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Intervención del presidente de la Junta en los actos de celebración del Día de Andalucía en Madrid

24/02/2010
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Es la primera vez que tengo la oportunidad de dirigirme como presidente de la Junta de Andalucía a todos ustedes. Y es un placer hacerlo y compartir este Día de Andalucía. También lo es celebrarlo en Madrid. Mi infancia, los primeros años de mi vida pertenecen a esta ciudad y a la Glorieta de San Bernardo. Por eso siento que nuestros trayectos vitales se han cruzado en el mapa y en el tiempo: de Madrid a Andalucía y de Andalucía a Madrid.

Soy hijo de malagueña, nacido en Madrid y andaluz de vocación y voluntad. Pero también me siento algo madrileño. Ayala decía que "en la impronta, en lo grabado en la memoria y en el espíritu, la infancia sigue existiendo, no se pierde". Sé que la personalidad de los andaluces y la de los hijos de los andaluces en Madrid que hoy estáis aquí, está fraguada -como decía el escritor- por las experiencias de la infancia y la adolescencia en Andalucía.

Se ha discutido mucho, y aún se discute, si hay una identidad andaluza. Yo creo que hay un sentimiento andaluz, abierto, acogedor y, desde luego, nada excluyente. Nuestra tierra está hecha de estratos superpuestos; de muchas culturas y de distintas civilizaciones. Compartimos, eso sí, en este mestizaje histórico, una forma alegre y, si se quiere, afectuosa, de vivir nuestras vidas.

Somos alegres pero también serios y cumplidores. Nos comprometemos con una causa y sabemos llevarla a término. Alegres y serios, porque alegre no es lo contrario de serio, sino de triste. Y además sabemos conservar nuestras raíces allá donde estemos.

La vitalidad y el dinamismo del movimiento asociativo andaluz en el mundo son hoy un ejemplo para todos. Las Comunidades Andaluzas habéis conseguido preservar una identidad compartida. Y, lo que es más importante, estrechar los lazos de quienes viven lejos de su tierra. Por ello, quiero agradeceros, en nombre de todos los andaluces, vuestra contribución a la difusión de lo más hermoso de Andalucía: nuestro modo de entender la vida, nuestra calidez y nuestra pasión por compartir.

Si por algo se nos quiere y nos respeta a los andaluces es por el testimonio de fidelidad a nuestras raíces y nuestro modo de aferrarnos a una manera de ser. Ser andaluz es hoy en el mundo sinónimo de trabajador, luchador, solidario. Y en buena parte es gracias a vosotros, que vivís en andaluz fuera de Andalucía. Con vuestra experiencia, habéis demolido muchos tópicos y enriquecido el ser andaluz.

Hemos superado ese tiempo de la emigración en el que Andalucía veía a sus hijos abandonando su tierra con el semblante y el alma rasgada por el adiós y la falta de oportunidades. Con el "no" sobre sus cabezas, como recuerda Emilio Lledó. Y habéis hecho por Andalucía todo lo que se hace con el ejemplo. Sois testimonio de lo andaluz.

Pasó el tiempo de demostrarle al mundo que Andalucía no puede condensarse en cuatro tópicos manidos.

Este año la fiesta de Andalucía coincide con la celebración de los treinta años del referéndum por el que los andaluces decidimos un destino en común. Es también el año en el que conmemoramos el 125 aniversario del nacimiento de Blas Infante. Una figura fundamental y un ejemplo de compromiso ético. Él hizo de su vida y obra una lección de rectitud y de respeto a los valores democráticos. Un legado de una Andalucía libre y solidaria que hoy mantenemos como compromiso irrenunciable.

Son éstas dos referencias históricas que vienen a recordarnos que, a todos los andaluces, vivan donde vivan, nos une el amor a la tierra, pero también el compromiso de luchar por su progreso.

En los inicios de la Transición nuestro mapa lo componían las provincias y Madrid. Andalucía era un proyecto por trazar, si acaso una ilusión. Y, sin embargo, lo que no se reconocía políticamente, era una entidad compacta y bien definida en el imaginario de los emigrantes. Llamarse a sí mismos andaluces era imprescindible para encontrar complicidades impagables cuando faltaba la cercanía de lo propio: el paisaje, los afectos y la solidaridad, que no es difícil encontrar en un bloque de vecinos o en la puerta de la calle de cualquier casa en cualquier pueblo de Andalucía.

En este país acostumbrábamos a llamar política a lo que se decidía en Madrid. En los años setenta el pueblo comenzó a tomar las riendas de su destino y a hacer política. Hace 30 años obtuvimos la autonomía plena. No fue precisamente una concesión. No fue una carta otorgada. Fue una conquista. El fruto de una empresa colectiva: la de un pueblo, el andaluz, que se hizo dueño de su destino, que dijo basta a tantos años y siglos en que otros se equivocaban por él.

Y esa lucha no se libró en Andalucía, se libró en España, pacífica y legalmente, por todos los andaluces vivieran donde vivieran. Se conquistó en cada pueblo de Andalucía y en otros lugares como Parla o Barcelona donde se gestaron movimientos que desembocaron en aquel 28 F de 1980. Los emigrantes hicieron realidad la comunidad cuando aún no existía un territorio político que se llamase Andalucía.

Las cosas ya cambiaron. Hoy buena parte de los andaluces no vivió aquel tiempo. Para los más de 3 millones de jóvenes andaluces que hoy tienen menos de 30 años, recordarlo es tomar conciencia de nuestra historia como pueblo andaluz. La Transición fue un tiempo que vivimos con intensidad y con generosidad. Es la época del diálogo y del acuerdo, de los proyectos y las imprecisiones. También de los sobresaltos. Pero es, sobre todo, el tiempo de la conquista de las libertades.

El 28 F representa el compromiso del pueblo andaluz con España. Fue una fecha clave para la ampliación y consolidación de la España de las autonomías. Debemos estar satisfechos del trabajo hecho. Por encima de planteamientos ideológicos, prevaleció la fidelidad a la tierra, la fidelidad a un impulso por revitalizarla.

En el cuarto de siglo anterior a nuestra autonomía, casi dos millones de andaluces tuvieron que abandonar su tierra por falta de medios. De ahí que, en la Andalucía de los años 80 del siglo pasado, con una tasa de natalidad que doblaba la media del resto de España, su población sólo era capaz de crecer la mitad que la española.

Las principales preocupaciones de los andaluces de entonces estaban asociadas al atraso endémico de la región. La falta de oportunidades, de industria y el reparto de la tierra eran los principales problemas. La emigración no había dejado de ser una necesidad. Se manifestaba en esos años en un progresivo traslado del campo a las grandes ciudades andaluzas. El Estado de bienestar era entonces una asignatura pendiente. El Gobierno apenas invertía en Andalucía en asuntos básicos como educación, sanidad, vivienda, carreteras y equipamientos.

El panorama social era desalentador y preocupante. El número de analfabetos duplicaba al de la media nacional y el absentismo escolar, sobre todo en el medio rural, se disparó. La posibilidad de acceder a los estudios superiores no era cosa de todos. La asistencia sanitaria pública y gratuita no cubría aún a toda la población. Sólo había hospitales en las capitales.

En 1981 nació la Andalucía de Derecho. Y a partir de ese momento, hemos construido la Andalucía real: la Andalucía de la integración territorial, la Andalucía que elige a sus gobernantes y que ya no permite que los demás se equivoquen por ella. Ninguna otra comunidad ha experimentado una transformación tan importante y profunda en este último cuarto de siglo. Los cambios han sido sustanciales, radicales.

El Estatuto de Carmona fue el instrumento para el cambio de Andalucía, y el cambio se ha producido. Los objetivos en él planteados están ampliamente superados. La reforma agraria, la emigración, el acceso de todos los ciudadanos a un adecuado nivel educativo, a la sanidad. La posibilidad de vivir en el extranjero o en otra comunidad autónoma no se entiende hoy desde motivaciones puramente económicas o ideológicas, como en tantos momentos desafortunados de nuestra historia, sino como una experiencia enriquecedora en el plano personal o profesional. En cualquier caso, siempre se cuenta con la posibilidad del retorno, sin que éste sea considerado un fracaso.

El Estatuto de los Andaluces en el Mundo reconoce la condición de andaluz en el mundo a los residentes en otras comunidades o en el extranjero, así como a quienes han retornado a su tierra. Y cerca de cuatro mil andaluces deciden volver cada año a Andalucía. Nuestro marco legislativo asegura a todos ellos el derecho de participación en la vida pública y social. Les permite gozar de los mismos derechos, deberes, prestaciones y servicios que los residentes en Andalucía.

Hemos consolidado la igualdad de oportunidades entre todos los que amamos este espacio común y hemos fortalecido la cohesión de la población andaluza. Un objetivo prioritario del Gobierno andaluz es mostrar nuestra realidad actual y potenciar una imagen de Andalucía asociada a conocimiento, investigación, educación e innovación.

Quiero felicitar a la Residencia de Estudiantes por estos cien años de estímulo a la creación, a la investigación, de diálogo con la modernidad y pensamiento crítico. Hoy reconocemos su trayectoria de compromiso con las libertades públicas y su contribución a la formación de nuestros intelectuales y literatos, en especial de la Edad de Plata. En los últimos veinticinco años, la Residencia ha puesto un empeño muy particular en sacar a la luz la honda verdad de una generación silenciada por el exilio.

Mi agradecimiento por la memoria recobrada de los autores del Sur. Sus sueños de libertad, sus sonrisas, su sentido de la belleza, también sus escalofríos y, sobre todo, sus palabras quedan para las nuevas generaciones como el poso más lúcido y comprometido de nuestra cultura andaluza.

Espero que sigamos colaborando con nuevos proyectos en común para que la Residencia se convierta en un espacio privilegiado para dar a conocer lo mejor de nuestro patrimonio cultural. Andalucía tiene mucho que ofrecer. Hemos avanzado mucho, y lo hemos hecho, además, en muy poco tiempo. La realidad de hoy es la de una Comunidad moderna y a la vanguardia de muchos proyectos e iniciativas de gran importancia para su futuro y para el futuro de todos.

Ya somos una región especialmente dinámica y a la vanguardia en sectores como el aeronáutico, las energías limpias, la tecnología agroalimentaria, el turismo o la investigación sanitaria, especialmente en materia de biomedicina, biotecnología, genética y otras áreas de conocimiento que van a marcar la medicina del siglo XXI. Tenemos un capital humano cualificado y la educación es el centro de nuestra acción política.

Nuestra Comunidad es también un referente por el desarrollo de un modelo de concertación social que ha contribuido poderosamente al crecimiento de la economía, el empleo y la paz social. De igual manera, las entidades andaluzas en todo el mundo dais testimonio elocuente de que la convivencia, sostenida por el clima de diálogo, colaboración e intercambio mutuo, es el camino para hacer avanzar nuestras modernas sociedades multiculturales.

Los andaluces que tenéis vuestra residencia fuera de Andalucía sois esenciales en esta tarea para combatir el tópico. Ya habéis iniciado el camino, tanto a nivel personal como colectivo, de dar a conocer la realidad andaluza actual. Al mismo tiempo que reconocéis vuestra propia singularidad, tratáis de armonizarla con la cultura de la tierra que os acoge.

Demostráis así que la identidad andaluza es respetuosa y está abierta al mestizaje. Y se sostiene sobre los valores de la igualdad y la solidaridad. Nuestra patria es la libertad y el respeto a la diferencia dentro de la igualdad. Con estos valores y la responsabilidad que adquirimos aquel 28 de febrero de 1980 para que nadie decidiera por nosotros, hemos de trazar el futuro.

Somos conscientes de que tenemos por delante grandes retos y desafíos, pero también que tenemos la fuerza y la capacidad para conseguir, como en otros momentos de nuestra historia, los ambiciosos objetivos que perseguimos.

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