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EL LIBRO DE LA VIDA DE BASQUES

Relato

De Jesús Orruño Pérez de Aguado

 

Sobre las once y media de la noche, cuando las bromas y los chistes de los clientes fijos estaban en pleno apogeo, Buruaga irrumpió en El Deportivo como un auténtico huracán, desafiando las leyes de la cortesía y del buen gusto, insultando a todo el mundo y particularmente a quienes teníamos la desgracia de no ser vascos. ¡Gentuza! ¡Vaya mierda los del sur!

La Marquesona, dueña y señora del establecimiento, congratulada por aquella presencia avasalladora, sintió una repentina calentura en la entrepierna y no dudó en traspasar los confines del mostrador —como uno más de los clientes— para ponerse al alcance de la fiera. Bueno, eso no es más que una forma simple de decir las cosas, porque ella se sabía voluptuosa y atractiva, la diana de todas las lascivias, el objeto de todos los deseos. Se sentó en una de las banquetas y apoyó la espalda sobre una columna del local, entreabrió las extremidades inferiores como si le ofreciera su sexo.

Al principio Buruaga no se dio cuenta del detalle porque su borrachera le obligaba primero a insultar a todos los parroquianos, a amenazar a algunos después y a cebarse por último con don Luis, médico flaco y con gafas, pero descarado y lenguaraz. Eso ocurría siempre, pero esta vez Buruaga estaba más desbocado que nunca y tenía derecho a ello más que nunca, porque era su cumpleaños.

—Sujetadme, mecagoendiós, que lo mato a este tío.

—Mariconsón, maricón de mierda, que te voy a pegar dos hostias.

—Ja, ja. Pero si tú no tienes ni media. Mira, te voy a matar y se acabó. Ya me está jodiendo el picapleitos éste. Sujetadme, coño, que lo mato.

La Marquesona se impacientaba con su sexo semiofrecido. Todos se fijaban en ella, todos menos Buruaga, que blasfemaba, insultaba, amenazaba y amagaba puñetazos y disparos. Luisito (don Luis) no era más que un puto burgalés, un guiri, un españolazo de mierda. De Miranda para abajo todos eran sureños como los negros. Por fin volvió la cabeza y la vio. La ignoró volviendo a su tarea con don Luis, pero ella le dijo:

—Ven aquí, chiquitín.

Buruaga se sentía grande y poderoso, pero ese “chiquitín” emanado de los labios húmedos de la Marquesona en lugar de hacerle decrecer en su etílico pedestal, le produjo una especie de tornado en su cerebro que le obligó a lanzarse hacia ella, pero no ya como un gudari, sino como un amante enloquecido. Abrazó sus voluptuosas carnes y lanzó su boca hambrienta de sexo hacia su cuello ofrecido, luchador de sumo homosexual enamorado de su contrincante, que lanzaba risitas y grititos de aquiescencia.

—Buruaga, que me vas a tirar.

Todos los que allí estábamos, excepto Luisito, reíamos a carcajadas ante tan inédito espectáculo: la Marquesona, la deseada por casi todos, bajo las fauces de Buruaga. Ella, que había sido objeto de la lascivia de alcaldes y concejales, de médicos y camioneros, de jóvenes y de viejos. Ella, que escogía a sus amantes sin necesidad de mover un dedo y los ordenaba por rigurosa jerarquía: el primero, el segundo, el pistolero, el comodín... Se había convertido en actriz. No se conformaba con los ojos de los obligadamente castos varones de Basques y aledaños sobre sus concupiscentes senos y sobre su culo epicúreo, sino que quería más, deseaba —era evidente— convertirse en objeto del deseo más bestial y ofrecerse públicamente. Al menos eso es lo que intuyó Luisito, que se sintió humillado, vejado, escarnecido por la alimaña. Cuando cayeron al suelo a causa de la fuerza sin equilibrio de Buruaga, Luisito en principio se alegró: es motivo de agrado ver al enemigo derribado por la borrachera, pero esa emoción cambió de signo cuando vio que, en el suelo, se colocó sobre ella y comenzó a hacer los movimientos rítmicos del coito.

—Mariconsón. ¿Pero qué haces? Déjala.

Luisito gesticulaba pomposamente dando vueltas en torno a ellos como un amante ofendido o como un humorista. Al ver que Buraga se levantaba, le dije a Juan:

—Le va a das cuatro hostias.

—¡Qué va! ¡Si Buruaga es un chaval muy majo! ¿No ves que está haciendo el payaso?

Ya en pie, se lanzó sobre Luisito como elefante marino encelado, pero no pasó de un empujón y un insulto.

—Quita de ahí, ¡so cabrón!

La Marquesona volvió a sentarse en la banqueta. Buruaga, ignorando a Luisito, hundió su cabeza entre los muslos de ella y se puso a mover las mandíbulas como si masticara licor prohibido.

—¿Pero qué buscas ahí?

—Un libro. ¡No te jode!

Juan me dijo que el coeficiente intelectual de Buruaga era muy alto, que si no tenía estudios se debía a sus circunstancias familiares...

—Ya sabes, se ha criado en el monte.

El hombretón se aferraba al sexo de la Marquesona como un niño que quisiera volver al seno materno después de haber comprobado las miserias de este mundo, en una postura mitad grotesca mitad piadosa, semiarrodillado y con el culo en pompa, inmovilizando a su presa con las zarpas hincadas en sus nalgas sabrosonas. Luisito no pudo resistir la tentación de atizarle una patada en el prominente trasero. Pero esta vez Buruaga ni se movió. Siguió buceando en lo desconocido.

—¿Pero qué haces ahí? ¿Qué buscas?

—Ya te han dicho que un libro.

—Déjamela. ¡Ahora me toca a mí!

Todo el bar reía a carcajadas ante un espectáculo de humor que no por improvisado dejaba de ser magistral. La bestia enamorada de la princesa oronda, que cedía a sus impulsos como si se hubiera pasado la vida encerrada en un torreón de pureza impuesta, que conocía por fin el placer infinito con el que siempre soñó. Como toda aristócrata —nobleza obliga— tuvo que decir una frase de recato:

—Ji, ji, ji. ¡Que me haces daño!

El sainete se completaba con la presencia del amante ofendido, que gesticulaba con ademanes grotescos y que circulaba vencido e impotente alrededor de sus escarnecedores, y con la presencia del público, que animaba, vitoreaba, gritaba, blasfemaba, coreaba.

—Déjamela. ¡Ahora me toca a mí!

—Déjasela, so cabrón.

—No se la dejes. Tú a lo tuyo. ¡Busca, busca!

Lo que no sabía el público es que Luisito la amaba de verdad y que, de verdad, era un enamorado escarnecido, un amante con cuernos, aunque las relaciones sexuales de su amada con Buruaga fueran pura ficción. Luisito soñaba con ella en las frías noches de invierno. Su cálido cuerpo le daba calor, sus blancas carnes le alumbraban la oscuridad, su lúbrico sexo siempre ofrecido le alegraba el insomnio que sufría desde que años atrás había dejado de fumar y los orgasmos le conducían al sopor de la dicha, casi dormido, saboreando ese estado fronterizo entre la consciencia y el sueño, que dicen que es la felicidad.

—Déjamela, que es mía.

—Y una mierda —dijo la Marquesona sonriendo— Ji, ji.

Eso deprimió momentáneamente a Luisito, que estuvo a punto de hacer mutis por el foro. Sin embargo, se dio cuenta de que la cabeza de Buruaga en la entrepierna de su amada ya no se movía con el brío de unos minutos atrás. Ahora se balanceaba en movimientos arrítmicos que se debían —pensó don Luis— a que se estaba asfixiando.

—¡Pero quita de ahí, que la vas a palmar!

En efecto cayó de rodillas y, separadas ya sus fauces del libidinoso regazo de la anfitriona, jadeó primero y respiró profundamente después, como liberado de un suicidio deseado.

—¿Pero qué buscabas ahí, macho?

—Yo también quisiera morir así —dijo Luisito.

Buruaga, arrodillado, agachaba la cabeza ante el sexo de la Marquesona en actitud rezadora, mientras los parroquianos seguían riendo, ahora ya en un clímax absoluto. Ella, victoriosa en su banqueta, dio por concluida la representación y dijo a su morrosko:

—Venga ya, Buruaga, que te estás poniendo malo.

Se levantó, pasó al otro lado del mostrador y cogió una bolsa de basura que sacó a la calle tras atravesar todo el bar como una actriz triunfante, mientras Buruaga se reponía de la lucha.

—¿Pero qué buscabas ahí, macho?

—A ti qué hostias te importa.

En ese momento se produjo una nueva reacción de Buruaga, que había advertido la salida del local de la patrona. Atropelladamente, empujó el futbolín hasta la puerta para bloquearla e impedirle así la entrada a su palacio. Se la vio gesticular al otro lado del cristal. Debía de estar diciendo: “déjame entrar, coño” (la nobleza también dice tacos, pero sólo palabrotas suaves, no como los blasfemos de Basques). El macho se colocó sujetando el futbolín con todo el peso de su  cuerpo para evitar que entrara: la aristócrata desterrada de su marquesado. Risas. Pero ella era mucho más poderosa de lo la gente creía No sólo poseía una enorme fuerza mental, que le había permitido mantenerse al frente de su difícil establecimiento, sino también una potencia física fuera de lo común. Empujó la puerta sin aparente esfuerzo, con cuidado para no estropearla, y desplazó suavemente el peso del futbolín y del gudari. Aplausos.

—Marquesa, eres increíble —dijo Luisito.

—¿Pero qué buscaba ese tío ahí con tanto ahínco? —preguntó Mikel.

—Un libro —respondió Luisito.

Mikel no replicó nada, pero le miró con incredulidad y con sorna.

—Verás. Marquesa, ven un momento.

La Marquesona no se movió, pero Luisito, convertido en don Luis, se acercó a ella.

—Esto va en serio. No te voy a hacer nada. Te voy a mostrar lo que buscaba Buruaga.

Luisito acercó la mano a la altura de su pubis y —con el inexplicable consentimiento del ama— introdujo su mano entre las telas que lo cubrían y extrajo de allí un minúsculo libro de tapas marrones. En la cubierta podía leerse “El Libro de la Vida de Basques por J. Orduña”.

—¡No me jodas!

—Pero esto es una cosa increíble.

—A ver qué pone.

Las primeras páginas estaban tipografiadas con una letra tan pequeña que eran casi ilegibles. El resto del libro (la mayor parte) estaba constituido por páginas en blanco. Buruaga dejó caer, definitivamente derrotado, su cabeza sobre el mostrador y balbuceó algo incomprensible. Luisito empezó a leer: “Sobre las once y media de la noche, cuando las bromas y los chistes de los clientes fijos estaban en pleno apogeo, Buruaga irrumpió en El Deportivo como un auténtico huracán, desafiando las leyes de la cortesía y del buen gusto, insultando a todo el mundo y particularmente a quienes teníamos la desgracia de no ser vascos...”

Buruaga musitó desde el mostrador:

—Vete a tomar por culo, picapleitos.

La Marquesona me dijo al día siguiente que alguien, sobre las cinco de la madrugada, había llamado insistentemente a su puerta, pero que ella se había negado a abrir.

—¡Qué miedo!

 

 

De Jesús Orruño Pérez de Aguado.

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