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Discurso institucional del presidente de la Junta con motivo del Día de Andalucía

28/02/2010
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Hoy, 28 de febrero, es la fiesta de todos los andaluces.

Me van a permitir que, en mi primera celebración de esta fecha como Presidente de la Junta de Andalucía, comience expresando mi emoción al hacerlo y, mi compromiso con Andalucía.

También, y precisamente por este mismo compromiso, quiero manifestar mi solidaridad y apoyo, y los de mi gobierno, con cuantas personas se han visto dañadas gravemente por las consecuencias de este insólito temporal de lluvia que azota a nuestra comunidad. Todas ellas encontrarán en las distintas administraciones respuestas y actuaciones que traten de evitarlas en el futuro.

Y, por supuesto, nuestra solidaridad con el pueblo chileno en estos momentos especialmente dolorosos.

Señoras y señores, les confieso que éste es, hasta la fecha, el acontecimiento que he vivido con más emoción y responsabilidad.

Para mí, como creo que lo sería para cualquier andaluz, es un orgullo y un honor estar en esta tribuna.

El Día de Andalucía, que hoy celebramos, es un día para el recuerdo y el reconocimiento. Evoca lo mejor de nosotros mismos, nos define como pueblo y nos alumbra el camino que aún hemos de recorrer.

Conmemoramos la gesta del pueblo andaluz al conquistar su autonomía; al hacer efectiva su aspiración por hacerse dueño de su destino y exigir el derecho a protagonizarlo.

El referéndum de 1980 fue un capítulo fundacional en la historia de nuestra tierra, que se hizo con la suma de muchas voluntades.

Un capítulo en el que no se empuñaron otras armas que la ley y la confianza en nosotros mismos; el compromiso, la responsabilidad y ese profundo sentimiento de dignidad e igualdad que tenemos en Andalucía.

Sólo la voz de un pueblo unido que quiso apropiarse de su destino y al que supo interpretar con particular inteligencia y sensibilidad admirable el presidente Escuredo.

Aquel 28 de febrero hicimos prevalecer el principio de igualdad con el convencimiento de que sólo así era posible preservar la solidaridad en la España de las autonomías que estábamos construyendo.

En este sentido, la movilización que desembocó en el referéndum de 1980 fue importante no solo para los andaluces, sino para todos los hombres y mujeres de nuestro país.

Porque luchando por nuestra autonomía plena, los andaluces construimos, (ayudamos a construir), una patria común, (España), que sólo podía serlo en la medida en que se responsabilizara de la igualdad de todos los españoles.

Sé que aún perviven entre nosotros quienes consideran que el guión constitucional, que consagraba dos niveles de autonomía, era la forma más acertada de integración de las distintas regiones y nacionalidades en un proyecto compartido.

Y sé que siguen tratando de forma crítica lo que se dio en llamar la fórmula del "café para todos".

No puedo compartir esta opinión.

De haberse consagrado una estructura asimétrica, los agravios entre territorios habrían puesto en riesgo los indudables beneficios del Estado de las Autonomías y habrían sido un obstáculo para la cohesión política y territorial de España.

Se llegó finalmente a un principio de federalismo simétrico que, aunque de forma compleja, estaba previsto en el propio cuerpo constitucional.

Y se llegó a esta estación no por voluntad expresa del constituyente, sino por la que hoy, con la perspectiva del tiempo, podríamos llamar rebelión andaluza. Una rebelión que se amparó en el propio texto de la Constitución pero que desbordó el futuro que parecía ya escrito. O dicho de otra forma: la movilización del pueblo andaluz abrió un camino que, aunque posible constitucionalmente, nadie previó como probable.

Un camino que, a la postre, ha sido una historia de éxito.

La Constitución de 1978 solucionó de forma admirable los dos contenciosos históricos que habían venido marcando, de forma conflictiva, la historia contemporánea de nuestro país: el modelo económico, por un lado, y la organización del Estado por otro.

La economía social de mercado y el estado de las autonomías, respectivamente, fueron las opciones de 1978 que, después, han venido a propiciar el ciclo más largo de prosperidad económica, de paz social, de cohesión territorial y de libertad que ha vivido España.

Y en esta configuración del Estado, Andalucía tuvo la condición de protagonista, al marcar el rumbo del desarrollo autonómico de España.

Como rezaba uno de los lemas de la campaña del referéndum, los andaluces queríamos "sembrar el futuro de nuestra tierra". Por nosotros mismos y por España.

En este "Año de Blas Infante", que conmemora también el 125 aniversario de su nacimiento en Casares, es necesario reafirmar con él nuestra autoestima y apelar al "resurgir de la confianza en la propia virtud".

Leo también en Blas Infante algo que todos los andaluces entendemos desde los sentidos, desde el sentimiento: "Cuando se piensa en Andalucía, decía, sólo se piensa en que la vida es hermosa. Todo el mundo se siente agitado por el sentimiento o, al menos, por la noción de la alegría de vivir".

Algo que otros han llamado instinto de vida, sabiduría del vivir, o lentitud para aprovechar la vida. Que no es pereza, ni falta de ganas de trabajar, sino querer vivir con serenidad.

Y éstos, que pueden ser rasgos que nos identifican, no sirven, sin embargo, para definirnos. Toda pretensión de dar un ser único a los andaluces ha desembocado siempre en el tópico o en la simplificación.

Es verdad que nuestro carácter alegre ha provocado, en demasiadas ocasiones, una mirada superficial y peyorativa sobre Andalucía. Una mirada ignorante que algunos han llegado a exponer desde tribunas supuestamente intelectuales.

Siempre hay gente que pretende encontrar la respetabilidad de sus ocurrencias en la solemnidad del gesto o en el ademán impasible. Gente que ignora que lo contrario de alegre no es serio, sino triste.

Por eso, sigue siendo tan necesario contradecir los tópicos y a quienes falsifican nuestra realidad y pretenden encerrarnos en un corsé identitario.

Porque no hay un ser único andaluz. Hay distintas formas de ser andaluz. Tenemos, eso sí, un sentimiento de pertenencia, una realidad no excluyente, una particular forma de ser españoles.

El nuestro es un pueblo que, más allá de las esencias inmutables y lo identitario, contiene unas características muy diversas.

Diversidad y diferencias que hemos sabido conservar y cultivar para hacer de ellas nuestra riqueza.

Es posible, en todo caso, que, como dijo Carlos Castilla del Pino, haya algo que nos define a los andaluces.

Algo que, a decir de muchos, es nuestra vocación universal: un deseo de apertura al mundo y saber encontrarse con el otro. En esa medida nuestra identidad andaluza es identidad democrática.

Somos una sociedad en la que cabe todo el mundo, en la que se pueden desarrollar todas las ideas y todas las sensibilidades.

Hemos sido emigrantes y sentimos como parte de Andalucía a todos aquellos que han encontrado en nuestra tierra una oportunidad, un proyecto de futuro.

El andaluz mira siempre a lo universal, a la humanidad, desde una tierra que es inspiración y que posee una enorme capacidad creativa.

Es una forma de vivir, de sentir, que nos da posibilidades de soñar.
Andalucía es nuestro punto de referencia; las raíces que, como decía García Lorca para la poesía, no pretenden adeptos, sino amantes.

Todos los que nos sentimos orgullosos de vivir y sentir en andaluz tenemos un fuerte vínculo con la tierra, con los paisajes que nos han dado las distintas formas de ser andaluz.

Desde el ancho Valle del Guadalquivir a las cumbres de Sierra Nevada; desde Sierra Morena a la punta de Tarifa; desde las sierras de Almería a las de Grazalema o de Sevilla y Huelva. Una Andalucía de encinares y alcornoques, de marismas y dunas, de olivares y viñedos, de huertas, regadíos, pastizales y dehesas.

Una Andalucía que se ensancha a medida que se desciende de la sierra a los valles y al litoral.

Somos la única región europea que une los dos grandes mares: Atlántico y Mediterráneo. Y gran parte de nuestra tierra se articula en torno y a lo largo del Guadalquivir. Un espacio de diálogo entre norte y sur, entre el levante Mediterráneo y el poniente Atlántico, y donde se ha configurado como hecho diferencial un sistema de ciudades hechas para la vida.

El agua plantea algunas veces, como ahora, graves problemas. Puede ser una amenaza, un riesgo que exige un esfuerzo de encauzamiento, pero es también una preciosa fuente de vida y de riqueza. Es agricultura, pesca y navegación, industria y energía. Es comunicación, naturaleza y cultura. También ocio y turismo.

El Guadalquivir es hoy un gran proyecto que nos une para hacer más dinámicos a los municipios ribereños y conformar un eje de desarrollo socioeconómico en el interior de Andalucía.

Desarrollo que ha de apoyarse en todas las historias y culturas de las que nos hemos nutrido. En nuestra tierra y nuestra forma de asentarnos en ella.

El territorio transformado que habitamos, nuestras ciudades y pueblos, el paisaje cultural que alteramos, para bien o para mal, se ha configurado de manera cualificada en el transcurso del tiempo. Ha sido, precisamente, el tiempo el que ha hecho ciudades y a Andalucía.

Geografía rica y compleja de asentamientos míticos e históricos cuyos vestigios, espacios y edificios constituyen uno de los más ricos patrimonios del mundo: desde los asentamientos prehistóricos hasta nuestros días. Vitalidad que, en su identidad, integra su condición contemporánea.

Podemos leer la historia de Andalucía en sus grandes edificios. En ellos encontramos diálogos históricos formidables que llegan hasta nuestros días y que queremos conservar con nuestra Ley de Patrimonio Histórico.

Y nuestra gente. Hombres y mujeres que se sienten andaluces como una forma propia de ser españoles y europeos. Y también algo americanos. Porque si nuestra cultura es mediterránea, fue en el Atlántico donde los andaluces nos hicimos emprendedores. Y donde mostramos la fortaleza de espíritu. El espíritu de lucha y superación.

A lo largo de siglos este espíritu de lucha llevó a millones de compatriotas a tener que buscar su oportunidad lejos de Andalucía.

Desde hace años, sin embargo, la superación de los obstáculos la acometemos en nuestra tierra.

Y en este momento, como en tantos otros de nuestra historia, en la realidad de hoy, del ahora mismo, se percibe la fuerza con la que todos los andaluces y todas las andaluzas combatimos las dificultades.

El desempleo es el principal problema contra el que luchamos hoy los andaluces. Un problema de todos, que golpea a muchos hombres y mujeres en nuestra tierra.

A ellos y a ellas quiero expresarles nuestro compromiso y esfuerzo para encontrar soluciones a sus preocupaciones. Nuestro objetivo más inmediato es ayudar a los que peor lo están pasando. Esto seguirá siendo lo más urgente. Y lo necesario, lo imprescindible: generar expectativas y oportunidades de futuro para todos los andaluces.

Vamos a seguir concentrando nuestras energías en acelerar el crecimiento económico y, con ello, crear empleo. El empleo es la preocupación de cada día. Es muy importante recuperar la confianza: saber que con nuestro esfuerzo podremos salir pronto de esta situación. Eso también lo enseñó el 28 de febrero.

La actual crisis económica ha asestado un duro golpe a la confianza económica y ha provocado una depresión de las expectativas; una quiebra también de muchos planteamientos sobre los que se había edificado una determinada forma de actuar y estar en el mundo.

Superada esta crisis, pocas cosas podrán ser como antes. La comunidad internacional deberá combatir el modelo que la hizo posible y simultáneamente, en todas partes, también en Andalucía deberemos construir bases más firmes y duraderas.

Por ello, este momento ha de ser un punto de inflexión en nuestra manera de afrontar el futuro, en nuestra forma de trabajar.

Hemos de hacer mejor todo aquello que sabemos hacer bien. Aquello por lo que ya se conoce a Andalucía. Lo que a través de la tradición, la sabiduría, la historia y el trabajo de muchos años ha permitido distinguirnos.

El 28 de febrero hizo a España desde Andalucía, pero también configuró a nuestra comunidad como una tierra activa y responsable de su propio desarrollo.

Una Andalucía que empezó a percatarse de que sus riquezas más rentables están en sus gentes, su tierra, su cultura y en nuestra ambición de conocimiento y perfección. El desafío actual es conservar y mejorar. Buscar la excelencia. Y hacerlo como pueblo, porque sólo se avanza cuando se tiene confianza. Y creo que podemos tenerla porque el futuro solo depende de nuestra voluntad de conquistarlo.

Ninguna otra comunidad ha experimentado una transformación tan importante y profunda en estas últimas décadas. Los cambios han sido sustanciales. Y los hemos logrado con el esfuerzo de todos y de todas.

Hoy destacamos la trayectoria y los valores que representan los ciudadanos que distinguimos con el título de Hijo Predilecto y aquéllos que reciben la Medalla de Andalucía.

Augusto Méndez de Lugo; Francisca Díaz Torres; José Mercé; Jesús Maeztu; Carmen Galán; Gregorio Salvador; Herederos de Celestino Cuadri; Pedro Martínez Montávez; Miguel Fuentes del Olmo; Pasión Vega; Isabel García Bardón; Mercedes Sanromá; la Sociedad Andaluza de Matemáticas Thales y el Grupo Joly.

Todos ellos y todas ellas nos muestran una dirección: la de su tenacidad y constancia en hacer cada vez mejor lo que aprendieron a hacer.

Agradezco las palabras que D. Augusto Méndez de Lugo ha pronunciado en nombre de los galardonados y felicito a todos ellos por esta distinción que les otorga el pueblo andaluz en reconocimiento a sus trayectorias y sus aportaciones.

También por su compromiso con esta tierra que, sé, es para todos ellos una forma de vivir y sentir.

Sus proyectos son de vocación andaluza, pero alcanzan una proyección ejemplar para cualquier tiempo, lugar o circunstancias.

La profunda transformación de Andalucía se hace visible en la labor de estos hombres y mujeres. En las instituciones de servicio público, en los centros de formación, en las universidades, en los laboratorios, en las empresas, en el mundo rural, en los medios de comunicación y en las escuelas.

También en los escenarios de todo el mundo y en nuestros paisajes naturales universalmente conocidos, en la creación artística, en el impulso de la sociedad civil, en la lucha contra las desigualdades, el compromiso, la solidaridad y el diálogo entre los pueblos y en ese convencimiento de que nuestra lengua, el español hecho también en Andalucía, es una riqueza de largo alcance.

Los premiados, sus trayectorias, son el reflejo de una Andalucía cualificada que sirve de ejemplo y de guía.

Tenemos los medios para ganar el futuro. Más de la tercera parte de nuestra población está formada por jóvenes. Ésta es nuestra mejor riqueza para mañana. Sus inquietudes, su formación y su fortaleza han de ser nuestro mayor potencial para tener confianza y afrontar con optimismo el porvenir.

Por todos ellos, por nuestros jóvenes, me parece necesario destacar el ejemplo a seguir que representan los ciudadanos y ciudadanas que distinguimos.

La Andalucía que habéis ayudado a forjar os abre hoy una página de reconocimiento. En ella estáis como constructores de una comunidad y como orientadores de un camino.

Un camino que aún será largo y está erizado de dificultades.

La historia puede ser un estímulo para nuestra voluntad como pueblo, pero su mejor enseñanza ha de ser la sabiduría para construir un futuro mejor.

La crisis actual, como dije antes, exige cambios en las actividades, en las formas de afrontar los desafíos económicos.

Es cierto que no se sale de una crisis sin sacrificios. Pero también lo es que no se sale en buenas condiciones cuando la sociedad no está preparada para nuevos desafíos. Y Andalucía sí lo está.

La actual crisis económica ha truncado una etapa de crecimiento que duraba catorce años. Su irrupción ha sido brusca, pero lo cierto es que también ha encontrado una sociedad mejor formada, más capitalizada y más capaz. Andalucía es hoy una sociedad madura, con sombras y puntos críticos que hemos de mejorar y resolver.

Pero creo que el empuje de la autonomía ha sido el mejor estímulo para crecer y para fijarse metas y desafíos de futuro.

El 28 de febrero es un buen momento para tomar conciencia del camino recorrido. Pero también para hacernos conscientes de lo mucho que queda por recorrer. De que los problemas a veces son tan acuciantes que no pueden esperar a mañana. De que existen andaluces y andaluzas que ven nublado su futuro.

El triunfalismo es paralizante. Hemos de mejorar. Pero contamos, eso sí, con la fuerza para crecer y enriquecernos como sociedad. La Andalucía de hoy ha de ser una Andalucía comprometida y exigente consigo misma y con un futuro que dependerá mucho de nuestra voluntad y de nuestra confianza.

Lo ganaremos con el esfuerzo de todos y de todas y con esa poderosa arma que es la educación.

La educación es nuestro proyecto de largo recorrido. El fundamental, sobre el que se construye todo lo demás.

Educación para ser ciudadanos del mundo. Hombres y mujeres libres, con sentido crítico, dialogante, solidario y con ambición por superarse día a día.

Educación para saber valorar todos nuestros recursos. Para alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres.

La educación es la que hace que nuestros sueños merezcan la pena: la que nos enseña que una sociedad mide su talla moral por la forma en que trata a las personas mayores o con discapacidad, a los inmigrantes y a aquellos que no encuentran las oportunidades por las que luchan.

Pero también es la que nos enseña que hay que trabajar por el futuro que vendrá después de nosotros: Por la protección del medio ambiente, por la lucha contra el cambio climático, por la conservación de los recursos naturales, por la investigación.

Es la que, en definitiva, nos enseña que el individuo encuentra su seguridad y su libertad (y no hay la una sin la otra) en un proyecto compartido. De todos y todas. Para todos y todas.

En definitiva, la educación como igualdad de oportunidades. La única vía para construir una sociedad mejor, más tolerante, solidaria, dinámica y competitiva.

Todo cuanto he dicho habita en lo más sentido de nuestra conquista como andaluces.

Francisco Ayala dijo que "la libertad no es un fruto al alcance de todas las manos". Los hombres y mujeres de Andalucía la alcanzamos hace 30 años tras muchos siglos de historia.

La evocación hoy de esa conquista nos enseña un camino que nunca acaba. El de hacernos mejores, más libres y más responsables.

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