Fernando Villalón
Fernando Villalón, Conde de Miraflores de los Ángeles,
nació en Sevilla el día 31 de mayo de 1881, en la calle de los
Alcáceres nº 4, casa solariega de sus abuelos maternos, los
marqueses de San Gil, donde moriría años más tardes Sor
Ángela de la Cruz, fundadora de La Congregación de las Hermanas
de la Cruz. Hijo de doña Ana Halcón y Sáenz de Tejada - casada
en primeras nupcias con su primo don Eduardo Halcón y Villasís,
marino, hijo de los condes de Peñaflor, que murió
prematuramente- y de don Andrés Villalón-Daoiz y Torres de
Navarra, conde de Miraflores de los Ángeles-. Hombre curioso que
desde su habitación, en la parte alta de su casa, identificaba a
las personas que llamaban a su puerta, por medio de un complicado
artilugio hecho por espejos. Algo parecido al periscopio de
un submarino pero al revés.
Al pequeño Fernando le bautizaron en la Iglesia de San Pedro y estudió en el colegio San Luis Gonzaga de los Jesuitas del puerto de Santa María donde conoció a Juan Ramón Jiménez.
En 1896 comenzó a dar clases de guitarra, tuvo como compañero a Naranjos que luego sería conocido tocaor, y de maestro a Pepe Mesa que, a su vez, fue disípulo del famoso niño de Morón.
Su madre quiso que fuera diplomático, profesión para la que él no se consideraba especialmente dotado. Sin embargo, y por complacerla, inicio la carrera de leyes que abandonó poco antes de poder licenciarse. Un viaje a París fue, tal vez, el recuerdo más perdurable de aquella época.
En 1915, cuando murió su padre, traslado su residencia de Morón a Sevilla, a la casa que tenía en la calle San Bartolomé nº 1.
Un año después le presentaron a
Concepción Ramos Ruiz una agitanada y morena mujer, con la que
mantuvo una apasionada relación que sólo la muerte pudo romper.
Desde su primera juventud, el contacto con la gente de campo modeló mucho su forma de ser y carácter. Ello hizo que se resistiera siempre a entrar en el restringido círculo social que su familia quería para él. Por ese motivo, quizás, tomó la decisión de hacerse, y ejercer de, agricultor y ganadero que era lo que realmente le gustaba. Heredó, compró y arrendó numerosas fincas de olivar y tierra calma donde, aparte de recoger las cosechas duramente trabajadas, pudieron pastar los toros que habían comprado en 1905, a don Antonio Adalid.
En 1924 conoció al poeta Adriano del Valle. Hasta entonces, Fernando escribía algunos versos pero sin ningún tipo de pretensión formal ni estética. Adriano le "profesionalizó", si es que puede emplearse esta palabra, animándole a profundizar en su vocación poética.
En 1927 con Rogelio Buendía fundaron y codirigieron "Papel de Aleluyas" revista literaria en la que colaboraron junto a sus amigos y compañeros los poetas del 27, importantes escritores y artistas.
Publicó su primer libro de poesías "Andalucía la Baja" en octubre de 1926. "La Toriada" en agosto de 1928, y en abril de 1929 "Romances del 800" que envió a Juan Ramón Jiménez con esta dedicatoria: "A Juan Ramón Jiménez, en recuerdo de nuestra niñez encarcelada en los jesuitas del Puerto, y al R.P. José María de la Torre, que Dios Nuestro Señor tenga a su vera, dedico estas impresiones de nuestra Andalucía la Baja".
Escribió también "Taurofilia racial", ensayo histórico-crítico sobre los toros y el torero, y un drama en verso, "Don Fermín de Platero", de carácter romántico, que leyó Alberti a Ricardo Calvo, pero no se estrenó porque sobrevino la muerte del poeta.
A Fernando Villalón no le fue bien como ganadero. Tuvo que sacrificar muchos de sus míticos y poderosos toros porque los toreros más famosos de la época, con Joselito y Belmonte a la cabeza, los consideraban broncos y difíciles y no querían ni verlos. Por esta causa, prefirió perder su ganadería antes que consentir que un toro marcado con su hierro careciera de fiereza y poder.
Tampoco le fue bien con las tierras; la mala administración de sus fincas, y los muchos y desafortunados contratos que firmó, propiciaron su posterior ruina que unida a la incomprensión familiar, hicieron enfermar su cuerpo y su alma.
Todo cuanto queda dicho influyó, sin duda, para que aquel mocetón humano de noventa kilos, ancho, recio, reidor y franco, se derrumbase y tuviera que terminar por abandonar Sevilla, dejando la solución económica de sus problemas, en manos de su hermano Jerónimo.
Villalón se refugió en Madrid donde vivió en la avenida de la Reina Victoria nº 15 hasta que el ocho de marzo de 1930, a las once de la mañana, murió como consecuencia de una operación quirúrgica, que el día anterior le hablan practicado los doctores Vigueras y Moret, para extirparle el riñón derecho.
Su certificado de defunción textualmente dice así:
"Se procede a inscribir la defunción de don Fernando Villalón Daoiz y Halcón, propietario, soltero, de cuarenta y nueve años de edad, natural de Sevilla, hijo de don Andrés Villalón y de doña Ana Halcón, domiciliado en la avenida de la Reina Victoria, número quince, piso principal, falleció en la calle Ríos Rosas, 34, Sanatorio, a las once horas del día de hoy sábado, ocho de marzo de 1930, a consecuencia de Litiasis infectada doble, según resulta de la certificación facultativa presentada y reconocimiento practicado, y su cadáver habrá de recibir sepultura en el cementerio de la Almudena".
Biografía extraida del libro "Telefonía celeste" de Adriano del Valle. Fundación EL MONTE. Sevilla 1999.
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