En 1996 más de un centenar de países, entre los que se encontraba España, firmaron el Convenio de Lucha Contra la Desertificación, un proyecto internacional surgido en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992, con el fin de comprometer a todos los países del mundo en la lucha contra la degradación de los suelos.
Aunque los desiertos pueden evocarnos desolación, peligro, abandono, falta de agua y exceso de arena, también podemos encontrar en ellos una belleza cuyo aprecio popular es un fenómeno reciente, por más que los poetas y los escritores se hubieran dado cuenta ya hace algunos siglos.
Muestra de este aprecio es el incremento del turismo en las zonas áridas que hace que cada año miles de ciudadanos recorran los más grandes y famosos desiertos del mundo -Sahara, Atacama, Namib, etc.- en busca de la grandeza de sus paisajes, de la armonía de sus formas, de la limpidez de sus cielos, de la paz y tranquilidad de sus silencios o de la riqueza de su biodiversidad.
Nuestro país tenía ya en 1996 y sigue teniendo motivos suficientes para comprometerse en la lucha contra la desertificación, pues ya en 1977 fue el único país de Europa en el que se detectaron problemas de desertificación derivados de la aridez, fragilidad de las tierras mediterráneas, degradación de la vegetación y uso intensivo e inadecuado de los suelos.
La Comunidad Autónoma andaluza no ha sido en absoluto ajena al problema, dado que algo más de un tercio de su territorio está afectado por procesos graves de erosión y de desertificación. La lucha contra ambos fenómenos, así como contra la degradación de los ecosistemas, constituyó uno de los objetivos primordiales del Plan Forestal Andaluz y del Plan de Medio Ambiente de Andalucía. Asimismo en la recién aprobada adecuación del Plan Forestal para el periodo 2003-2007 se ha reiterado el compromiso de la Junta de Andalucía en el control de la erosión y de la desertificación así como en la restauración de los ecosistemas naturales degradados.
Dicho compromiso ha quedado plasmado en el recientemente terminado Plan Andaluz de Control de la Desertificación, documento en el que se realiza un diagnóstico de las principales causas del proceso y de sus consecuencias, así como las repercusiones económicas y sociales que conlleva, y propone un conjunto de actuaciones que habría que emprender para frenar este proceso. Los datos obtenidos indican que un 47% de la superficie de Andalucía se ve afectado por el proceso, si bien sólo en un 15% del territorio tiene valores altos o muy altos de desertificación.
El avance del desierto en Andalucía se debe principalmente a la erosión y a la contaminación de los suelos. La erosión destruye la capa superior de la tierra que se desplaza por arrastre hacía las partes más bajas o valles provocando tanto la inutilización de los suelos de las laderas como daños en infraestructuras, pérdida en la capacidad de almacenamiento de agua de nuestros embalses e incluso a veces de vidas humanas al multiplicar los efectos de las inundaciones. Por otra parte el insostenible sistema de cultivo, a base de una cada vez más creciente cantidad de fertilizantes, pesticidas, plaguicidas y otros productos fitosanitarios, provocan la contaminación tanto los suelos como las aguas superficiales y subterráneas.
Por todo ello, desde esta Consejería, se proponen como herramientas para la lucha contra la desertificación las buenas prácticas agrarias respetuosas con la Naturaleza, la conservación de las masas forestales, el buen uso y conservación de los recursos hídricos, las técnicas de conservación de suelos. Y, en el caso de los desiertos excepcionalmente bellos con los que contamos, el Plan dedica un apartado especial a la puesta en valor de esas zonas áridas, como el Desierto de Tabernas y otras zonas esteparias de la provincia de Almería, cuyos valores paisajísticos y riqueza en biodiversidad los hace únicos en Europa.
El desarrollo de este servidor WEB
ha sido cofinaciado por la Union Europea