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ALGUNAS LEYENDAS DE LA CIUDAD DE JAÉN:

El Lagarto de la Malena

Sin duda es la leyenda con más raigambre popular de la ciudad y ha sido objeto de algunos estudios, el más significativo de todos a cargo de Juan Eslava Galán. Su implicación en los habitantes fue tal que durante décadas se creyó que el pellejo del lagarto se hallaba expuesto en uno de los muros de la iglesia de San Ildefonso. En realidad parecía ser más bien el cadáver disecado de un caimán enviado desde el Nuevo Mundo por algún paisano, una costumbre muy en boga siglos atrás.

El tema de la leyenda confluye con otros mitos de lucha frecuentes en las regiones mediterráneas. A juicio de Eslava, se transmitió a Jaén entre los siglos VI y I antes de nuestra era. Siguiendo su interpretación, nos encontraríamos ante mitos relacionados con las sociedades agrarias, en las que se relata simbólicamente las relaciones entre muerte y resurrección de la vida según las estaciones y en torno al agua y el sol. Ureña Portero también recuerda alusiones al tema del Lagarto en la tradición judía.

Según el relato recogido por Eslava de un magdalenero en 1977, llamado José García Martos, en el venero que hay enfrente de la iglesia de la Magdalena había un lagarto muy grande que salía y se comía a todo el que iba por agua y ya no había quien saliera de sus casas en la Magdalena, todos asustados y sin trabajar.

Había un preso en la cárcel condenado a muerte que pidió el perdón si lograba matar al lagarto. Tal era la desesperación de los vecinos que se le concedió su petición. Entonces él pidió un caballo, una lanza y un saco de pólvora. Fue de noche frente a la cueva con un costal de panes calientes.

Cuando el lagarto olió los panes, salió de la cueva. Al ver al preso, fue a embestirlo, pero éste salió corriendo y en su huida iba echándole panes al lagarto hasta llegar a la iglesia de San Ildefonso. Allí le tiró el saco de pólvora envuelto en la piel del cordero y el lagarto se lo tragó  creyendo que era un cordero y reventó.

Esta versión, con más o menos variantes, es la más conocida y contada en la ciudad.Aspecto actual del manantial de la Magdalena.

Cazabán recoge otra versión: un guerrero vestido con traje de espejos espero al monstruo y al salir éste, quedó deslumbrado por las reverberaciones de la luz sobre los cristales, recibiendo entonces el golpe mortal en la espalda. Esta versión tiene réplicas literarias algo más del norte y tiene que ver con las gestas de caballerías.

La última versión la protagoniza un pastor de rústico, pero hábil ingenio que tendió una trampa a la serpiente que se comía sus corderos, arrojándole la piel de uno de ellos rellena de yesca, con la que el monstruo se abrasó y murió. Es tal vez la versión más popular y, si acaso, más verosímil.

Ximénez Patón, en su Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén, de 1628 recoge también la leyenda. Su protagonista es el mismo pastor de arriba.

La presencia del lagarto en la simbología de la ciudad ha sido corriente. El obispo de Baeza, Fray Domingo, lo incluyó en su blasón en 1227. Tres años después de la conquista de Jaén, en 1249, el lagarto o sierpe aparece como signo oficial de la ciudad.

Existe una importante identificación entre la ciudad y su mito, que protagoniza eventos y celebraciones, desde la celebración de conciertos de rock hasta cabalgatas y carnavales. Un dicho acuñado en la ciudad, a modo de maldición, sería "así revientes como el lagarto de Jaén" o también "de la Malena". También se ha identificado el mito del lagarto con la forma que el plano de la ciudad adopta al enroscarse  sobre el cerro de Santa Catalina, que asemejaría la figura de un lagarto. De esa opinión era el Deán Mazas.

Lo cierto es que el mito del lagarto figura en un lugar de honor en el patrimonio cultural de la ciudad y en muchos sitios de fuera, es la principal reseña que de ella se tiene.

 

El Espectro de la Fuente de la Peña

Un arriero que regresaba de los Villares una noche, al pasar por la Fuente de la Peña le pareció oír los sollozos de un niño. En la Fuente de la Peña, muy cerca ya de la entrada sur de la capital, había, aún queda el edificio, un lavadero, donde las mujeres subían a lavar la ropa. El arriero tal vez pensó que se trataba del hijo de alguna de aquellas lavanderas que se había perdido. 

Entre la oscuridad buscó  el origen de los sollozos y sí, era un niño de unos dos o tres años. Lo tomó en brazos y procuró tranquilizarlo. Cuando cesó de llorar, se lo colocó atrás en la mula y continuó su camino hacia la capital. 

Ya entrando en el barrio de San Felipe, un poco antes de llegar a la Glorieta, el arriero empezó a notar que las mulas iban tornando su paso en fatigoso. Parecía como si un peso muy las lastrara. El hombre se extrañó y cuando echó la cabeza hacia atrás para ver qué pasaba en la recua, se encontró con que el niño se había convertido en un ser enorme y monstruoso, una criatura de rostro terrible y enormes dientes. Y con cierta sorna, le preguntó:

- ¿Tienes dientes como yo?

El arriero que pese a ser un hombre hecho y derecho, descabalgó de un salto y, sin ocuparse de sus mulas se desperdigaron por calles y caminos, salió corriendo al tiempo que se santiguaba.  

 

Recogida por Manuel Amezcua de José de la Vega Gutiérrez, que la fecha en 1947.

 

El tesoro de la plaza de los Huérfanos

Unos ganaderos pidieron pasar la noche en los sótanos de una casa que hacía esquina entre la calle Santa Clara y la plaza de los Huérfanos. A media noche la hija de los dueños despertó alertada por extraños ruidos que procedían de la parte baja de la casa y allí se dirigió. Sin que los ganaderos notaran su presencia, observó que se encontraban alrededor de un cabo de vela al tiempo que pronunciaban unas palabras rituales. Al poco, se abrió uno de los muros. Entraron en la grieta y al poco salieron cargados de bolsas de monedas.

La muchacha esperó a que los extraños visitantes abandonaran la casa y a la noche siguiente, en compañía de su madre, bajó al sótano. Allí volvió a repetir el ritual que la noche anterior vio celebrar a los ganaderos y entró en la grieta cuando de nuevo se abrió. Allí, quedó deslumbrada por los tesoros que vio, tanto que se entretuvo y no advirtió los gritos de su madre cuando vio cerrarse la grieta.

Allí quedó sepultada, pues sólo ella conocía las palabras del ritual.

 

La Cruz del Pósito

Incluida en el Romancero de Jaén, se trata de una de las leyendas más conocidas de la ciudad que gira en torno a la plaza del Pósito y la cruz, que sobre una columna toscana, allí se halla.

Una dama de noble linaje de la ciudad se casó con un aventurero llegado de tierras lejanas. El mozo en cuestión resultó mujeriego y jugador y continuamente cortejaba a otras jóvenes de la ciudad.

En tanto, otro caballero se enamoró de la dama y sufría en silencio por la imposibilidad de obtenerla.

Sin embargo, la historia tuvo un trágico desenlace. Una noche, el esposo, muy dado a jugarse el dinero y las prendas, lo perdió todo y en un último envite, fue a casa a pedirle a su esposa sus joyas para jugarlas. Al negarse ésta, preso de la ira la mató.

Cuando el secreto enamorado supo del suceso, buscó al marido al que retó y dio muerte en desafío, justamente en esa plaza del Pósito.

La leyenda añade que el enamorado ingresó como fraile en el convento de San Francisco y que todas las noches vagaba y se aparecía, a modo de fantasmal presencia, en la plazuela para rezar y llorar al tiempo su desgraciada hazaña. 

 

La Casa del Miedo

La casa del miedo dio que hablar hace décadas entre aquellos de espíritu más débil que vivían en Jaén. Situada en la Plaza de San Bartolomé, frente a la iglesia, durante años se habló de una casa abandonada en la que se oían ruidos, y se producían extraños fenómenos que se relacionaron con la presencia de duendes.

La casa se era en realidad la del Conde del Águila y fue edificada por el arquitecto Felipe Mingo como casa de pisos para alquiler, que se comunicaba con la del propietario, en la calle Martínez Molina. Al parecer, se usó mármol negro en portales y escaleras, lo que le daba cierto aire fúnebre. Allí se produjo un dramático accidente que costó la vida de un niño de corta de edad, hijo del conde, que murió al caérsele desde una ventana a una criada. Poco después murieron otros vecinos. La casa se cerró y empezó a decirse que en la casa "había miedo".

En la década veinte, una pandilla de niños, vecinos de los alrededores de la plaza, entraban en la casa abandonada, subiendo a las buhardillas y entre sus travesuras tales como mover tablones, hacer ruidos, accionar los llamadores mediante cordeles. Durante un tiempo causaron el miedo entre los vecinos.

 

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