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Por Francisco Alejo Fernández, profesor del IES Ramón del Valle Inclán de Sevilla

La adaptación de los clásicos. (Los clásicos, ni sagrados ni intangibles)

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012, 10:51 h.



Portada del Poema de Gilgamesh

A vueltas con los clásicos

La literatura, mejor quizás que otras manifestaciones artísticas, refleja los valores más importantes de cualquier civilización. El canon literario, sobre el que tanto se ha hablado en los últimos años, representa la selección que la tradición crítica y lectora ha ido haciendo de la producción oral y escrita de una determinada comunidad. Aunque es cierto que en ese proceso intervienen en bastantes ocasiones criterios no estrictamente estéticos, en su conjunto tiene una indudable utilidad social.

El canon reúne, pues, esos libros que llamamos clásicos, los libros más elogiados, las obras “dignas de imitación”, como se encargaba de recordarnos la contracubierta de aquella colección de clásicos de la editorial Bruguera con la que accedimos a la lectura de las grandes obras de la literatura universal.

En nuestros días, uno y otro concepto están sometidos a los vaivenes del relativismo, empeñado en convencernos de que no existen valores absolutos de ninguna índole y de que, en el caso de la literatura, podemos encontrarlos en la producción escrita de cualquiera que sepa atender los presuntos deseos estéticos o ideológicos de los sectores más jóvenes o dinámicos de la sociedad. Con estos presupuestos, la literatura ―particularmente la narrativa, por sus posibilidades comerciales― se ha ido convirtiendo en un mero pasatiempo.

No queremos decir, ni muchísimo menos, que la literatura no tenga entre sus funciones la del entretenimiento, ni que no la haya cumplido en tiempos pretéritos. No estamos, pues, hablando de un mal de nuestro tiempo. Ni siquiera estamos afirmando que sea un mal. En absoluto. Severos moralistas de antaño condenaban con saña la afición de la población a la lectura de obras banales y sin sustancia. Ejemplo clásico es el de las novelas de caballerías, que, al parecer, llenaban las cabezas de fantasías absurdas. La teoría de la literatura ha estudiado con rigor la función lúdica de las obras literarias y, desde luego, en las grandes producciones de la literatura universal ―el Quijote, por ejemplo― es mucho más que un ingrediente. La diversión y el entretenimiento no están reñidos, y nunca lo han estado, con la calidad. Lo ameno y lo útil deben estar mezclados, decía ya Horacio. No estamos descubriendo nada nuevo.

 

Los clásicos en el sistema escolar

Lo que sí me parece que es específico de nuestros días, lo que me llama poderosamente la atención es que sea el propio sistema escolar, que debiera ser garante de la calidad de los productos que se le ofrecen a los alumnos ―ahí está, por ejemplo, la razonable prohibición de que se vendan en los centros educativos alimentos y bebidas que induzcan a la obesidad o a otras enfermedades― se ha entregado con todas sus armas, o lo está haciendo paulatinamente, a la idea de que cualquier libro puede ser bueno si sirve para cumplir esa vaga función, tan manida, de fomentar la lectura entre los jóvenes, para lo cual se proponen obras que se ajustan a la perfección a su entorno cotidiano, esto es, a sus problemas, a sus inquietudes, a sus vivencias. Muchos entendemos que la literatura tiene una función bien diferente: abrir ventanas al exterior, a mundos desconocidos, a sentimientos entrevistos, a nuevas ideas.

 

Lo que nos ofrecen los clásicos. Cómo difundirlos

Aunque esta discusión merecería un lugar aparte, tengo la convicción de que el sistema escolar debería tener como objetivo prioritario dar a conocer al alumnado aquellos productos de cultura ―obras literarias, pero también pintura, arquitectura, películas― que la historia y la tradición crítica y el gusto de los lectores nos han transmitido con el marchamo de la excelencia. Para conseguir ese desiderátum, se puede y se deben planear estrategias que eviten el rechazo visceral de los lectores primerizos. La biblioteca escolar debe ser, en este sentido, un lugar privilegiado para diseñar y extender esas estrategias. Acercar a los jóvenes al mundo de los clásicos requiere de paciencia y habilidad, de fe e inteligencia. Los clásicos nunca deben presentarse como un producto cultural destinado solo a unos cuantos elegidos ni, desde luego, como una fuente inagotable de placer, concepto este que, además de impreciso, sugiere la ausencia de esfuerzo. Si los clásicos pueden tener alguna cabida en el mundo de los jóvenes es descubriéndoles que nos hablan de la condición humana, esto es, que retratan al hombre actual, no exclusivamente al de la época en que fueron escritos, sino que reflejan todo aquello que en el hombre es permanente.
 

Portada del Poema de GilgameshRecientemente, he tenido la oportunidad de explicar en clase el Poema de Gilgamesh, una epopeya milenaria escrita en la que fue la cuna de la civilización occidental: Mesopotamia. Como se recordará, Gilgamesh es el rey de la esplendorosa ciudad de Uruk. La muerte de su amigo Enkidu lo conduce a la desesperación más absoluta. Además de la pérdida irreparable del ser que más amaba, ha descubierto, con la sorpresa con la que se descubren los hechos más trascendentales, que todo hombre está destinado al mismo fin. Emprende entonces un viaje en busca de la inmortalidad, que, inevitablemente, termina en el fracaso, de la misma forma que fracasarán siempre los intentos del hombre (ahora revestidos del prestigio de la terminología científica) por alcanzar la fuente de la eterna juventud. En el Poema de Gilgamesh el secreto de la inmortalidad se halla en el fondo del Gran Abismo; en nuestro tiempo, en las ensoñaciones genetistas. Y, ahí, en esa vinculación, está la posibilidad de que un joven de hoy no rechace este hermoso poema. La lectura de los clásicos tiene que demostrar que la condición humana (con sus límites y sus excelencias) es el gran tema de la literatura universal, y que los clásicos son libros accesible a su comprensión y que, en este sentido, son preciosos instrumentos para conocerse a uno mismo.

Si queremos que los jóvenes lean, no debe ser solamente para conseguir que los libros ocupen una parte de su ocio. En esa lucha, la lectura tiene grandes competidores. Hay mucha publicidad y, por tanto, mucho dinero invertido en atraerlos para que adquieran productos de entretenimiento. La industria editorial no tiene tanto poder como las empresas que idean y fabrican videojuegos, por poner solo un ejemplo manido. La literatura ni siquiera debe intentar entrar en esa competición, perdida de antemano, sino ofrecer “otra cosa”. Y nuestra obligación es guiar o acompañar a nuestros alumnos en esa búsqueda a la que el zafio mercantilismo y malos sistemas educativos ponen tantos obstáculos. En esta línea, una de las obligaciones de los profesores es no hacer el juego a las editoriales, sino influir para que estas ofrezcan productos de calidad. No queremos soluciones para rellenar horas lectivas ni para justificar la existencia de una asignatura como la Literatura, sino crear los cimientos de los que surjan lectores que busquen la calidad. Los clásicos son, en ese sentido, un objetivo.

Desde todos los ángulos, nos están invitando ―a los lectores y a los profesores― a valorar los productos culturales con el criterio de la comodidad. Por eso, si no queremos fracasar del todo en nuestro empeño de fomentar la lectura de calidad debemos acercarnos a los jóvenes para allanarles la tarea de enfrentarse a la lectura de libros que, en principio, son ajenos a sus expectativas. Precisamente, son esas expectativas las que hay que ampliar. Para ello, procuraremos no presentar la literatura como algo inalcanzable, inaccesible, de extrema dificultad lingüística, temática y estructural. Tenemos que ir desbrozándoles el camino para que no se pierdan, para que vayan aprendiendo a distinguir lo fundamental de lo accesorio. Todo ello, sin cometer el error de derrotar por el lado contrario, esto es, presentarla como el reino de la facilidad, como un país de Jaula donde los propios cerdos llevan el cuchillo preparado para que el consumidor no se tenga que molestar demasiado cuando el hambre apriete.

Debemos, pues, abogar por la lectura de los clásicos, a pesar del contexto cultural y educativo en el que desarrollamos nuestra labor, y reconocer, para vencerlas, las dificultades que entraña esa bella tarea. Como iremos viendo, la adaptación de los clásicos es uno de esos caminos que, sin traicionar ninguna de las bondades de la obra literaria, puede atraer a los jóvenes o, simplemente, a los lectores no especialistas.

 


Los medios de comunicación y las grandes esditoriales influyen poderosamente en los gustos de los jóvenes.

Los medios de comunicación y las grandes editoriales influyen poderosamente en los gustos de los jóvenes.

"Jóvenes irlandeses en un encuentro zombi en las calles de Dublin"

 

¿Por qué es difícil leer a los clásicos?

Solo reconociendo las dificultades que entraña la lectura de los clásicos, podemos intentar remediarlas. Es obvio que el acceso a las versiones íntegras de los clásicos de la literatura universal presenta obstáculos de diversa naturaleza que afectan, limitando su comprensión y, por tanto, la fluidez lectora, a una gran parte de los lectores, no solo ―como hemos dicho― a los jóvenes que pueblan nuestra aulas. Veamos algunas de ellas:

 

1. Dificultades lingüísticas

a) Léxicas. La lectura de los clásicos supone casi siempre un reto a la competencia léxica de los lectores. Conviene advertir que ni siquiera los más avezados en el vocabulario de nuestro idioma pueden leer directamente, sin ninguna ayuda, los textos originales de algunos clásicos. Desde luego, es casi imposible en el caso de todos los textos medievales (desde el Cantar de Mío Cid hasta La Celestina) y cada vez más dificultoso el de los textos de nuestro Siglo de Oro. Recordemos la profusión de ediciones anotadas de clásicos en muchas editoriales españolas. A veces se olvida que los mayores también tenemos que leer esos clásicos con la ayuda de unas muletas que se llaman notas a pie de página. Sin ellas, nos costaría un gran esfuerzo avanzar. Solo los especialistas en un periodo pueden leer de corrido un texto de esta naturaleza sin tropezar continuamente con las dificultades que plantea el vocabulario.

b) Sintácticas. Se suele reflexionar poco sobre este escollo lingüístico. En efecto, la competencia lectora está lastrada con frecuencia por la incapacidad de los destinatarios para interpretar oraciones de mediano o largo aliento. Pensemos, como extremo de esta dificultad sintáctica en Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, una novela que contiene párrafos que ocupan toda una página, un auténtico alarde lingüístico que pone de manifiesto las posibilidades enormes de la lengua española, pero también pone en un brete a los lectores más experimentados. Y no olvidemos a Góngora, sin cuya obra poética el español sería hoy una lengua menos flexible. La enseñanza de la lectura debería tener en cuenta que la falta de comprensión lectora es consecuencia de la incapacidad de los jóvenes para andar, sin perderse, por los vericuetos de la sintaxis.

c) Textuales. La propia naturaleza del lenguaje literario potencia las dificultades estructurales de los textos, que se añaden o se superponen a las sintácticas y a otras que mencionaremos a continuación. La complejidad estructural es connatural al fenómeno literario. La simplificación de la estructura es común en los éxitos de venta o bestsellers, y, desde luego, un aspecto que hay que tratar con mucho cuidado en las adaptaciones de los clásicos.

 

2. La falta de competencia literaria

a) No es este el momento para hacer una reflexión sobre los elementos de los que se componen la competencia literaria. El conocimiento que tienen los estudiantes de la periodización literaria y de las grandes corrientes de la literatura española y universal es muy deficiente y escasamente estructurado, consecuencia, en parte, de un sistema educativo que ha optado muy equivocadamente por juntar en una sola asignatura dos materias como la Lengua y la Literatura, con el efecto ―seguramente no previsto― de la conversión del “apartado” de Literatura en algo marginal y escasamente metódico. No es baladí esta observación. Tal decisión ha tenido consecuencias gravísimas.

b) Directamente relacionado con el déficit de la competencia lectora, están las dificultades para pasar desde la mera comprensión literal de los textos a la interpretación figurada o simbólica y, en general, la escasa familiaridad de los jóvenes con los procedimientos retóricos específicos de la literatura.

La literatura no es el país de Jauja

La literatura no es el país de Jauja.
(Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Pieter_Bruegel_d._%C3%84._037.jpg)

 

En estos y otros tiempos, siempre las adaptaciones

Pero tales dificultades no son, obviamente, exclusivas de nuestro tiempo. Sabemos por experiencia que la adaptación de los clásicos no es en absoluto algo nuevo. Aunque lo hayamos olvidado o queramos hacerlo, en nuestra infancia y en nuestra adolescencia, acudimos con frecuencia a textos incompletos, extractados, a antologías, a versiones, a adaptaciones.

De hecho, la adaptación de los textos ha existido prácticamente desde el mismo comienzo de la producción de los textos originales. Dámaso Alonso imaginó a los juglares interpretando en pueblos y aldeas los cantares de gesta y seleccionando los episodios en función del público al que se dirigían en cada momento. Su primera obligación era mantener la atención del auditorio con la voz y la capacidad de dramatización. Es muy probable que las alteraciones a las que un cantar de gesta como el Poema de Mío Cid fue sometido a lo largo del tiempo fueran, en parte, consecuencia de la necesidad de adaptarse a los gustos de los oyentes.

Reflexionemos sobre esto. Actualmente leemos el Poema de Mío Cid (no lo cantamos; ni siquiera lo recitamos en voz alta) y, al hacerlo, estamos “adaptando” el modo de vida de una obra literaria medieval al de nuestra costumbres del siglo XXI. A nadie se le ocurre pensar que esto es una “gran traición” al espíritu del Cantar (llamado así precisamente porque se interpretaba de ese modo), y sin embargo, y en cierta manera, lo es. La alfabetización ha llevado progresivamente a la desaparición de la literatura oral. Y es que, sea evidente o no, cualquier “lectura” moderna conlleva inevitablemente cierta “tergiversación”.

Los que todavía muestran prejuicios acerca de la conveniencia o de la “impureza” de las “alteraciones” de los textos originales deberían pensar que las notas a pie de página o al margen, las introducciones o los apéndices explicativos de las ediciones de los clásicos suponen también una interferencia en el texto original o, dicho de otro modo, la injerencia de elementos ajenos con el objetivo de aclarar el significado de una palabra, el sentido de un pasaje o una referencia o alusión histórica. En cierto modo, estamos ante un tipo de adaptación: pasa el tiempo, cambian las coordenadas históricas, desaparece el mundo de referencias cotidianas que todo texto inevitablemente contiene. Todo en la lengua y en la literatura es cambio. Para entender el mundo de alusiones perdidas irreparablemente, necesitamos la ayuda de un filólogo que anote con amor lo que, ayer claro y meridiano, es hoy oscuro y engañoso.

Ningún lector medio podrá leer, sin la ayuda de las anotaciones de los filólogos especialistas las páginas extraordinarias de El Buscón. El ingenio de Quevedo extrae de la lengua española unos registros casi imposibles: sus juegos lingüísticos son tan sutiles, tan inteligentes, tan extremos, pero también tan apegados a los significados del español del siglo XVII y a la sociedad de esa época, que es totalmente imposible que un lector comprenda una página seguida sin que tenga que acudir al auxilio de las notas. Estamos, por tanto, ante una forma de lectura que nada tiene que ver con la que se practicaba en nuestro Siglo de Oro.

Nuestros estudiantes están acostumbrados a leer ediciones escolares de las obras clásicas y a ayudarse de las notas adaptadas a su nivel lingüístico y de comprensión. Pero con ello no hacen otra cosa diferente que los lectores comunes o incluso que los universitarios no especialistas. Digámoslo claramente: la lectura de los clásicos necesita de una intermediación, especialmente la de los clásicos anteriores al siglo XIX. Y no nos asustemos: conforme nos vayamos alejando de ese siglo, la necesidad de adaptar los clásicos producidos en él se hará más perentoria.

A veces, contra el sentido común, aceptamos como algo irremediable leer a Shakespeare en prosa o en verso adaptado o, en cualquier caso, traducido a nuestro idioma, y, sin embargo, ponemos reparos a leer a Calderón de la Barca de otra forma que no sea estrictamente la que salió de su pluma, sin que al parecer resulte contradictorio ni absurdo que leamos algo que fue escrito para ser representado, para ser visto y oído en unas condiciones muy distintas a las de hoy. Incluso algunos (no extrañará tanto lo que digo al que esté acostumbrado a entrar en estos debates) proponen simple y llanamente no leer los clásicos antes que “traicionarlos”. Eso se puede hacer con los extranjeros, pero no con los nacionales. Curioso despropósito.

Los hermanos Charles y Mary Lamb son conocidos en todo el mundo por ser los autores de los Cuentos de Shakespeare, una adaptación en prosa de las principales obras del gran autor inglés. Entiéndase bien: es la obra de Shakespeare no solo prosificada y adaptada, sino convertida en amenos relatos. Las numerosas traducciones a todos los idiomas cultos del mundo dan fe de la calidad de esta adaptación. Los Cuentos de Shakespeare se leen desde hace muchas décadas en España, con gran éxito además. Piénsese solo en las dificultades de comprensión de una obra dramática y compárese con la inmediatez de una breve versión en prosa que, además, no omite ningún detalle importante de la trama ni de la caracterización de los personajes. Todos los que, jóvenes o mayores, estén interesados en conocer a Shakespeare tienen en esta obra una magnífica iniciación. A partir de ella, podrán decidir qué obras querrán leer íntegras y en su versión propiamente teatral. Del resto, se limitarán a conocer el argumento, los personajes, los temas… Es una cuestión de libertad. El que quiera quedarse con eso, tendrá al menos una parte de Shakespeare. El que quiera profundizar tiene el camino abierto y desbrozado. Tenemos que estar agradecidos por ello a los hermanos Lamb y tendríamos que imitarlos haciendo lo mismo con muchos de nuestros libros.

Las adaptaciones y las versiones de los clásicos (incluso en forma de cómic o tebeo) han estado presente en la vida de muchos españoles. No hay, pues, que extrañarse. Es algo que ha existido “siempre”: llegar directamente a los clásicos era y es difícil, y lo será mucho más conforme vaya aumentado la distancia temporal y la brecha cultural entre el mundo letrado y el mundo tecnificado. Recordemos la famosa y benemérita colección Araluce, que realizó una labor tan extraordinaria que marcó la vida lectora de varias generaciones. La relación de obras que se publicó en este sello editorial fundado en la segunda década del siglo XX por Ramón Araluce admira hoy en día. En su catálogo está buena parte de la literatura universal. Luis Alberto de Cuenca ha rememorado bellamente cómo se inició en la lectura a través de esos libros:

“Me empezó a gustar la literatura por culpa de la colección Araluce, suculentamente subtitulada ‘Las obras maestras al alcance de los niños’, una benemérita biblioteca de clásicos, adaptados para la infancia […] inspirándose en una colección británica para su diseño y contenido” (1)

M.ª Victoria Sotomayor, que ha reflexionado con rigor sobre el asunto de las adaptaciones, ha recordado, en esta línea, la función social que cumplen:

“La intención de facilitar la lectura, divulgar conocimientos, dar a conocer a los clásicos e interesar a lectores no cualificados o no profesionales vincula de manera inequívoca esta incesante actividad de reescribir textos con la educación, entendida en su sentido más amplio. También hay razones de otra índole (comerciales, ideológicas, estéticas…) […], pero, al ser los lectores con menos competencia literaria los principales motivadores de textos adaptados en todos los tiempos, la función social de proporcionar productos adecuados a esta inmadurez como tránsito hacia la complejidad resulta evidente en dichos textos. No olvidamos otras razones: menos páginas, menos costes; lectura fácil, más potencial comprador. Pues aún en estos casos subyace la función social educativa que hay de hecho en toda acción divulgadora, aunque no sea consciente ni pretendida”(2)

No podemos hacer aquí una historia de las adaptaciones de los clásicos, pero solo hay que pensar en las colecciones de la editorial Bruguera para constatar que muchas generaciones de españoles se educaron leyendo las obras más importantes de la literatura universal en ediciones dirigidas al público juvenil, siempre ávido de aventura e intriga, en formas y versiones muy diferentes, entre las que se encontraba también su conversión en cómic o tebeo. La industria editorial hacía así frente a la diversidad de lectores que siempre ha existido, desde aquellos a los que les gusta la obra íntegra a los que prefieren leerlas transformadas en viñetas. La novela gráfica, tan en boga hoy ―continuamente se están adaptando a este lenguaje las creaciones más importantes de la literatura universal― no es ni mucho menos un invento de hoy.

 

Los textos en segundo grado

Pero, además, la adaptación de los clásicos constituye una operación que entronca con la tradición occidental y, desde luego, con las nuevas prácticas que se están desarrollando en Internet. No pretendamos conservar una pureza textual que nunca ha existido y que nada tiene que ver con los rumbos que toma la escritura en nuestro tiempo. Puede y deben leerse los textos originales ―ese es el objetivo final―, pero esa lectura no es en absoluto incompatible con una versión, una adaptación o una recreación.

María Victoria Sotomayor nos señala la intemporalidad del fenómeno que Genette ha llamado “literatura en segundo grado”:

“En todos los tiempos, desde los más remotos hasta la actualidad, la literatura ha circulado por todos los caminos, ha vuelto sobre sus propios pasos para releerse y reinterpretarse o para dotarse de nuevas formas y sentidos. Son los libros que hablan de otros libros, que los imitan, los comentan, lo traducen o los reinventan” (3)

Así pues, el respeto sagrado que algunos muestran por los textos originales no se corresponde con la práctica artística cotidiana. Existe una gran diversidad de textos originados a partir de otros. En este sentido, y en términos comparativos, una adaptación supone una ligera alteración del texto original.

En el teatro es muy habitual representar a los clásicos sin atenerse a las directrices de los montajes de la época en que se concibieron. Todos apreciamos la calidad artística de las versiones cinematográficas de los clásicos. Sabemos que son productos diferentes, pero reconocemos en las películas muchos valores de los libros: las situaciones, los temas, los personajes. No es infrecuente incluso que la película resulte un producto artístico superior al libro. Así ocurrió con algunos de los títulos fundamentales del gran director Alfred Hitchcock. Y es bastante corriente que la versión cinematográfica haga que un libro vuelva a ponerse de moda, a circular, a leerse. No debemos nunca infravalorar las interdependencias que tienen todas las obras artísticas. Son bastantes los libros que han estudiado esas fructíferas relaciones.

 

Tradición y sociedad de la información

Las tecnologías de la información y de la comunicación, y especialmente Internet, ponen de relieve algo característico de nuestro tiempo: la mezcla de modalidades discursivas. La red está poniendo patas arriba toda la construcción genérica y las modalidades textuales de la tradición literaria y lingüística anterior que ha llegado a nuestros día. Es evidente el deseo de los internautas (que ya somos casi todos) por construir cosas nuevas, distintas, en las que la mezcla de lo lingüístico, lo visual, lo ideográfico y lo sonoro es lo más característico. Y de ese mundo debemos aprender cosas: por ejemplo, que no tiene por qué existir “pureza” absoluta, que se puede mezclar todo, que no tenemos que ser esclavos de la tradición.

Pero ―dejémoslo bien claro― esto no quiere decir que haya que minusvalorar una tradición literaria que es de de una grandeza extraordinaria. No olvidemos que Internet no ha producido, con sus medios específicos, nada comparable. No seamos los más modernos del mundo y nos olvidemos de esta reflexión. Recientemente Daniel Cassany ha publicado En_línea. Leer y escribir en la red, una obra interesante donde aparece una y otra vez la inteligencia del ensayista, una inteligencia sin embargo lastrada por un prurito, para mí incomprensible, de apuntarse a todo lo moderno por el mero hecho de serlo:

“Las prácticas vernáculas de los jóvenes también incorporan numerosos recursos literarios, sea en espacios personales como los anteriores o en foros y webs específicos de literatura juvenil. Encontramos narrativa de fanfic o historia realista y poesía en verso y prosa […]. Son prácticas vernáculas, autogeneradas y libres, que podríamos considerar ‘al margen de la ley’, entendiendo que la ley es el canon literario oficial, el currículo escolar, los catálogos de editoriales o las convenciones establecidas de género, recursos y estilo” (4)

No se entiende muy bien por qué, para defender y aplaudir las “prácticas” literarias de Internet se desprecia una tradición que, como digo, ha aportado a la humanidad obras de una profundidad de la que está muy lejos cualquier producto actual de un internauta. Pasemos de largo sobre los nombres estrambóticos que tienen las cosas más normales del mundo, como eso de “prácticas vernáculas”, pero no podemos hacerlo con expresiones como “autogeneradas” o “libres”. ¿Es que no es una práctica “libre” que un joven escriba un cuento imitando, por ejemplo, a Edgar A. Poe? ¿Es que no sabe Cassany que las convenciones “establecidas” de género, de recursos y estilo no constriñen la libertad individual, sino que ofrecen moldes sobre los que estructurar el pensamiento literario? Todo esto ha sido estudiado profundamente por los teóricos de la literatura. Un autor tan inteligente como Cassany no debería hacer estas afirmaciones según las cuales Internet es el reino de la libertad, de la autonomía, de la imaginación, de la falta de imposiciones y, en cambio, la tradición anterior es el ejemplo de imposición y de limitación de la capacidad creativa. Ya no es posible ni deseable ni necesario vivir sin Internet, pero su existencia no invalida nada de lo que hemos hecho anteriormente, ni convierte la realidad anterior en pura obsolescencia. La adaptación de los clásicos debe poner en evidencia la voluntad de acercamiento al lector como un objetivo primordial que otros medios de comunicación como Internet consiguen con una cantidad ingente de recursos.

En cuanto al canon literario, también hay que empezar a reivindicarlo abiertamente. No sé si existe un “canon oficial”, como afirma sin más Cassany, pero lo que sí es evidente que, independientemente de que en él aparezcan obras que no merecen ese lugar, y de que todo es opinable, representa a pesar de todo, la selección que la tradición y la crítica han hecho de todo el legado de la literatura universal o de una literatura nacional. Precisamente, esa falta de criterios de calidad que existe en el universo de las nuevas tecnologías hace decir a Alberto Manguel que en Internet no es que esté todo, es que está “cualquier cosa”.

Dicho de otra forma, Internet y las prácticas literarias que en esa red se despliegan pueden darnos ejemplo de las potencialidades que tiene la inexistencia de límites, de apriorismos, de prejuicios y, desde luego, nos demuestra que ningún texto (ni siquiera el original) es intocable. Aprendamos, pues, de esa forma libérrima de actuar que tiene Internet para difundir la cultura, el saber, la literatura. Ábramonos a versiones, adaptaciones, traducciones, recreaciones de todo tipo. Por su parte, Internet tiene que aprender que el canon literario y artístico occidental se ha ido realizando a lo largo del tiempo con criterios de calidad.

 

NOTAS:

  1. Luis Alberto de Cuenca: “Mi biblioteca de la colección Araluce”, en El Ciervo. Revista mensual de pensamiento y cultura.

  2. M.ª Victoria Sotomayor: “Literatura, sociedad , educación: las adaptaciones literarias”, en Revista de Educación, núm. extraordinario, 2005, págs. 217-238.

  3. M.ª Victoria Sotomayor: cit., pág. 220.

  4. Daniel Cassany: En_línea. Leer y escribir en la red. Barcelona, Anagrama, 2012, pág. 98.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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