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Cristina Hall. Bailaora

 
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martes, 29 de octubre de 2019, 00:00 h.



Cristina Hall

Cristina Hall es un verso libre, en el mejor sentido de la expresión, como libre es su baile y su forma de entender el arte. Llegó al mundo del flamenco desde su California natal como resultado de una búsqueda a partir de una crisis existencial. Esta incursión se vio además alimentada, aunque no fuera la causa, por la amistad que unos vecinos tenían con Carmen Amaya, quien se alojaba en su casa cuando estaba de gira en San Francisco. Además, fueron estos vecinos quienes le regalaron a Cristina vinilos de la Niña de los Peines o Pepe Marchena. Cristina ha realizado giras por USA, Canadá, Holanda, Alemania, ha trabajado con bailaores como Israel Galván, entre otros, y con el coreógrafo francés Yann Lheureux. Aunque le encanta viajar, de momento siente que su nido está en Sevilla, donde cree que se vive mejor que en cualquier otro sitio. 

¿De dónde es  Cristina Hall? ¿Cuáles son sus orígenes?

Nací en San Francisco, pero mi madre es armenia y mi padre ítalo-irlandés.

¿Tuvo durante su infancia o juventud algún contacto con la cultura española?

No, nada. Bueno, tenía un vecino cuya mujer era española, aunque se había criado en Hawai. Me decían que cuando Carmen Amaya iba de gira por EEUU, se alojaba en su casa. Cuando él se enteró de que yo bailaba flamenco, me regaló unos vinilos de la Niña de los Peines.

¿Fue a través de ellos como comenzó a interesarse por el flamenco?

No, no... Fue a partir de una crisis a los 18 años en la que te preguntas quién soy, qué hago en el mundo, y de repente me vino esta idea, así... de la nada. En San Francisco siempre había habido mucho movimiento de flamenco. Venían artistas de gira y también se impartían cursos. En los dos años que estuve formándome allí conocí a mucha gente, veía muchas películas.

¿Su familia también era ajena a la cultura flamenca?

Sí, totalmente.

 

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¿Contó con su apoyo?

Sí, tuve el apoyo de mi familia, aunque mi padre quería que fuera a la universidad, pero al terminar en el instituto empecé a estudiar peluquería por tener algo si no me funcionaba lo del baile.

¿Tuvo formación como bailarina clásica?
No, comencé bailando flamenco. Antes de eso yo estudiaba violín en una escuela de arte, pero no era lo mío.   

¿Y cúando comenzó a aprender español?

Me encantaba escuchar los vinilos que me regalaron estos vecinos, aunque yo no entendía el español.  La mayoría empieza escuchando a Camarón, pero yo empecé con la Niña de los Peines, Pepe Marchena, Juanito Valderrama. A Camarón llegué más tarde. Lo que no entendía lo buscaba en el diccionario. Esto me ayudó luego cuando empecé a aprender español.

¿Cómo fue su llegada a España?

Tenía 18 años cuando vine. Llegué a Madrid, donde estuve algo más de una semana. Yo venía de una ciudad grande y no me apetecía instalarme en una gran ciudad. Había leído mucho, y tenía la imagen de un patio con flores. Madrid no era el escenario que yo había imaginado.

 

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¿Y a Sevilla?

Cuando llegué aquí me sentí como en casa, fue un poco raro, como si ya hubiera estado aquí antes. Lo que me chocó era que no entendía el idioma, y eso me frustraba. Además todavía existía la peseta, veía a mucha gente mayor, casi nadie hablaba inglés, no era como ahora; además, por el modo de hablar que tenían me parecía que estaban siempre enfandados porque gritaban mucho. Pero poco a poco me fui adaptando.

¿Se apuntó en alguna academia para seguir aprendiendo?

No, estuve aprendiendo en la calle durante cinco meses. Tuve suerte, ya que en poco tiempo comencé a tener trabajo, me salió una gira por Canadá a través de un amigo. Ensayaba mucho y aprendía muy rápido. Me preparé con diferentes maestros, no fue algo académico, ensayaba mucho por mi cuenta, veía mucho.

¿Cómo fue su experiencia con Israel Galván? ¿Qué aprendió de él?

Mi experiencia con Israel ha sido muy enriquecedora, aprendi de él que la posibilidades son infinitas y que en el flamenco no hay límites. Es un artista que da mucho y desde y sitio dentro de él muy honesto y puro. Aparte como maestro siempre ha sido muy positivo, te hace sentir que puedes bailar.

¿Cuál cree que es su personal aportación innovadora al baile flamenco?

Creo que mi aportación al flamenco es algo muy personal. Indago mucho en mis vivencias y emociones y las intento transmitir a través de mi baile con honestidad y libertad. Creo que el hacer esto me ayuda a unirme más a las personas, al público y a la vez a mí misma.

 

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¿Se ha sentido rechazada por ser extranjera? 

Sí, he sentido rechazo por ser extranjera en muchas ocasiones, por parte de compañeros y por parte de algunos tablaos y festivales. Me ha hecho reafirmarme más en lo mío e incluso me ha dado más fuerza para seguir.

¿Cree que el no ser española, andaluza o gitana puede ser una limitación para expresarse a través del flamenco?

En absoluto. Creo que cualquiera puede acceder a él independientemente de su nacionalidad.

En Francia trabajó con el coreógrafo francés Yann Lheureux. Juntos crean el espectáculo “Cristina”. ¿Cómo fue esta experiencia?

Trabajar con Yann fue muy interesante, aprendí que las posibilidades son infinitas a la hora de crear. Trabajando con él logré soltar mucho de mis propias ataduras dentro del flamenco. Hay mucha improvisación en esa pieza y cada vez que lo bailaba descubría otra parte de mí. Siempre creábamos en el mismo teatro y él me ponía en situaciones donde mi cuerpo era el que hablaba no mi mente. Muchas veces ni yo sabía lo que estaba haciendo, me dejaba guiar por mi cuerpo.

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Sus coreografías suelen ser muy personales; por ejemplo,  “White bird”...

Fue algo improvisado. Me gusta buscar espacios que me inspiran y dejarme llevar. Me encanta bailar en espacios abiertos.                                                                                        

¿Le gusta también el cante?

Sí, mucho.

¿Qué le parecen los nuevos cantaores jóvenes como María Terromoto, Rancapino, o José Valencia?

Me parecen geniales estos cantaores, me emocionan muchísimo  cuando los escucho cantar.                                                                                     

Usted también imparte clases de flamenco. ¿Disfruta haciéndolo?

Sí, me encanta.

 

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¿Qué habilidades debe tener un buen maestro y cuáles un buen discípulo?

Creo que un buen maestro sabe sacar lo mejor del alumno, sabe ver su personalidad y fomentarla. Creo que un buen maestro debe tener paciencia y elevar al alumno, darle ganas de seguir. Creo que un buen discípulo debe saber desafiar al maestro llegando a ser su propio maestro, es decir, coger la información del maestro llevándolo a su propio terreno para discernir lo que le sirve y lo que no.                                        

¿Qué le parece el fomento del flamenco en la Educación?

Creo que no hay el suficiente interés. Si ponemos a los niños delante de una pantalla para que no nos molesten, vamos a crear máquinas. Es un pena porque aquí hay una cultura muy rica, con mucha mezcla. Es interesante indagar ahí. Hay una letra en una seguidilla sobre los montes de Armenia, también se habla de Holanda y de muchos otros sitios. Por lo que sé, en el siglo XVIII Sevilla era una meca…

¿Tiene algún proyecto inminente?

Ahora estoy trabajando en algo sola, sin músicos, que se va a llamar “Tripolar” y habla un poco de tres maneras de expresar, tres energías y utilizando máscaras para tapar el rostro y que solo exprese el cuerpo. Va a ser como una performance, hacerlo sola requiere otro tipo de investigación. El cuerpo tiene tantas cosas que contar... un movimiento no es nunca el mismo. Me apetece mucho indagar en esto, quitar todas las capas. 

 

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Y además de esto, ¿está trabajando ahora?
Sí, estoy trabajando en tablaos.

¿Cree que echará raíces aquí?

No me gustaría volver a Estados Unidos. La verdad, no es donde mejor me siento. Me gusta tener mi nido en Sevilla y volar. Aquí se vive muy bien. He viajado mucho, pero como se vive aquí no se vive en ningún sitio, es calidad de vida. Pero no me gusta planificar demasiado.

¿Cuál es su fuente de inspiración?
Vivir, la vida. Hay que vivir, experimentar para crear.

 

 

https://cristinahallflamenco.com/

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