Lo más hermoso de una lengua, de cualquiera de ellas, es que nos
pertenece de una forma tan íntima, que al mismo tiempo que nos presta las alas de
la libertad y nos conduce a un espacio que nos reubica dentro del mundo
-"Mi patria es la lengua francesa", decía Albert Camus- tiene la
facultad de constreñir nuestra facilidad de comunicación a los hablantes que se
desenvuelvan en el mismo código de signos, porque constituye un ámbito que nos
pertenece como una segunda piel, mucho más invisible, algo que nos recubre de
belleza, ya sea en su faceta pragmática, elemental, ésa que utilizamos para
pedir un taxi o comprar un cepillo de dientes, como en esa otra sublime
dimensión que es la poesía, la cual no consiste sino en una selección sensible
de los signos, un bello peinar al idioma con peines de plata fina, tensar el
arco de las modulaciones y disparar palabras al viento, palomas vulneradas,
frases bellas capaces de herir en la noche la sensibilidad de quienes nos
escuchan, de enamorar, logrando un efecto visible de emociones entre dos seres
que minutos antes quizás no se conocían y que ahora permanecen presos en las
redes invisibles de ese idioma depurado, el fantástico violín en que el hemos
interpretado la sutil partitura de la comunicación.
Un patrimonio tan hermoso,
que es profundamente íntimo y a la vez la más socializada de nuestras
pertenencias, debería de ser continuamente dignificado, sometido a periódicas
revisiones para que no perdiera brillo el oro de su fecundas formulaciones.
Deberíamos conservar con esmero los vocablos que un día contribuyeron a dar
salida a nuestras emociones, a construir esa patria común de la que nos
advirtiera el novelista francés.
Sin embargo no es así. El
idioma se empobrece, caemos en un absurdo reduccionismo que dilapida los
caudales. Un día, observamos como caducos los más bellos adjetivos; otros, nos
damos cuenta de que nuestros hijos ya no saben qué significan aquellos
sustantivos sobre los que levantamos nuestra estatura sentimental. Pero, lo
peor, con todo ello ser muy grave, es que, al mismo tiempo que reducimos las
palabras, estamos decapitando los conceptos a los que ellas nos llevaban. Hace
pocas fechas publicaba la prensa polaca, concretamente el prestigioso diario
“Sztandar Mlodych”, un vocabulario en seis lenguas occidentales, entre las que
se encontraba el español, que se pretendía fuera la panacea para los polacos
que hicieran turismo por Europa (que, por cierto, nos tememos no sean muchos).
Pues bien, las perspectivas lingüísticas "de urgencia" que tal
publicación recomendaba, no puede ser más indicativa de determinado estado del
actual momento social, ya que se reducen básicamente a "farmacia",
"quiero hacer el amor contigo", "tengo preservativos", y
hasta a la poética frase: "¿tienes alguna enfermedad venérea?", y
todo ello porque, como termina recordando el anónimo desbravador de turistas:
"Vuestro estado de ánimo y salud son lo más importante y por eso os
recomendamos que aprendáis este vocabulario".
En castellano lo
resumiríamos de otra forma más sencilla: "A follar, que son dos
días", o, "no dejes para mañana el polvete que puedas echar hoy"
.
Ya sé que soy un grosero en
mi interpretación personal de tan sesudas recomendaciones lingüísticas;
seguramente me equivoco y juzgo mal este turismo entre ecológico y saussiriano,
pero lo hago adrede para que el folio chirríe y nos demos cuenta de que estamos
dejando huérfano al idioma y vacíos los salones más profundos de nuestra
intimidad, porque eso es lo que sucede cuando nos olvidamos de lustrar a aquél
como su prestancia requiere, por más que ciertos amigos entrañables, que por
cierto hacen de su lengua, y de alguna más extranjera, un uso espléndido, me
digan que se trata solamente de un "instrumento", como el martillo o
el calzador -perdona Luciano, tú eres, debes serlo siempre, un muñidor de
excepción del idioma-.
¿De verdad proponen estos
señores, o cualesquiera otros diferentes, transformar el turismo en un safari
sexual? Sin duda lo que pretenden es cortar los lazos espirituales, de unión de
pueblos y culturas que, desde los tiempo más remotos que el hombre es capaz de
recordar, constituyen la esencia del viajar a países distintos al nuestro y, a
cambio, prolongar más allá de su fronteras los desafueros machistas y
agresivos, la calentura de unas mentes enfermizas en las que el sexo, más que
una bella consecuencia, se convierte en torpe mercadeo de palabrejas
chamulladas al primero o primera que uno se encuentre al descender por la
escalera del avión.
Quisiera saber decir muchas
frases en lenguas extranjeras que desconozco para sentirme más dentro de
quienes me reciben en sus lugares de origen, para no ser un extraño en el
banquete exquisito de los sentimientos compartidos, de la belleza transmutada a
zonas intercambiables, gracias al idioma. Quisiera saber decir en todas las
lenguas del mundo que no me siento ajeno a esa persona a quien veo por vez
primera. En el caso de visitar Polonia, les hablaría de mi solidaridad con su
antigua marginación, les expresaría mi gozo, mi satisfacción, por sus intentos
de ser más libres, más dignos. Inventaría palabras para alentarles en ese noble
empeño, visible en los últimos años, por retomar un rumbo protagonista de su
historia.
Quizás, ¿por qué no? , en un momento
determinado de mis viajes conocería la necesidad de expandir mis sentimientos
por esas vías "del estado de ánimo y salud" que parecen constituir la
única obsesión de los colegas polacos; pero entonces, si la chispa amorosa
acompasara mi deambular por el mundo, no creo que la primera palabra que ella
oyera de mis labios fuera "preservativo" ni "males
venéreos". Tal vez no usara ningún término de ningún idioma conocido:
Probablemente eligiera el lenguaje de los ojos o de las manos, la elocuencia
del suspiro, capaz de inventar palabras que todavía no ha recogido ningún
diccionario del mundo.
José Luis Buendía López,
Profesor de la Universidad de Jaén.