Cuentos Ecologicos

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NOS TOCA HACER UN MUNDO MEJOR.

Selecciona textos y coordina: Victoria Jaime Moyano, profesora de Lengua y Literatura.

Ilustran: Alumnos de 2º B y 2º E de ESO. I.E.S. Huelin. Málaga. Miembros de la Red ALAs.

Curso académico 2006-2007

Los alumnos de 2ºB y 2º E de ESO del I.E.S. Huelin de Málaga quieren haceros partícipes del fruto de una de sus actividades programadas para el curso 2006-2007 como miembros de la Red ALAs.

Para el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio) se previó la publicación de un libro de relatos  de temática ecologista, que constaría de textos cortos de autores ya conocidos ( nos hemos ceñido a Juan Ramón Jiménez, haciéndole así nuestro particular homenaje), de relatos publicados en la revista del Centro, “Mejorana”; de versiones (resúmenes) de novelas de autores conocidos, elaboradas por algunos de nosotros ( hemos añadido la colaboración de una alumna miembro de la Red ALAs durante el curso pasado, María Sánchez García), y relatos de creación personal de algunos de nosotros (sólo una alumna se ha atrevido).

Esta actividad se ha trabajado en clase de Lengua y Literatura española: los textos seleccionados se han leído en clase por la profesora, que nos ha pedido que cerremos los ojos y dejemos la mente en blanco; y, en una segunda lectura, hemos dibujado lo que nos ha llamado la atención o nos ha sugerido el texto. De estos dibujos se ha hecho la selección de  los que ilustran las narraciones. A continuación, hemos conversado sobre el tema y sus implicaciones vitales. Para aquellos textos que no hemos sido capaces de ilustrar, se ha encargado la profesora de buscar y “tunear” imágenes de Internet.

El resultado de nuestro trabajo es lo que viene a continuación. 

Esperamos que os guste.

ÍNDICE

1.- EL PRÍNCIPE CONEJO

  • Texto: Inmaculada Sáenz Cruz. 1987.

  • Ilustra: Mónica Milenova Y Rebeca David

2.- TORMENTA

  • Texto: Juan Ramón Jiménez.

  • Ilustra: María Cardador. 2º E de E.S.O.

3.- RELATO DE UNA NOCHE

  • Texto: Antonio Jesús Gallego Reina. 1994.

  • Ilustra: Taras Fredyna. 2º B de E.S.O.

 

4.- LA PRIMAVERA

  • Texto: Carmen Lara Rallo.1994.

  • Ilustran: Noelia Hermoso. 2º E de E.S.O. y Mónica Milenova.

5.- ESTRELLA PLATEADA:

  • Texto: Carmen Lara Rallo. 1994.

  • Ilustra: Taras Fredyna.

6.- NADIE

  • Texto: Carmen Lara Rallo. 1997.

7.- FUEGO EN LOS MONTES

  • Texto: Juan Ramón Jiménez.

 

8.- LA ALEGRÍA

  • Texto: Juan Ramón Jiménez.

  • Ilustra: Taras Fredyna.

9.- EL RÍO

  • Texto: Juan Ramón Jiménez.

10.- LA GRANADA

  • Texto: Juan Ramón Jiménez.

11.- HISTORIA DE LA GAVIOTA Y DEL GATO QUE LA ENSEÑÓ A VOLAR:

  • Versión de María Sánchez García (4º A) sobre un texto de Luis Sepúlveda.

12.- EL OSO POLAR QUE PERDIÓ SU NOMBRE

  • Texto: Patricia Cordón. 2º E de E.S.O

13.- CHIUSO:

  • Versión de Juan Carlos Palacios (2º E de E.S.O.) sobre un texto de Juan Clemente Gómez.

 

(…)

Y el alma, Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su sentimiento, del cuerpo grande y sano de la Naturaleza, que, respetado, da a quien lo merece el espectáculo sumiso de la hermosura resplandeciente y eterna.

 (…)

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo (Los toros).

1.- EL PRÍNCIPE CONEJO.

 Érase un campesino que vivía con su mujer y sus tres hijos, en una casita cerca del bosque. Tenía la finca, una parcela de tierra de labrar para cereales, un bonito huerto y algún ganado que pastaba en una gran pradera.

Trabajaban de sol a sol para sacar a sus hijos adelante, el hombre trabajaba la tierra y su mujer cuidaba de los animales y de la familia.

Los hijos, una niña y dos niños, marchaban cada mañana muy temprano a la escuela del próximo pueblo, distante un par de kilómetros, y volvían a media tarde. Los hijos aprovechaban estas horas libres para ayudar en ciertas labores del campo y cuidar del ganado. Sólo dejaban esta vida diaria los domingos. Este día toda la familia asistía a Misa en el pueblo y se dedicaban a visitar a amigos y familiares.

Uno de estos domingos, el hombre, que era muy aficionado a la caza, cosa que practicaba siempre que sus obligaciones se lo permitían, se internó en el bosque dispuesto a coger alguna pieza para la comida; con esto gozaba toda la familia y no se tenía que sacrificar ninguno de los animales de la granja, lo que les suponía una gran pena por el mucho cariño que se les tenía a todos, sobre todo a los patos y gallinas.

Se disponía a colocar uno de sus lazos cerca de uno de los matorrales donde se notaba el paso de conejos, cuando con gran sorpresa vio un conejo pequeñito agazapado y dormido. Era de un color dorado, que él nunca había visto, y tan bonito que parecía de porcelana. Dispuesto a cazarlo, se acercó con muchas precauciones para no despertarle; cuando estuvo a su alcance lo cogió rápidamente por las patas para que no se le escapara. Pero, con gran sorpresa de su parte, el conejito se revolvió entre sus manos y empezó a darle mordiscos y patadas, dispuesto a liberarse de alguna manera, cosa que no conseguiría, ya que el cazador lo sujetaba con todas sus fuerzas y aguantando los mordiscos que  el conejo le propinaba y que cada vez le dolían más. Cuando pudo dominarlo, lo examinó detenidamente y vio que no era un conejo corriente, tenía un pelaje tan suave y bonito que parecía de seda; y pensó que sería un bonito juguete para su hijita.

Muy contento caminaba por el bosque, camino de su casa, cuando de repente se le apareció un duendecillo que se le plantó delante del camino y le dijo:

-¿Dónde vas con el conejo?

-Pues mira, lo he cogido dormido y lo llevo para que mi hijita juegue con él.

-Sí, es muy bonito, pero este conejo no se puede coger prisionero, es el príncipe conejo y el que lo coja para encerrarlo o matarlo tendrá grandes desgracias y arruinará su vida, pues está protegido por los grandes genios del bosque y lo defenderán por todos los medios; así que si quieres un buen consejo, suéltalo ahora mismo y marcha tranquilo a tu casa.

El buen campesino iba tan ilusionado con el conejo que no quiso tomar en serio los consejos del duendecillo y continuó su marcha, aguantando los mordiscos que de vez en cuando le daba el conejo.

Cuando llegó a su casa lo soltó rápidamente en un rincón de la cocina y contó a su mujer cómo lo había cogido, pero no le dijo nada de lo que había dicho el duendecillo, por lo que los dos estaban impacientes por que llegaran sus hijos para darles la sorpresa.

El campesino, al que cuanto más miraba el conejo más le gustaba, notaba que tenía algo en particular que no llegaba a comprender, por lo que empezó a cavilar sobre la actitud del conejillo, pues éste, cuando se acercaban a él, se erguía y miraba de una forma muy extraña, como si quisiera desafiarlo o burlarse de él; por lo que empezó a tomar en serio las palabras del duendecillo.

Cuando los hijos volvieron de pasar la tarde con unos amigos de la granja vecina y vieron el regalo que les había traído su padre, se pusieron muy contentos, sobre todo la niña. Pero por más que intentaban acercarse para cogerlo, no lo conseguían: el conejo daba un salto acrobático, se empinaba las orejas y enseñaba sus dientes afilados y desafiantes.

La niña estaba muy triste porque el conejillo no se dejaba coger, por lo que la madre le dijo que cuando pasara algún tiempo se acostumbraría y serían buenos amigos. Así lo creyó la niña y pensó en lo mucho que jugaría con él.

El campesino, a pesar de querer olvidar, no dejaba de pensar en lo que le había advertido el duendecillo, por lo que, desconfiado, salió fuera a dar un vistazo a todos los animales y al huerto, que estaba en toda su pujanza. Como no vio nada anormal, se acostó algo más tranquilo, pero con algo en sí que le impedía conciliar el sueño. Por si fuera poco, los mordiscos le dolían cada vez más. Pero, cansado por el día tan ajetreado que había llevado, consiguió dormirse.

Al día siguiente, y antes de la salida del sol, se levantó al escuchar extraños ruidos fuera de la casa. Abrió la puerta asustado y vio delante de él varios conejos de un tamaño nunca visto por él. Echó a correr hacia el huerto y vio horrorizado cómo éste y todas sus hortalizas habían desaparecido roídas y devoradas por una legión de gigantescos conejos. Lo mismo había sucedido con sus árboles frutales y sus sembrados. Asustado, volvió a correr hacia la casa, y cerró la puerta tras él. Al momento recordó las palabras de aquel duendecillo que había visto en el bosque, y apresuradamente entró en la cocina y cogió al conejillo para soltarlo; pero éste volvió a morderle las manos como si estuviera loco. Abrió la puerta y lo soltó rápidamente. El conejillo dio un salto, se volvió hacia él y una sonrisa apareció en su rostro. Salió corriendo hacia el bosque y tras él fueron todos los conejos que momentos antes se habían concentrado alrededor de la casa y que, más que conejos, parecían lobos por su tamaño. A todo esto, el dolor de los dedos era tan intenso, que se miró y vio con horror que le faltaba parte de ellos. Dio un grito y su mujer, asustada, se levantó sin comprender nada.

-¿Qué te ocurre?

-Sólo una pesadilla.

En ese momento se prometió que jamás cogería un conejo del bosque, ni vivo ni muerto.

Inmaculada Sáenz Cruz.  C.O.U. Rev. Mejorana  1987.

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2.- TORMENTA.

 

Miedo. Aliento contenido. Sudor frío. El terrible cielo bajo ahoga el amanecer. (No hay por dónde escapar.) Silencio…El amor se para. Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Más silencio…

El trueno, sordo, retumbante, interminable, como un bostezo que no acaba del todo, como una enorme carga de piedra que cayera del cénit al pueblo, recorre, largamente, la mañana desierta. (No hay por dónde huir.) Todo lo débil- flores, pájaros- desaparece de la vida.

Tímido, el espanto mira, por la ventana entreabierta, a Dios, que se alumbra trágicamente. Allá en Oriente, entre desgarros de nubes, se ven malvas y rosas tristes, sucios, fríos, que no pueden vencer la negrura. El coche de las seis, que parecen las cuatro, se siente por la esquina, en un diluvio, cantando el cochero por espantar el miedo. Luego, un carro de la vendimia, vacío, de prisa.

¡Angelus! Un Angelus duro y abandonado solloza entre el tronido ¿El último Angelus delmundo? Y se quiere que la campana acabe pronto o que suene más, mucho más, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado a otro, y se llora, y no se sabe lo que se quiere…

(No hay por dónde escapar.) Los corazones están yertos. Los niños llaman desde todas partes…

-¿Qué será de Platero, tan solo en la indefensa cuadra del corral?

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo

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3.- RELATO DE UNA NOCHE

Fue una tarde de invierno cuando salí con mi amigo Fran y sus padres al pueblo natal de estos. Guaro era, y es, una pequeña localidad, no más que una aldea, situada en no sé qué sierra del oeste de nuestra provincia. Era la primera vez que yo visitaba este pueblo; Fran me había invitado a ir para pasar dos días allí.

Nosotros teníamos unos siete u ocho años, y en plena infancia yo adoraba viajes como aquéllos, a un pueblo perdido en las montañas, en plena naturaleza, con todo aquello que no encontraba en mi gran ciudad. Serían dos días de vida diferente.

Algo dentro de mí me decía que aquellos dos días serían para el recuerdo, supongo que por el ansia de aventuras que reprimía en mi interior, algo, por otra parte, normal en cualquier chiquillo de mi edad.

Todo sucedió rápidamente hasta la noche en que se desarrolló la auténtica historia.

   Me sentía raro, pero cómodo, en la desconocida cama en la que yo había de pasar la noche, en un simple cuarto que tenía como único mobiliario dos camas y un pequeño aparador. Éste era exactamente como el que cualquiera podría esperar encontrarse en un sitio como aquel. A pocos metros de donde se encontraba mi cama dormía Fran; momentos antes habíamos estado hablando y haciendo planes para el agitado día que nos había de esperar a la mañana siguiente.

  Él no tardó en conciliar el sueño. Yo, en cambio, tardé más; algo ya común en mí era el poner a trabajar mi retorcida mente por las noches al acostarme. Muchas veces, a medianoche, al despertarme de madrugada, en lugar de intentar dormirme de nuevo, me ponía a imaginar que en la habitación deambulaba algún espíritu; era entonces cuando aparecían las sombras con forma humana por todas partes. Tardaría algunos años más en comprender lo que yo mismo era capaz de hacer con una mente como la mía.

Pero aquella noche los espíritus no tendrían cabida en la habitación. Sobre las tres de la madrugada un estrepitoso y continuo ruido me fue arrancado progresivamente del sueño. En un primer momento, aún aletargado, pensé que un grifo permanecía abierto a gran potencia en el cuarto de baño que compartía pared junto a la cual estaba situada mi cama; pero, ¿quién se habría levantado a medianoche para abrir un grifo de tal manera? Por un momento la casa me pareció aun más misteriosa y aterradora; pero no tardé en comprender que no podía tratarse de esto, ya que el citado ruido procedía del techo, a lo largo del cual se expandía.

Para mí no era algo normal escuchar de esta manera la lluvia, ya que esto no es posible en un piso, pero el ondulado tejado que cubría la casa daba mayor espectacularidad al sonido, produciendo este curioso y aterrador efecto sonoro. Traté de quedarme dormido, pero la lluvia aumentaba su intensidad hasta dar la sensación de que se venía abajo el débil techo. Fue entonces cuando comenzó a escucharse pasos y voces por el piso. Los padres y la abuela de Fran se habían despertado y se desplazaban por la casa y, a juzgar por los rápidos e irregulares pasos, lo hacían de manera nerviosa, sin ningún destino.

La vela que encendió antes de acostarse la abuela de Fran prendía una llama que amenazaba con apagarse cada vez que pasaban por su lado, a la vez que proyectaba una gran sombra en la pared.

Fran seguía dormido cuando entró su hermana, unos años mayor que nosotros, para despertarnos y anunciarnos lo que estaba pasando. Con gran nerviosismo e impaciencia trató de explicarnos que estaba lloviendo con gran fuerza y la calle se había convertido en un auténtico río de gran caudal. Fran la apartó y fue rápidamente para asomarse a la ventana; yo lo seguí de cerca. En un primer momento recibimos la negativa de su madre  a asomarnos a la calle, pero, ignorándola, nos dirigimos hacia la ventana y, no sin dificultad, la abrimos.

La imagen que pude ver durante escasos segundos no se me olvidará jamás; lo que la tarde anterior era una empinada calle de pueblo se había convertido en un sorprendente torrente de aguas que descendían llevando consigo todo aquello que encontraba por el camino, por lo que el agua venía cargada de ramas y árboles partidos; al momento dirigí mi vista para el coche temiendo no verlo en su sitio; pero aún continuaba allí, recibiendo las duras embestidas que producía el torrente de agua y que balanceaban el coche de una manera sorprendente.

Supuse que el agua tenía una altura de un metro, lo que sumado a la gran pendiente de la calle producía tales corrientes.

Todo esto durante unos segundos, los que tardó la madre de Fran en cerrar nuevamente la ventana para impedir que el agua entrara en las habitaciones de la planta alta de la casa, en las que nos encontrábamos.

La noche prometía ser larga. Me senté en el borde de la cama, y miré atentamente a cada uno de los allí presentes, analizando de manera involuntaria el comportamiento de cada uno. Quien más me llamó la atención fue la madre de Fran, era la más preocupada de todos; sentada en la cama murmuraba algo en voz bajo, tal vez rezaba; pero, antes de acabar la oración, se levantaba y se volvía a sentar; y así una y otra vez. Se notaba fácilmente que estaba muy asustada. Miraba insistentemente el techo, temiendo que se viniera abajo en cualquier momento. Era eso lo que ella pensaba que iba a pasar; sus ojos casi lloraban mientras rogaba a Dios que diera fin a aquel infierno. El padre, en cambio, daba la sensación de estar tremendamente enfadado con alguien; -¿con quién? – me preguntaba yo. A tan corta edad ignoraba que alguien se puede enfadar sin que nadie sea culpable de nada, enfadarse con nadie y con todos; pero aquella vez la naturaleza era la culpable, la que amenazaba con robarnos la vida a todos y cada uno de nosotros en un caso extremo o, como mal menor, llevarse calle abajo el SEAT ciento veintisiete en el que habíamos venido.

La abuela de Fran, con sus facultades mentales ya algo mermadas, miraba con sus grandes ojos y una asombrosa tranquilidad a todos lados, daba la sensación de que para ella aquello no era más que un simple chubasco o, tal vez, era que ya estaba hecha a la idea de morirse y esperaba que la muerte la visitara aquella noche; el caso era que su vieja y arrugada piel no dejaba escapar ninguna expresión.

Isa, la hermana de Fran, agarraba fuertemente en una de sus manos un oso de peluche, mientras recorría en círculo la habitación una y otra vez, entre emocionada y asustada, sin saber de qué manera reaccionar; su rostro de la misma manera podía soltar una carcajada que romper a llorar.

A todo esto, Fran y yo permanecíamos sentados en la cama, al contrario que todos no estábamos preocupados, sino emocionados, intrigados y, ante todo, sorprendidos. Ambos mirábamos atónitos a los demás, y es que nuestra mente no concebía la idea de que algo malo nos pudiera pasar sin que alguien lo provoque; esto era un concepto demasiado abstracto y lejano a nuestra realidad.

-Estoy deseando ir al colegio para contar esto a nuestros compañeros- me decía lleno de emoción Fran.

-Dios quiera que lo podáis contar- replicaba en voz baja su madre.

Pasaban las horas y la lluvia crecía por momentos, así como el techo crujía cada vez más, a la vez que dejaba escapar las primeras gotas. Fue entonces cuando Jerónimo (el padre de Fran) decidió que debíamos bajar a la planta baja, donde estaríamos mejor. Su mujer fue la primera en encaminarse escaleras abajo; inmediatamente dejó escapar un grito de aterradora sorpresa, y es que la planta baja estaba completamente inundada. El agua alcanzaba casi un metro de altura. El espectáculo era desolador, algunos objetos flotaban en el agua. Ésta se había colado por la puerta que comunicaba con el patio, donde se había taponado la alcantarilla, lo que había formado una especie de piscina que, a presión, forzó la débil puerta de chapón que comunicaba con la casa.

Esta imagen desesperó aún más a los mayores, y fue cuando nosotros empezamos a comprender la delicada situación.

Subimos nuevamente a las habitaciones para esperar que cesara la tormenta; y efectivamente esto comenzó a suceder coincidiendo con la salida del sol.

Ya un par de horas antes había disminuido la intensidad de la lluvia, hasta que al amanecer esta desaparecía por completo, dejando salir entre las nubes un gran sol que contrastaba con el aún nublado cielo.

Una vez que había parado de llover, nos dirigimos a la ventana y, tras abrirla, vimos cómo el torrente de la noche anterior era ahora un manso río, aún de gran caudal, que descendía por la calle como si de un cauce normal se tratase. El sol se reflejaba con fuerza en esta agua, casi cegándose e impidiéndonos ver los terrenos inundados, las cosechas convertidas en inmensos lagos…

Cuando la calle se quedó seca, es decir, con unos veinte centímetros de agua, los mayores comenzaron a desalojar el agua contenida en la planta baja.

En cuanto nos fue posible, sobre las doce del mediodía, salimos a dar un paseo por las calles del pueblo; para esta hora ya sólo había un relativamente pequeño hilo de agua bajando por las calles de Guaro.

Lo que más nos sorprendió en nuestro paseo fue ver que casi ningún coche permanecía en el sitio en el que había estado aparcado el día anterior. El agua los había colocado cruzados en la carretera, empotrados contra otros coches, e incluso algunos yacían bocabajo. Algunas casas habían perdido algún trozo de tabique, dejando ver el interior. Un gran almacén de frutos secos se había venido completamente abajo, desparramando por toda la calle el trabajo de muchos meses; sus propietarios, ayudados por algunos vecinos, trataban vanamente de recogerlos.

Siguiendo nuestro “paseo” nos llamó la atención cómo a la entrada de una casa se agolpaban una docena de personas, supongo que también aquí habían pagado las consecuencias de la tormenta, aunque ignoro de qué manera pasó en esta humilde casa su factura.

El ciento veintisiete, que había permanecido valientemente en su sitio la noche anterior, tardó casi dos días en secarse completamente, con lo que tuvimos que retrasar un día nuestro regreso a la capital.

Una vez en Málaga, contamos en el colegio a nuestros compañeros lo que había sucedido. Y transcurrió la semana siguiente con este recuerdo, pero el paso del tiempo borró de nuestras cabezas este acontecimiento, que ahora, diez años después, he recordado y relatado aquí tan fielmente como me ha sido posible.

Antonio Jesús Gallegos Reina. COU.  Rev. Mejorana 1994.

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4.- LA PRIMAVERA

Violeta era una pequeña florecilla de color amoratado que había abierto sus pétalos por primera vez aquella mañana de mayo. Primero miró a la izquierda y tan sólo vio a la hierba que se quejaba de que le habían pisoteado, luego a la derecha y no apreció nada hermoso. Por unos momentos su débil tallito tembló pensando que había acabado la primavera. Pero de repente, miró al sol que le sonreía y al cielo azul que en sus dorados brazos sustentaba multitud de pajarillos multicolores que piaban alegremente. Entonces sí que se ilusionó: aquello era lo más hermoso que la flor había visto jamás. Sentía que la felicidad le brotaba por todos lados y no pudo reprimir un suspiro de dulce fragancia.

Todo el campo era una fiesta y hasta los humanos no parecían tan feroces cuando exclamaban:

-¡Mamá, ya es primavera!

Y corrían felices de aquí para allá, dando gritos y descubriendo a cada momento algo nuevo:

-¡Mira, papá, una hormiga!

-Mamá, ¿has visto que violeta silvestre más bonita?

Violeta contempló con horror cómo poco a poco iba desapareciendo el color violáceo de entre la hierba. Y notó cómo su tallo se desprendía de las raíces y de qué manera perdía su alegría y vida por momentos. Sus petalitos no resistieron más y se cerraron dejando tras sí la primavera.

Tenía blanco techo y azulejos rosados aquella cocina en la que la flor se hallaba tras volver a abrir sus pétalos. Su tallo estaba metido en un jarrón de cristal y apenas tocaba el agua. Sus hermanas no le hacían caso y sólo se entretenían en llorar las injusticias de la naturaleza y en quejarse de que estaban perdiendo su belleza. Pero a Violeta no le importaba tener sed o hallarse descolorida y fea. No, a la florecilla lo único que le apenaba y le hacía soltar fuertes suspiros era la ausencia de la primavera, de su madre primavera que le había hecho despertar de su letargo invernal para mostrarle la belleza del mundo. Y así pasaron para Violeta horas y horas, que le parecieron días y años, hasta que algo despertó su atención: era una bonita rosa que, sujeta a una cesta de mimbre, estaba fresca y bella como si acabara de nacer. Pero un cruel manotazo humano le hizo caer al suelo mostrando que su carmín era artificial y su verdor estaba hecho de alambre. La florecilla violeta se resignó mirando hacia abajo y cerrando sus pétalos mojados por la ausencia de lo que ella más quería. A la mañana siguiente, un rayo de sol la despertó y la hizo reflejarse en una gota de agua. Violeta retrocedió llena de pavor al ver allí una flor minúscula, aplastada, arrugada y de color negruzco. Era lo más horrible que nunca había visto. Pero de repente se dio cuenta: aquel monstruo era ella. Porque ¿qué era una violeta en un jarrón medio vacío, entre todas las demás? Pues era eso, una minúscula flor sin primavera. Bajó sus marchitos pétalos, expulsó su última gota de savia y notó por su tallo el frío cristal de aquello que le había servido de lecho de muerte.

Poco después, una vocecilla infantil llenó la soledad de la cocina:

-¡Mamá! ¿Qué les ha pasado? Están negras y ya no huelen ¡Oh, mamá!

-Hija, no llores. Ayer, cuando las cortaste, las dejaste huérfanas de naturaleza y primavera y han muerto de pena.

Una mano regordeta agarró por última vez a Violeta y una lágrima hizo que expulsara su última fragancia a primavera.

Carmen Lara Rallo. 1º de BUP. Rev. Mejorana 1994.

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5.- ESTRELLA PLATEADA

Era un frío veinticinco de marzo cuando “Estrella Plateada” salía surcando el inmenso espejo azul en busca del destino. Su capitán, un viejo y gigante lobo de mar que era el terror de toda la ciudad, tenía los ojos grises como el más terrorífico de los días de tormenta; y la barba y su nevada cabeza, de ese blanquecino sucio manchado por los palos de la vida. Lem (que era su nombre) había gastado su vida entre bandidos y malhechores. La única persona a la que quería era a Lerma, la bondadosa mujer que le acogió bajo su techo cuando contaba con siete años. Pero había muerto hacía dos. Desde entonces, el viejo no se separaba del timón de la anciana “Estrella Plateada”. Aún apreciaba Lem la borrosa imagen del buque cuando llegó por primera vez a su pueblecillo. Era un día suave y brillante de primavera y todos, hasta los más insignificantes objetos, parecía que celebraban su llegada. Fue entonces cuando el corazoncito  quinceañero del lobo de mar latía por primera vez con tanta fuerza. El “Estrella Plateada” era la envidia de cuantos lo veían y el marino juró entonces no separarse de él nunca jamás. Habían transcurrido entonces más años de los que  cabían en la memoria del anciano. Ahora, él era el capitán del barco. Pero ya no era el mismo, estaba despintado, le faltaban varias piezas y los camarotes se hallaban vacíos del calor que tuvieran años atrás. Tampoco Lem era el mismo, ya no tenía esa sonrisa pura y fraterna en su cara y no era amable con la humanidad. Ambos estaban matizados por el paso de una vida.

“Estrella Plateada”  no tenía ya la misma función de antes: no transportaba alimentos, juguetes o ilusiones; su misión se centraba en llevar de aquí para allá petróleo y otros productos químicos contaminantes que los demás no se atrevían a transportar. Pero, como pensaba el navegante, a quién le importa el mar, la naturaleza, los peces, la vida…Olvidado de todos, desatendía en su soledad los intereses de los demás, desoía las advertencias y súplicas que le hacían cada vez que comenzaba un viaje. Lem cerraba su corazón al mundo y se dirigía con “Estrella Plateada” a surcar el mar sin pensar en estúpidas consecuencias que podría traer su modo de vida.

Mas una noche, tras ahogar sus penas bebiendo un buen trago de ron, se la apareció en imágenes borrosas lo que él creyó que eran efectos del alcohol. Un ser gigante desconocido le agarró fuertemente y  lo condujo hasta una gran habitación oscura donde se escuchaba débilmente el sonido de un reloj. El ser le preguntó:

-¿Sabes dónde estamos?

Y antes de esperar respuesta le dijo:

-En tu corazón. Esta mancha negra, tan oscura que da miedo, son tus secretos, temores y penas.

El misterioso gigante abrió una caja dorada y de allí sacó un papel completamente negro y con un brillo extraño.

-Es el mar que antes era el hogar de multitud de seres y a hora…es esto.

El ser lloró fuertemente y Lem despertó, con los ojos húmedos, en su habitación.

Desde entonces, las reflexiones del viejo eran constantes y había perdido el apetito. Un cruel día, un marinero le advirtió alarmado de un escape en la bodega. El navegante ordenó la evacuación del “Estrella Plateada” y se encerró en su camarote. Con sus últimas fuerzas y con los ojos enrojecidos, llenó un papel de tinta poniendo:

“MUERTE CRUEL PARA UN HOMBRE CRUEL. DESTRUÍ LA NATURALEZA Y TODO ME LO MEREZCO; PORQUE NI EL MAR PUEDE LUCHAR CON EL MAR NI UN MARINO CON LA REALIDAD.”

Carmen Lara Rallo. 1º de BUP. Rev. Mejorana 1994.

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6.- NADIE

Nunca supo nadie cómo había llegado. Muchos decían que en aquel atardecer de color anaranjado, el tren, como todos los sábados, paró en el pequeño pueblo y ella se bajó del vagón de pasajeros, y quedóse sola junto a uno de los viejos bancos de la Estación. Otros explicaban que la habían visto llegar a través del camino de la colina, ese que serpeaba hasta acercar las primeras casas y, antes de bifurcarse hacia el bosque, se perdía sin dejar rastro. Sin embargo, nadie podrá olvidarla nunca. Era una anciana de apariencia misteriosa y sus ojos, grisáceos como si presagiaran tormenta eternamente, infundían un temor extraño que hacía bajar la cabeza a todos los que la miraban a la cara. Llevaba unas ropas viejas, con muchos remiendos, pero bajo ellas su cuerpo parecía estar lleno de vitalidad, tanto que las arrugas del rostro quedaban como única señal que mostrasen su avanzada edad.

Durante su estancia en el pueblecillo, no vivió en una habitación de la posada, ni ocupó una de esas cabañas viejas que los mineros habían abandonado tiempos atrás. Ella fue de casa en casa, embrujando con su terrible mirada y haciendo que todos se sometieran a su voluntad llenos de temor y que la albergaran como un miembro más de la familia. Cuando decidía abandonar un hogar para instalarse en otro, dejaba tras de sí hermanos peleados, parejas destrozadas y un rastro de odio para que nada volviera a ser como antes era. Era ésta la causa por la que las calles quedaron totalmente vacías, solas. Todos huían despavoridos al verla y nadie deseaba estar en compañía de los que había hechizado con sus ojos. Poco a poco, el sentimiento de rechazo y odio se fue convirtiendo en venganza, una venganza que estalló en el invierno, cuando la tensión era tan grande que sólo podía tener como fin la muerte.

Y así, bajo la sonrisa de Guerra, la anciana de ojos grisáceos, todo se llenó de hambre, dolor y destrucción. Pronto aquel paisaje desolador se extendió hasta más allá del pueblo y el aire comenzó a oler a muerte. El miedo había secado las lágrimas de los niños, cuyos lamentos se habían perdido entre los ruidos de las armas que Guerra se había encargado de traer en su maleta. Muchos de ellos, buscadores incansables de un regazo donde poder dormirse, llamaban en la negrura de la noche a su madre, seguramente alguno de aquellos cuerpos inertes que yacían en el suelo. Otros, cegados por el hambre y el frío, se acurrucaban en un rincón y comían cualquier cosa que encontraran junto a ellos. Nadie se acordaba de esas criaturas. Estaban demasiado ocupados en hacer lo que la horrible vieja les había ordenado. Bombas y sangre. Pánico y muerte.

En poco tiempo, el pueblo se había convertido en paredes derruidas, ropas tiradas y juguetes rotos. Hasta el bosque, último vestigio de la felicidad pasada, quedó transformado en un lugar entristecedor de color ceniciento, a pesar de los esfuerzos de algunos hombres ensangrentados y mujeres ahogadas en tristeza, que lucharon en vano contra las llamas. Guerra estaba orgullosa de su triunfo y ya no se podía hacer nada contra ella. Su poder había apagado vidas, destrozado paisajes, sembrado el dolor…todo sin remedio. Angustia y terror. Desesperación y amargura.

Nunca nadie olvidará el día en que Guerra decidió marcharse del pueblo. Se fue en un atardecer de color anaranjado siguiendo el camino de la colina, ése desde el que se podían distinguir las casas convertidas en escombros y el bosquecillo lleno de ceniza. Se marchó hacia un lugar anónimo, quizás un pequeño pueblo, donde pronto la vida dejaría de tener sentido. Angustia y terror. Desesperación y amargura.

   Carmen Lara Rallo. 3º BUP. Rev. Mejorana 1997.

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7.- FUEGO EN LOS MONTES

¡La campana gorda!...Tres…Cuatro toques…¡Fuego!

Hemos dejado la cena y, encogido el corazón por la negra angostura de la escalerilla de madera, hemos subido, en alborotado silencio, afanoso, a la azotea.

…¡En el campo de Lucena!- grita Anilla, que ya estaba arriba, escalera abajo, antes de salir nosotros a la noche…-¡Tan, tan, tan, tan! Al llegar afuera- ¡qué respiro!-, la campana limpia su duro golpe sonoro y nos amartilla los oídos y nos aprieta el corazón.

-Es grande, es grande…Es un buen fuego.

Sí. En el negro horizonte de pino, la llama distante parece quieta en su recortada limpidez. Es como un esmalte negro y bermellón, igual a aquella Caza de Piero di Cosimo, en donde el fuego está pintado sólo en rojo, negro y blanco puros. A veces, brilla con mayor brío; otras, lo rojo se hace casi rosa, del color de la luna naciente…La noche de agosto es alta  y parada, y se diría que el fuego está ya en ella para siempre, como un elemento eterno…Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul, sobre las Monjas…Estoy conmigo…

Un rebuzno de Platero, allá abajo, en el corral, me trae a la realidad…Todos han bajado…Y en un escalofrío, con que la blandura de la noche, que ya va a la vendimia, me hiere, siento como si acabara de pasar junto a mí aquel hombre que yo creía en mi niñez que quemaba los montes, una especie de Pepe el Pollo- Oscar Wilde moguereño- , ya un poco viejo, moreno y con rizos canos, vestida su afeminada redondez con una chupa negra y un pantalón de grandes cuadros en blanco y marrón, cuyos bolsillos reventaban de largas cerillas de Gibraltar…

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo

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8.- LA ALEGRÍA

Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños…

Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro, sonando su leve campañilla, y hace como que  le muerde los hocicos. Y Platero, poniendo las orejas en punta, cual dos cuernos de pita, la embiste blandamente y la hace rodar sobre la yerba en flor.

La cabra va al lado de Platero, rozándose a sus patas, tirando con los dientes de las espadañas de la carga. Con una clavellina o con una margarita en la boca, se pone frente a él, le topa en el testuz, y brinca luego, y bala alegremente, mimosa, igual que una mujer…

Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndose el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, iniciando, de pronto, un trote falso!

¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladreos y de campanillas…

 Juan Ramón Jiménez. Platero y yo

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9.- EL RÍO

Mira, Platero, cómo han puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo. Apenas si su aguja roja recoge aquí y allá, esta tarde, entre el fango violeta y amarillo, el sol poniente; y por su cauce casi sólo pueden ir barcas de juguete. ¡Qué pobreza!

Antes, los barcos grandes de los vinateros, laúdes, bergantines, faluchos –El Lobo, La Joven Eloísa, el San Cayetano, que era de mi padre y que mandaba el pobre Quintero. La Estrella, de mi tío, que mandaba Picón-, ponían sobre el cielo de San Juan la confusión alegre de sus mástiles -¡sus palos mayores asombro de los niños!-; o iban a Málaga, a Cádiz, a Gibraltar, hundidos de tanta carga de vino…Entre ellos, las lanchas complicaban el oleaje con sus ojos, sus santos y sus nombres pintados de verde, de azul, de blanco, de amarillo, de carmín…Y los pescadores subían al pueblo sardinas, ostiones, anguilas, lenguados, cangrejos…El cobre de Riotinto lo ha envenenado todo. Y menos mal, Platero, que con el asco de los ricos comen los pobres la pesca miserable de hoy…Pero el falucho, el bergantín, el laúd, todos se perdieron…

¡Qué miseria! ¡Ya el Cristo no ve el aguaje alto en las mareas! Sólo queda, leve hilo de sangre de un muerto, mendigo harapiento y seco, la exangüe corriente del río, color de hierro igual que este ocaso rojo sobre el que La Estrella, desarmada, negra, y podrida, al cielo la quilla mellada, recorta como una espina de pescado su quemada mole, en donde juegan, cual en mi pobre corazón las ansias, los niños de los carabineros.

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo

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10.- LA GRANADA

¡Qué hermosa esta granada, Platero! Me la ha mandado Aguedilla, escogida de lo mejor de su arroyo de las Monjas. Ninguna fruta me hace pensar como ésta en la frescura del agua que la nutre. Estalla de salud fresca y fuerte. ¿Vamos a comérnosla? ¡Platero, qué grato gusto amargo y seco el de la difícil piel, dura y agarrada como una raíz a la tierra! Ahora, el primer  dulzor, aurora hecha breve rubí, de los granos que se vienen pegados a la piel. Ahora, Platero, el núcleo apretado, sano, completo, con sus velos finos, el exquisito tesoro de amatistas comestibles, jugosas y fuertes, como el corazón de no sé qué reina joven. ¡Qué llena está, Platero! ¡Ten, come! ¡Qué rica! ¡Con qué fruición se pierden los dientes en la abundante sazón alegre y roja! Espera, que no puedo hablar. Da al gusto una sensación como la del ojo perdido en el laberinto de colores inquietos de un calidoscopio. ¡Se acabó!

Ya yo no tengo granados, Platero. Tú no viste los del corralón de la bodega de la calle de la Flores. Íbamos por las tardes…Por las tapias caídas se veían los corrales de las casas de la calle del Corral, cada uno con su encanto, y el campo, y el río. Se oía el toque de las cornetas de los carabineros y la fragua de Sierra…Era el descubrimiento de una parte nueva del pueblo que no era la mía, en su plena poesía diaria. Caía el sol y los granados se incendiaban como ricos tesoros, junto al pozo en sombra que desbarataba la higuera llena de salamanquesas…

¡Granada, fruta de Moguer, gala de su escudo! ¡Granadas abiertas al sol grana del ocaso! ¡Granadas del huerto de las Monjas, de la cañada del Peral, de Sabariego, en los reposados valles hondos con arroyos donde se queda el cielo rosa, como en mi pensamiento, hasta bien entrada la noche!

Juan Ramón Jiménez. Platero y yo

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11.- HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y DEL GATO QUE LE ENSEÑÓ A VOLAR.

Volaban sobre la desembocadura del río Elba cuando, ordenadas por la gaviota piloto, todas entraban en mar abierto para reponer fuerzas tras muchas horas de vuelo. Kengah era una de ellas, pero se distinguía del resto por su espeso plumaje de color plata. Aprovechando una corriente de aire frío, descendía para disfrutar de deliciosos arenques. Cuando quiso levantar el vuelo, la enorme ola de petróleo ya la había alcanzado. Intentó no ponerse nerviosa, pero su instinto de supervivencia le hacía mover las alas con más fuerzas; y, sin embargo, obtenía pocos resultados. Aquella espesa masa de fuel cubría ya todo su cuerpo; no tenía fuerzas, pero invirtió las pocas que le quedaban para hacer su último esfuerzo. Tras varias horas sumergida en la pegajosa masa, Kengah desplegó sus alas y consiguió salir de aquel infierno. No tenía muchas fuerzas y, cuando ya iba a sucumbir, planeó por última vez para dejarse caer en la terraza de un piso.

Los inquilinos del piso estaban de vacaciones. Cuando Kengah cayó, en la terraza tomaba el sol un gato grande, negro y peludo. Rápidamente, Zorbas, que es como se llamaba el gato, se acercó a la gaviota para preguntarle qué le había pasado e intentó ayudarla; pero ella estaba tan segura de que era su final y, a la vez, tan tranquila… No pidió ayuda a Zorbas para sobrevivir, pero esperaba un huevo y le pidió que le hiciera tres promesas: no se comería el huevo, lo cuidaría hasta que naciera el pollito y le enseñaría a volar. La gaviota invirtió sus últimas fuerzas en poner ese huevo que haría que no se fuese con sabor amargo de la vida; o al menos le sería menos amargo.

Enseguida Zorbas fue en busca de ayuda. En el primero que pensó fue en su amigo Coronello: un gato de edad indefinible que, por viejo y talentoso, poseía dotes para aconsejar a sus amigos y, a pesar de no solucionar ningún problema, sus consejos siempre reconfortaban. Realmente, las brillantes ideas las tenía Secretario, un gato romano muy flaco y con apenas dos bigotes. Pero Coronello las hacía suyas. Ambos vivían en la bodega de un restaurante y eran muy bien tratados por el dueño.

Secretario sugirió ir a hablar con Sabelotodo, que tenía grandes conocimientos, pues poseía una vieja enciclopedia en la que podrían consultar. Éste vivía en un extraño lugar, parecido a un museo, conocido con el nombre de HARRY- BAZAR DEL PUERTO; allí se podían encontrar todos los objetos relacionados con el mar, pues su dueño, Harry, fue navegante y había recogido todo tipo de cosas normales, y la mayoría extrañas, del mar. Después de mucho consultar y dialogar, coincidieron en que enterrarían  la gaviota y Zorbas, ayudado por los demás, debería cumplir su promesa pues su palabra lo era todo. Y así fue; una triste noche, enterraron al pie del castaño a Kengah, conocida sólo por Zorbas pero a la que, sin saber por qué, todos guardaban un gran respeto que se podía confundir fácilmente con cariño.

Muchos días estuvo el gato grande, negro y gordo protegiendo el huevo, arriesgando incluso su vida ya que por allí había algunos gatos un tanto ariscos y más “graciosillos” de la cuenta, a los que Zorbas no tuvo miedo de enfrentarse. Sus amigos, Coronello, Secretario y Sabelotodo, lo visitaban cada noche, cuando ya no había peligro de ser vistos por los humanos, para ver los progresos de aquel huevo que crecía al calor de la barriga peluda de Zorbas.

En el atardecer del día veinte, Zorbas interrumpió su siesta por el cosquilleo que tenía en la panza. Era el huevo que no paraba de moverse y en el que, poquito a poco, se iban describiendo finas grietas. Al cabo de un rato, asomaba ya el pico del pollito que, cuando salió del cascarón, no hacía otra cosa que graznar sin parar- “¡Mami!, ¡Mami! Enseguida, Zorbas buscó algunas moscas y otros insectos para alimentar al recién salido del cascarón.

Pasaban los días y el pollito crecía. Sin embargo, el peligro no descansaba y más de una vez fue atacado por esos pillos gatos de los que antes hablamos; menos mal que allí estaba Zorbas para defenderlo con uñas y dientes. El amigo de la familia que cuidaba el piso estuvo a punto de descubrirlo. Los amigos de Zorbas lo seguían visitando y el pollito crecía en un ambiente en el que se respiraba amor y tranquilidad, tal y como el gato grande, negro y gordo le prometió a su madre. Entonces cayeron en la cuenta: todavía no sabían si era hembra o macho; así que fueron a consultar a Barlovento, la mascota de Hannes II, un gato de color miel con los ojos azules y que siempre tenía una buena anécdota para contar. Tras un riguroso análisis, según Barlovento; aunque mejor dicho, tras un simple vistacillo, pudieron comprobar que se trataba de una linda pollita, a la que entre todos decidieron llamar AFORTUNADA, por su gran fortuna al haber caído bajo la protección de aquellos gatos, que no tenían nada, pero a los que les sobraba bondad y cariño.

Ya sólo quedaba la tercera promesa; sin lugar a dudas, la más difícil: enseñar a volar a Afortunada. Mientras los gatos estudiaban cómo llevar a cabo este difícil objetivo, Afortunada vivía en el bazar de Harry entre todos los maravillosos objetos. Estudiaron en todas las enciclopedias de Sabelotodo, Barlovento puso experiencias y todos, la mejor voluntad. Basándose en el modelo de la máquina de volar de Da Vinci, los gatos estudiaban el mecanismo que ayudaría a Afortunada a volar. Mientras ellos estudiaban el proceso, Afortunada sufría una crisis de identidad: una gaviota criada entre gatos… ¿era gaviota o era gato? Zorbas se encargó de dejarle claro que ella era, y siempre sería, una linda gaviota muy querida y respetada por todos los gatos. Los intentos de vuelo se convirtieron en fracasos; y los muy estudiados planos de la máquina de volar, en problemas; lo único que se conseguía era echar abajo los ánimos de Afortunada, que se veía cada vez más inútil. No sabían qué hacer; estaban cada vez más desesperados y Zorbas, por encima de todo, tenía que cumplir su palabra de gato. No tuvo más remedio que pedir romper el tabú.

Tras largo rato de reunión, sus amigos Sabelotodo, Coronello, Barlovento y Secretario le permitieron romper el tabú siempre que fuese una sola vez y con el humano que entre todos elegirían. No fue fácil decidir quién sería el humano con el que Zorbas maullaría para pedir ayuda. Después de realizar una lista y descartar uno tras uno, no les quedó otra posibilidad que maullar con el amo de Bubulina. Ella era una bonita gata blanquinegra admirada por todos los gatos del puerto; y su amo, un compositor que debía ser inteligente, pues pasaba largas horas enfrente de grandes montañas de folios.

Zorbas, tras un enorme salto, aterrizó en la terraza de Bubulina y la convenció para que le dejara hablar con su amo. Bubulina estaba indecisa y alarmada porque se iba a romper el tabú, pero finalmente cedió. Cuando el gato grande, negro y peludo empezó a hablar, el humano creyó que estaba soñando, que tanto trabajo le hacía ver y oír cosas que no eran verdad; pero Zorbas le hizo ver que no era así. Tras una larga charla, el humano aceptó ayudar a los gatos para cumplir la promesa que se había convertido en su mayor meta.

Habían quedado esa misma noche en el bazar de Harry. Luego subieron al campanario de San Miguel, desde donde la gaviota emprendería su vuelo. Sobre Hamburgo caía una lluvia fina, húmeda, que hacía que el ambiente fuese más cálido, o al menos así lo sentía Afortunada. El humano puso  la gaviota en la barandilla del campanario y le hizo sentir el aire, la lluvia, la libertad… Sin pensarlo, Afortunada abrió las alas, dio un impulso e, inesperadamente, comenzó a planear sobre el cielo rosado de Hamburgo. En el campanario seguía Zorbas observándola con unos sentimientos encontrados, tristeza y alegría. Cuando ya apenas la veía y se confundía el agua de la lluvia con sus lágrimas, Zorbas bajó de la barandilla para reunirse con sus amigos, que siempre le habían ayudado.

                                      Autor: Luis Sepúlveda

Versión: María Sánchez García, 4º A. 2006-2007

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EL OSO POLAR QUE PERDIÓ SU NOMBRE.

Había una vez un niño que se llamaba Tomás. Este nunca quería irse a dormir. Algunas veces era capaz de hacer volar su cama. Todas las noches miraba si había aparecido a un lado de la cama el cuadro de mandos. Si lo encontraba, apretaba un botón; entonces, se descorrían las cortinas, se abrían las ventanas y él y su amigo Momy, el mono de peluche que vivía en su cama, salían volando en medio de la noche.

Nunca se llevaba a Sara, su hermana pequeña, porque siempre estaba dormida. Una noche, Tomás tuvo suerte y encontró el cuadro de mandos. Apretó un botón. El motor, que estaba debajo de la cama, arrancó; las cortinas y las ventanas se abrieron; Tomás y Momy se agarraron con fuerza a la cama. Estaban a punto de despegar, cuando Tomás se dio cuenta de que Sara estaba despierta.

-¿Te apuntas?- le preguntó, deseando que le dijera que no.

Sara tenía los ojos como platos; asintió y se subió de un salto a la cama de Tomás. Justo a tiempo, ya que la cama empezó a elevarse y salió volando por la ventana hacia la noche estrellada. Sara no podía creer lo que estaba ocurriendo y se agarraba con todas sus fuerzas a las sábanas. Tomás ya estaba acostumbrado porque había volado bastantes veces y era un buen piloto.

-¿A dónde te gustaría ir?- le preguntó- Podemos ir a ver cowboys, o podemos ir a Brasil o en busca de monstruos y dinosaurios.

Sara negaba con la cabeza.

-¿Nos podemos acercar a las nubes a ver si hay hadas?

-Vale, supongo que sí- dijo Tomás con mala cara.

Momy también puso mala cara pero, como a Sara le hacía tanta ilusión, Tomás dirigió la cama hacia las nubes. Se cubrieron con las sábanas hasta la barbilla y se agarraron todavía más fuerte. Silbaba un viento helado. Subieron más y más arriba entre las nubes. Y cada vez hacía más frío. Por fin, Tomás aterrizó con suavidad en una enorme nube blanca.

Astutamente, Tomás dejó que Sara bajase para ver si la nube era lo bastante sólida para sostener su peso.

-¡Es como caminar encima de trocitos de algodón!- dijo Sara entusiasmada.

Intentó saltar. Parecía un castillo elástico. Tomás y Momy bajaron también y empezaron a saltar. Era mejor que un castillo, pero muy frío en los pies.

-¿Dónde están las hadas?- preguntó Sara.

- No seas tonta; no vive nadie aquí arriba- contestó Tomás.

Y en ese mismo instante, vieron que algo se movía detrás de una nubecita. Era un oso polar blanco. Decidieron que lo mejor era volver a la cama lo más deprisa posible y despegar. Pero antes de que pudieran hacerlo…vieron que era un oso polar pequeñito y que parecía bastante triste. Se dirigía hacia ellos.

- Es un oso polar bebé- dijo Tomás- ¿Cómo te llamas?, osito polito- le preguntó cuando estuvo cerca.

- No lo sé; lo he perdido- dijo el osito polar tristemente- Lo he estado buscando por todas partes; los otros no me dejan jugar con ellos si no tengo nombre.

-¿Los otros?- dijo Sara temblando.

-Sí; los otros osos polares. Vivimos aquí con las hadas.

Tomás y Momy se miraron.

-Te podríamos ayudar a buscar un nombre- dijo Tomás- ¿Qué te parece Alfredo?- sugirió.

El osito no parecía convencido.

-¿Y Justino?, ¿Hugo?, ¿Tomás?

El osito  negó con la cabeza.

-¿Guillermo?, ¿Simón? Y… ¿Ricardo?

El osito volvió a negar con la cabeza.

-¿No serás una niña, verdad?- preguntó Tomás lleno de dudas.

El osito negó con la cabeza una vez más.

-¿Qué te parece llamarte simplemente Polito? Brrrr- dijo Sara, cuyos dientes castañeaban del frío.

El osito polar miró hacia arriba.

-¡Es ese mi nombre!- dijo el osito polar encantado- Me llamo Politobrrr. ¡Oh, qué lista eres!

-Me ha salido así porque me estaba muriendo de frío- dijo Sara muy contenta por haber podido ayudar.

El osito polar era feliz. Se puso a bailar cantando “Me llamo Politobrrr, me llamo Politobrrr, soy un politobrrr”.

Echó a correr, pero se detuvo al recordar sus modales. Se acercó apresuradamente hacia Tomás, Sara y Momy, que se habían subido a la cama.

-Muchas gracias por haber encontrado mi nombre. ¿Volveréis a visitarnos algún día?- preguntó Politobrrr.

Sara dijo que sí.

-¿Y volveréis a visitar a las hadas?

-¡Oh, sí!- volvió a decir entusiasmada.

Tomás y Momy se limitaron a mirarse el uno al otro.

Autora: Patricia Cordón, alumna de 2º de ESO E. 2006-2007

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13.- CHIUSO

Chiuso Camina lentamente por las oscuras calles de la ciudad. Es un perro grande, de largas orejas y miradas lastimosas, que buscaba desperdicios entre las bolsas de la basura.

Cuando era un cachorrillo, vivía feliz en Fuempelusa, su pueblo. Tenía muchos amigos y correteaba alegremente por el campo persiguiendo a las mariposas. Un día, los amos, cansados de vivir en el pueblo, cerraron puertas y ventanas, hicieron las maletas, metieron a Chiuso en una cesta y subieron al tren camino de la gran ciudad…

La casa de la ciudad era tan pequeña que Chiuso vivió encerrado en la terraza, desde la que veía solamente un trozo de cielo gris y al vecino de arriba, que le echaba la ceniza cuando salía, por la noche, a fumar un cigarrillo antes de acostarse.

Con el tiempo, Chiuso creció tanto que se convirtió en un problema para los amos y vecinos…

-¡Come demasiado! Nos cuesta mucho dinero- decía la señora.

-¡Ese perro! ¡Que le pongan un bozal! ¡No nos deja dormir!- decían los vecinos de arriba.

-¿Tendrá pulgas?- murmuraban los vecinos de abajo.

Chiuso se dio cuenta de que ya nadie lo quería; era un estorbo para todo el mundo. Así que,  aprovechando un descuido de sus amos, abandonó para siempre la pequeña casa en la que se sentía como un prisionero.

Un cocinero saca a la calle un gran cubo de basura. Chiuso se acerca. Al instante, tres perros zanquilargos se lanzan sobre él y ruedan todos por el suelo. Alertado por el alboroto, el cocinero sale sacudiendo un grueso garrote, y los perros huyen a la carrera ladrando lastimosamente. Chiuso vaga sin rumbo fijo.

La vida en la ciudad le resulta muy difícil y peligrosa. Puede ser capturado por los empleados de la perrera municipal, apaleado por gente desalmada, herido por otros perros hambrientos, atropellado bajo las ruedas de los coches… El silbido de una locomotora le hace recordar el tren donde viajó con sus amos, el pueblo de Fuempelusa, sus amigos, el campo y las mariposas… y, ni corto ni perezoso, se dirige a la estación.

Los viajeros van y vienen sin apenas fijarse en él, un perro estrafalario, flaco y esmirriado. Sin perder tiempo, sube a uno de los vagones ocupado por gente de aspecto respetable: caballeros muy elegantes y señoras muy bien vestidas; pero nadie le inspira confianza para colocarse a su lado. Un viejecito, de agradable semblante, aparece de improviso al final del pasillo, acompañado de dos niños.

-Ten cuidado, abuelo- dice uno de ellos- dame la mano. El anciano y los niños se acomodan. Chiuso se acurruca junto a ellos, convirtiéndose en el blanco de todas las miradas. Una señora, con cara de pocos amigos, se levanta del asiento y al instante vuelve acompañada por un señor gruñón vestido de uniforme.

-¡Aquí está, señor revisor!- grita la señora señalando a Chiuso.

- ¿De quién es este perro?- pregunta malhumorado el revisor.

-Nu… nuestro- balbucean los niños mirándose mutuamente.

-¿No sabéis que está prohibido viajar con animales? ¡Fuera! ¡Rápido! ¡No quiero perros en mi tren!

-No te preocupes, no tengas miedo- le dicen cariñosamente al oído.

Al final del convoy, Chiuso se detiene ante un vagón cargado de cerdos; y, comprendiendo que quería viajar entre aquellos animales, los niños le ayudan a meterse en el interior. Poco después, el tren se pone en marcha y se aleja de la gran ciudad.

-¿De qué raza eres?- preguntó a Chiuso el cerdito Risi, que no ha dejado de mirarle desde que subió al vagón.

-Soy un perro… ¿Es que no se nota?

-¡Ya me parecía a mí que eras un cerdo muy extraño! ¿Qué haces aquí si no eres un cerdo?

Chiuso cuenta su historia al cerdito Risi, cuyos ojos se agrandan de asombro por la amarga vida del perro,  por su valentía e inteligencia.

-Y tú, Risi, ¿qué haces en este vagón maloliente?

-Vivía muy feliz en una corraleta con mis familiares, pero ayer unos malvados nos metieron en un camión y ahora vamos camino de una fábrica de hacer salchichas. Nadie puede cambiar nuestro destino.

-Yo saltaré pronto del tren… ¿Me acompañarás?

-Me romperé un hueso, estoy seguro.

-¿Qué prefieres, un hueso roto o la fábrica de salchichas?

-De acuerdo, Chiuso, saltaremos juntos.

Los dos amigos se acercan a la puerta del vagón. Chiuso descorre el cerrojo y esperan con impaciencia el momento de saltar a la vía. Los demás cerdos roncan plácidamente. Por fin Chiuso reconoce a lo lejos el apeadero de Fuempelusa, su querido pueblo.

-¡Ahora! ¡Rápido!- grita.

Con una mirada triste, Risi se despide de sus hermanos, que, adormilados, ignoran su desventurado final en la fábrica de salchichas.

-¡Rápido, Risi!- grita.

Conteniendo la respiración, Risi se deja caer al borde de la vía y rueda a trompicones por una pequeña pendiente, enredándose.

Caminan un buen rato por el campo, hasta que llegan a un molino en ruinas.

-Detengámonos- exclama Chiuso- descansaré un momento. Aquí estaremos a salvo.

-Yo me voy al pueblo contigo. No quiero vivir solo.

-No seas impaciente; los hombres te encerrarán en una pocilga y luego…ya sabes…

-Tienes razón- le contesta pensativo mientras su amigo se aleja hacia Fuempelusa.

Chiuso recorre apesadumbrado las calles del pueblo. Comprueba, con tristeza, que todas las casas presentan el mismo lamentable abandono. De repente, se encuentra con un viejo perro, que le resulta familiar. Cuando lo reconoce, le dice:

-¡Lino! ¿No me recuerdas?

-Soy ya muy viejo… Sin embargo, tu voz no me resulta extraña. ¿Quién eres?

-Chiuso, el de las orejas largas.

-Chiuso… Chiuso… ¡Caramba! ¿Cómo es posible que hayas vuelto? ¿Vienes solo?

-No, no. Traigo compañía. Tengo que buscar un lugar donde refugiarnos y olvidarnos de todo.

Nada más escuchar esto, Lino y Chiuso comienzan a buscar dónde resguardarse en compañía de Risi. Y, mientras encuentran este lugar, Chiuso le va contando todas las maldades que le han hecho en aquel tiempo del que se quiere olvidar para siempre.

Finalmente, una vez los antiguos amigos encuentran dónde vivir, van en busca del cerdito Risi que, cuando ve llegar a Chiuso, se pone alegre por volverle e ver. Ellos continuarán para siempre en aquel pueblo casi despoblado, pero en el único lugar donde han encontrado muchos amigos y vivirán numerosas aventuras, en Fuempelusa.

Autor: Juan Clemente Gómez.

Versión: Juan Carlos Palacios, alumno de 2º de E.S.O.E. 2006-2007.

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