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Los océanos representan las tres cuartas partes de la superficie terrestre y de ellas el 97,5% tiene una salinidad de más de un 3% en peso, haciendo que no sirva para usos agrícolas, industriales o humanos. Dado que los recursos hídricos son limitados, además de su uso racional y del aprovechamiento de las aguas superficiales y subterráneas, las llamadas tecnologías no convencionales, basadas en la desalinización tanto de recursos salobres como de agua de mar y la reutilización, pueden contribuir a paliar situaciones de escasez de agua, en particular en las zonas costeras. El desarrollo de las técnicas de desalación, y especialmente aquellas que requieren un menor consumo energético y mayor eficacia, han contribuido a mejorar el rendimiento de las operaciones de desalación y a un menor coste de producción, lo que ha incidido en considerar las aguas desaladas como una alternativa más.
La desalación es un proceso de separación de sales de una disolución acuosa, con el fin último de separar ambos componentes para uso humano del agua dulce producto. Los recursos hídricos susceptibles de desalación pueden tener básicamente dos orígenes: agua de mar o agua superficiales o subterráneas salinizada.
El sistema físico de eliminación de las sales del mar o destilación y condensación sucesivas se conocía desde la antigüedad. En fechas más recientes se han desarrollado nuevas tecnologías que permiten la obtención de agua dulce (contenido en sales inferior a 500 ppm) a partir de agua de mar (contenido en sales del orden de 35.000 ppm) a un coste aún elevado pero progresivamente decreciente, que puede ser asumido por ciertos usos.
Existen dos procesos básicos por los que se extrae la sal del agua: por destilación y por procesos de membrana (ósmosis inversa o elctrodiálisis).
Los procesos técnicos de desalación por destilación se divides a su vez en: destilación térmica, en la que la energía necesaria para la desalación es obtenida de combustibles fósiles (carbón, gas natural, petróleo, etc.); destilación por compresión de vapor y destilación solar, que utiliza la energía del sol directamente o por captura del sol por mediante células solares.
Los procesos de desalación por membrana son de gran difusión en la actualidad y se dividen en dos tipos básicos:
En general, los principales inconvenientes de esas tecnologías son los costes comparativamente altos, el consumo energético y la producción de salmuera.
Aunque los costes de esta tecnología hayan bajado significativamente en los últimos años, siguen siendo uno de los principales factores limitantes. Cualquiera que sea la tecnología de desalación que se emplee, los costes de la energía suponen siempre entre el 50 y el 75% de los costes reales de explotación.
En cuanto a los impactos ambientales, las aguas residuales resultantes de la desalinización tienen un contenido mayor en sales que las aguas de origen, presentan diferencias de temperatura, de pH, de alcalinidad y contienen sustancias químicas utilizadas durante el proceso de depuración. En el caso de las plantas que funcionan por destilación el vertido representa de 8 a 10 veces el volumen de agua depurado, mientras que en plantas de ósmosis inversa el volumen residual es menor que en las anteriores (2.5 a 3 veces el volumen depurado) pero el vertido tiene un contenido en sales mucho mayor. En ambos casos hay que añadir el vertido de productos químicos (biocidas, anti-incrustantes y anti-espumantes) resultado del tratamiento del agua, así como también los vertidos puntuales que resultan del limpiado de las membranas y que constituyen aportes muy concentrados de sólidos en suspensión y detergentes.
Por ello, es necesario localizar zonas para el vertido, donde el impacto sobre las comunidades bentónicas sea mínimo, evitando bahías cerradas y sistemas con importante valor ecológico e prefiriendo zonas con un hidrodinamismo medio o elevado que facilite la dispersión de la sal.
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