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Breve historia de la Cartuja de Sevilla (II): La fábrica de cerámica Pickman

19 de junio de 2017

Tras la desamortización de Mendizábal, el monasterio de la Cartuja fue dedicado a diversos fines, entre ellos el de presidio, pero cuando éste fue trasladado al predio de los Agustinos del Pópulo, en 1835, Carlos Pickman y su hermanastro Benjamín Harris alquilaron (el 1 de agosto de 1837) el exclaustrado monasterio -en el que tenían puestas sus miras desde hacía tiempo- para sede de su futura industria, comprándolo tres años después por 400.000 reales de vellón.

La familia Pickman provenía del Reino Unido pero llevaba bastantes años instalada en Cádiz como comerciante de cerámica y cristalería inglesa. Desde 1810 Guillermo Pickman residía en la capital gaditana dedicándose a la venta de estos artículos, pero murió tempranamente y su hermano Carlos, con sólo 14 años, vino a sustituirle en 1822. El joven Carlos Pickman se dio cuenta que Sevilla, ciudad mayor, con una burguesía de alto poder adquisitivo, resultaría un lugar idóneo en términos comerciales, de manera que trasladó aquí su establecimiento. Inicialmente vendía en una tienda situada en el centro de la urbe (calle Gallegos) los productos traídos desde su país, pero pronto comprendió que era mas rentable fabricarlos aquí mismo ya que, si bien era dificultoso por los aranceles importar materiales manufacturados, no lo era tanto para las materias primas. Así que, con la aportación económica de su cuñado Guillermo Aponte, el 31 de agosto de 1837 quedó constituida la compañía Pickman y Cia., primera fábrica de cerámica artística y loza de España. El primer objeto salido de sus hornos fue un palanganero, el día 1 de enero de 1841, superando en ese mismo año la producción de 250.000 docenas de piezas (Fig. 1).

1_La entrada de la fábrica Pickman, también del IAPH, y la superluna de noviembre

Fig. 1: La entrada de la fábrica Pickman, también del IAPH, y la Superluna de noviembre’16
Fotografía: Esther Núñez Pariente de León

En 1871, la fábrica La Cartuja fue designada como proveedora de la Casa Real y en 1873 Carlos, tras recibir numerosos premios por sus productos en diferentes ferias nacionales e internacionales, fue nombrado marqués de Pickman por Amadeo I de Saboya, título que posteriormente ostentaron sus herederos. La Cartuja retomó así su esplendor social de la mano de un industrial, siendo visitada, como en tiempos monásticos, por la realeza: Isabel II en 1862, Alfonso XII en 1873, la regente Mª Cristina en 1892 y Alfonso XIII en 1904 (Fig. 2)

2_Visita real a la fábrica de La Cartuja

Fig. 2: Visita real a la fábrica de La Cartuja

En 1883 murió Carlos Pickman contando la factoría en esos momentos con 1.200 obreros y al menos 12 hornos (según Madoz, que escribió su Diccionario en 1849, el número de hornos llegaba a 22), ascendiendo en esos momentos el capital de la sociedad a 1.800.000 pts., que fue repartido en 600 acciones, de las que recibieron 100 cada uno de los seis herederos. Siguiendo la fórmula habitual en el siglo XIX para mantener unida una herencia, en 1899 La Cartuja pasa a ser una sociedad anónima. La fábrica significó un gran cambio en el tejido empresarial de la época: en un principio, Pickman se trajo 56 maestros alfareros de su país, pero pronto observó que los artesanos locales aprendían rápidamente, de manera que en unos años toda la población obrera (no así la directiva) era autóctona. Además, aquí no se conseguía la maestría hasta los seis años de trabajo (en otros países, por ejemplo EEUU, se lograba en sólo tres), lo que redundaba en el beneficio empresarial. La jornada laboral era de 12 horas en verano y 9 en invierno, de lunes a sábado (se cobraba a toque de campana los sábados por la tarde) y, si por malas prácticas los asalariados estropeaban piezas, se les retraía del jornal entre 10 y 12 reales, que se destinaban a un fondo común para cuidar a los enfermos, siendo responsabilidad de los trabajadores el estado de las cerámicas hasta que entraban en el almacén. Como contraprestación, desde la empresa se realizaban determinadas actuaciones de carácter social: para paliar la intoxicación (silicosis, fibrosis pulmonar, principalmente) que producía respirar determinados elementos minerales constitutivos de los barnices, se proveía a los operarios de un litro de leche diario; para ello, la antigua hospedería de afuera de época covitana se convirtió en vaquería. Había mujeres cuidadoras de los niños pequeños de las trabajadoras, funcionando a modo de guardería. Algo más tarde, tras la construcción de la mayor de las chimeneas -el Gran Capitán, de 30 metros de altura- el aire caliente circulante se trasladaba, principalmente, al secadero de cerámica (Fig. 3), pero también calentaba los talleres mas fríos en el invierno. Además, uno de los trabajos de más importancia y pericia, la pintura a mano de las cerámicas, recaía, en su mayor parte, en mujeres. Sin embargo, muchos de los obreros vivían en los terrenos de la propia fábrica, circunstancia que provocó una cierta endogamia.

Las grandes empresas nacionales, desde finales del siglo XIX hasta el primer tercio del siglo XX, estuvieron condicionadas por los cambios de gobierno en función de que su mentalidad fuera librecambista o proteccionista. Carlos Pickman y sus primeros herederos supieron utilizar muy bien sus bazas políticas y establecer una buena relación con los sucesivos dirigentes para obtener pingües beneficios, pero a partir del tercer marqués de Pickman, Rafael de León y Primo de Rivera, diputado con cierta mala prensa en el Congreso y luctuoso final en un duelo, la buena posición social de esta familia comenzó a periclitar y, con ella, el poder utilizar su apellido para conseguir beneficios arancelarios. Si los Pickman habían sido capaces de levantar un emporio industrial y de mantenerlo durante más de medio siglo, no lucharon por emprender nuevos retos comerciales: carecieron de estrategias para crecer y diversificarse.

3_La iglesia cartuja convertida en secadero de cerámica

Fig. 3: La iglesia cartuja convertida en secadero de cerámica.

En el momento de mayor apogeo de la fábrica, los hornos en uso alcanzaban el total de 1.280 mt.3 útiles, destinándose 5 de esos hornos a cocer bizcocho y 7 a barniz; sin embargo, en 1936 ya sólo funcionaban 3 de bizcocho y 5 de barniz. Esta mala situación acarreó desde inicios del pasado siglo, que se implantara la doctrina del downsizing (empequeñecimiento). Entre 1906 y 1912 se derrumbaron los hornos de bizcochar de 8 metros para sustituirlos por otros de 6 metros e incluso, se bizcochaba en los hornos pequeños de barniz y, de entre estos, se utilizaban sólo algunos para minimizar los encendido, comenzando, así mismo, a usarse las parrillas. Ya desde 1889 se utilizaban grúas y malacates para trasegar materiales y cargar y descargar los productos en las naves fondeadas en el propio embarcadero y posteriormente en el ferrocarril, ya que un ramal llegaba hasta la fábrica. Esto hizo que se despidiera a parte de la plantilla, reducida hasta los 523 obreros entre 1899 y 1921, amén de minimizar también horas y días laborables.

El año 1901 fue muy problemático para los Pickman. Tras muchas desavenencias laborales y so pretexto de huelga general, La Cartuja se cerró, lo que trajo consigo casi un estado de guerra en Sevilla. En 1916 se electrificó el taller de plateros, hecho que se tradujo igualmente en grandes protestas por parte de los obreros, que no admitían innovaciones que supusieran la reducción de mano de obra. Los años de 1919 y 1922 también resultaron conflictivos por razones gremiales ya endémicas y, además, por que se instaura el arancel Cambó, a partir del cual se termina el sistema proteccionista para con el comercio y la industria. De esta suerte, en 1923 se tiene que cambiar el organigrama estructural de la fábrica, que pasa a ser de familista a corporativa, nacionalista.

Por otra parte, los magníficos hornos botella, que en su momento fueron una absoluta innovación en España, se iban quedando obsoletos (Fig. 4, diferente tipología de hornos Pickman). En 1927 la industria de Villeroy y Bosch, del mismo tipo que la Pickman, sustituyó todos sus hornos de chimenea por hornos continuos. Esta iniciativa de la empresa asturiana interesó a Pickman que, tímidamente, fue practicando idéntica sustitución. Estando así las cosas, los productos La Cartuja no eran competitivos en sus precios; así, por ejemplo, una taza importada de Alemania podía costar entre un 30 y un 50 % menos que producida aquí, circunstancia que, por otra parte, ocurría en todas las grandes fábricas cerámicas españolas; esta situación se tradujo en una pugna desleal entre todas ellas. En 1927 se unificaron las productoras a gran escala a través de una Central de Ventas, pero Pickman no secundó la propuesta (sólo consintió que se homologaran los precios), argumentando que se perdía la personalidad del género y que se obligaba a asumir una cuota de producción que no estaba en consonancia con sus posibilidades e intereses.

4_Diferente tipología de hornos Pickman

Fig. 4: Diferente tipología de hornos Pickman
Cartel de las Jornadas Europeas de Patrimonio 2015 en el IAPH
Fotomontaje de Francisco Salado

En el año 1931 sucedió un triste hecho en la fábrica: en el seno de una supuesta revuelta laboral, un guardia civil aplicó la ley de fuga a un joven alfarero disparándole por la espalda, a consecuencia de cuya herida murió; esto motivó, lógicamente, una gran malestar entre los obreros. Y en 1932, Pickman se querelló contra la fábrica a pequeña escala de Gijón Hijos de Pola, por cuanto que ambas presentaron una patente muy similar sobre cuya autoría no hubo entente.

Durante 1935 se llegó a un acuerdo de ventas que estableció la cuota de producción que cada una de estas grandes empresas podía generar: a La Cartuja le correspondió el 23,46 %, mientras que otras obtuvieron menos, como el caso de Ibero Tanagra, con el 20,22 %. Sin embargo Pickman tampoco lo asumió esta vez y, antes de que se pusiera en práctica el pacto, vendió todo lo que tenía en sus almacenes, malbaratando los productos. A partir de este año la dispersión de las productoras no daba confianza a los compradores facilitando, por contra, el oportunismo. Mientras que en otros países las industrias se condensaban para unificar los criterios de producción y venta, España se caracterizó por intrigar y medrar entre ellas, resultando especialmente perniciosa para la comercialización la presión de los almacenistas, esencialmente los de Barcelona, circunstancia que se sufría ya desde 1925. Por todas estas dificultades, Pickman tuvo que recurrir nuevamente al downsizing y reducir drásticamente la producción. Además, en 1936, el Frente Popular obliga a los Pickman a readmitir a los obreros despedidos en 1934 y 1935, suponiendo un coste adicional para la empresa. Sin embargo, poco después, Queipo de Llano visitó la fábrica y le devolvió todas sus prerrogativas (despido de obreros, subida de precios y bajada de salarios), de tal suerte que en 1937, los jornales estaban un 20 % más bajos que en 1934.

La situación continuó de mal en peor. Si se quería que La Cartuja remontase, tenía que modernizarse a marchas forzadas, aunque, según parece, los dueños no se interesaban demasiado por el tema: a pesar de que en 1931 Mark Porrmann, director de la fábrica, decidió realizar una modificación en el sistema laboral, su iniciativa, sin embargo, no tuvo mucha aplicación práctica. No obstante, a fines de dicha década, ante el franco declive del rendimiento económico, los dueños no tuvieron más remedio -aunque ya llegaban tarde- que aceptar una gran renovación, que se tradujo en la compra de moderna maquinara, en su mayor parte importada. Pero esta actuación de emergencia sólo palió el pésimo estado de La Cartuja. En 1950 hubo un pavoroso incendio que dio al traste con numerosos instalaciones; en 1964 todo el ámbito del antiguo monasterio fue declarado conjunto monumental; en ese mismo año, la fábrica de La Cartuja tuvo que hipotecarse; y en 1977, fue expropiada, trasladándose las instalaciones industriales a unos terrenos en el término municipal de La Algaba.

Respecto a los inmuebles covitanos e industriales una vez erradicada la fábrica, estos fueron objeto de una feroz transformación que eliminó innumerables construcciones, principalmente fabriles, muchas de las cuales, si bien no presentaban valor estético, sí fosilizaban la evolución histórica del sitio. Por el contrario, destacar como dato positivo el hecho de que numerosos elementos industriales fueron conservados e integrados en las actuales edificaciones.

A partir de esos momento, los usos de este espacio -amén del ínterin en el que fue ocupado por la Expo´92-, ha sido el de sede de determinadas entidades culturales: IAPH en la zona mayormente fabril; CAAC, en el área fundamentalmente monacal; y Rectorado de la UNA, en el sector extra conventual. Además, es frecuente su utilización con funciones lúdicas para conciertos, recitales… y visitas en general.

Esther Núñez Pariente de León

Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico

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