VOLVER

PERIPECIA DEL LIBRO

Relato

De Luciano García García

 

Doce años de trabajo se veían coronados al fin por la finalización de su obra. No le había quedado mal. El libro, porque de un libro se trataba tras el proceso artesanal de encuadernación en el que había puesto tanto esmero como en la propia escritura, le proporcionaría una triple satisfacción. Por un lado, era una gran obra, de eso no cabía duda. Sentía la certeza, más allá de la ilusoriedad o de la fanfarronería, de que había conseguido una pieza excepcional: compleja pero simple al mismo tiempo, con múltiples lecturas que se superponían polifónicamente sin anularse, con una sólida estructura y un lenguaje tan depurado y al mismo tiempo tan rico y diverso que arrebataba desde el primer momento y llevaba al lector, como en volandas, hasta el final, en un tránsito que podía ser rápido pero que el buen conocedor procuraría seguir lenta y delectablemente. Por otro lado estaba la satisfacción del desafío personal. ¿Quién diría ahora que era incapaz de escribir una novela? Ni siquiera su amigos, y especialmente Luisito, tan calculadamente desafecto ante sus regulares envíos de capítulos según iba avanzando el libro, podían ya dejar de reconocer que estaba haciendo una obra y además una obra mayor. Con Laureano no había problema, porque era de naturaleza cándida y desde el principio no había reservado ni un ápice de su admiración creciente por los progresos del libro. Pero Luisito se le resistía aunque no podía dejar de traicionarse en su cultivada indiferencia hacia su obra. Por último, estaba la apuesta. Armando, siempre en actitud ajena de intelectual con una docena de libros en las secciones de estudios críticos de literatura española en las mejores universidades europeas y americanas le había apostado displicentemente una cena en el Parador, sin reparar en límites de gastos si de verdad era capaz de terminar una obra tan ambiciosa. Sin límite de tiempo, eso sí. Lo de la cena era lo de menos. Pero el darse el gustazo de restregarle en la cara los casi quinientos folios que se hacían prolíficos constantemente según se iban leyendo y que poseían aquella perfecta estructura circular, un experimento estético no igualado ni por James Joyce, ni por Cortazar, ni por Lawrence Durell, ni por su admirada Casa Verde de Vargas Llosa. “¡Con qué no lo creías posible, ¿eh?! ¡Pues aquí está! Más y menos folios de los que tú has escrito con tus doce libros de crítica literaria. Esos que  se pueden consultar en la Británica o en la Biblioteca del Congreso!” (era verdad, había hecho varias búsquedas por Internet y los libros de su amigo Armando aparecían en los catálogos de esas y otras bibliotecas importantes). Con Armando estaba además la cuestión de su verdadera indiferencia. Hace mucho, mucho tiempo había sido poeta, y por lo que él pudo leer, bastante bueno. Pero un día quemó toda su obra y sólo se salvaron algunos poemas sueltos publicados en cuatro revistas minoritarias y noveles. Probablemente hubiera quemado también hasta el último ejemplar de aquellas revistas si hubiera podido. Pero para su exasperación de vez en cuando algún conocido venía a recordarle que había leído alguno de sus poema y que, oye, no estaba nada mal. Armando probablemente creía que o se hacía gran literatura digna de ser estudiada o uno se dedicaba al estudiar la gran literatura de los demás, y por eso  era tan escéptico con respecto a la obra literaria de sus amigos. De Laureano sobre todo, que reconocía que escribía por el gusto de entretenerse, como el que hace crucigramas o se dedica sin excesiva entrega a la numismática, y que no tenía ni mayor interés ni mayor ilusión por su obra una vez acabada, como tampoco el que rellena crucigramas tiene mayor interés por ellos una vez rellenos. Esta vez iba a dar la sorpresa, iba a ser la gran revelación y, desde luego, hasta Armando no había podido disimular más de un gesto de furtiva complacencia y admiración.

En esas estaba en la habitación azul de su amplia casona en el centro histórico de la ciudad provinciana mientras todos los miembros de la familia dormían en el horario inerte de la alta madrugada. Como Fausto en sus soliloquios sentía la complacencia de ensimismarse en sus propias ensoñaciones solitarias mientras volvía a pasar las manos por el lomo del libro en piel de ternera fina y lujosamente decorado y que todavía olía a cuero recién curtido. Fue entonces cuando oyó el ruido otra vez. Una especie de rechinamiento como si se corriera algún mueble de la casa. Le separaba un largo pasillo de los dormitorios del resto de la familia y sabía que el ruido, como otras veces, venía de ahí, de un lugar indeterminado de aquel oscuro corredor un poco lóbrego a pesar de la pródiga iluminación con apliques de diseño finlandés y el sistema de calefacción de bomba de calor. Siempre había sospechado que en la casa había un fantasma, alguna presencia ectoplásmica o algún olvidado genio doméstico. Se lo confirmaba los gañidos de la perra sin venir a cuento y sus ladrido furiosos contra la paredes en horas de lo más inconveniente, sobre todo en el pasillo. No tenía miedo porque, por una extraña seguridad creía que si se le aparecía un espectro era capaz de darle cuatro hostias y mandarlo al submundo de cabeza, o a cualquier otro sitio de donde viniera. Hay cosas que se saben porque se sienten y él creía de manera natural que los vivos tenemos mucha más energía que las pálidas y vaporosas sombras de las criaturas ectoplásmicas y que bastaba con dar una palmada, es decir una hostia, al aire para deshacer aquellas manifestaciones de energía residual como si de mosquitos se tratara. La verdad es que nunca había tenido ninguna aparición y eso que no se había recatado de pasearse por cementerios, ruinas y casas supuestamente encantadas. Pero, qué le vamos a hacer, o los seres sobrenaturales, de los que también hablaba en el libro, no existían o no se atrevían a manifestársele. Ya había oído que sólo se aparecen a los sensitivos y él, en ese aspecto, debía ser muy bruto. Pero en su misma casa estaba convencido de que había, como le gustaba recordar de una leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, busilis.

Así es que salió al pasillo, a oscuras para facilitarle la labor al posible espectro o fantasma, espíritu o alma en pena, o lo que fuera. Pero nada. Por poco se pega un cabezazo contra una de las lámparas laterales que se había descolgado un poco hacía unos días y que todavía no había tenido tiempo de arreglar. Cuando volvió a su estudio, sin embargo, se llevó la sorpresa más memorable de todas su vida porque sentado en su sillón había un enano negro, vestido de verde, con un cabezón ceniciento y un rostro de niño viejo.

— Con que eras tú, me cago en diez. Ya tenía ganas de verte, ya —le dijo mientras se preparaba para dar un salto y atraparlo en caso de que el muy cabroncete quisera escapar.

— Sí, soy yo. Baciuño a tu servicio. No sabes lo difícil que me resulta manifestarme después de veinte años en los que además es que no me dejáis descansar en paz y ando todo alterado. Sobre todo la perra esa tan insolente que habéis traído a casa, que cuando más a gusto estoy va  y me detecta y ¡hala! se pone a ladrar como una descosida.

— Pues ya verás. Te advierto que a mi no me asustas ni tú ni veinte como tú y que no sé si pegarte un par de hostias o esperar a ver que me cuentas. Aunque te advierto, oye, que acabo de terminar un trabajo muy, pero que muy importante y tampoco estoy para muchas chorradas, hostias.

— Tu novela, ¿verdad? Bueno, de eso quería hablarte. Porque resulta que no es tuya del todo. ¿Sabías que yo te la he estado inspirando día a día, por lo menos en parte?

— Venga ya y no jodas. A ver si ahora vas a querer derecho de autor tú también.

— Hombre, derechos de autor, lo que se dice derechos de autor pues no, pero un par de novenas al mes y una cuantas velas encendidas todos sábados, y el día de los difuntos un buen tazón de mariposas, eso sí que te lo pediría a cambio de mi colaboración.

— Pero, hostia tú, que coño dices tu trabajo. La novela la he escrito yo y nadie más que yo.

— Bueno sí, físicamente se entiende. ¿Pero es que tú no has oído hablar de la inspiración?

— Joder la inspiración, pues claro, pero eso es una cosa del autor, es decir, mía y de nadie más.

— Pero vamos a ver. ¿Tú no te acuerdas de que cuando empezaste a escribir no dabas pie con bola? ¿No te acuerdas de que no hacías más que emborronar cuartillas y ¡hala! a la papelera? ¿O ya se te ha olvidado eso que le contabas a tu amigo Laureano cuando venía a verte y que tanto os gusta a los escritores de la angustia de la página en blanco?

— Mira, no me pongas de mala hostia que doy cuatro palmadas y te disipo.

El enano pareció alarmarse un poco, pero no se arredró.

— Escucha. ¿Te acuerdas de que de pronto un día las cosas empezaron a ir mucho mejor? ¿Qué empezabas a escribir y las ideas fluían con brillantez y facilidad? Pues era yo que, harto de aguantar tus malos humos de escritor desesperado que amenazaban con atufar el aura de la casa me decidí a echarte una mano.

— ¿Tú una mano a mí? —dijo el escritor molesto en su fuero interno porque sí que se acordaba de que de repente un día la redacción de su novela empezó a ir muchísimo mejor—. Como me cabree te voy a dar un sopapo.

—Pues claro. Yo era el que te susurraba al oído, o más exactamente infundía tu pensamiento con las ideas, los recursos y las estrategias necesarias en cada momento. ¿O acaso te crees que la inspiración es otra cosa? Un pintor, un poeta, un escritor, un director de cine incluso no es más que un pobre diablo con la sensibilidad suficiente para oír en su interior la voz de los espíritus. Desde pequeño los espíritus le hablan y se complacen en manifestarse a través de él… pero vamos a dejar esto que me cansa explicar estas cosas tan sabidas.

— Bueno, pues suponiendo que esto sea así —dijo el escritor mirándolo intensamente y con ganas de cebarse en la aparición— vaya mierda de musa que me ha deparado el destino, porque eres feo con gana.

— En realidad tienes que dar gracias de que yo me haya dignado inspirarte, porque lo que es el destino no tenía pensado hacerte lo suficientemente sensible a los espíritus. Lo mismo que a tu amigo Laureano o a tu amigo Armando, que por mucho que lo intenten no van a escribir nada de fuste. Fui yo el que, harto ya de oírte y por un módico precio…

— Alto, alto ahí. ¿Qué es eso de un módico precio? ¿Dónde está escrito que yo tenga que pagarte algo? ¡Habráse visto el enano cabezón este!

— Lo de enano y cabezón te lo paso porque no tengo otra manera de presentarme ante ti por el momento y en este lado de la existencia da igual después de todo. Pero lo del precio, ya sabes, ¡las misas y las velas…!

— ¡Pero cómo que misas y velas! ¿De cuándo he dicho yo que te voy a poner velas o te voy a encargar misas? ¡Y lo del tazón de mariposas para el día de difuntos ni lo sueñes!

— Tú sabes perfectamente que en sueños aceptaste los términos del pacto.

— ¡En sueños! ¡En sueños! Tú sabes lo que se dice por aquí y lo repetía Calderón, ¿no? Que los sueños sueños son.

Y verdaderamente no recordaba ningún sueño en que hubiera aceptado este o ningún otro pacto.

— Es que —concedió el otro— no había otra manera de ponerme en contacto bis a bis contigo... hasta ahora, en que ya ves como me ha salido la manifestación visible: enano y además negro.

— Pues mira, te voy a decir la verdad. Yo no me acuerdo de haberte prometido nada ni soñando ni despierto. Así es que ya está cogiendo la puerta y desapareces antes de que me cabree. Y las misas o los rezos o lo que sea se las pides a las monjitas de Santa Clara, que tienen mucho tiempo libre y hacen unas yemas muy buenas.

El rostro ennegrecido y grandón del enano pareció demudarse transido por una desesperación enorme y sin remedio. De golpe fijó sus ojos angustiados en el volumen que reposaba sobre la mesa y, visto y no visto, echó mano de él y retrocedió hacia la pared. El escritor, apercibiéndose del peligro quiso echársele encima para arrebatarle aquel libro primorosamente encuadernado y darle de paso un par de hostias, pero dudó unas décimas de segundo entre rodear el buró o saltar por lo alto. Décimas de segundo justas que aprovechó el enano para escurrirse por el vano inferior del mueble mientras el escritor se subía al buró de un salto prodigioso, pues no en vano era un avezado deportista. Parecía mentira pero aquel ectoplasma se le escapaba por la puerta mientras le decía:

— Si no hay misas ni vela, no hay novela.

Salió al pasillo y ahí que estaba ya el enano corriendo y añadiendo:

— Soy espíritu rogatorio que quiere salir del purgatorio.

La ventana del pasillo se abrió como batida por una tromba de aire y a la alta galería sobre el patio cayó muy seguro el espíritu. El escritor los siguió mientras que oía como recitaba sus jaculatorias.

— Tengo el extraño oficio de viajar por los orificios.

El escritor no se arredró. Salto a la cubierta principal de la casa en persecución de su novela y no dudo ni un solo instante en salvar de un animoso salto la distancia entre los aleros enfrentados del callejón de Martín Mora. La catedral quedaba a sus espaldas y daba los cuartos de las cuatro. El cielo estaba arriscado de nubes de cellisca y no había ni un alma por el barrio. Por los tejados del Mesón Vicente saltaba el espíritu carnal como una camisa agitada caprichosamente por el viento de diciembre en el tendedero y el escritor lo perseguía ligero como otra prenda ropera, echando contundentes votos y juramentos en un castellano alto-medieval y granítico. En un santiamén salvaron por los altos aires tejeriles el callejón Arco del Consuelo, continuaron la carrera sobre las cubiertas del Gorrión y la Manchega, volvieron a saltar para salvar el callejón de Bernardo López y el espíritu ladronzuelo aterrizó en el alero del tejado de La Española, último vestigio castizo y cañí del antiguo patrimonio hostelero de la ciudad. Este salto era más arriesgado y se lo pensó una vez antes de seguir a aquel espíritu ratero, pero, sin necesidad de tomar mucho impulso, alcanzó sin dificultad el otro extremo y sólo unas cuantas tejas que saltaron por los aires y se estrellaron contra el suelo deslucieron algo la segura ejecución de su salto. El enano mientras tanto ya se introducía por el ruinoso cañón de chimenea que el hostal aún conservaba como recuerdo de los antiguos tiempos de los fogones. “No te vas a escapar aunque te metas en la misma caldera de Pedro Botero” pensaba el escritor con mucha determinación mientras se precipitaba hacia la torreta de obra medio derruida a tiempo justamente de agarrarlo por los pies que ya se perdían en la negra hondura del tiro. Con el impulso se le fue medio cuerpo dentro tras el fugitivo que se hundía en un piélago de oscuridad con vuelco catastrófico de cachalote en maniobra de inmersión profunda. Se precipitó lastrado por el enano descuidero. Notó que las paredes se reblandecían, se humedecían, se caldeaban y le rodeaban como una superficie sedosa y húmeda de consistencia viscosa y carnal. Una difusa evanescencia de color rosado lo rodeaba por todas partes. El conducto parecía adquirir vida y animarse de ciertas contracciones rítmicas que lo engullían junto con el enano. Ni aún así dejó asir su presa. Cayó de cabeza durante un tiempo indeterminado sin soltar el pie del ladronzuelo y empezó a forcejear con él tratando de recuperar el libro. Le hubiera gustado darle un par de hostias, pero no había espacio para coger vuelo con el brazo. De todas maneras consiguió tocar el libro abierto y asirlo por una de sus hojas, pero enseguida se le escapó en la trifulca. El agujero se hizo más angosto; las paredes adquirían una cualidad flexible que les hacía ajustarse a su cuerpo y aprisionarlo suave pero enérgicamente. No cesó en su empeño a pesar de sentir una sensación de angustia prenatal por la opresión de la angostura. En un momento determinado le pareció ver una luz al final del tiro por delante de la cabeza del enano. Se oían jadeos, y voces familiares y risotadas y música. Se le figuró estar en el umbral tan divulgado las EBMs en el que los agonizantes vislumbran y oyen, en la atrayente claridad del final del túnel del más allá, a familiares y amigos ya fallecidos que presumiblemente acuden a dar la bienvenida. Pero las voces, los jadeos y las risotadas parecían ser de gente muy reconocible y bien vivita y coleante de su pueblo natal. Además no parecían formar parte de un coro fantasmal de bienvenida, sino de un espectáculo mucho más mundano completamente ajeno a su propia peripecia. Le pareció discernir quizá la voz enérgica y mandamás de la Reinona, improperios broncos y excesivos de Buruaga, sordos bufidos de protesta de su amigo Luisito. Había música de pachanga y un indistinto coro de risotadas. Todo esto le acontecía, en una secuencia amortiguada más bien sentida que percibida, dentro de la esfera impenetrable de un sueño opiáceo y plomizo provocado quizá por la falta de resuello. Pero de pronto la visión fugaz al final del túnel desapareció. Desaparecieron también el enano y el libro por delante de él y se vio devuelto estrepitosamente al ámbito físico del llar de la chimenea en la sala noble de La Española, en donde una pareja subrepticia y fugaz se despertaba alarmada y saltaba precipitadamente de una cama antigua y mercenaria ante el estruendo surgido de la chimenea. Milagrosamente ileso se incorporó sacudiéndose polvos y hollines arqueológicos, mientras la pareja, algo recuperada se aprestaba en cueros vivos a la improbable defensa de sus físicos y sus vergüenzas. Empezaba a despertar la pensión, las luces se encendían y la patrona y empleados salían en camisón de sus aposentos a confrontar el alboroto que tan inopinadamente rompía la tranquilidad de un establecimiento tan reputado por su silencio y discreción. El escritor, no menos confuso que los dos huéspedes, se disponía a pergeñar una explicación más o menos plausible de su injustificable presencia en ese lugar y a esas horas de la noche, cuando vio a sus pies el único resto salvado del naufragio, la única prenda mínima recuperada del expolio literario: una página en blanco arrancada de su libro. Se concedió un par de segundos para examinarla antes de afrontar la realidad embarazosa que se le venía encima. Le dio la vuelta a la hoja. Era la portadilla del libro. En ella ponía: El libro de la vida de Basques.

 

De Luciano García García, Profesor de la Universidad de Jaén.

VOLVER