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En un atardecer muy caluroso de principios de julio un joven salió de la pequeña buhardilla que tenía alquilada en el pasadizo Stoliarny y se encaminó a paso lento y un tanto irresoluto hacia el puente Kamenny. Había logrado dar esquinazo a su patrona en la escalera. Su cuchitril se hallaba bajo la techumbre misma de un edificio alto de cinco plantan y más parecía alacena que habitación. La patrona que se lo alquilaba y le proveía de comida y servicio tenía su propia vivienda en el piso inmediatamente inferior, y cuando el joven salía a la calle tenía que pasar junto a la cocina de ella, cuya puerta, que daba a la escalera, estaba casi siempre abierta de par en par. Y cada vez que pasaba lo hacía con cierta sensación de malestar y cobardía que le obligaba a fruncir el ceño de pura vergüenza. Debía bastante dinero a la patrona y temía tropezar con ella. No porque fuese encogido y timorato; más bien lo contrario, pero de algún tiempo a esta parte se hallaba en un estado de irritabilidad y tensión rayando en hipocondría. Hasta tal punto se había encerrado en sí mismo y aislado de todo el mundo que temía cualquier género de contacto y no solo el encuentro con la patrona. La pobreza lo abrumaba, pero últimamente hasta esa agobiante circunstancia había dejado de afectarle. Se había desentendido por completo de sus quehaceres cotidianos y nada quería saber de ellos. A decir verdad ninguna patrona le causaba espanto por mucho que intrigara contra él. Pero tener que detenerse en la escalera, oír toda una sarta de sandeces sobre menudencias con las que él nada tenía que ver, escuchar la retahíla insistente de quejas, amenazas y exigencias de pago y tener que salir del paso, disculparse, mentir...Ni. Más valía deslizarse escaleras abajo como un gato y escabullirse sin ver visto. (...) El calor era sofocante en la calle. El bochorno, el gentío y por doquiera encalado, andamios, ladrillos, polvo y ese hedor estival tan conocido de todo burgués que no puede alquilar una casa de campo... todo ello vino a crispar aún más los ya tirantes nervios del joven. El tufo inaguantable que despedían las tabernas, de las que había un sinfín en esa parte de la ciudad, y los borrachos con quienes se tropezaba a cada paso, a pesar de ser día laborable, completaban ese cuadro melancólico y repulsivo. Una expresión de honda repugnancia se dibujó momentáneamente en las facciones delicadas del mancebo. (A propósito era notablemente guapo, de hermosos ojos oscuros, pelo castaño y estatura algo superior a la media, esbelto y bien formado.) pero pronto cayó en una honda meditación, o mejor dicho, en una especie de ensimismamiento, y prosiguió su camino, sin percatarse, ni querer percatarse de lo que lo rodeaba. Fiodor DostoievskiACTIVIDADES
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