l coche se ha convertido en un preciado símbolo de estatus, un objeto que, según la industria de la publicidad nos hace creer, refleja nuestra personalidad, nuestros deseos y nuestras aspiraciones sociales. Anuncios extravagantes representan mensajes de libertad, sensualidad y poder, por lo que se traducen en potencia, velocidad y suelen estar unidos al lujo, la ostentación y la conquista por lo que se presentan junto a modelos o actrices de gran belleza a los que se comparan. Todo vale si se venden más coches que la competencia.
El coche domina nuestras calles y se construyen nuevas carreteras que se deslizan por paisajes devaluados y los niveles de contaminación aumentan. Cuando un vehículo sale de la factoría le esperan, según estudios de la Unión Europea, 29.000 kilómetros cuadrados de carreteras, es decir, el 1,3% de la superficie comunitaria ocupada por carreteras, calles y aparcamientos para coches.
La publicidad disimula la dura realidad de nuestra dependencia: el humo de nuestros cielos, el plomo de nuestra sangre, la lluvia ácida que destruye los árboles, la decadencia de nuestras calles y los atascos son algunos de los inconvenientes de los vehículos a motor.
Algunos de los riesgos de los vehículos de transporte son la fuerte contaminación del aire, su contribución al cambio climático, el deterioro de los hábitats naturales y la expoliación de los recursos naturales. Tanto la fabricación como la posterior eliminación de los vehículos conllevan grandes costes energéticos. Para que se fabrique un utilitario de unos 850 kg. de peso se necesitan 2 toneladas de petróleo, numerosas materias primas y productos industriales como acero, aluminio, caucho, pinturas, vidrio y plásticos que además acarrean enormes costes medioambientales.
A través de estudios de los propios fabricantes, se ha determinado que un 20% de la energía utilizada por un automóvil se consume en el proceso de extracción y procesamiento de materias primas y en la fabricación del vehículo. De otro lado, la creación de infraestructuras, para que puedan rodar los vehículos, son enormemente costosas, pues, para construir cada km., se necesitan 1.500 kg. equivalentes de petróleo en asfalto y la misma cantidad para satisfacer la demanda de combustible de la maquinaria de obras públicas.
Por la red de carreteras española circulan más de 13 millones de vehículos al año – en su mayoría turismos – que emitieron a la atmósfera 51 millones de toneladas de dióxido de carbono; 2 millones y medio de monóxido de carbono; 531.000 de óxido de nitrógeno; 491.000 de compuestos orgánicos volátiles; 75.000 de dióxido de azufre; 36.000 de partículas sólidas; 3.000 de plomo; 11.000 de metano y 425 de amoniaco. El tráfico motorizado tiene una responsabilidad del 81,7% de la emisión de contaminantes, frente a la industria –9,6 %– y
sector doméstico – 8,6%–.
A ello hay que añadir los líquidos que constituyen parte del automóvil y que si no se extraen cuando se abandonan cuando llegan a los desguaces pueden producir vertidos: líquido de frenos, ácidos de las baterías, gas CFC o su sustituto el HFC –que tiene un potencial de calentamiento global de la atmósfera de 3.200 veces del dióxido de carbono–, la gasolina y los aceites lubricantes. Precisamente, el aceite usado no se recicla totalmente, sino que se quema en cementeras y yeseras liberando a la atmósfera los preligrosos PCBs disueltos en el lubricante.
Los neumáticos son prácticamente indestructibles y son refugio de insectos y roedores, acumulan lixiviados y gases y aumentan los riesgos de incendios con emisiones de monóxido y dióxido de carbono, dióxido de azufre y hollín en grandes cantidades.
Por lo tanto, en nuestros desplazamientos debemos utilizar el autobús o el tren, que consumen aproximadamente la mitad de la energía que un automóvil particular y contaminan menos. Con todo, si el uso del turismo es inevitable, debemos realizarle puestas a punto regulares que alargan la vida del vehículo y reducen el consumo de combustible entre un 3 y un 9%. El motor diésel consume un 30% menos que el de gasolina, pero también la conducción influye ya que pueden existir diferencias de un 30% entre una conducción normal y otra brusca; un coche que sobrepasa los 100 Km/h aumenta el consumo de combustible en un 35% y la emisión de contaminantes a la atmósfera es directamente proporcional.Un automóvil con los neumáticos mal hinchados consume un 5% más de combustibles que con la presión adecuada.
Cada ciudadano y ciudadana de la Unión Europea recorre una distancia media de 31 km al día en cohe. Las autoridades de Bruselas han calculado que el coste de los atascos asciende anualmente a 108.000 millones de euros – se incluyen costes energéticos, contaminación y pérdida de horas de trabajo –. En cuanto a accidentes, sólo en nuestro país, tienen un coste económico de 24 millones de euros diarios, similar a la cantidad que ingresa España por turismo – no se han computado en este montante lo que cuesta mantener a las personas con lesiones graves o irrecuperables–.
Informes de la Unión Europea arrojan resultados sorprendentes, pues en algunas ciudades europeas la media de velocidad en coche es inferior a la de los coches de caballo del siglo pasado: en Barcelona por ejemplo, la media de velocidad en la población es de tan sólo 13 Km/h. Otro apartado a tener en cuenta es el ruido que afecta a la ciudadanía en zonas de gran tráfico rodado. La ocupación media de cada vehículo es de 1,3 pasajeros y pasajeras con el consiguiente despilfarro de combustible y espacio.
Debemos ser conscientes de la importancia de sustituir nuestros desplazamientos por transportes colectivos, máxime porque por ahora los sustitutos de los derivados del petróleo no están ni a medio plazo disponibles, no habiéndose logrado con los automóviles eléctricos ni autonomía ni velocidades ni precios competitivos. La bicicleta es otra alternativa real en algunos países como Holanda y tiene las ventajas de no contaminar, ser saludable, no ocupar espacio, no emitir ruidos molestos y ser relativamente rápida – entre 8 y 10 km es bastante eficaz. Con la energía que un turismo recorre esos 8 ó 10 km – 1 litro– el ciclista recorre un trayecto de 500 km.
Por ello debemos concienciarnos de que, si bien el coche forma parte de nuestras vidas, debemos limitarlos al máximo en nuestros desplazamientos en la ciudad, donde a veces puede realizarse el desplazamiento a pie, en bicicleta o en moto de escasa cilindrada.

Montserrat Castro Rodríguez

 

 

 

 

 



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