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Paisaje y Patrimonio en los espacios naturales protegidos

Sierra de Aracena y Picos de Aroche

 

Amalia Tarín y Antonio Fajardo (textos y fotos)
Geógrafos. Autores de "Sierra de Aracena y Picos de Aroche: recorrido natural y cultural".

    Paisaje y patrimonio: conceptualización y problemas derivados de las competencias de gestión

El paisaje es un concepto complejo y diverso. Su análisis hoy día cada vez tiene más predicamento, ya que es un indicador de calidad del territorio, reflejo de unas condiciones naturales, del paso del tiempo y sobre todo de la acción humana, pues el hombre es productor y consumidor del paisaje. El análisis del paisaje es una ciencia multidisciplinar nueva con metodología aún poco asentada y sin trascendencia en la gestión pública, ya que las políticas de ordenación del paisaje carecen de una regulación normativa activa y coordinada y se limitan a la integración de las distintas obras y construcciones en el paisaje, o a la declaración de paisajes protegidos, focalizando su atención a los espacios de mayor valor.

En el ámbito europeo existe una creciente atención hacia este recurso. Así, la Carta del Paisaje

 Mediterráneo (1993) recoge la intención de los firmantes de realizar una política de ordenación del territorio que favorezca el mantenimiento activo de los valores paisajísticos. También en el importante documento comunitario Perspectiva Europea de Ordenación del Territorio (1999) se destaca la conveniencia de una gestión creativa de los paisajes culturales y de la dimensión paisajística del patrimonio cultural y natural. La Convención Europea del Paisaje (Consejo de Europa, 2000) supone el hito más importante en este proceso: reconoce el paisaje como un componente fundamental del patrimonio natural y cultural, así como de la calidad de vida de las poblaciones y un recurso favorable para el desarrollo económico.

El término patrimonio ha querido ser entendido en este artículo desde su consideración más abierta, pues incluye también numerosas acepciones. Durante mucho tiempo ha estado ligado a lo histórico, lo que le relacionaba exclusivamente con bienes de interés artístico que era necesario proteger. Hoy día este concepto se asocia al presente y tiene un significado mucho más amplio: se identifica con el conjunto de elementos naturales o culturales, materiales e inmateriales, históricos o creados en la actualidad, en el que los habitantes de un territorio se reconocen, y que ha de ser transmitido a las generaciones venideras.

Patrimonio natural y cultural, normalmente por cuestiones de competencia administrativa, han estado y están habitualmente disociados y no existe una regulación normativa integradora, sino apreciaciones puntuales desde las diversas perspectivas competenciales. Sin embargo, en los ámbitos rurales, el primero no es sólo el soporte sobre el que se ha desarrollado el segundo, sino que el paisaje actual es el resultado de un manejo afortunado del medio natural con fines económicos que ha garantizado su mantenimiento en magníficas condiciones hasta hace unos pocos lustros.

La conexión entre patrimonio y desarrollo es evidente, y no sólo desde el punto de vista del crecimiento de las rentas, provenientes de las posibilidades del sector servicios. También lo es desde el momento en que este patrimonio despierta un creciente interés social y supone poner en valor los recursos disponibles en el propio territorio (desarrollo local), así como mejorar la relación entre las actividades productivas y los recursos naturales de cara a las generaciones futuras (desarrollo sostenible).

El Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche: principales rasgos naturales y culturales

Los espacios serranos andaluces, por su posición periférica y su tradicional aislamiento, han permitido el mantenimiento secular de unos sistemas de producción respetuosos con el medio preexistente y ligados a él. Esta circunstancia explica el buen estado de conservación de sus ecosistemas y el alto porcentaje de territorio protegido por la Ley 2/89 que ocupa las zonas montañosas andaluzas.

El marco geográfico que sirve de referencia a este artículo se inscribe en el conjunto de Sierra Morena, accidente que individualiza a Andalucía del resto de la Península. Esta cadena constituye el reborde meridional de la Meseta, plegado por la orogenia herciniana y suavizado por la erosión de millones de años. Su relieve se ve fragmentado por cursos de agua de dirección mayoritaria noroeste-sureste, cuya escasa longitud para el desnivel que han de salvar les confiere alta torrencialidad y poder erosivo. Conserva también, con ricas peculiaridades, una continuidad en sus formaciones vegetales y poblaciones animales, y en ella se suceden los Parques Naturales de Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Sierra Norte de Sevilla, Hornachuelos, Cardeña y Montoro y Andújar.

De todos ellos, el primero es quizás el mejor ejemplo de cómo la intervención del hombre ha conformado un paisaje aparentemente poco transformado, donde los aprovechamientos se han adaptado magníficamente a la vocación forestal y ganadera de los suelos y han dado origen a uno de los modelos de explotación mejor integrados ecológica y paisajísticamente en el medio: la dehesa.

El Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche se inserta en la comarca conocida también como "Sierra de Huelva", y constituye, física y territorialmente, la sección más occidental de Sierra Morena. Alberga desde su declaración los Parajes Naturales de Peñas de Aroche y Rivera del Aserrador. Geomorfológicamente, se caracteriza por un relieve acolinado, donde los elementos de contraste orográfico vienen introducidos por la acción erosiva de los ríos, que escarpa la topografía, segmentada por valles encajados, y por la erosión diferencial, que resalta los batolitos graníticos de Santa Olalla y las Peñas de Aroche. Su posición adelantada hacia el oeste dota a esta zona de una mayor pluviometría que la del resto de la cadena montañosa –cuenta con más de 700 mm anuales de precipitación-, así como de temperaturas más suaves, gracias a la influencia moderadora del Océano Atlántico.

Estas condiciones físicas propician un bosque potencial de quercíneas y caducifolias cuya composición varía según las condiciones bioclimáticas y que ha sido transformado o sustituido por el hombre para adaptarlo a sus necesidades productivas. Los distintos hábitats que se desarrollan en este medio propician una fauna mediterránea de gran diversidad, donde están representados todos los escalones de la cadena trófica.

El poblamiento de la comarca es muy antiguo y se inicia con el aprovechamiento de su riqueza en metales, pero su historia está marcada por acontecimientos de gran trascendencia. Así, la colonización medieval por hombres procedentes del Norte, que ha condicionado algunos de los rasgos culturales y la configuración urbana; la situación fronteriza, que obligó a establecer y mantener un sistema defensivo para hacer frente a las amenazas de conflictos bélicos con Portugal, incidentes que provocaron ocasionales crisis económicas; o el proceso de ocupación del territorio y aprovechamiento de los recursos que convirtió a la comarca en los siglos XVI y XVIII en una región próspera y demográficamente dinámica. Desde el siglo XIX, la apropiación de los bienes comunales por las clases burguesas, que impuso el predominio de la gran propiedad; los tímidos desarrollos industriales emprendidos a caballo de los dos últimos siglos, que no llegaron a cuajar, y la incapacidad del sistema de aprovechamientos tradicionales para modernizarse, tuvieron como resultado la crisis del mundo rural y la expulsión de una parte importante de los habitantes de la comarca hacia ciudades y regiones más ricas.

Dentro de estas características generales de tipo físico y humano, son numerosas las particularidades existentes en el Parque Natural, fundamentalmente entre la Sierra Central y el resto. En la primera se concentran numerosas poblaciones por la abundancia de recursos hídricos, es la más rica en matices paisajísticos y la que tiene rasgos culturales propios más definidos. En el resto predomina la gran propiedad y un débil poblamiento y está más abierta a influencias extremeñas, portuguesas, andevalenses y sevillanas.

El paisaje del Parque: estructura, tendencias y amenazas

El principal rasgo a destacar en el paisaje de esta comarca es su elevada composición forestal, casi un 90 % de la superficie total, con un claro predominio de las quercíneas: encina, alcornoque, quejigo y roble melojo, por ese orden. El resto de los terrenos forestales está ocupado por matorral, eucaliptos, pinos y en menor cuantía castaños y chopos.

Con el devenir de los siglos, la apretada vegetación potencial de monte negro que daba nombre a Sierra Morena ha sido sustituida o aclarada por el hombre, dando lugar a un paisaje antropizado donde las nuevas formas de explotación y los sistemas de vida se han ido integrando con mayor o menor acierto en el medio hasta conformar un peculiar conjunto, cuya representación más característica es la dehesa, con más del 30% de la superficie del Parque.

El principal uso de este tipo de explotación es el ganadero: cerdo ibérico, de rápido engorde gracias al alto valor proteínico de la bellota, y, en menor medida, rumiantes (antaño ganado lanar y actualmente vacuno), que aprovechan el pastizal y el fruto de peor calidad, al suceder al cerdo en la montanera. Otros usos tradicionales de la dehesa han sido las siembras de cereal mediante rozas, la recolección de leña, la caza, el carboneo y el corcho, cuya industria estuvo relativamente desarrollada desde el siglo XIX. La recogida de setas constituye una actividad creciente hasta límites preocupantes, pues la falta de regulación y la frecuente inexperiencia de los recolectores puede hacer peligrar la renovación del recurso. Aprovechamientos muy por debajo de sus posibilidades son la recogida de miel y la de plantas aromáticas.

El mantenimiento de la dehesa era posible gracias a la existencia de abundante mano de obra a bajo precio. Su sistema productivo se caracterizaba por un alto grado de autonomía, al reutilizar la mayor parte de sus productos, con una mínima aportación del exterior. Esta forma de explotación se desestabiliza en los años sesenta ante la irrupción de diversos factores: la peste porcina africana, introducida en la Península Ibérica por Portugal, la subida de los salarios -propiciada por el éxodo rural, que dejó los campos semideshabitados-, la sustitución de grandes extensiones de bosque por especies maderables -pino y sobre todo eucalipto-, la caída del precio de la lana y el desarrollo de la ganadería porcina industrial sumirían a la dehesa en una crisis de casi treinta años.

Algunas de las reacciones de los ganaderos ante esta situación están provocando agresiones de diversa consideración en el paisaje: el abandono o descuido de las dehesas, donde la falta de labores de mantenimiento y regeneración del arbolado dejan paso a la invasión del matorral, con el consiguiente riesgo de incendios, el envejecimiento de la arboleda y el aumento de enfermedades; la intensificación de las explotaciones, que a veces se traduce en la mecanización de los trabajos de poda y desmonte, favoreciendo la erosión e impidiendo la regeneración del bosque; el sobrepastoreo en verano y otras prácticas que generan un desajuste entre los niveles de explotación y producción de la dehesa, son algunos ejemplos de estos impactos paisajísticos.

El Plan Forestal Andaluz ha permitido la reforestación de tierras agrarias marginales, si bien los resultados en los primeros años de aplicación no han sido todo lo efectivos que cabría esperar, pues el proceso de reposición de quercíneas se ha llevado a cabo en muchos casos de forma mecanizada, con la eliminación de la cubierta vegetal preexistente, lo que reduce enormemente sus probabilidades de éxito. El resultado de estas reforestaciones incorrectamente llevadas a cabo es la cada vez más frecuente presencia en el paisaje de lomas, cerros y montes pelados que rompen la homogeneidad del tejido vegetal dominante y forman gigantescas costuras en los terrenos forestales.

Con una representación superficial mucho menor que el bosque de quercus -su extensión no alcanza las 5.000 hectáreas-, pero localizado en la zona más visitada y habitada de la Sierra, el castañar ha sido con frecuencia identificado con la imagen más representativa de este Parque Natural. Introducido en el siglo XVI con fines productivos, ocupa el dominio climácico del alcornoque y sustituye a los robledales que lo poblaban en las zonas más elevadas, ya que ambas especies son muy exigentes en humedad y requieren similares condiciones edáficas. Las formas de vida y oficios a que han dado lugar la poda y otros tratamientos silvícolas, el apaño de la castaña, la cestería que lo sirve, o las carpinterías de madera de castaño, reconocibles en la arquitectura popular y en la artesanía, convierten este cultivo forestal en parte muy apreciada del paisaje humanizado de la comarca.

Invariable hasta el siglo XIX, posteriormente se han detectado procesos de abandono del castañar que en los últimos tiempos resultan más evidentes. Se traducen en la dejación de las labores de mantenimiento y en el propio envejecimiento del arbolado, que no se repone. Esto va reduciendo la superficie del cultivo, a lo que contribuyen los períodos de sequía -que merman las cosechas e inducen al abandono- y los incendios estivales.

Aprovechamientos tradicionales afectados también por la crisis fueron el olivar y los cultivos frutales. El primero, muy extendido a partir del siglo XIX, dio origen a numerosas almazaras de tecnologías diversas, hidráulicas y de sangre fundamentalmente. La tendencia actual del olivar es el abandono o el adehesamiento -por falta de labores de mantenimiento- para aprovechamiento ganadero, con una mínima recolección de aceituna para autoconsumo. Los molinos a que esta actividad dio origen, por tanto, han perdido su razón de ser y están condenados a la ruina. Los frutales, antaño de gran importancia en la economía serrana y generadores de variados oficios a partir de su comercio con Sevilla -arrieros, cesteros, carreteros-, hoy se encuentran abandonados, víctimas de la competencia en sus mercados de los productos leridanos y aragoneses, privando de su singular cromatismo al paisaje serrano. Algo parecido ha sucedido con los viñedos, hoy reducidos a su mínima expresión.

Otra secuela de la crisis de los sistemas de producción tradicionales, surgida como reacción a ella, fue la plantación de grandes superficies de bosques maderables sobre terrenos de antiguas dehesas. Son unas 12.000 ha. de eucaliptos y en menor medida coníferas, que suponen una barrera en la circulación de la fauna entre las sierras de Huelva y Sevilla y de estas con el litoral, lo que empobrece y reduce sus poblaciones. Además comportaron el abandono de las antiguas explotaciones tradicionales y la desertización humana de estos espacios.

Para resumir, en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche encontramos un paisaje que se ha construido lentamente con el transcurrir de los siglos y donde el hombre ha ido haciendo hueco a sus actividades mediante el cuidado y mantenimiento de su medio. Hoy en día, la principal amenaza que se cierne sobre éste es la pérdida de rentabilidad de los sistemas de producción tradicionales. En el caso de la dehesa, esta circunstancia sólo se ve atenuada por la creciente exigencia de calidad en el producto final, que dota a los jamones y chacinas ibéricos de un alto valor añadido, a lo que contribuyó la introducción en estos artículos de la Denominación de Origen.

Elementos estructuradores del paisaje

Sobre el paisaje natural transformado que se ha descrito se instalaron elementos de origen antrópico que lo articulaban y permitían el desarrollo de las actividades ligadas a las explotaciones. Estos elementos son, fundamentalmente, las formas de hábitat tradicional y los caminos rurales, que no han sido valorados en su justo término, ya que constituyen importantes rasgos del paisaje serrano.

En el Parque Natural existen trece Conjuntos Histórico-Artísticos declarados o con expedientes incoados, lo que por su distribución convierte a la comarca en la más densa de toda Andalucía. Estos núcleos tienen interés patrimonial no por su carácter monumental, sino por el afortunado desarrollo de una arquitectura vernácula bien mantenida y por la integración del caserío con su entorno próximo. Núcleos como Alájar, Almonaster, Aracena, Aroche, Castaño del Robledo, Fuenteheridos, Galaroza, Higuera de la Sierra, Linares de la Sierra, Valdelarco o Zufre destacan por la adaptación de su trazado urbano a las condiciones topográficas, las posiciones privilegiadas que ocupan los elementos monumentales, como castillos, iglesias, edificios singulares, y la interesante presencia de los ruedos, muy fraccionados y en los que llama la atención la profusión de huertas, plantaciones de frutales, calzadas rurales y sistemas de riego tradicionales, que constituyen el espacio que articula lo urbano con lo forestal.

Si bien las décadas de decaimiento que ha sufrido la comarca en la segunda mitad de siglo han permitido que estos conjuntos hayan llegado a nuestros días prácticamente inalterados, circunstancias diversas amenazan con una rápida degradación de los valores que los han hecho merecedores de su protección. El estado envejecido del parque de viviendas, que ha entrado en su último período de vida útil, la escasa valoración que los habitantes hacen de las tipologías y materiales tradicionales, dadas las deficientes condiciones de confort que éstos tienen, la presión cada vez más intensa de las actividades turísticas y de segunda residencia, que provocan crecimientos desordenados, y los problemas puntuales que se suceden los fines de semana por la incapacidad del espacio público para soportar la invasión de vehículos son algunas de las amenazas que inciden negativamente sobre estos conjuntos.

Las aldeas son otra forma de hábitat a proteger como refugio de una arquitectura popular y unas formas de vida tradicionales de gran valor cultural y peculiares en el conjunto regional. En vías de extinción por un proceso de despoblación y ruina iniciado en los años 50, se ven también impactadas por la reforma sin control urbanístico de las viviendas o incluso de las infraestructuras, servicios y espacios públicos, lo que ha ocasionado la desnaturalización y banalización de algunos de estos núcleos, como los de La Corte (Santa Ana) o Veredas (Almonaster), y ello se debe a que para muchos ayuntamientos la atención a estas entidades de población ha sido muy secundaria.

Estos asentamientos tradicionales se ven relacionados por una extensa red de vías pecuarias, caminos reales o vecinales que tuvieron un uso ganadero relacionado fundamentalmente con el trasiego de corto recorrido (transterminancia) y con los desplazamientos a las explotaciones y el transporte en animales de carga de sus productos. Flanqueados habitualmente por muros de piedra protegidos por cumbreras, los caminos rurales suelen estar empedrados y acondicionados por obras de desagüe en los lugares que así lo requieren para soportar su intenso uso y evitar que el agua dañe los firmes. Este importante recurso patrimonial, de grandes posibilidades para la creciente actividad de senderismo que se está desarrollando en el Parque, se encuentra en mal estado y abandonado, cuando no privatizado o engullido por la maleza.

Otros elementos patrimoniales con impronta en el paisaje

Sobre la estructura paisajística descrita se extienden, como elementos singulares, manifestaciones del patrimonio cultural asociadas a las actividades productivas o a las formas de vida tradicionales. Dejamos aparte en este artículo los bienes de carácter monumental (castillos, iglesias...), que han sido objeto de una mayor atención por las políticas de protección y, aunque también ligados al medio y a los avatares de la historia, no están directamente relacionados con el patrimonio etnográfico. La situación de éste, brevemente resumida, es como sigue:

Bienes patrimoniales ligados a las actividades productivas tradicionales

Se trata de bienes que en su mayoría han perdido su funcionalidad por desaparición o evolución de la actividad que les dio origen. Son inmuebles en muchos casos arruinados o reconvertidos en cocheras, establos o almacenes, ya desprovistos de sus valores originales y expoliados los artefactos que les daban sentido. Su suerte a corto plazo es incierta y supeditada a la resistencia de las cubiertas y obras de fábrica a las inclemencias meteorológicas, al pasar desapercibidos a los expoliadores o a la falta de iniciativas de la propiedad.

Elementos asociados a actividades primarias son algunas formas de hábitat disperso y construcciones para uso ganadero. Así el caserío o cortijo serrano, centro de la mediana y gran explotación, con funciones de residencia, refugio del ganado y transformación de productos básicos cuenta con ejemplos de gran valor, como los del Álamo y del Conde de Bagaes, en Aroche. El equivalente en la pequeña explotación es la casa de labor, las humildes casas-monte, chozos y bujardas, diversas tipologías de hogares de pastores y pequeños campesinos, dispersas por las grandes explotaciones y usadas en ocasiones como refugio del ganado. Son un reducto cultural de las repoblaciones medievales procedentes del norte de la Península, pues algunas, como las bujardas, recuerdan a castros celtas, y otras, como los chozos de Encinasola, a las construcciones homónimas de la comarca del Bierzo. Específicamente para el refugio del ganado son los tinaones, apriscos y toriles. Todas estas construcciones carecen de normativa protectora, a excepción de lo previsto en el PORN vigente en el Parque Natural sobre la obligatoriedad de utilizar cubiertas de teja roja y enlucidos en blanco en los revestimientos verticales exteriores, sin que el planeamiento urbanístico recoja tampoco medidas de protección de estos elementos.

La producción cerealista local nos ha legado las eras empedradas para facilitar la trilla, en su mayoría comunales. Constituyen excelentes miradores al localizarse en los puntos más aireados de la localidad. Muchas de ellas han desaparecido, como la de Castaño del Robledo, o son invadidas por el tráfico, caso de la de Fuenteheridos, aunque también existen ejemplos de acertada recuperación, como la de Galaroza, reconvertida en plaza pública.

Entre los inmuebles ligados a las actividades de transformación de carácter preindustrial, los más abundantes son los molinos hidráulicos, con unos doscientos en funcionamiento a finales del siglo pasado, que atraían la producción cerealista de comarcas vecinas y han dejado una amplia huella histórica, caso de Arroyomolinos de León. Las almazaras, fruto de la tradición olivarera de la comarca, incorporan tecnologías diversas como las vigas hidráulicas y de sangre. Los molinos se encuentran actualmente en pésimo estado, y son muy pocas, y siempre de carácter privado, las iniciativas emprendidas para su recuperación, siendo excepcional los dos casos existentes en Alájar, a pesar de sus posibilidades que ofrecen estos inmuebles para la instalación de museos etnográficos o servicios turísticos.

Los hornos de cal, muy abundantes en Santa Ana la Real, o los panaderos, incorporados a la arquitectura popular, tuvieron también importancia en la economía local, y alguno de ellos ha sido recuperado con fines didácticos, aunque en su mayoría están condenados a la ruina. Similar situación experimentan las ricas y desvaloradas manifestaciones de la arquitectura industrial, con fábricas de harina y luz (Encinasola, Aroche, Cortegana y El Repilado son los principales ejemplos), de corcho en Higuera y Cortegana, o las ligadas a explotaciones mineras en La Nava, Cala, Almonaster y Cortegana, a pesar de su fuerte impronta sobre el paisaje y el urbanismo.

Estos bienes tienen escasa capacidad de supervivencia, dada la desaparición de su función original y el olvido y desamparo que les atenaza. No es descartable sin embargo, como demuestran los ejemplos señalados, la posibilidad de su reconversión de uso con fines económicos, aprovechando el giro hacia las actividades de ocio que está cobrando la economía serrana.

Recursos ligados a formas de vida tradicionales con impronta en el territorio. Son elementos que sirven al desarrollo de la vida cotidiana o dan cobijo a sus creencias y saberes, y constituyen el entorno cultural inmediato en que se reconoce la sociedad serrana. La escasa valoración, por el desconocimiento de su singularidad, que de este patrimonio tienen los habitantes de la comarca y las propias autoridades locales, junto con la pérdida de funcionalidad de muchos de ellos son en este caso las principales amenazas, junto con la no inclusión de la mayor parte de ellos en los inventarios de patrimonio que realizan las distintas administraciones.

Las ermitas y santuarios constituyen una de las principales referencias simbólicas de cada comunidad, al estar relacionados con la devoción y la identidad festiva. Su indudable valor cultural, al ser la primera manifestación de la arquitectura cristiana de culto, no ha impedido que hayan sido también olvidadas por las políticas de inventario y recuperación del patrimonio. Tienen origen en los procesos de repoblación medieval y una fábrica sencilla de inspiración gótico-mudéjar. Muchas de ellas además están ubicadas en parajes de gran interés y son centro de romerías y otras manifestaciones religioso-festivas, caso del Monumento Natural de la Peña de Arias Montano, donde tiene lugar la famosa romería de la Virgen de los Ángeles. Enajenado su patrimonio en el siglo XIX, un importante número se han visto arruinadas: la Magdalena, en Cumbres Mayores; San Ginés, en Aracena; Santa Bárbara, en Cortegana o San Sebastián, en Almonaster; y otras convertidas en almacenes o establos: San Salvador, en Puerto Moral; La Aliseda, en Cumbres de San Bartolomé; Las Virtudes, en La Nava o San Sebastián, en Aracena.

Lamentable ha sido la actuación desprovista de cualquier criterio de las hermandades y gentes bien intencionadas que en su afán de mejorar los edificios los han desfigurado o atentado gravemente contra sus valores. Los casos son numerosos, entre ellos Las Virtudes (Cortelazor) o La Esperanza (Cumbres Mayores), ya que frecuentemente se actúa sin licencia y sin conocimiento de la Comisión de Patrimonio.

Gran funcionalidad social y cultural, como parte de las señas de identidad de la Sierra, tienen los espacios de sociabilidad. Destacan por su singularidad constructiva los que componen la arquitectura del agua: fuentes, lavaderos, abrevaderos, han dado notables ejemplos (el más singular, quizás, el de Linares de la Sierra) tanto en las poblaciones como salpicados por todo el medio rural. Las plazas, llanos en las aldeas, donde se concentran los poderes fácticos (concejo, iglesia), los casinos o las plazas y cosos taurinos son otros lugares de reunión cuya supervivencia está condicionada al mantenimiento de su funcionalidad. La pérdida de ésta en los lavaderos, por ejemplo, ha causado su abandono a la ruina o incluso su demolición, como en Fuenteheridos o Valdezufre, cuando no una restauración desprovista del elemento que les daba sentido, el agua, caso del de Puerto Gil.

Conclusiones y propuestas

Como ha quedado ampliamente comentado, patrimonio natural y cultural en espacios como el Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche han viajado juntos a lo largo de sus muchos siglos de historia, fundiéndose en un paisaje integrador donde no es concebible el uno sin el otro.

La atención al medio natural, a pesar del esfuerzo emprendido por las administraciones implicadas, sigue teniendo algunos déficits, como la continuidad de los vertidos urbanos e industriales (éstos procedentes fundamentalmente de las cárnicas) sin la adecuada depuración, o la proliferación de usos inadecuados en el suelo no urbanizable, muchas veces sin la preceptiva autorización o informe de la Comisión Provincial de Ordenación del Territorio y Urbanismo. Esto es especialmente grave en los ruedos agrícolas y bordes urbanos de los núcleos, donde se instalan naves avícolas, ganaderas o industriales o, en el caso de los bordes urbanos, usos residenciales, con tipologías que nada tienen que ver con las de la zona, la mayoría de las veces asociados al fenómeno de segunda vivienda.

Es necesario pues trabajar en una mayor sensibilización para preservar el paisaje, puesto que éste no ha sido atendido suficientemente por la planificación ambiental y por el planeamiento urbanístico, y controlar los procesos que lo agreden. En esta misma línea, hay que profundizar en el control sobre las repoblaciones forestales en sus métodos y resultados, sobre todo las se llevan a cabo al amparo de fondos europeos (lo que facilita su seguimiento), pues muchas de ellas son actuaciones de menos de 100 hectáreas que escapan al trámite de Evaluación de Impacto Ambiental previsto en la Ley de Protección Ambiental. La redacción y aprobación del planeamiento urbanístico, del que carecen aún muchos de los municipios del Parque, es otra actuación urgente, planes que deben ser más sensibles a la protección de los recursos del patrimonio cultural y del paisaje.

En el campo de los recursos etnográficos, es necesario completar la labor de catalogación emprendida por las distintas administraciones y urgir a las instituciones responsables para que las medidas de protección sean efectivas. En este sentido, el criterio de considerar el patrimonio en un sentido amplio, e inserto en su contexto social y territorial, es el primer paso hacia la supervivencia de estos bienes amenazados.

Es fundamental acercar el patrimonio al ciudadano, pues el patrimonio próximo es el más valioso. Las iniciativas locales serán las que tendrán más oportunidades de éxito, pues facilitarán el necesario uso y aprovechamiento de los recursos. Por ello el papel de los ayuntamientos es fundamental en la protección y puesta en valor del patrimonio local, y se impone un esfuerzo de concienciación de las corporaciones locales, y la participación en esta empresa de organizaciones culturales y de vecinos, junto con la iniciativa privada.

La dinamización económica de la Sierra sobre la base de los recursos endógenos y la sabiduría adquirida a lo largo de cientos de años se hace imprescindible en esta supervivencia del patrimonio, pues la principal amenaza que existe sobre los ecosistemas del Parque es la pérdida de rentabilidad de las formas de explotación que han permitido su conservación. De ahí la conveniencia de continuar la línea emprendida por el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales mediante la redacción y ejecución de los Planes de Fomento previstos en él. La puesta en marcha de la Iniciativa Leader en su tercera fase es una oportunidad para la actuación directa sobre las actividades económicas de la comarca. En este sentido los Grupos de Acción Local deberían de apostar de forma más decidida por las iniciativas que fomenten la recuperación y puesta en valor de los recursos naturales y culturales, y tener en cuenta la incidencia paisajística de los distintos proyectos.

En definitiva, como se destaca en la Carta sobre Patrimonio y Desarrollo en Andalucía (Baeza 1996), no se puede entender cada elemento del patrimonio de la Sierra de forma aislada, ya que su principal valor es la sabia integración entre el paisaje humanizado y el natural. El paisaje se debe convertir pues en protagonista de las políticas de protección del patrimonio natural y cultural, con especial atención a los paisajes culturales, a la integración de los núcleos urbanos en estos paisajes, a las ricas manifestaciones de la arquitectura popular y sus posibles adaptaciones a los nuevos requerimientos de confort.

Los habitantes del medio rural, a su vez, se deben convertir en los gestores de estos recursos, y aquí es donde queda mucho camino por recorrer, y donde deben centrar importantes esfuerzos las Administraciones responsables en las políticas agrarias, medioambientales, culturales, educativas y de ordenación del territorio.

 

  

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