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Intervención del presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, durante el I Congreso para el Estudio de la Violencia contra las Mujeres

29/11/2010
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Este congreso trae a primer plano la necesidad de formarnos; de avanzar en el conocimiento de la violencia machista, para diseñar estrategias; para trabajar de forma coordinada; para poner fin a esta intolerable, pero persistente, forma de dominación.

Las estadísticas de la violencia contra las mujeres en España siguen denunciando que aún queda mucho por hacer.

Somos conscientes de que sólo la igualdad real nos permitirá acabar con esta forma de terrorismo. Pero conseguirla no es una tarea fácil. Por eso estamos hoy aquí. Para redoblar los esfuerzos diarios para erradicar esta forma de discriminación, la más cruel, hacia las mujeres.

En las dos últimas décadas la comunidad internacional ha avanzado mucho en el establecimiento de un marco jurídico para atajar todo tipo de comportamientos que desembocan en la violencia de género.
Además, hemos conseguido, entre todos, alcanzar un nivel de concienciación imprescindible y movilizar actitudes y comportamientos.

Hemos hecho visible un problema que, hasta hace tan sólo unas décadas, se mantenía en la esfera de lo estrictamente privado.

Hoy las agresiones son condenadas y castigadas como lo que verdaderamente son: una violación de los derechos humanos, además de una forma de dominación por la fuerza.

Cada día están más presentes en todos los ámbitos de nuestra convivencia el reproche social, la prevención y la sanción. Tenemos que insistir en que la denuncia de los casos de violencia contra las mujeres es una responsabilidad de todos y la única forma de acabar con ella.

La violencia de género es la expresión más clara de que la dominación de hombres sobre mujeres aún no se ha extinguido.

Aunque se ha avanzado mucho en su eliminación, persisten aún en nuestra sociedad viejos prejuicios y nuevas formas de resistencia a aceptar la igualdad en todas sus consecuencias.

Hay todavía un largo camino hasta la igualdad real.

Y hemos de ser conscientes de que sólo avanzaremos si rompemos no ya con las discriminaciones obvias sino también con aquellas otras que, conscientes o inconscientemente, toleramos o simplemente no las consideramos.

La lucha por la igualdad es también la expropiación de un poder ilegítimo. Y, por eso, genera resistencias que alcanzan su expresión más repugnante cuando se ejercen con violencia.

Pero debemos saber que, de la misma forma que hay manifestaciones sutiles de la discriminación, que no son tan evidentes, también hay violencia de género sin llegar a expresarse en el maltrato físico.

La mujer sabe lo que es el mobbing mucho antes de que se consolidara como acoso laboral.

A finales del siglo XIX, Sofía Tolstoi escribió lo siguiente en su diario, que ahora se acaba de editar en España:

"Todo me resulta muy difícil como la abrumadora indiferencia que, hace mucho, me demuestra mi marido que carga todo sobre mis espaldas, absolutamente todo sin excepción: los hijos (tuvo 16 partos), la hacienda, las relaciones con la gente, los negocios, la casa, los libros...Y que por todo me desprecia con una indiferencia egoísta y crítica...¿Y qué es de su vida? Pasea, monta a caballo, escribe un poco, vive donde y como quiere y no hace absolutamente nada por su familia, sin dejar de beneficiarse de todo".

Al leer a Sofía Tolstoi entendemos bien lo que decía antes de que la igualdad no es solo una determinación jurídica sino una expropiación de un poder y unos privilegios tan históricos como ilegítimos.

Por eso se produce una resistencia social que, en los casos más extremos, se expresa con violencia física, pero que, en otros muchos casos, adquiere formas más sutiles que persiguen el mismo fin de conservar esta forma de dominación.

Entre estas formas sutiles podemos incluir desde el chiste machista hasta el desprestigio de la causa del feminismo que es tanto como decir la causa de las mujeres por la igualdad.

La misoginia se actualiza constantemente.

A veces es brutal en su expresión. Pero, en muchas ocasiones se esconde detrás de causas que aparentemente son respetables.

Se actualiza por ejemplo cuando se trata de minimizar la violencia situando el problema en las denuncias falsas que son, sin duda, reprochables, pero que no deben tapar la realidad de esta forma repugnante de dominación que es la violencia machista. Se minimiza también cuando se acusa a las mujeres de un anhelo de revancha; o cuando se resisten a derogar un lenguaje machista.

El neomachismo es una manifestación más del pensamiento reaccionario. Que teme la igualdad, la desprecia, que desprestigia la independencia alcanzada por las mujeres.

Por eso estas resistencias a que las mujeres alcancen la igualdad nos exigen seguir alertas.

La sociedad igualitaria que queremos exige una renuncia a encorsetar la experiencia humana en clichés establecidos. Aún tenemos que acabar con la persistencia de roles, de comportamientos, de actitudes en función del género.

Y seguir actuando en la sociedad.

Nuestra prioridad tiene que ser ésta: que ninguna mujer se encuentre sola para afrontar la terrible experiencia de la violencia y la privación de libertad.

La dimensión y la gravedad de un fenómeno como la violencia hacia las mujeres requiere de respuestas contundentes e intervenciones integrales desde todos los ámbitos.

Así lo hemos hecho, desde hace más de dos décadas, aumentando los recursos, tanto en la prevención como en la atención y protección de las víctimas.

Contamos con protocolos definidos para una actuación adecuada en el plano médico, psicológico y legal. Con una red de formación para que los profesionales puedan prevenir, diagnosticar y atender adecuadamente los casos de maltrato.

El recién creado Observatorio contra la violencia de género recaba información de todas las instituciones implicadas en su erradicación para mejorar nuestro sistema.

El año pasado pusimos en marcha un sistema pionero en España: el Punto de Coordinación de las Órdenes de Protección y la Comisión Institucional de seguimiento de las acciones para la erradicación de los malos tratos. De esta forma, hemos ganado en eficacia y rentabilizamos recursos.

La colaboración entre administraciones, instituciones y asociaciones ha sido la mejor herramienta para consolidar una red de prevención, atención y protección que, cada vez, cerca más la violencia.

Se trata de crear un ambiente de seguridad, confianza, respeto y convivencia pacífica que permita a las mujeres y a sus hijos superar la condición de víctima y reconstruir el equilibrio familiar. Para ello hemos puesto en marcha un sistema de gestión que mejore la calidad de los servicios y la atención prestada.

Desde su puesta en marcha en septiembre del año pasado, el programa de atención psicológica a menores víctimas de la violencia de género ha atendido a más de 500 personas. Se trata de mejorar el bienestar psicosocial de las víctimas y atender sus necesidades educativas, sanitarias, jurídicas... Y hacerlo dentro del marco de recuperación integral de sus madres.

De acuerdo con el Protocolo nacional de atención a menores, al que Andalucía se ha adherido, tenemos que garantizar la protección de los derechos de los niños y adolescentes víctimas de la violencia con medidas que les ayuden a recuperar la dignidad y atiendan sus necesidades.

Una parte esencial de la recuperación de las víctimas es su inserción sociolaboral. Los programas de formación y empleo son una pieza esencial del proceso de recuperación.

Más del ochenta por ciento de mujeres que participaron en ellos el año pasado han conseguido un trabajo. Ello les permite ejercer plenamente sus derechos y ser reconocidas por su aportación a la sociedad.

Para trabajar desde el ámbito de la prevención estamos ultimando en Andalucía el Plan de sensibilización. Una herramienta que va a ayudarnos a identificar los comportamientos y las actitudes que son el germen de una situación que puede desembocar en violencia, en cualquiera de sus formas.
Especialmente entre los más jóvenes. No podemos olvidar que trece de las mujeres fallecidas en lo que va de año, es decir, una quinta parte, tenían entre 16 y 30 años.

Nuestra principal apuesta, por tanto, tiene que ser la educación. Porque la educación libera, crea conciencia y desarrolla la capacidad para pensar por uno mismo, para elegir. Porque genera oportunidades y prepara a los niños y niñas para vivir una vida propia y desarrollar todas sus potencialidades en la esfera pública, en igualdad de condiciones.

La convivencia en el ámbito escolar es el mejor mecanismo para que los niños y niñas aprendan que una sociedad democrática debe "reposar sobre consensos". Y ellos sólo son posibles entre personas capaces de entenderse mutuamente. Esta es la gran tarea de la educación del siglo XXI como nos ha dicho la socióloga Marina Subirats.

La coeducación es uno de los grandes hitos para la consecución de la igualdad real entre mujeres y hombres. Hay más de 3.000 profesores implicados en esta tarea; talleres formativos para docentes y asociaciones de padres y madres.

Por eso en la escuela hay que trabajar con códigos comunes a hombres y mujeres, con un lenguaje claro y un reparto equilibrado de los tiempos y los espacios.

Perseguimos un cambio social de gran calado. Un cambio que sólo será posible con el compromiso ciudadano en la erradicación de las diversas formas de exclusión y discriminación; de todo tipo de dominación; de cualquier forma de violencia.

Necesitamos movilización social. Ciudadanía activa.

Y ciudadanía activa es el movimiento asociativo de mujeres, los profesionales que aportan su compromiso diario, las personas que ofrecen apoyo desinteresado y las que denuncian. Todos ellos, con un esfuerzo constante, tenaz y enérgico, han conseguido que la sociedad haya interiorizado el mensaje de la igualdad.

También son ciudadanía activa los medios de comunicación transmisores de valores y creadores de opinión. Necesitamos de su compromiso por erradicar estereotipos sexistas, por luchar contra la incultura del grito, que se impone en tantas tertulias.

Y ciudadanía activa es, principalmente, la familia. Porque en la esfera privada se enseñan roles igualitarios y la resolución pacífica de conflictos.

A todos los demócratas, sin excepción, nos compete ser la voz de alarma contra las injusticias y trabajar por la igualdad.

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