Golfos de bien

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   Durante los meses del calor, y junto  a la fuente, había un puesto de sandías y melones. “¡Al rico melón de Villaconejos!”, gritaba el que los vendía. Y su grito, huérfano de padre y madre, venía a caer en nuestros estómagos.

   Llevábamos un buen rato en la escalinata de la parroquia. De repente Cabrito nos propuso:

-         ¿Os comeríais una sandía?

-         ¡Y dos!, le contestamos.

-         Bien, hay que robarla.

Y, levantándose, buscó un palito o una paja: algo largo. Cuando lo tuvo, se sentó de nuevo y, dándonos la espalda, partió en tres pedazos un trozo de cordel. Luego nos puso delante una de sus manos, cerrada, y tres rabitos que salían de ella.

-         El que saque el más pequeño, pierde, nos dijo.

   Y lo saqué yo.

   Calle arriba llegué hasta la fuente. Por disimular, me puse a beber. El melonero estaba solo, sentado en un cajón de madera. Dejé de beber y me dirigí a la esquina de enfrente, como si me marchase. El melonero quedó de espaldas. Pero pasaba gente, así que tuve que esperar. Al fin vino el instante y con él me acerqué, cauteloso, a la parte trasera del puesto. Y debí de hacer ruido, porque nada más llegar, el melonero volvió la cabeza. Rápido me tiré al suelo ocultándome detrás del montón de sandías, igual que un indio. El melonero no se movió.       Entonces, con mucho tiento, me dediqué a ir sacando la sandía que estaba más cerca de mí. Y ya casi la tenía en mis manos, cuando un hombre y un niño doblaron la esquina. Vacilé. Seguidamente oí al mamoncete:

-         Papá,¡ qué hace ese chico ahí’

   Con rabia tiré de la sandía y, levantándome con ella, salí a todo correr calle abajo. Hasta mí llegó una blasfemia de las gordas y también un ruido extraño, que me seguía. Sin dejar de correr volví la cabeza, viendo cien, o doscientas, o quizás más sandías rodando detrás de mí.

   A continuación, y desgañitándose, venía el melonero, quien, con más piernas que yo, saltaba por entre todo aquello tratando de darme alcance. Así pasamos por delante de la escalinata de la parroquia. Tinajilla me gritó:

-         ¡Corre, Lauro!, ¡que te cazan!

-         Cabrito, al verme en peligro, se echó a la calle, y metiéndose en medio de las sandías, agarró la más gorda. Luego la tiró al aire, yendo a estallar entre los pies del melonero, donde se hizo añicos, como si fuera una bomba. Y hasta los pedazos parecían de sangre.

-         El dueño del puesto cayó de bruces sobre la calzada.

-         Y si no perdió el conocimiento, tuvo que sentir como sus propias sandías pasaron sobre él.

-         Yo, con la robada, seguí corriendo calle abajo...

 

ACTIVIDADES 

1.     Ponle título al relato. 

2.     ¿qué significa: el grito que da el melonero es huérfano de padre y madre?

     3.     Utiliza el melonero alguna palabra despectiva?

4.     ¿Por qué tenía el melonero más piernas que Lauro?

     5.     ¿Te acuerdas de alguna travesura que hicieras de pequeña? Cuéntala.

6.     ¿ Cómo eran los puestos de fruta en donde se compraban antes la fruta y verdura? ¿ Y las tiendas?

     7.     Escribe las palabras agudas que veas en el texto desde el principio hasta robarla.

8.     Realiza un encadenamiento de palabras agudas a partir de melón.

     9.     Realiza las fichas del uso de la coma.

10.  Escribe los verbos que aparezcan en el párrafo que empieza en calle y termina en mamoncete.

11. Aumenta la intensidad de los adjetivos de las siguientes frases:

 

    Le dirigió insultos molestos.

    Soplaba un viento frío.

   Cargó con una pesada maleta.

   Mantuvo una actitud buena.

   Es persona discreta.

   Corre un arroyo de aguas limpias.

    Se nota un olor malo.

    Habla con una voz rota. Es un chico delgado que hala con voz fina.