Parque del Alamillo


Nuestro patrimonio

EL ALAMILLO Y SU HISTORIA

La ribera derecha del río Guadalquivir, al norte del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, estuvo durante mucho tiempo poblada de álamos, que sirvieron de defensa ante las continuas avenidas y desbordamientos del río. Este lugar, en el que se llegó a formar una larga alameda, se viene llamando el Alamillo desde hace cinco siglos.

El espacio donde actualmente se localizan el Parque y el Cortijo está ubicado entre los términos municipales de Sevilla y Santiponce, sobre la originaria huerta agrícola del Alamillo, perteneciente a la demarcación de la Iglesia Parroquial de la O, dentro del Quinto distrito de Triana. Es un sitio singular en la historia de Sevilla, que se encuentra rodeado de lugares claves por su tradición e historia, como los monasterios de la Cartuja, San Jerónimo y San Isidoro del Campo, el río Guadalquivir o el Cortijo de Gambogaz.


EL ALAMILLO EN LA HISTORIA Y LA LITERATURA

El topónimo Alamillo aparece reflejado en algunas obras de nuestra literatura clásica, en la historia de Sevilla y en los textos de viajeros de diferentes épocas, con los que se puede reconstruir la imagen de este lugar. Una de las  primeras referencias al Alamillo lo menciona como parte de los "bienes de propios" del Concejo sevillano que estaban en renta en la ciudad; así se encuentra en la relación que aparece en la Recopilación de las Ordenanzas de Sevilla, realizada por mandato de los Reyes Católicos en 1527. El Alamillo estuvo arrendado a Alemán Pocasangre y Tomás de Jaén junto a otros "propios" de la ciudad durante diez años (1475-1485). Estos dos vecinos de Sevilla obtuvieron buenas ganancias de los "propios", hasta que en 1494 fueron condenados por el tribunal de la Santa Inquisición.

Tradicionalmente, reunía unas óptimas condiciones para la pesca. Numerosos textos clásicos así lo manifiestan. Está comprobado que en el siglo XV, los monjes cartujos pescaban esturiones o sollos de los que se obtenía el caviar. La calidad de los mismos era tal, que el capítulo mandaba uno a la mesa real. En el siglo XVI ya se menciona una gran variedad de peces, se pescan albures, sabogas, lampreas, anguilas y barbas. Lope de Vega (1562-1635), en la Jornada I de Los Vargas de Castilla, recuerda también los sábalos, poniendo en boca de uno de los personajes la siguiente despedida:

"Adiós Sevilla, soberbio...
Pan de Gandul de mi vida,
Roscas de Utrera del cielo,
Alcaparrón como el puño,
Aceitunas como el cuerpo,
Sábalos del Alamillo... "

La importancia que la pesca tuvo en la zona del Alamillo durante el siglo XVII queda demostrada en la Crónica de la visita de Felipe IV en 1624, cuando el monarca, acompañado del Conde Duque de  Olivares, estuvo en Sevilla, donde se le hizo un recibimiento extraordinario y el cronista oficial de aquel viaje relata: "...Lunes 4: el Rey fue al río y se embarcó en una falúa y fue a las Cuebas, i de allí en la falúa a ver pescar en el Alamillo". En 1647, en el Diablo Cojuelo de Vélez de Guevara, se reseñan los sábalos: "Allí es el Alamillo, donde se pescan los sábalos, albures y sollos, y más abajo cae el Algaba... ".

Azulejo AlamilloEn otros textos, el Alamillo aparece como un lugar de diversión de la picaresca sevillana y como espacio adecuado para el baño. Además, existían tiendas y chozas que servían un notable pescado.

En el siglo XVI Sevilla, convertida en metrópolis, era una de las ciudades con más población de Europa. El Alamillo, lugar famoso en esta época, situado a las afueras de la ciudad y con una frondosa vegetación, reunía todas las características necesarias para reuniones de gente del hampa, mendigos, aventureros, matones, pícaros y rufianes. Cervantes, que vivió en Sevilla desde 1587 hasta 1590, en su obra de teatro El Rufián dichoso describe una cita de pícaros en el Alamillo:

"La Salmerona y la Pava,
la Mendoza, y la Librija,
que es cada cual por si brava,
gananciosa y buena hija,
te suplican que esta tarde,
allá cuando el sol no arde,
y hiere el rayo sencillo,
en el famoso Alamillo
hagas de tu vida alarde. "

Utilizando el lenguaje de la rufianesca sevillana, continuan los pícaros saboreando el banquete que les espera en el Alamillo: el albur, la anguila, el sábalo y el camarón. Otros autores señalan que los amantes del buen pescado acudían a las chozas que allí se encontraban a degustar el sábalo asado. Además, existen ilustraciones del siglo XVI donde aparecen grupos de personas reunidas cantando y bailando en las márgenes del Guadalquivir, muy cerca del monasterio, delante de unas unas chozas y con el castillo de la Santa Inquisición al fondo. En 1774, este lado del río, cercano a la puerta de la Almenilla o Barqueta, es escogido como zona de baño en el Reglamento que, sobre los mismos, realiza Olavide.

El Alamillo aparece en la cartografia histórica de Sevilla, en una extensa relación de planos de diversas fechas. El más antiguo, que hace referencia a "La Heredad del Alamillo", se encuentra  entre los Planos del Archivo de la Catedral de Sevilla: Plano del término de la Villa de Salteras, fechado en 1757.


EL ENTORNO DEL MONASTERIO DE LA CARTUJA

Respecto a los habitantes de la zona de la Cartuja, algunos autores hablan de un campo de hornos de alfareros musulmanes, que existió en el siglo XII, ubicado en el lugar donde posteriormente fue construido el monasterio. Tras la repoblación realizada por el rey Alfonso X el Sabio en 1253, la Vega de Triana fue ocupada por unos caballeros de linaje que participaron en la conquista, a los que el rey repartió 48 viñas.

Monasterio

La Cartuja de Santa María de las Cuevas fue fundada en 1398 por el arzobispo de Sevilla, D. Gonzalo de Mena. El monasterio, levantado gracias al apoyo de Per Afán de Ribera, estaba rodeado de amplias huertas, que fueron compradas por la comunidad o producto de donaciones. Uno de los límites de las posesiones de la orden monástica estaba trazado muy cerca del actual Parque del Alamillo.

Este espacio contaba con una entramada red de caminos, formada por varios ejes de comunicación entre Santiponce y Camas con Sevilla, como la Vereda del Alamillo y el Cordel de Gambogaz. Ambos formaban parte de las vías pecuarias para el tránsito ganadero y confluían en el monasterio  para tomar el único acceso a Sevilla (primero el puente de Barcas y después el puente de Triana). El Alamillo era, por lo tanto, un lugar de paso para muchos moradores de municipios del entorno que iban en dirección a Sevilla, o de ganados que se dirigían a abrevar al río. Todo este estrépito causaba grandes problemas a la comunidad religiosa. Posteriormente, con la disminución del ganado y la consecuente sustitución de las vías pecuarias por otros usos, estos caminos quedaron abandonados, aunque actualmente permanece su trazado original. También es conocido, en el siglo XVIII, un asentamiento de gitanos, localizado en unas chozas detrás de la Huerta de la Cartuja, muy cerca del Alamillo.

En 1836, tras cuatro siglos de permanencia en el monasterio, con la Desamortización de Mendizábal, los cartujos lo abandonan definitivamente y es comprado en 1841 por el comerciante inglés Carlos Pickman para la instalación de la fábrica de loza. Esto supuso el asentamiento  industrial en la zona y el acceso a la propiedad por parte de la burguesía. Tras la expropiación de la fábrica de loza en el año 1971, quedó el edificio abandonado hasta que, con motivo de la Exposición Universal, fue rehabilitado para la muestra. Actualmente constituye el Conjunto Monumental de Santa María de las Cuevas, en el que tienen su sede el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico y la Universidad Internacional de Andalucía.

Un lugar clave en el entorno de la zona del Alamillo, debido a su historia y a su proximidad a la Cartuja, es la finca rústica de Gambogaz, situada en los términos municipales de Sevilla, Camas y Santiponce. Era llamada Gambogaz-El Membrillar ya en el Renacimiento, en 1253. También aquí se favorecieron de aranzadas de viñas los caballeros que se establecieron en esta tierra.

Posteriormente, la heredad de Gambogaz perteneció al patrimonio rústico del Monasterio de Santa María de las Cuevas, fue adquirida a través de donaciones mediante un largo proceso, que comienza en el primer tercio del siglo XV. Periódicamente fertilizada por los sedimentos del Guadalquivir, la finca, con sus cereales y olivos, era sin lugar a dudas una de las más productivas de la región. Desde finales del siglo XV esta propiedad no experimentó variaciones.

A partir de 1853 Gambogaz tiene como propietario a Ignacio Vázquez Gutiérrez, que fue protagonista de diversas iniciativas de modernización. En 1873, a su muerte, Gambogaz es heredado por sus descendientes, hasta que en 1936, durante la Guerra Civil española, pasó a ser propiedad del capitán general Queipo de Llano. La finca se adquirió con donaciones particulares de un duro y de ahí que sea conocido también como el cortijo del "Duro". Parte de la finca fue expropiada en 1976 a través de la ACTUR y posteriormente perteneció a los terrenos donde se celebró la Exposición Universal del 1992. El resto, incluido el cortijo, continúa  en manos de sus familiares.


PAISAJE, VEGETACIÓN Y AGRICULTURA

El área forma parte de la llanura de inundación de la margen derecha del Guadalquivir, suelos fértiles para el cultivo, pero sujetos a la continua amenaza de los desbordamientos del río y del aumento de caudal de uno de sus afluentes próximo al Alamillo, el Rivera de Huelva, por lo que las construcciones permanentes han sido siempre escasas.

El paisaje de las márgenes del río más cercano al Alamillo ha tenido muchas modificaciones a lo largo de la historia. En otros tiempos se distinguían tres tipos de vegetación, claramente diferenciados en función de su ubicación: la parte más en contacto con el agua contaba con carrizales y tifales; una segunda parte, situada en la ribera del río, albergaba un denso bosque de galería poblado de álamos blancos (Fopulus alba), que suelen aparecer en suelos húmedos; además había chopos que se mezclaban con sauces, almeces y tarajes, acompañados de zarzas y regaliz; y por último la vegetación que se encontraba más en el interior contaba con olmos, fresnos y matorral. También existen referencias históricas y literarias sobre cipreses en la zona. Pero todas estas originarias comunidades vegetales fueron desapareciendo con el tiempo, tras varios siglos de explotación agrícola y de tala sistemática de árboles, realizada por el hombre, para aprovechar la madera, evitar el pillaje y facilitar el acceso del ganado al río. Así, el ámbito que nos ocupa se ha encontrado en ocasiones completamente desarbolado.

Los suelos de la Vega de Triana, enriquecidos periódicamente con los limos depositados por las crecidas del río, han sido explotados, para la agricultura, desde hace miles de años. También se han atribuido propiedades medicinales al agua de algunos de sus pozos. Naranjales, frutales, olivares, viñas y cereales, con maizales, hortalizas y melonares, formaban parte de la producción hortofrutícola más tradicional. El cultivo de naranjos mandarinos, que pervive actualmente en el Alamillo, viene practicándose desde el comienzo de la Edad Moderna. Muchos autores estiman esta pequeña porción de tierra como la más fértil de toda la que rodea la ciudad, de ahí que las huertas Alamillo, Muñoces, San Luis y La Cartuja aparezcan a mediados del siglo XIX como las más notables de las incluidas en el término municipal de Sevilla.

A lo largo del siglo XX, continúa la tradicional y larga historia de modificaciones del río para la defensa contra las inundaciones, y esto fue así hasta que se planteó la obra de la corta de La Cartuja, que entre 1975 y 1982 conllevó un cambio radical en la estructura territorial de esta zona, y así lo que había sido un territorio agrícola y permanentemente inundado, pasó a ser el espacio más estratégico de la ciudad.

El principal uso del suelo de la zona del Alamillo, poco antes de comenzar las obras del 92, se centraba en la explotación de los naranjales y de algunos cultivos de regadío y secano, sobre todo maíz y cereales. Destacan eucaliptos, algunos sauces, olmos y álamos, existían trepadoras, zarzas y vides asilvestradas, y en la orilla, juncos cañas y carrizos. Sólo se mantuvieron algunos álamos blancos en la parte lindante al Monasterio de la Cartuja. Las zonas menos alteradas eran las riberas más próximas al meandro de San Jerónimo, donde aún quedaban restos de bosques de galerías, olmedas, una pequeña alameda y eucaliptos de nueva plantación, mientras que otras áreas estaban completamente desforestadas. Respecto a los peces, sólo sobrevivieron los que pudieron adaptarse a las duras condiciones de vida en el río: carpa, barbo, lisa o albur, anguila y gambusina, desapareciendo los sábalos y sabogas.


LOS ALGABEÑOS y LA FAMILIA GARCÍA CARRANZA

El Alarnillo y las tierras que lo rodean han ido cambiando de propietarios en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. De 1870 data la primera escritura de propiedad que posee la finca rústica Huerta llamada el Alamillo, registrada junto a otras pequeñas hazas de tierra colindantes, pertenecientes a diferentes propietarios, en los términos municipales de Sevilla y Santiponce. En 1926 José García Rodríguez (El Algabeño) compró un total de 18 fincas, agrupándolas con el
nombre de Huerta y Cortijo del Alamillo.

El Algabeño (1875-1947), torero nacido en la Algaba, tomó la alternativa en Madrid en 1894, de mano de Fernando El Gallo. Compartió cartel con figuras del toreo de aquella época como Lagartijo o Bombita, del que era amigo. Se casó en La Algaba en 1899 con Francisca Carranza García de la que tuvo cinco hijos. Estuvo toreando hasta 1912, y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a sus fincas.

Su hijo mayor, José García Carranza (Pepe Algabeño, 1900-1936), fue matador y rejoneador. Comenzó a torear en 1922. Su buen estilo, unido al nombre de su padre, hizo que pronto alcanzara el éxito. Un año después tomó la alternativa en Valencia, teniendo como padrino a Rafael el Gallo. De su vida personal se puede destacar su buena relación con la aristocracia y su matrimonio con Araceli Benjumea Vázquez. Fue amigo personal de Fernando Villalón, conde de Miraflores de los Ángeles, poeta de la generación del 27. Pepe Algabeño, era aficionado a los caballos y a partir en 1933, se dedica al rejoneo. De tendencia falangista, sufrió en 1934 un atentado en Málaga, que le causó tan graves heridas que no volvió a la plaza en toda la temporada. Al estallar la Guerra Civil se une al bando nacionalista y en 1936 muere en Córdoba.

En 1947, tras el reparto sucesorio de tierras, a Antonio García Carranza (1910-1995), el hijo menor del Algabeño, le corresponde la finca del Alarnillo, formada por una agrupación de sitios y pagos a la que une otras propiedades como Isla de Hierro, que había adquirido anteriormente, aumentando la extensión de la finca hasta un total de 300 hectáreas. Abogado de profesión, fue hermano mayor de la Hermandad del Rocío de Triana, de la Esperanza y del Cachorro.


EL CORTIJO DEL ALAMILLO

El Cortijo Viejo del Alamillo, actualmente desaparecido, se encontraba ubicado muy cerca del cortijo actual. Aparece en la cartografia histórica desde mediados del siglo XIX como la "Casa de la Huerta del Alamillo". No se conoce la fecha exacta de su construcción. A partir de 1950, pasó a llamarse "El Cortijo Viejo del Alamillo" para distinguirlo del nuevo del mismo nombre. El caserío tenía una función exclusivamente agrícola, nunca se concibió como vivienda de los propietarios. Sólo residían en él, de forma permanente, el encargado y su familia.

Cortijo Alamillo viejoLa arquitectura de este edificio no era la clásica del cortijo andaluz, debido a que el Cortijo Viejo estaba formado por un conjunto de construcciones cercanas, que habían pertenecido a diferentes huertas, antes de la unificación de las 17 fincas compradas en 1926 por el Algabeño. Entre las dependencias, realizadas con losas de pizarras procedentes de Guillena, existían: cuadras, almiares, gallineros, espacios para el ganado y gañanías; contaba además con un pozo, alberca, norias y acequias para el riego de la huerta. El Cortijo Viejo del Alamillo mantenía las formas de explotación de la tierra tradicionales en toda la Andalucía rural de la primera mitad del siglo XX. La población jornalera mantenía unas condiciones de vida miserables y sin confort en las viviendas, y tampoco había maquinarias, por lo que la mayor parte de las labores agrícolas se realizaban a mano.

Cuando en 1948 Antonio García Carranza hereda la finca del Alamillo ampliando sus propiedades, se ve obligado a construir un cortijo nuevo. A partir de esa fecha el Cortijo Viejo, queda destinado sólo al trabajo agrícola. Contaba con una nave de envasados, un cobertizo y un almacén. Desapareció definitivamente en la década de los 80, cuando comenzaron las obras del 92.

El Cortijo Nuevo del Alamillo, sede actual del Parque, se encuentra situado al final del camino original trazado desde la Cartuja. Pertenecía por lo tanto al barrio de Triana, su dirección era calle Castilla, n° 302. Este número permanece aún en el arco de la entrada, junto a la distinción o marca que llevaban los ganados del Algabeño. La "A" es la letra inicial de su nombre y el signo que está superpuesto representa el estoque o espada que llevan los diestros en la suerte de matar los toros.

Su propietario encargó el proyecto de construcción a los arquitectos Delgado Roig y Balbontín Orta. Aunque no fue tenido en cuenta formalmente en su ejecución, dicho proyecto sirvió de base para el planteamiento del conjunto ahora existente. El Cortijo Nuevo fue construido en dos fases, la primera en los años 50, por la necesidad de ampliar el Cortijo Viejo, debido a la intensificación de las labores agrícolas y a la compra de las primeras maquinarias, para lo cual se rehabilitan las dependencias que ya existían de un Cortijo anterior, ubicado en el mismo lugar donde se encuentra el actual Cortijo Nuevo del Alamillo. Su arquitectura mostraba en su recinto la variedad de faenas agrícolas que en él se realizaban. Ocupaba una extensa superficie, con dependencias exteriores destinadas a cuadras para mulos y caballos; la casa de la vivienda del encargado, de los peones agrícolas y otras viviendas; y un patio donde estaban las bestias y los graneros. Estos permanecían elevados para proteger la cosecha de las inundaciones, se accedía a ellos mediante una rampa, que además facilitaba la carga y descarga. Actualmente son las dependencias que rodean el patio del Cortijo.

La segunda fase comienza en la década de los 60, con el proceso de modernización agrícola. El Cortijo Nuevo del Alamillo evolucionó hacia unas formas más modernas, aunque los jornaleros seguían manteniendo bajos niveles de vida. En esta época se construyó el señorío o vivienda principal del propietario. Esta casa es la actual sede administrativa del Parque del Alamillo.

Al señorío, de típica construcción rústica andaluza, se accedía mediante una escalinata, que servía por un lado para realzarlo y por otro para defenderlo de los desbordamientos del río. Todos los elementos decorativos de esta casa se han mantenido en perfecto estado de conservación. Cuenta con pérgolas y arcos en la entrada, decorados con cerámica artística de medallones de escenas rocieras, que fueron pintados a mano por Alfonso Chaves de Tejada, utilizando pintura al agua y en algunos puntos estaño como opacante. Los medallones representan el camino de la Hermandad del Rocío de Triana hacia la ermita. En uno de ellos aparece Antonio García Carranza entre los personajes destocados a caballo (se identifica por llevar gafas de sol). A su izquierda hay otro hermano mayor, José Soro Martínez, y a su derecha, con traje de color claro, Cosme García Aleixandre, un amigo personal del propietario. La escena representa la salida de la Hermandad del Rocío de Triana a su paso por la Iglesia de Santa Ana, en una imagen tomada en los años 50, en alguno de los períodos en que el propietario fue hermano mayor de dicha Hermandad. Estos medallones de la entrada, todos los zócalos de las paredes del interior y el exterior de la vivienda y los azulejos de pájaros del mirador (que se encuentran en la última planta del edificio), son atribuidos a la fábrica de cerámica "Ramos Rejano".

En otro azulejo, que se encuentra frente a la puerta de entrada principal, aparece la Virgen del Rocío y está firmado por el ceramista Antonio Morilla, de la fábrica de cerámica de Santa Ana.


LABORES AGRÍCOLAS EN LA FINCA DEL ALAMILLO

Cuando el Algabeño compró la finca en 1926, en ella existían fundamentalmente naranjos amargos, olivos, y algunos cultivos de secano. En un principio se cultivaba la naranja amarga, que era exportada a Inglaterra para hacer mermelada, pero poco a poco estos frutales se fueron sustituyendo por otros nuevos. También se introdujo el melocotón, que se preparaba y envasaba para la exportación a Inglaterra y Holanda. La finca contaba con otros árboles como limoneros, moreras, algunos álamos, aImezes y se plantaron muchos eucaliptos.

El trabajo de las tierras necesitaba un número considerable de animales de tiro, de trilla y de transporte. En gran parte de la finca, como en la mayoría de las extensiones agrícolas en Andalucía, la maquinaria agrícola era escasa y la tracción de sangre (los mulos) se utilizaba en las labores del campo. Para su mantenimiento se necesitaba sembrar una gran extensión de maíz y otros cereales.

Para el riego de las huertas, se repararon las norias que se encontraban en la finca, de las que quedan restos en la actualidad. Una de ellas fue construida posiblemente en la Edad Moderna. Estas construcciones artesanales hidraúlicas estaban accionadas por mulos y abastecían el escaso cultivo de regadío con que contaba la finca. Como todos los sistemas antiguos de riego, la noria tenía el alcance muy limitado, por lo que se encontraba muy cerca del río. Junto a ella, existe una alberca construida de una sóla pieza con cal y arena. Los depósitos de las norias se llenaban en el fondo (conectado a una galería) y se vaciaban en un canal o acequia, que conducía el agua hasta los diferentes cultivos. Para ello, existía una acequia principal que cruza toda la finca, de la que dependian numerosas zanjas construidas de ladrillos. Otras acequias fueron construidas en alto, y contaban con unos soportes que las sujetaban. También existen los restos de un antiguo acueducto dentro de la misma linea de la acequia principal, que venía desde una toma del río en el término municipal de Santiponce.

Desde la década de los 50, el nuevo propietario fue ampliando la superficie y modernizando la forma de trabajar la tierra. Se introdujeron tractores, motores de explosión y maquinaria agrícola. A partir de entonces los cereales, que no eran necesarios para alimentar a tantos animales, comienzan a venderse. Se explotan naranjos mandarinos agrios y dulces, de la variedad Satsuma. También se introdujo en esta época el algodón que, como en el resto de Andalucía, era de tipo egipcio de fibra larga. Además, existían plantaciones de tabaco y secaderos.
Los sistemas de riego evolucionan, aunque continúan utilizándose las tradicionales norias, a las cuales a partir de entonces se les añade el motor de explosión, que abarcaba una mayor superficie.

La apicultura es otra de las actividades que se viene realizando en el Alamillo desde hace más de 30 años. Las colmenas, situadas a las orillas del río Guadalquivir, cerca del puente del Alamillo, cuentan con un enjambre de abejas que, además de producir miel, son muy útiles en la finca porque polinizan los naranjales.


EL PARQUE DEL ALAMILLO

Cortijo Alamillo actualLos propietarios abandonan definitivamente la finca del Alamillo en 1978, tras la expropiación realizada por el Ministerio de la Vivienda, con motivo de la construcción de la Corta de la Cartuja. Como resultado de la transformación que se llevó a cabo en esta área en torno a 1992, se realizó la Exposición Universal y la Junta de Andalucía construyó el Parque del Alamillo, gestionado desde su origen por la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía (antes Empresa Pública de Suelo de Andalucía), dependiente de la Consejería de Fomento y Vivienda.

Este parque se ha convertido, con el transcurso del tiempo, en un espacio público muy visitado y bien valorado por los ciudadanos. 

María José García del Real