Circulando por el mar

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          Imagínese qué susto si un día va usted tranquilamente circulando por una carretera junto al mar y empieza a subir la marea hasta hacerla desaparecer y le deja a usted con su coche en medio de las olas. Bueno, pues esto puede ocurrirle perfectamente si no tiene cuidado al cruzar entre el pueblo de Vedsted y la isla de Mando, en Dinamarca, a través de la carretera que los une, que es sin duda una de las más singulares de toda Europa.

 

            Mando es una islita de quince kilómetros, la mayor parte de ellos arrebatados al mar, dedicada fundamentalmente a la agricultura. En ella viven 150 personas que se protegen de los envites del mar del Norte por medio de dos diques: uno, construido en los años cuarenta y destinado a resguardar los campos, y otro interior de seguridad, orientado a defender las casas en caso de que el primer dique sea superado por el agua. La absoluta falta de calado de las costas de la isla impide que puedan comunicarse por barco con el continente, así que a las aproximadamente sesenta familias no les queda más remedio que trasladarse a través de la carretera, doce horas abierta y otras doce inundada y con sitios, incluso, de una profundidad de hasta un metro y medio.

 

            Así pues, si a alguien se le ocurre atravesar los siete kilómetros de la carretera de la marea, como la llaman los habitantes de Mando, aunque la vea despejada, lo más aconsejable es preguntar a algún indígena por las condiciones meteorológicas, ya que si empieza a subir el agua y sopla viento del Oeste, lo más probable es que se encuentre uno nadando a mitad de recorrido. Otro asunto para cruzar los dedos son las condiciones del coche. Aparte de que se estropea mucho su carrocería por el agua salada , no dejaría de ser un asunto terrible sufrir una avería o un pinchazo en mitad de la carretera de marras.  Y quizá, como última recomendación, que siempre tienen muy en cuenta los habitantes de esa zona, es que si se cruza a la isla hay que saber perfectamente la hora en que se debe volver, no vaya a ser que les ocurra lo que al pardillo que suscribe, que se chupó veinte horas sin poder salir de Mando, porque al querer regresar, la marea ya había subido y luego se le ocurrió bajar a mitad de la noche –hora cristiana para estar durmiendo-, así que al despertar a la mañana siguiente la marea había vuelto a subir.

 

            Por eso, lo mejor de todo es dejarse de líos y coger el transporte público que han inventado para esta carretera, al que llaman Treching-Bus y que en razón de su construcción especial puede circular un poco antes y un poco después de que la marea baje o suba. El viaje merece la pena, y se hace absolutamente inolvidable, al avanzar subido en un autobús por una carretera que no se ve y rodeado de agua por todas partes.

 

                                                                        Enrique Calduch