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Enseñar Poesía en el aula

 

viernes, 12 de abril de 2013, 09:18 h.



Javier Sánchez Menéndez

 

 

Javier Sánchez Menéndez


Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), es licenciado en Historia General por la Universidad de Sevilla y autor de diversos poemarios ("Motivos", "El violín mojado" , "Última cordura",  "Una aproximación al desconcierto", entre otros) . También ha publicado varias antologías y libros de ensayo. Ha colaborado como articulista y crítico literario en diferentes medios de comunicación y revistas. “Fábula” es su proyecto más ambicioso, un conjunto de diez libros en torno a la poesía y la vida.  En la actualidad colabora en la Cadena Ser, en la edición de Andalucía del programa “A vivir que son dos días”. Dirige la editorial andaluza La Isla de Siltolá.

 

Decía Juan Ramón Jiménez que si todos los gobernantes leyeran un poema por la mañana y otro antes de irse a la cama, al día siguiente actuarían de manera más justa y consecuente. Y el autor de Platero y yo tenía razón. Tan vigente es su comentario como el hecho de extrapolar esta situación al aula de un centro educativo.


Si a las alumnas y a los alumnos se les leyera todos los días un poema, no dudamos que serían mejores, incluso nos atrevemos a afirmar que se formarían como mejores personas.


La enseñanza de la poesía en el aula se establece, tradicionalmente, mediante mecanismos de aprendizaje, estrategias pedagógicas o guías y recursos didácticos que ya vienen condicionados. Defendemos otra forma de enseñar, una nueva manera de aprender: la lectura de poemas diariamente.


No se puede articular el proceso formativo si la base del camino, que es el docente, no posee la vocación necesaria o el gusto por el género poético. Volvemos a Juan Ramón y a sus conferencias que se recogen bajo el título de El trabajo gustoso. Todo es amor, debe ser amor y hay que amar la belleza.


El amor con gusto es mucho más amor, y difumina una grandeza que no otorgan los cánones clásicos ni las manidas articulaciones programadas para enseñar poesía. La única manera de enseñar poesía es leyendo poesía en el aula. Lectura en lentitud y de manera constante, todos o casi todos los días.


Hay un poso mágico que se instala con la lectura de la poesía, como una incorporación hacia una nueva verdad. Apunta Harold Bloom que leemos para fortalecer nuestra personalidad… como una praxis personal, mucho más que una empresa educativa.


Es la base de nuestra explicación: enseñar con el amor, con la manifestación de un trabajo gustoso y reconfortante. Dejar de ser para ser, o para dar, para acercar a las alumnas y a los alumnos al amor, a ser mejores personas.


La poesía ayuda al ser humano a ser fuerte, delicado –que diría el poeta de Moguer–. Hay que considerar el hecho de leer todos los días un poema en el aula, como si las alumnas y los alumnos fueran políticos, ciudadanos del aula que gobernarán en un futuro.


Nos adentramos en las enseñanzas de Juan de Mairena, de Antonio Machado. El aprendizaje dirigido a la mujer y al hombre para hacerlo ser humano, pero hombres y mujeres en el sentido último de la palabra. La enseñanza de la poesía ayuda a sembrar, a crear, y se recogerán los frutos dentro de unos años.


La única manera de enseñar poesía en el aula es por el camino del amor y la lectura. Amor de docente hacia el género lírico. La trasmisión de una realidad razonada y justa, consecuente. La poesía es una manifestación del arte mediante el uso de la palabra. Y solo puede aprenderse y enseñarse con la palabra auténtica.


Decía Antonio Machado: Hay muy poca diferencia entre aprender palabras y recitar conceptos. Son dos operaciones igualmente mecánicas. Lo que importa es aprender a pensar, a utilizar nuestros propios sesos para sentir, a ser nosotros mismos, para poner mañana el sello de nuestra alma en nuestra obra.


Y todo cuanto decimos sustentado siempre en la belleza, en ese concepto que Valle-Inclán definía como la posibilidad que tienen todas las cosas para crear y ser amadas. Es la incorporación a la verdad por la belleza, que dijera Juan Ramón Jiménez.


El docente debe seleccionar, en función de la edad, los poemas que habrán de ser leídos diariamente. La edad del alumnado no debe ser un obstáculo, siempre hay poesía para todas las edades. Las administraciones educativas tendrían que incorporar poemas en función de las etapas educativas. Pero poemas para ser leídos, simplemente, no que figuren en las unidades didácticas, fuera de ellas. Poesía como complemento del aprendizaje. La selección desempeña un papel fundamental, el alumnado asimilará como hace con la naturaleza ante sus ojos. Es la base de la libertad, del concepto virtud.


Comprensión, madurez, lectura diaria, evolución del lenguaje oral, riqueza léxica y semántica, técnicas de comunicación, creer, sentir, crecer. ¡Cuánto pueden ganar los alumnos y las alumnas con la simple lectura de un poema al día!


En una ocasión me invitaron a un centro educativo para leer poemas. Cuando observé el rostro de los niños y las niñas decidí no leer ningún verso propio. En cambió recité a Machado, a Lorca, a Juan Ramón, a Neruda. Los rostros de los adolescentes se volvían incandescentes, furtivos. Intenté trasmitir la belleza con la palabra ajena, pero con un tono y ritmo necesarios y cadentes.


Indicó el poeta Luis Rosales que el tono y la actitud eran dos mandamientos de respeto al prójimo. Piensen que la actitud –siguiendo a Rosales– es necesario enfatizar. El tono ruiseñor y dejativo. Ganémonos el interés con nuestro ejemplo, con la trasmisión de esa belleza y ese amor hacia la poesía.


Leamos todos los días unos versos a nuestros alumnos y alumnas. Lo haremos con pasión, con el afecto y la viveza de alguien que forma y educa, y hace fuertes a las mujeres y a los hombres del mañana.


¿Cómo podemos articular esta forma de enseñar poesía en el aula? Con la simple elección en el amor y la belleza, y con la constancia, todos los días. Un poema al día leído a nuestro alumnado les hará mejores, y nosotros seremos todavía más importantes en sus vidas, aquellos docentes que les enseñaron a crecer en la verdad y la belleza, que es la virtud.

 

Ejemplos de lectura diaria

Lectura diaria para niñas y niños de Primaria. Se utilizarán poemas narrativos, como romances de Federico García Lorca (no del Romancero Gitano). Se trata de poemas que el alumnado entiende, comprende y asimila bien. También se utilizarán canciones de Alberti o del propio García Lorca (incluso villancicos).


Estas actuaciones ayudan a familiarizarse con la poesía, las niñas y los niños pueden ver y saber. En estas edades el desarrollo de la mente abstracta todavía no está culminado y se precisa ver para entender.


También se pueden utilizar poemas vanguardistas que proporcionan imágenes, de fácil asimilación mental en el alumnado: “El columpio” de Gerardo Diego o los poemas visuales de la primera etapa de Antonio Machado.


Las estrategias que puede utilizar el docente son variadas. Que el alumnado responda a preguntas sencillas, de qué trata el poema, qué les ha llamado la atención, incluso que elaboren un pequeño resumen del mismo.


De forma intuitiva, el ritmo, el tono, se asimilan en la mente de los niños y las niñas, la riqueza literaria deja poso lingüístico.


En los niños y niñas de Secundaria ya hay ciertos conceptos que pueden entenderse. La visión de mundo se va formando de manera interesante y los poemas que se elijan alimentarán y facilitarán la propia formación.


Por ejemplo, poemas que ayuden a potenciar los estados de ánimo. Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, o Bécquer. En estas edades ya se puede exigir algo más: a entender las metáforas, a imitar los recursos más elementales y, lo más importante, a comenzar a crear sus propios textos, aunque nazcan de la imitación.

También, a estas edades, se recomienda intercalar letras de canciones que son, en el fondo, poemas.

Leer para crecer, leer para vivir, leer para ser mejores personas.

 

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