ENTIERRO EN PARÍS
De P. Javier Romero Cambra
Relato filosófico
A Borges, excelso traductor
de metafísica
Renato Descartes asistía impasible al sepelio
de Paul Gassendi, un oscuro clérigo que había trabajado la filosofía de manera
paralela a él, aunque en modo alguno con tanto éxito. Apenas media docena de
personas se habían reunido para decir adiós al difunto; cosa no extraña, pues
tratábase de un perfecto desconocido en el mundo de las letras internacionales
y aún en el ámbito de la propia Francia. Tan sólo un puñado de escritos
atestiguaba su paso por el mundo, y ni siquiera figuraban en las bibliotecas de
más prestigio del país. Además, la mañana era desapacible, y es bien sabido que
a orillas del Sena la humedad puede llegar a ser insoportable. Por eso Renato Descartes se sorprendió a sí mismo
planteándose problemas de índole existencial y ontológica: “¿Qué hago yo aquí?
Y por cierto, ya que estamos en el arte de hacer preguntas, tan caro a Sócrates
y a sus denostados sofistas, ¿qué es el conocimiento? ¿Qué es la filosofía?”
Quinientos años más tarde, esas mismas
cuestiones volaban hacia los alumnos de una oscura y modesta universidad situada
en España, el país vecino allende los Pirineos, por boca de un antiguo
sacerdote reconvertido en filólogo y filósofo o al revés. Para él, la filosofía
no era sino un lenguaje, y su obsesión había sido siempre interpretar la
filosofía a través de la filología (la negación de esta posibilidad partía de
un pensador francés, coetáneo suyo y que respondía al nombre de Jacques
Derrida). En este caso, la pregunta ¿Qué es la filosofía? era de
carácter retórico, ya que el profesor estaba a punto de embarcarse en la
respuesta al misterio planteado sin aguardar a que nadie pudiera interrumpirle
de manera inoportuna y perder de esta manera el hilo conductor de su
argumentación. Con una voz débil, queda y pausada, se atrevía a responderse al
tiempo que entornaba sus ojos tras unas gruesas lentes de copista:
La filosofía es un indagar, un investigar,
un navegar por la cultura y el contenido de las diversas cuestiones planteadas
por los hombres a lo largo de la historia, con ojo siempre avizor, deteniéndonos en cada avance que realicemos
sin tomarlo como verdad absoluta, recogiendo esa nueva aportación, cuestionando
su veracidad y validez, y retomando en última instancia nuestro camino, en el
que toda certeza es siempre peligrosa...
Renato Descartes se sentía contento tras
la exitosa acogida que el mundo universitario y eclesiástico de París había
dispensado a su Discurso del Método. El Rector de la Universidad había alabado
su exposición como una obra de modernidad y un avance significativo en la
introducción progresiva de la razón en las tradicionales ciencias humanas.
Señaló fundamentalmente la inserción de la intuición como elemento de
conocimiento perfecto e incuestionable, emanado de la razón del hombre, y que
definitivamente mejoraba las teorías medievales de Tomás de Aquino y que superaba las de sus críticos; todas ellas
versaban sobre la posibilidad de demostrar la existencia de Dios. Tomás de
Aquino había intentado razonar sobre la existencia de la Fe, mientras que Duns
Scoto, Guillermo de Ockham y otros estudiosos se limitaban a señalar que desde
un punto de vista práctico era imposible constatarla, reduciendo de esta manera
el afán religioso del hombre a un mero ejercicio de voluntad. Pero con el
advenimiento de una nueva época, el hombre había llegado a situarse en una
posición muy cercana a Dios en el orden del Universo. Había, pues, que abrir nuevas vías de pensamiento. Y he aquí que
Descartes se situaba encarando la cuestión divina desde un argumento casi matemático:
el hombre podía dudar de su existencia y de sus creencias, pero mediante su
capacidad de razonar, debía resolver
esa duda bajo la perspectiva de un logos que superase los mitos
irracionales y las supercherías del medievo. Un logos que garantizara la
conciencia humana, y que iba a suponer una importante consecuencia: si el
hombre podía fundamentar su propia existencia a través del pensamiento, esa
certeza le llevaría asimismo a percibir una presencia divina que la humanidad
siempre había intuido. Y por ello el Rector
finalizaba ensalzando de manera entusiasta esa brillante conclusión.
Descartes sonrió levemente ante el prolongado aplauso que le dispensaron los
académicos y los miembros del alto clero
que se habían congregado para celebrar aquel acto.
Tanto eco tuvo el Discurso del Método que
la propia reina de Suecia invitó al filósofo a la corte del país escandinavo
para le que impartiera clases privadas de filosofía; un ofrecimiento que
Descartes tuvo a bien aceptar.
En realidad, esa obra de Descartes suponía
un paso definitivo para adecuar los viejos problemas de siempre a la mentalidad
del Renacimiento, en la cual el hombre procedía a ocupar el centro de la
Creación, superando así la vieja concepción medieval de que Dios estaba dentro
y por encima de todo, y fuera de él no existía nada. Además, de paso, había
respondido a los peligrosos argumentos de Scoto y Ockham, que amenazaban la
posición de la Iglesia como intermediaria entre Dios y los hombres y que, más
adelante, serían aprovechados por los primeros instigadores de la Reforma para
separarse de la autoridad papal. De esa
manera, Descartes se había granjeado el beneplácito eclesiástico...
Entretanto Gassendi escribía en sus
documentos acerca del escepticismo filosófico y de la imposibilidad de contraer
certezas absolutas en el largo y arduo camino del conocimiento humano. Sus
teorías lo acercaban más al empirismo de los filósofos británicos que al hombre
del momento en su Francia natal, y su obra era ninguneada por editores y
personajes de las letras. Sus escritos no casaban bien con los anhelos
académicos y religiosos de sus superiores, pues el escepticismo podía llegar a
cuestionar el conocimiento divino Nadie
concedió excesiva importancia al pensamiento de aquel hombre modesto y
desconocido para la élite cultural y para el gran aparato humanístico parisino,
y que tampoco era tenido en consideración dentro del mundo académico. Por
descontado, no iba a figurar en ninguno de los manuales de Historia de la Filosofía que quinientos años
más tarde iban a manejar un grupo de estudiantes universitarios españoles, bajo
el auspicio de un antiguo seminarista:
La filosofía es un indagar, un investigar,
un examinar continuamente las premisas sobre las que se basa nuestro
conocimiento... Por eso existe la filosofía como disciplina. Por eso Kant
revisó más adelante las aportaciones de los pensadores anteriores y elaboró una
respuesta tan completa a las cuestiones planteadas por ambos... de ahí su
Crítica de la Razón Pura, escrita a propósito de los racionalistas, y la Crítica
de la Razón Práctica, en donde se dirigía a los seguidores del escepticismo
filosófico...
En Suecia, Descartes no dormía bien. El
frío del país y los madrugones a que le obligaba la reina para tener su lección
de filosofía a primera hora de la mañana iban haciendo mella en su salud. Pero
no era eso lo que le tenía en vilo. Su duda interior crecía y crecía, sin
lograr sellarla definitivamente. Y cada vez que conseguía cerrarla, la llaga
empírica aparecía por otro lado, aún más grande y terrible. Los consuelos y
deleites –escasos- de la austera corte sueca no bastaban para atajar su
melancolía y brotes de mal humor. Por
fin, tras largos meses, decidió regresar a París. Su estado general era
delicado, y aunque mejoró tras su vuelta a Francia, nunca pudo recuperarse por
completo de su estancia en Suecia. Se sumió en un estado de reclusión
voluntaria y apenas figuraba ya en actos públicos.
Un día, un conocido le pidió que lo
acompañara al entierro de un viejo compañero; al tratarse el fallecido de alguien
de escaso lustre, el hombre no conocía a nadie de entre sus amistades que fuera
a asistir al sepelio, y le rogó a Descartes que fuera con él. Descartes accedió
a acompañarle por una cuestión de piedad antes que por verdadera convicción.
Por el camino, el hombre iba explicándole detalles de las escasas obras del
difunto, y a cada paso que daban, el filósofo se sentía desfallecer, aunque
atribuyó esa sensación a su delicado estado físico. Finalmente llegaron al
cementerio y Descartes observó el boquete abierto que habría de acoger al
muerto. La comitiva no había llegado aún. Alguien se acercó con una pequeña
edición de un libro del difunto. Descartes pidió echarle un vistazo mientras
aguardaba a que el sacerdote y el ataúd
hicieran acto de presencia. Transcurridos unos minutos se acercaron
desde una capilla próxima los representantes del clero y algunos asistentes.
Fue una ceremonia sencilla. El párroco bendijo el cadáver y, automáticamente,
las paletadas de arena comenzaron a caer una tras otra para sellar la tumba.
Por fin, cuando el féretro quedó definitivamente asegurado en la tierra, Renato
Descartes comprendió que, aunque la lápida exhibía el nombre de Paul Gassendi,
en realidad acababa de asistir a su propio entierro.
Quinientos años más tarde en España, en
ese mismo instante, un profesor
universitario daba por finalizada la charla y se despedía para siempre de su
escasa audiencia, ya que desde el día siguiente iba a hacerse efectiva su
condición de jubilado. Entonces requirió la presencia de la persona que habría
de sustituirle a partir de aquel momento. El recién llegado en cuestión, que había escuchado toda la explicación
desde el fondo del aula en el más respetuoso de los silencios, se acercó lentamente
hacia el estrado. Era de edad mediana tardía y menudo de cuerpo. Sus canas no
llegaban a cubrir por completo la parte alta de su cabeza. Vestía con cierta
elegancia y mostraba una vista débil y algo extraviada. Tras presentarse con
unas corteses palabras, en un educado acento porteño, se atrevió a sugerir a
los miembros del curso la resolución de
una simple ecuación x = y para mantener
la mente ocupada hasta que
llegara el momento de un nuevo encuentro.
EPÍLOGO
Una semana más tarde, un aplicado alumno se
le acercó con una novela en cuya contraportada se podía apreciar la cara de un
hombre casi completamente cubierta por unas gruesas gafas negras. El libro se
llamaba Yo no soy yo, evidentemente. El título en cuestión venía a resolver la
esquiva ecuación mediante una nueva aproximación que daba la vuelta a la
formulación original, ahora replanteada en los siguientes términos: x no es
igual a x. El intelectual tomó el libro en sus manos y asintió, al tiempo que
sonreía.
De
P. Javier Romero Cambra