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Una tradición a la moda: El traje de flamenca

24 de abril de 2018

Atrás quedó ya la Feria de Abril, la segunda gran cita de la primavera sevillana. Como por arte de magia la ciudad efímera se desvaneció y los/as sevillano/as volvemos a nuestra rutina, la mayoría con la vista puesta en el siguiente acontecimiento religioso-festivo. Pero aún conservamos en la retina, con una sonrisa en los labios, el recuerdo de la feria, una nostalgia ya de olor, sabor y, como no, de color. Nos apresuramos a lavar y guardar nuestra prenda más insigne, el traje de gitana. Como cada año, el Real se llenó de luz y de color, gracias, en gran parte, a ellos. Y es que este particular vestido es, sin duda, uno de los grandes protagonistas de muchos rituales festivos andaluces. Pero más allá, el traje de flamenca se ha convertido en uno de los iconos de la cultura andaluza, y, además, de la moda.

No es casual el enorme éxito del Salón Internacional de la Moda Flamenca -SIMOF- que cada año se celebra en Sevilla. En esta ocasión, el Museo de Artes y Costumbres Populares tuvo la oportunidad de participar con FIBES en la 24ª edición de la muestra. Fruto de esta colaboración han desfilado unas modelos un tanto peculiares, las mujeres vestidas de flamenca protagonistas de los carteles históricos de Fiestas de Primavera de la ciudad de Sevilla. Las “modelos” pertenecen a 18 carteles de la colección que el Ayuntamiento de Sevilla tiene depositada en el Museo, 18 hitos situados entre 1912 y 1989. Además de dar a conocer el enorme patrimonio cultural custodiado en el Museo, el objetivo de la exposición, contemplada por alrededor de 7000 visitantes según datos de la organización, ha sido explicar uno de los conceptos clave en la ciencia antropológica: el de “tradición”. Esta, lejos de ser estática y anacrónica, se presenta como dinámica, actual y seleccionada por el presente por su utilidad para el mismo. Es decir, viva.

En los últimos años la moda flamenca ha tenido un enorme impulso como consecuencia de las nuevas formas de producción industrial y comercialización, y la celebración de Salones como SIMOF, cuya influencia es decisiva en su devenir. La variedad y la experimentación con tejidos y formas se han convertido en señas de identidad de un momento en el que cada diseñador defiende un estilo propio, diferente e innovador. La imaginación, e incluso la ruptura, son una apuesta más. Pero, ¿puede lo tradicional ser innovador? Recorramos juntos la evolución del traje de flamenca a través de nuestro patrimonio, la colección municipal de carteles de Fiestas Primaverales.

Rosa María Martínez Moreno sitúa el origen del traje de flamenca a finales del siglo XVIII, aunque será en el XIX cuando tres factores contribuyan a su asentamiento: el prestigio de los majos -y su indumentaria- como encarnación de la resistencia a la invasión francesa, el gusto romántico por lo popular y una creciente atracción por el mundo gitano.

Será a finales del siglo XIX cuando podamos hablar de un patrón clásico, inspirado en el traje de faena de las clases populares y en el atuendo de las gitanas. Como podemos apreciar en el cartel realizado por García Ramos en 1912, este se caracteriza por su larga falda rematada con volantes y soportada con enaguas, y por el uso del mantón de Manila. El mantón será vestido de distintas maneras: en pico, rectangular o “a la moronga”, forma característica de este periodo reflejada en el cartel de 1919 de Santiago Martínez.

En estos años se introducen el percal, liso o de lunares, y el talle bajo a la cadera. La falda se acorta hasta los tobillos y se acampana con tres grandes volantes fruncidos con vivos de colores. El uso de la peineta alta tipo teja, como la que podemos ver en el cartel de 1919 de Vicente Barreira, será un rasgo típico de este momento. Los aderezos, grandes pendientes y collares, se realizarán con resinas industriales para aligerar su peso.





En los años 30 el talle se alarga ligeramente y crece el número de volantes, colocados en zigzag y acabados con alegres remates y puntillas. Surgen ahora los mantoncillos de tres picos.

El cartel de 1945 muestra como continúan los tejidos, lisos o de lunares, de percal almidonado, los volantes bajos combinados con remates de madroños o adornos de puntillas y las mangas de farol.

En los años siguientes las faldas aumentan su volumen, al tiempo que se adornan con numerosos volantes de vivos colores que parten casi de la cintura. Las mangas serán en sisa con volantes y gran profusión de remates de pasamanería, flecos, madroños, cintas y puntillas.









En la década de los 60 apareció la minifalda y su influencia provocó un cambió muy significativo en el traje; el largo tradicional da paso al vestido corto de media pierna. Al mismo tiempo aumentan los volúmenes gracias a las enaguas y tejidos sintéticos, y al uso de un cordoncillo rígido de algodón en el borde de los volantes.

Esta tendencia se abandona a partir de mediados de los 70, volviéndose al largo anterior y disminuyéndose el volumen. En el cartel de 1978 se aprecia como falda y mangas, que llegan a la altura del codo, terminan en amplios volantes. Los mantoncillos de largos flecos a juego con el traje son muy representativos de este periodo.

Los años 80 se distinguen por reinterpretar la moda de los 40 incrementando su volumen. Los volantes, rematados con vivos de colores y dispuestos en alineaciones caprichosas, aumentan su número al tiempo que reducen su tamaño. Las mangas se acortan hasta la sisa y también son adornadas con varias filas de volantes.

En la siguiente década los diseños se estrechan y alargan, iniciándose la falda por encima de la rodilla. Disminuye o incluso desaparece el uso de volantes en manga, se diseñan modelos con tirantes y se incorporan nuevos tipos de escotes como el palabra de honor.




Tras este breve recorrido recuperamos nuestra pregunta inicial: “¿puede lo tradicional ser innovador?”, defendiendo que no es cierta la premisa que sostiene que el cambio o la innovación son contrarios a la tradición. Aquí hemos podido constatar como, al igual que ocurre con otras manifestaciones culturales, el traje de flamenca ha ido sufriendo constantes transformaciones según las circunstancias sociales, políticas y económicas de cada momento.

La tradición no es aquello que nos llega del pasado, sino la selección que de él se hace en el presente, según unos intereses concretos. Es esta utilidad la que hace que se mantenga viva y se siga reproduciendo. De este modo no podemos vernos como receptores pasivos de la tradición, sino como creadores de la misma. Por ello podemos afirmar que lo tradicional no sería el traje en sí, o un patrón concreto de este, sino su pertenencia al imaginario andaluz y su empleo en nuestros contextos festivos. Unos usos, vivos, que dan lugar a formas específicas de interacción social y de expresión de los sentimientos que son propias de la cultura del pueblo andaluz.

M. Carmen García Morillo
Ayudante de Museo – Departamento de Conservación e Investigación
Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla

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