía su alma, al entregarse a su insensata pasión por un enemigo de su fe y de su raza.
Y, a pesar del peligro, estaban contentísimos.
* * *
Una noche, Mohamed sintió en la cámara desnuda y fría una persona que recataba sus pasos.
Tiró del alfanje, asió con un salto de tigre al infeliz que entraba y oyó, que con voz temblorosa le decía:
—Por Dios, que es sólo vencedor, suéltame.
Soltó Mohamed la presa.
—Habla.
—Es cosa de tal magnitud, que no me atrevo a confiarla al aire que nos rodea; en tu oído sólo dejaré caer la palabra.
—Sea; pero, por Dios que es sólo vencedor, te juro que lo deseo vivamente.
Acercó el santón su oído, habló en él el soldado, y a los pocos instantes se enderezó el primero.
Su mirada iluminaba con fosforescencia singular aquella cámara, se oía el temblor de sus quijadas secas, y una especie de hipo, mitad risa, mitad rugido, se escapaba de su pecho.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo.
—¿Lo has visto con tus ojos y me lo has dicho con tu lengua?
—Por el nombre de Dios, tres veces vencedor y grande, te lo juro.
—Espera.
El soldado esperó: la recompensa está próxima, tal vez una parte de los tesoros del santo.
Oro, pedrería, libertad, honores, acaso la guardia del castillo.
Entraron dos soldados con Mohamed.
Ataron al delator de pies y manos.
Una roja claridad iluminaba el rostro de aquel desdichado musulmán.
Cuando todo estuvo listo, uno de los soldados, armado de un hierro candente, se acercó; la víctima se incorporó rugiendo; el operador, con gran maestría, aplicó el hierro ardiendo a las pupilas; un olor acre y nauseabundo se extendió en la cámara, dos gritos de fiera se escucharon y un hombre ciego se revolcó por el pavimiento de azulejos.
Sin hacer caso de aquel dolor, los dos verdugos estrujaron con sus manos el cuello de la víctima.
Su rostro se tornó negro con tonos verdosos, por un movimiento convulsivo abrió la boca, y su lengua, seca y dura como la cola de una sierpe, salió como un cuerpo que se expulsa.
De un rápido corte la lengua que colgaba cayó al suelo.
Como hábiles cirujanos cauterizaron aquella herida, y el pobre musulmán, yerto, vencido por el dolor y la impotencia, quedó en la cámara, iluminado por el siniestro fuego del hornillo.
Cuando estuvieron solos, Mohamed se inclinó hasta tocar con sus labios el oido del soldado.
—Tus ojos vieron y tu lengua habló; ¡Dios es grande! Ya ni verán tus ojos ni hablará tu lengua.
* * *
El sol se hundía, los pájaros buscaban el reposo de sus nidos; el sapo entonaba sus aflautados cánticos entre los juncos de la laguna; los árboles murmuraban el canto de despedida a la luz y la estrella crepuscular se alzaba como una lágrima en los azules espacios.
Zulema y el cristiano de morada banda hablaban de sus amores.
La esclava soñaba con los esplendores de su abrasado país.
Era menester separarse; no se verían en algún tiempo; la guerra reclamaba al cristiano.
Este entregó a Zulema la banda que cruzaba airosamente su pecho y la cruz de oro que de su cuello pendía.
Zulema era cristiana, su bautismo fue de amor.
Lágrimas amarguísimas cayeron sobre la roca roja.
El cristiano se desprendió de aquellos brazos ebúrneos que le aprisionaban y, rompiendo la espesura, huyó de aquel lugar como un loco.
—¡La Virgen Santísima te acompañe y defienda!- le gritó Zulema.
Y como si aquel grito fuese la señal dada al infierno, el mismo satán, alto el alfange, erizado el cabello, fulgurantes sus ojos, apareció en el lomo de la roca.
De un tajo colosal, voló como una piedra la cabeza de la esclava: la sangre salpicó la banda y la cruz que oprimía Zulema, y Mohamed, riéndose como las hienas africanas, asió el cuello de marfil de la doncella.
Ésta, besó la cruz, inclinó la cabeza y se dispuso a morir.
Al siguiente día los cuervos y los buitres caían sobre el lugar donde la roca roja se alzaba.
El cadáver de la negra les atraía.
Al pie de aquel risco se veía una cosa espantable que hacía temblar.
Una mujer enterrada viva hasta la cabeza lloraba amargamente.
Era el castigo de Zulema.
Seguía llorando por su amante y cuando la muerte cerró aquellos ojos negros y lucientes, que los cuervos respetaron, todavía la tierra se mostraba humedecida por el llanto oculto de su alma.
Mohamed se hizo matar como un león en el primer encuentro.
* * *
Brotó en el sitio donde sufrió el martirio aquella mora un raudal cristalino y purísimo, como si se perpetuase su llanto por disposición divina.
Pasó el tiempo; los moros hubieron de abandonar aquel castillo; los años demolieron sus torres y sus murallas, y pensaron los cristianos en aprovechar aquel manantial cristalino y frío que brotaba debajo de la roca.
E hicieron la fuente.
Todas las noches se eleva de su clara onda una especie de vapor azulado y tenue que toma, a los caprichos del viento, graciosas actitudes.
Esa ráfaga de niebla, ese jirón flotante de vaporosa gasa, envuelve, temblando, la imagen de la Virgen, como si con los besos quisíera animarla, recorre aquel paraje, se posa ondulante sobre aquella roca, trono de sus amores, y vuelve a la fuente con las primeras luces del alba.
Es la sombra de Zulema, que se levanta buscando al cristiano y adora a la Virgen, su Patrona.
A veces, se escuchan voces indefinibles, llamamientos apasionados, oraciones confusas, que el campesino confunde con el ruido de los caños cayendo sobre la marmórea taza.
Es la voz de Zulema que ora y gime, eternamente infeliz y eternamente amorosa.
Leyendas y tradiciones de Andalucía
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