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Formación de Base-Escenas de Jaén-Principal Angelín y Amador son primos carnales. Pero es como si fueran hermanos, porque Amador es huérfano y desde muy chiquito lo recogieron sus tíos, y en la casa es otro hijo más. Familia muy modesta que vive en tres habitaciones de una casa muy vieja en la parte antigua de la ciudad. El padre es jornalero y trabaja en el campo: Varea los olivos, siembra, cava los pies y los cuchillos; tapa los "zurcos", labra las habas, hace los ruedos. Y siega o acude al regadío de las huertas... Trabajos ásperos para un hombre rudo y bueno, de pocas palabra y un tanto brusco. Los niños le temen, pero también lo quieren, se sienten protegidos por él. La madre lleva la casa y además es lavandera para poder salir adelante con la familia, acarreando enormes canastas de ropa que cobra por piezas y a precios ínfimos en las casas de turno, que no faltan en la semana. Angelín tiene diez años y amador nuevo. Duermen en la misma cama porque no hay más, y se levantan "temprano", se lavotean y atusan el pelo, y con un canto de pan y aceite con sal se van al campo. Porque los dos son rebuscadores durante la mayor parte del año, que en la casa hace falta dinero y todos tienen que ser útiles. En los tiempos de esta historia sólo se permitía rebuscar a las mujeres y a los muchachos. De ahí que quedase aquel dicho que se aplicaba a los zagalones cuando empezaban a ser hombres: "Tú ya eres grande para la rebusca". Pues bien, en cuanto acaba la recolección en determinadas fincas, aparecen los muchachos un poco desarrapados y trabillones, con sus gorriillas de visera un tanto gastadas y su taleguilla y su saco, buscando aceitunas escondidas entre la yerba, entre los montones de hojas de la limpia, o esturreadas acá y allá por los surcos y los terrones. O pendientes del olivo, que son las más relucientes cuando las varas no apuraron demasiado. En realidad los pequeños rebuscadores con como pajarillos del cielo que aprovechan las simientes extraviadas. Ellos procuran ir por donde el padres está trabajando, aunque a veces tienen que alejarse mucho. Pues cuando ha terminado la aceituna y empieza la corta, siguen a distancia las cuadrillas de podadores y van recogiendo las pequeñas astillas olvidadas o despreciadas. Pero veamos lo que pasó en cierta ocasión a los niños de esta historia. Angelín y amador conocen bien los campos del ruedo de Jaén y saben cuáles con las caserías de terrenos más frescos donde crece pronto la hierba que esconde las aceitunas perdidas. Tienen localizadas las plantas de alcaparras y saben en qué lindes y en qué terrenos se dan los mejores espárragos, y cuáles son los almendros dulces de más gustosas allozas, o dónde hay chumberas silvestres para llevar los jugosos higos que también saben fresquitos al amanecer. Un día de febrero en que los almendros empiezan a cubrirse de flores y a zumbar entre ellas la abejas, los dos primos se habían metido en olivares de la casería de Pilicas. Hicieron un arco a la casa, por los perro que andaban sueltos y el casero que suele amenazar con piedras para que se vaya, como si los zorzales no arramblaran con las aceitunas que ellos pueden juntar. Estaban, pues, los chiquillos agachados bajo una oliva castiza de tres pies, mirando el hueco de un tronco, nido de mochuelos, cuando los divisó un guarda jurado, de esos de bigotes, escopeta y bandolera con placa dorada, y empezó a gritarles que se fueran sin tardar. Resignados los zagales se echaron los saquillos a la espalda y salieron a un camino de herradura, sentándose sobre una gavia cubierta de musgo muy verde y aterciopelado. En esto, por un agujero de la cerca, asomó la cabecilla una lagartija de ojos redondos y brillantes como la cabeza de un alfiler negro. -¡Cucha, angelín, una lagartija verde! ¡Espérate, que va a caer! Quiso echarle mano Amador, pero la sabandija retrocedió y desapareció en el interior de su guarida. Intentó Angelín quitar la piedra, pero era grande y pesada y pidió ayuda al otro. -¿Y si nos ve el guarda derribando la cerca? -Ahora no hay "naide" y, además, esto es un camino y los caminos no tienen amo. Y uniendo sus esfuerzos consiguieron que la gruesa piedra cediera un poco. Sacaron otras más chicas que había debajo, movióse el peñón, y rodó al olivar que había por bajo. Quedó al descubierto la pequeña lagartija, asustada, en una hendidura. Pero más asombrados quedaron los dos primos al ver lo que apareció ante ellos: Medio enterrada, asomaba una vasija de asas, una de ellas medio rota, y tapada con una piedra redonda que encajaba perfectamente en su ancho cuello. -¿Será un tesoro?, -dijo angelín-, ¿qué será? -Destápala y mira lo que hay dentro -contestó un poco asustado Amador. Y mientras la verde lagartija se escapada de su escondrijo, consiguió quitar la piedra que hacía de tapadera y miró dentro de la vasija: ¡Había dinero, monedas relucientes! -¡Pero no metas la mano por si hay algún bicho y te pica! Arrancaron la orcilla de su sitio y la metieron deprisa en el saco, cubriéndola con aceituna de la rebusca. Y saliéndose del camino, se fueron por parajes extraviados y silenciosos, temiendo encontrarse con los civiles. Cuando llegaron a su casa, oído el relato por los padres, cerraron la puerta sobre la mesa con sus "nagüillas" para la el brasero se volcó el contenido de la olla de barro: entre aceitunas y polvo rodaron duros de plata y onzas de oro... * * * Ha pasado algún tiempo. Angelín y Amador ya no va a rebuscar, porque son mayores y, además acuden a la escuela. Su madre se mueve menos y ya no lava más que lo suyo. El padre sigue trabajando en el campo. Pero en el campo propio porque ha comprado unas hazas de olivar muy frutero, unos estacares y un borriquillo moruno. Y cuando la familia va a coger cada año su aceituna, sentencia su padre: -No hay que apurar demasiado. Dejemos algo para pos "probeticos" rebuscadores, que también son hijos de Dios. Que es o mismo que hacían los patriarcas de la Biblia, siguiendo los mandatos del Señor: "Cuando sacudas tus ollivos, no hagas tras de ti rebusca en sus ramas; déjala para el huérfano, para la viuda y el extranjero. (Libro del Deuteronomio, capítulo 24, versículo 20). ESCENAS Y COSTUMBRES DE JAÉN" Rafael Ortega Sagrista
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