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La Aparición de San Pablo a San Fernando, de Antonio del Castillo

25 de Abril de 2016

Córdoba ha dado ya el pistoletazo de salida para la celebración del IV Centenario del nacimiento de Antonio del Castillo Saavedra (Córdoba, 1616-1668), su pintor más significativo del siglo XVII y uno de los más interesantes del panorama plástico español de su tiempo.

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Aparición de San Pablo a San Fernando

Todos los aspectos relativos a su obra y a su faceta como pintor o poeta, van a ser tratados en un Simposium organizado por la UCO y la UNED,  que entre el 5 y el 8 de abril reunirá a los más destacados expertos sobre su obra; mientras que, a partir de septiembre, tres grandes exposiciones mostrarán al visitante la práctica totalidad de sus dibujos y pinturas, así como la imbricación de su obra con las de autores locales que le precedieron y le sucedieron, partiendo de la figura de Pablo de Céspedes hasta llegar a la de Antonio Acisclo Palomino.

Una de las pinturas más significativas del maestro es la que lleva por título Aparición de San Pablo a San Fernando, que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, siendo la de mayor formato de entre las que han llegado a nuestros días (495 x 311,5 cnms). La obra presidía el conjunto de media docena de pinturas de diferentes tamaños con que se decoró la caja de la escalera del Convento de San Pablo de Córdoba, en los que, a tamaño colosal, Castillo plasmó a los principales protagonistas y santos de mayor importancia y devoción de la Orden de Santo Domingo de Guzmán.

Entre  ellos éste era el único que podría considerarse una pintura de historia, ya que quiere representar el momento en que San Pablo se aparece al rey Fernando III, indicándole el sitio donde se debe fundar la casa para la orden de predicadores tras su conquista de la ciudad en 1236. Según las fuentes históricas, Córdoba fue conquistada a los musulmanes el día de San Pedro y San Pablo, razón por la cual, las fundaciones de las dos principales órdenes que acompañaron al Monarca en el hecho bélico –dominicos y franciscanos- fueron puestas bajo sus respectivas tutelas, por lo que uno pasó a llamarse de San Pablo el Real y al otro de San Francisco el Real.

Fue pintado hacia 1650-55 y su ejecución hay que situarla en los debates previos a la canonización del rey conquistador, que sería nombrado santo de la Iglesia en 1671. Por tanto, iconográficamente sienta un precedente en relación a todos los cuadros que se pintaron en Andalucía por artistas como Valdés Leal o Murillo con motivo de la efemérides. Pasó al Museo de Bellas Artes de Córdoba por la Desamortización de 1835, junto a varios lienzos del conjunto de la escalera, que parece fue derribada en momento indeterminado, poniendo fin a una ruina que había comenzado tras los daños producidos por la invasión francesa dos décadas antes. Fue restaurado modernamente en 2005.

Su extraordinario interés no solo estriba en el historicismo de la circunstancia narrada – aunque no quede libre del componente religioso -, o en la inscripción de su parte inferior en forma de cartela, -donde parece que se encuentra la firma del autor compuesta como monograma de gracioso arabesco-; sino especialmente en su alusión directa a la arqueología cordobesa y al lugar donde se produce la fundación – junto a la localización del gran templo y anfiteatro romanos, que sin duda le sirvieron de cantera-, presentando la fachada del compás de acceso al espacio conventual tal y como se encontraba en el momento de ser pintado, constituyendo un documento gráfico único, puesto que en el siglo XVIII fue derribada para ser sustituida por la que actualmente presenta.

Por último, esta manera de presentar la arquitectura de la ciudad “distorsionada”, llegaría a reconocerse como una señala de identidad prototípica de la pintura cordobesa, por lo que sería elegida por distintos pintores y especialmente por Julio Romero de Torres (1874-1930) para ser plasmada en sus lienzos.

José María Palencia Cerezo
Director del MBACo

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Un comentario

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  1. Alejandro González Ramírez
    30 Ago 2018

    Excelente texto.

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