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El Cristo de la Clemencia, canon del crucificado sevillano, en la exposición «Montañés. Maestro de maestros».

13 de febrero de 2020

De todas las obras que componen la exposición Montañés. Maestro de maestros, llama especialmente la atención la presencia de una de sus obras más emblemáticas: el crucificado de la Clemencia, que salió del museo, su propietario, el 31 de mayo de 1845 para no volver. Se encuentra en depósito en la catedral de Sevilla, y amablemente ha sido cedido temporalmente para esta muestra.

El 5 de abril de 1603, Juan Martínez Montañés (Alcalá la Real, Jaén, 1568 – Sevilla, 1649) contrató con Mateo Vázquez de Leca, arcediano de Carmona y canónigo de la catedral de Sevilla, la realización de este crucificado para su oratorio privado. En 1614 donó la imagen al monasterio de Santa María de las Cuevas de la ciudad, ubicándose inicialmente en la capilla de San Bruno y posteriormente, en 1616, en la de Santa Ana.

Con la invasión francesa se inicia para esta obra un azaroso periplo compartido por gran parte del ingente patrimonio cultural de Sevilla, que la llevó al Real Alcázar en 1811, regresando en 1813. Tras la desamortización de 1835 los bienes recogidos de las instituciones religiosas se reunieron en diversos almacenamientos provisionales como el hospital del Espíritu Santo o el convento de San Pablo. No hay certeza de que se guardara en ellos, pero sí de que finalmente, ante la amenaza carlista en 1836, para su mayor seguridad y a instancias de Manuel López Cepero pasó junto a otras obras almacenadas a la catedral de Sevilla.

Tras convertirse el exconvento de la Merced Calzada en la sede oficial del Museo Provincial en 1839, el Cristo de la Clemencia aparece registrado junto al resto de obras de la colección fundacional en el inventario manuscrito de 1840 firmado por Cabral Bejarano, pero en este caso indicando que se encuentra en la catedral. Solicitada la devolución de las obras allí recogidas en 1841, testimonios de la época señalan que regresa ese mismo año al museo. Un documento de la Junta del Museo registra el listado de obras recogidas indicando su ubicación en la catedral: en la capilla de San José, en la sacristía mayor y en la sacristía de los Cálices, donde se ubicaba el crucificado. Ya en el museo, ocupó una sala anexa al Gran salón, antigua iglesia del convento. No obstante, por solicitud de López Cepero la venerada imagen regresó en calidad de depósito a la catedral: así lo refrenda el documento de 31 de diciembre de 1845 en el que la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la Provincia de Sevilla incluye en el catálogo de las esculturas del museo «Un Crucifijo que en virtud de R. orden está en clase de depósito en la Catedral». Se situó de nuevo en la sacristía de los Cálices, de ahí su sobrenombre.

Las características de esta excepcional obra de Montañés venían en gran parte determinadas por el contrato. Se debía representar a Cristo vivo, antes de expirar, con la cabeza inclinada hacia el lado derecho, de manera que mire a quien ore ante él, como si le hablara. También indicaba que tuviese cuatro clavos y que superase en calidad al que había realizado para las «provincias del Perú», aludiendo al Cristo del Auxilio del convento de la Merced de Lima. Para lograr la excelencia en esta obra de madurez, que el mismo Montañés expresa que debe «hacer y acabar con toda perfección […] para que quede en España […] y se sepa el maestro que la hizo para gloria de Dios», fue necesario un alarde técnico solo al alcance de los grandes maestros. La esbelta figura de Cristo de tamaño natural se separa audazmente de la cruz, sostenida tan solo por los clavos de las manos, inclinándose hacia el espectador, con el que entabla su íntimo diálogo, pues no estaba destinada a procesionar, sino a la devoción privada. Una iconografía perfecta para la oración, para representar el sufrimiento infligido junto a la gracia de la misericordia y del perdón. La armonía de proporciones, el equilibrio expresivo, la serenidad que transmite esta obra cumbre de la imaginería española sorprenden por su intenso naturalismo, por esa «vida» con que la pintura de Francisco Pacheco la anima. Una policromía mate, ligera, con sutiles huellas de la Pasión, que no oculta, sino que realza la labor del imaginero, convirtiendo al crucificado en el mayor logro de la colaboración entre estos dos grandes maestros.

María del Valme Muñoz Rubio
Directora del Museo de Bellas Artes de Sevilla

Un comentario

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  1. Mila Sánchez Añezes
    13 Feb 2020

    Sublime… desde pequeña no se me puede olvidar esta imagen, como otras del maestro de maestros, y agradecer a todos los que trabajáis día a día con tanto mimo y cariño, para que esta maravilla de exposición nos deleite y aprendamos tanto.
    Recomiendo la visita.

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