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Herramientas de comunicación para la Inteligencia Emocional

 
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jueves, 23 de abril de 2015, 11:15 h.

Dos herramientas esenciales en el maletín del educador



Alberto Ortega Cámara

Alberto Ortega es educador de vocación y profesión. Profesor de secundaria desde 2003 a 2011 en las ciudades de Sevilla y Nueva York y experto en coaching personal, es creador y facilitador del Programa de Implantación de la Inteligencia Emocional y Social en el ámbito Educativo y entrenador de habilidades de Inteligencia Emocional y Liderazgo para particulares, educadores y adolescentes.

Alberto Ortega Cámara
www.albertoortega.es
www.4mar.es

 

Son numerosas y efectivas las herramientas que se proponen desde la Inteligencia Emocional y el coaching para la adquisición de pautas efectivas en la relación con uno mismo y con los demás. En una profesión definida por las relaciones interpersonales como la educación, estas herramientas cobran un especial interés. Además, siendo nuestro objetivo como educadores que nuestro alumnado alcance el éxito escolar y personal, la Inteligencia Emocional toma una especial fuerza ya que, según Daniel Goleman, tiene una relevancia mayor que el CI (Cociente Intelectual) para la adquisición del éxito tanto profesional como personal: ¿quién no conoce personas muy inteligentes a nivel intelectual y que no son personas exitosas y personas de quienes podemos averiguar un CI moderado con una vida de éxito en lo personal y lo profesional?

Es por esto que en los últimos años desde las administraciones públicas se está favoreciendo la aplicación de programas formativos en Inteligencia Emocional para sus profesionales. Éste es el caso del Programa de Implantación de la Inteligencia Emocional y Social en el Ámbito Educativo (PIIE) que, en los últimos tres años, ha formado a más de un millar de profesionales de la educación a través de los CEPs de Lebrija (Sevilla), Osuna (Sevilla), Orcera (Jaén) y Aracena (Huelva) para que sean diestros en el manejo de las competencias emocionales y que la educación emocional llegue a las aulas de una manera efectiva y divertida.

De entre todas las herramientas que proporciona el PIIE, voy a destacar a continuación dos que son esenciales, por ser las que abren el camino a la posibilidad del cambio de conducta en nuestro alumnado y que propician actitudes responsables, proactivas y emprendedoras, integradas dentro de la nueva competencia clave de la LOMCE: “Sentido de iniciativa y espíritu emprendedor”.

  1. La pirámide Neurológica de Robert Dilts

Robert Dilts, conocido por sus conocimientos en PNL (Programación Neurolingüística), utiliza la metáfora del iceberg para que entendamos que cualquier ser humano, incluidos nuestros alumnos y alumnas, son mucho más que sus conductas, que componen, exclusivamente la punta del iceberg (en torno al 10% de la totalidad de su personalidad). En mi experiencia con el trabajo de profesionales de la educación y familias, una de las grandes dificultades que nos encontramos a la hora de obtener resultados distintos con las personas a las que educamos es que solemos identificarlos con sus conductas. ¿Cuántas veces no hemos dicho o escuchado “este alumno ES muy vago”, “menganita ES muy tímida”, etc…? Pongo en estos casos el énfasis en el verbo que hemos utilizado: el verbo SER. Si nuestros alumnos y alumnas SON inseguros, impuntuales, vagas, irresponsables, agresivos... ¿Qué posibilidades dejamos al cambio?... ninguna.

Si queremos por tanto un cambio de conducta en nuestro alumnado es necesario que empecemos a ser capaces de ver mucho más allá de sus resultados y sus actitudes para poder encontrar dentro de ellos la posibilidad de SER quienes ellos y ellas elijan.

Entiendo que cuando la conducta es reiterada y hemos recogido toda la evidencia del mundo de que son así, puede resultar un ejercicio titánico el enrolarnos en la conversación de que son poderosos, disciplinados, trabajadoras, responsables y altruistas. Sin embargo, ¿ese niño nació agresivo o sintiéndose inseguro de quien él o ella era?... probablemente no, entonces ¿qué ha ocurrido en medio? Robert Dilts dice que son nuestros pensamientos y creencias los que nos llevan a tomar una serie de acciones y que las personas que piensan que son torpes, agresivas o inseguras lo acaban siendo o, mejor dicho, acaban adquiriendo esa conducta. Es probable que quienes piensen de sí mismos que son torpes hayan oído esa afirmación en el pasado de familias y educadores y no es un apoyo para ellos que sigamos reiterando esa opinión sobre ellos, especialmente si lo que queremos es generar un cambio.

En realidad es fácil si somos capaces de doblegar nuestra necesidad de llevar razón en nuestras opiniones, ahí es donde la Inteligencia Emocional nos va a apoyar no sólo como profesionales de la educación sino también como personas. Ahora que sabemos que eso que nosotros percibimos en la gente de nuestro alrededor es sólo la punta del iceberg, quizá podamos empezar a decir enunciados sobre nuestros alumnos y alumnas que sean coherentes con el resultado que queremos obtener en ellos. Quizá también podamos empezar a distinguir la conducta (que puedan estar teniendo en un momento específico) de su identidad y podamos, así, relegar el verbo SER para adjetivos empoderantes y empezar a crear una personalidad efectiva en ellos a través de nuestra palabra.

      2.- Comunicación efectiva según el análisis transaccional.

Cuando recibimos a los niños y niñas en Educación Infantil comenzamos la tarea necesaria de que sean capaces de distinguir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto y nuestro interés radica en que sean obedientes y que hagan su trabajo bien. Esta tarea es necesaria para que sean capaces de desarrollar lo que el análisis transaccional denomina el “estado yo-padre”. Esta parte nuestra, también como educadores y educadoras, es una parte protectora, que se comunica con imperativos (“Menganito, ¡bájate de la silla!”), distingue lo correcto de lo incorrecto y cataloga la realidad en un universo maniqueo bueno-malo, blanco-negro. Acceder a este estado propio en la comunicación con nuestro alumnado es efectivo cuando lo que queremos es que reaccionen a nuestras instrucciones, hagan lo que nosotros queremos y sean obedientes. El castigo o sentimiento de culpa estarían integrados también dentro del paradigma del yo-padre.

Sin embargo nuestra tarea como profesionales de la educación también es que nuestros alumnos y alumnas desarrollen un espíritu crítico, sean responsables y proactivos y capaces de tomar la iniciativa cuando no haya ninguna instrucción de por medio. En realidad lo que queremos es que sean capaces de decir “no” cuando alguien los incite al consumo de drogas en el futuro y de transgredir la frustración de posibles rechazos personales y profesionales… para todo esto la comunicación desde el yo-padre no es efectiva.

El análisis transaccional dice que la comunicación que es efectiva es la que se da entre iguales. Mientras nosotros nos comuniquemos desde el yo-padre al yo-niño, las personas a las que educamos pueden aprender a ser obedientes pero estamos perpetuando el paradigma padre-niño. Los niños son por definición caprichosos, inconstantes y hacen lo que quieren y nuestro alumnado se va a ver atrapado entre la obediencia y la desgana, la culpa y el resentimiento. Lo que va a  dar el verdadero poder a nuestros niños y niñas, especialmente cuando lleguen a la adolescencia, es la capacidad de elegir por sí mismos actitudes y conductas que les vayan a hacer felices.

Para esto lo que propone el análisis transaccional es que seamos capaces de bajar al yo-adulto (vs. yo-padre) y escuchemos a las personas a las que enseñamos, nos comuniquemos con preguntas, estemos abiertos a negociar con ellos y dejar de llevar la razón en que “las cosas son así” y las apoyemos a que sean capaces de valorar los precios y las recompensas de cada una de sus acciones.  También podemos cambiar los castigos por acuerdos previos y específicos y apoyarles a elegir interpretaciones responsables (vs. Culpables o víctimas). Esto romperá la comunicación Padre-Niño y les permitirá subir al estado yo-adulto, espacio funcional para la creatividad, la responsabilidad, el espíritu crítico y el emprendimiento. Crearemos así personas libres de elegir y desde su libertad, enrolarlos en el valor de conductas y actitudes que les van a llevar a ser felices y tener éxito.

En mi experiencia personal como docente, facilitador de talleres para educadores y familias y como coach para adolescentes veo continuamente cambios de actitud impensables para personas que quieren seguir llevando razón en su percepción del mundo y, con él, de sus alumnos y alumnas. Una nueva manera de relacionarnos está encima de la mesa y nosotros como profesionales de la educación podemos hacerlas llegar a nuestro alumnado, quienes serán los líderes de nuestro país y nuestro mundo dentro de algunos años… si lo elegimos, claro.
 

 

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