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7 Gerundios Esenciales para la Educación y la Vida

 
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viernes, 17 de mayo de 2019, 12:20 h.



Luis Castellanos

 

 

Luis Castellanos, Doctor en Ética por la Universidad del País Vasco y Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Navarra, está considerado como uno de los mayores expertos en lenguaje positivo. Sus investigaciones neurocientíficas se han realizado principalmente con EEG (electroencefalogramas). Apoyado en los resultados clínicos obtenidos, ha demostrado la influencia que tiene el uso del lenguaje positivo en la educación. Autor, entre otros, de los libros “La Ciencia del Lenguaje positivo” y “Educar en el Lenguaje positivo”, ha desarrollado herramientas y programas sobre el lenguaje positivo aplicados al mundo educativo, deportivo, empresarial y político. Convencido de que el lenguaje positivo nos hace más creativos y nos impulsa a tener una buena historia de vida, ha llevado a cabo el proyecto “Palabras Habitadas”, desarrollado en un Instituto Público de Secundaria. A través de él, Castellanos ha demostrado que gracias al cambio en su lenguaje, profesorado, familias y alumnado han experimentado beneficios en aspectos como la comunicación, la resolución de conflictos y el aprendizaje. 

 

¿Qué promesa guardas en tu corazón? Es una buena pregunta para construir una vida feliz y un mundo mejor. Además, es una afirmación esencial: todos encerramos un sueño, todos somos una promesa, todos llevamos un futuro dentro de nosotros.

Para mí, educar es atender a los sueños que cada uno atesoramos en nuestro corazón.

¿Cómo me sueño? ¿Cómo soñamos a los otros, a la humanidad? ¿Cómo soñamos nuestros hogares, nuestras calles, nuestros trabajos, nuestras ciudades…?

¿Cómo soñamos nuestra educación para construir un buen futuro?

Si queremos tener una buena historia de vida, es capital que tomemos conciencia de nuestro lenguaje: averigüemos qué gestos y qué palabras crean nuestros relatos y construyen la historia de nuestra existencia y, sobre todo, cómo narramos nuestros sueños. Necesitamos darnos cuenta del lenguaje con el que relatamos lo que nos sucede y con el que relatamos el mundo.

Para ello, mi primera propuesta es que reconozcamos cuál es el lenguaje que predomina en nuestro día a día. Estas son algunas preguntas para que comprendamos el poder que ejercen las palabras en nuestro bienestar físico, mental y emocional:

¿Qué palabras sobrevuelan tu vida?

¿Con qué frecuencia piensas en las palabras que estás respirando?

¿Qué palabras están aspirando tus hijas e hijos?

¿Cuál es la dinámica cotidiana de tu lenguaje? ¿Es positiva o negativa?

¿Te has parado a pensar si tu lenguaje es tóxico? ¿Cómo puedes descubrirlo?

¿Sabes cuál es el impacto inmediato de las palabras contaminantes, de las palabras negativas en la salud y en el bienestar?

¿Sabes cómo protegerte de la contaminación del lenguaje?

¿Podemos medir la salud de nuestras conversaciones?

 

Lenguaje positivo (ED.2.png)

 

Hablo de la salud del lenguaje porque sé que hay palabras y gestos que roban el regalo más preciado: los años de nuestra vida. Porque las palabras y los gestos dañinos son, a veces, magulladuras en el cuerpo y, en el peor de los casos, balas en el pecho.

Nos contamos y creamos historias para definir nuestra existencia y cómo nos sentimos en ella. Cuándo las palabras negativas, tóxicas, están enjauladas en nuestro corazón, en nuestra mente y no las dejamos volar, sufrimos y sufrimos. No queremos salir a sentir otra vida, salir a vivir otro lenguaje. Entonces damos comienzo a la liturgia del sufrimiento. A una historia dañina.

El lenguaje y las palabras positivas promueven la salud narrativa. El verdadero reto es cómo creamos narrativas saludables. Por ello, es importante averiguar a qué dedicamos nuestra atención y nuestro tiempo. ¿Dónde dirige nuestra mirada el lenguaje? ¿Hacia qué historia de vida?

La crisis actual en el sistema educativo está relacionada con la contaminación del lenguaje que tenemos. Podemos empezar a resolver esta situación si prestamos más atención a cómo construimos nuestra historia, si dedicamos más tiempo para que sea una buena historia de vida, si somos más conscientes de nuestro lenguaje oral, escrito y gestual, si aprendemos a elegir nuestras palabras y nuestros gestos, si aprendemos a ser más libres de los lenguajes tóxicos que nos sobrevuelan, dentro y fuera de nosotros. Necesitamos educar a nuestras hijas y a nuestros hijos en el talento del lenguaje: una herencia valiosa y una herramienta maravillosa para comunicarnos mejor con nosotros mismos y con los demás.

Educar es enseñar la libertad de tu lenguaje respecto a tu vida y tu futuro. La libertad de elegir el relato de tu habla interior que es la voz más poderosa que existe.

 

 

La ciencia del lenguaje positivo (ED.7.png)


En mi libro “Educar en lenguaje positivo. El poder de las palabras habitadas”, recojo estas palabras poderosas de un alumno de 13 años que ha participado en nuestro proyecto educativo. Su testimonio es un ejemplo de cómo el lenguaje sobrevuela nuestra existencia y a menudo determina la forma de relatarla:

«Me ha gustado mucho la participación, me ha hecho mejorar en cuanto a optimismo propio. Yo soy optimista por la gente, pero nunca por mí. Siempre veo mi lado malo y nunca me fijo en el bueno, pero si alguien necesita un hombro en el que llorar ahí entro yo a ayudarle, a cumplir sus pedidos y hacer lo que haga falta por ver una sonrisa. Yo prefiero que me hagan daño antes de hacerlo. Simplemente porque no me sentía muy querido conmigo mismo. Como yo era el único que sabía mis secretos y mis rarezas, siempre me las decía frente al espejo y lo que me decían mis padres lo usaba contra mí, también en el instituto la mitad de las veces sonreía sin ser verdad. Cuando hicimos lo de pegarnos los papelitos en los pies, vi que la gente no pensaba lo mismo que yo sobre mí: que era un fracasado sin futuro por mis notas, que soy mala persona, etc. Ya no pienso en eso, a no ser que me deprima por algo muy grande. Y gracias a eso ya no pienso en lo malo sino en lo bueno: por ejemplo, no soy muy optimista pero afortunadamente voy a cambiar. Así que gracias a todos.»

Las historias son la base de nuestra identidad racional y emocional. Desde que nacemos aprendemos a relatarnos, construimos nuestro estilo narrativo, nuestra sensibilidad, nuestros sentimientos, nuestras razones… y con todo ello aprendemos a responder a los sucesos de la vida. Son nuestros sentimientos, nuestros razonamientos y nuestra imaginación los que respiran y toman la forma de lenguaje.

La clave está en aprender a elegir las palabras con las que narro mis sentimientos y mi historia. ¿Estoy dispuesto a elegir el lenguaje de mi vida? Ese lenguaje que da forma a mi tiempo, a mis minutos, a mis horas y días… ese lenguaje que crea el espacio de mi mirada sobre la existencia. Es decir, el espacio que me invita a ver el lado favorable de la existencia.
Como en el relato del alumno, a veces, nos contamos nuestra historia frente al espejo: al mirarme, me encuentro, cara a cara, con mi verdad, con quién soy y con las palabras que me definen y, en ellas, también puedo encontrar quién creo que seré potencialmente en el mundo. Ese lenguaje que me habita y me posibilita.

¿Qué lado de tu vida ves, pero, sobre todo, qué matices y contrastes predominan en tu visión? ¿Te sientes querido por ti mismo? Porque nuestra historia es una contradicción en busca de armonía. A veces, usamos el lenguaje contra nosotros mismos, quitándonos esperanzas.  Otras veces, las palabras iluminan nuestro destino. Afortunadamente, creo que encontrarme, cara a cara, con mis palabras habitadas me ayuda a “ver” cómo puedo construir mi sueño. Esa es la magia del lenguaje positivo: alcanzar la promesa que encierra mi corazón. Imaginar mi lenguaje para imaginar mi vida.

¿Cuántas veces nos tropezamos y caemos al escribir las primeras páginas de nuestra historia? ¿Cuántas veces nuestros relatos esquivan la felicidad, la alegría, el bienestar? ¿Cuántas veces nuestras palabras nos impulsan a levantarnos?

Esto tiene que ver muchísimo con la educación. ¿Cómo soñamos la promesa que llevamos dentro de nosotros? ¿Cómo es nuestro habla interior? ¿Cómo la creamos? ¿Y cómo nos enseñan a construirla? Porque el habla interior es esa fuerza, casi misteriosa, que manda en nuestra vida… “soy el único que sabe mis secretos y mis rarezas”.

Construir la identidad, un estilo lingüístico y un estilo de comportamiento es la propuesta de educar en lenguaje positivo. Descubrir esa capacidad que poseemos de relacionarnos e interactuar con la vida viendo el lado favorable de las cosas. Viéndola desde el lenguaje y el poder de las palabras para comprender de forma diferente y positiva la vida.

La educación es la capacidad de aprender a construir las buenas historias que nos vamos a contar a lo largo de la vida. Las que van a definir las potencialidades de nuestra existencia. Las que son capaces de ayudar a construir un habla interna positiva para que encontremos las palabras que crean un buen futuro.

 

Luis Castellano (IMG_5921.JPG)

 

Por eso os propongo 7 gerundios para la educación y la vida.

Educar el lenguaje que nos habita es el reto y el desafío de cuidar la vida, es aprender a utilizar los gerundios esenciales con el presente de indicativo activado “estoy”:

  1. Atendiendo. Es una elección mirar con ojos de querer ver.  Sentir lo mirado. Comprender que es lo que te mantiene feliz. Atendiendo a la vida dentro y fuera de ti.
  2. Alentando. Las palabras viajan por el aire. Tu aliento se siente. Se respira. ¿Cuidas el aire, el aliento, que sale de ti en forma de palabras? ¿Cuidas el lenguaje de tu cuerpo que da ánimos y alienta la vida?
  3.  Cuidando. Cuida tu lenguaje porque el cuidará de ti. Cuidando tus palabras, cuidando tus gestos son los primeros actos de bondad. Son el primer paso para ir cuidando a otros.
  4. Emocionando. Estoy queriendo, estoy amando. Es el “cómo” más maravilloso del ser humano: hacer sentir emociones en el cuerpo y en al alma que invitan a sentir y vivir la vida. Impulsan la vida, el deseo de experimentarla en profundidad.
  5. Apoyando. Gerundio maravilloso. Todos dependemos unos de otros. Aprendemos a vernos como personas que podemos apoyar a otros a realizar sus sueños, a descubrir, aquí y ahora, actos de amabilidad y bondad. Todos alguna vez hemos sido apoyados y hemos apoyado. Dependiendo unos de otros aprendemos el respeto.
  6. Perdonando. La perfección no es muy buena compañera de viaje, todos podemos cometer errores  y es fascinante aprender palabras de perdón que se puedan dirigir a otros y, sobre todo, hacia nuestro corazón, hacia nosotros mismos. Esa paz interior que dibuja la armonía en el horizonte de nuestra existencia.
  7. Agradeciendo. Es una buena relación con el tiempo de nuestra vida, con el tiempo que somos cada uno de nosotros que reconozcamos los actos de amabilidad, de amor que otros hacen por ti. Expresar los agradecimientos nos invita a seguir amando que es el mejor verbo de la vida.

Estoy atendiendo, estoy alentando, estoy cuidando, estoy emocionando, estoy apoyando, estoy perdonando, estoy agradeciendo… entonces, estoy amando.

Ese es el poder de las palabras. El poder de educar en lenguaje positivo para que podamos transformar nuestras aspiraciones como personas en una nueva realidad emocionante y más poderosa que nos permita diseñar una mejor naturaleza humana.

Este es el reto, el desafío final que os propongo: encontremos mejores palabras en nuestro interior, en nuestro hogar, en la educación, en nuestro trabajo, en la sociedad, en la humanidad para hacer de este mundo un lugar mucho más habitable, más alegre, más bondadoso, más sabio y más feliz.

 

Luis Castellanos. Twitter: @Palabrahabitada

 

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