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Discurso de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, en el acto institucional con motivo del Día de Andalucía

28/02/2016
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Gracias por vuestra presencia aquí. Gracias también a quienes nos están viendo en este momento a través de los medios de comunicación o de Internet. Gracias especialmente a los que están lejos de nuestra tierra y que, cada 28 de febrero y cada día del año, lamentan no poder estar con los suyos.

Sé que hoy también, en este día de fiesta, muchas familias están echando de menos sobre todo a sus jóvenes, a sus hijos e hijas, a sus nietos, que han dejado su hogar y que han cruzado fronteras para ganarse una oportunidad. Andalucía debe estar con ellos y todos debemos fijarnos como reto colectivo, como pueblo, lograr que vuelvan pronto y que encuentren aquí en su tierra, Andalucía, una oportunidad.

Gracias a todos y cada uno de los galardonados hoy, que se suman a una ya larga y honrosa lista de ciudadanos y ciudadanas reconocidos por su labor por Andalucía.

Andalucía es una tierra grande y, desde el principio de la historia, una tierra con el corazón abierto. A todos nos une el amor por nuestra tierra, el orgullo de ser hijos e hijas de Andalucía. Una identidad a la vez fuerte y abierta, que nos permite ser andaluces y andaluzas sin discusión posible, y ser al mismo tiempo españoles, europeos y ciudadanos y ciudadanas del mundo.

Cada año Andalucía escoge a un puñado de hombres y mujeres, en los que representamos el mérito y el esfuerzo en distintos ámbitos.

Gracias Ángel por tus palabras en defensa de la sanidad pública andaluza, en defensa de los profesionales, de los hombres y mujeres que nos dan dos veces la vida, primero cuando ayudan a que lleguemos al mundo y luego, en muchas ocasiones, cuando vuelven a abrirnos una puerta a la esperanza a través de la salud.

Gracias Joaquín por tus palabras en nombre de todos ellos. Nos alegra que la gente te sienta suya, fuera y dentro de Andalucía y también al otro lado del Atlántico. Por eso representas bien a la cultura andaluza que, si por algo se distingue, es por ser y querer ser española y universal.

Porque es verdad que la cultura define a los pueblos. Nos hace singulares, distintos, diversos. Nos aporta señas de identidad, pero a la vez nos permite comunicarnos, transmitir ideas, sentimientos, pasiones. La cultura distingue pero, a la vez une, enriquece y acerca a los pueblos. Nuestra cultura no nos separa de nadie, no nos impide reconocernos en otros, y además ayuda a que compartamos con ellos.

Como cada año, es materialmente imposible no incluir entre los galardonados a un amplio número de hombres y mujeres de la cultura, el arte o la comunicación. El caudal de civilización que mana de Andalucía desborda cualquier cauce y riega y hace fértil la creatividad de nuestra tierra.

Israel Galván, Manuel Carrasco, Pilar del Río, Juan de Dios Mellado, ser sobresalientes en la cultura tiene un gran mérito. Pero destacar en el campo fértil de la creatividad andaluza es aún más complicado. Enhorabuena.

Vivimos en Andalucía, como podríamos decir en España y el resto de Europa, un momento de incertidumbre difícil y complicado, que se proyecta en numerosos ámbitos.

Pero la incertidumbre no es más que una combinación entre riesgos y oportunidades. Ninguna sociedad que quiera avanzar puede sentirse paralizada por los riesgos, sino que debe sentirse estimulada por las oportunidades y cambiar lo que tengamos que cambiar para poder aprovecharlas. Soy de la opinión que sin autocrítica de aquello que no funciona, que no nos va bien, si no lo valoramos no podremos avanzar.

Sé bien que el triunfalismo es paralizante y además una rémora para superar las dificultades que aún tenemos por delante, que no son pocas, pero conocer y resaltar los logros alcanzados nos debe servir como estímulo para seguir trabajando con ahínco, ilusión y perseverancia.

La confianza en nuestras propias posibilidades, la motivación es el primer requisito para el desarrollo de cualquier sociedad. En este sentido, los andaluces y andaluzas hemos dado sobradas muestras de querer cambiar nuestra tierra y también hemos dado muestras de nuestra capacidad como pueblo para poder hacerlo.

Los viejos tópicos perviven entre los que, recordando a Machado –del que hace sólo unos días se han cumplido 77 años de su fallecimiento--, desprecian aquello que ignoran: que nuestra tierra y nuestra gente han dado un salto adelante que, en términos históricos, ha tenido una colosal dimensión.

Estamos en nuestro derecho, y yo me encuentro en esa obligación, de decirles alto y claro que el territorio de España que más más y más intensamente se ha transformado en las últimas décadas es, sin ninguna duda, el nuestro: Andalucía.

Sí, porque es cierto que seguimos teniendo carencias importantes, y especialmente tenemos un drama, el drama del desempleo, de tener miles y miles de familias que todos los días se levantan sin esa oportunidad, que ven irse a los hijos y a los nietos, que no tienen lo más básico para llevar adelante una vida con dignidad, que es el empleo, y ver todavía hoy que hay miles que, pese a tener empleo, no tienen ni siquiera para sacar adelante a los suyos.

Una sociedad moderna y avanzada como la nuestra tiene que tener la sensibilidad y el esfuerzo de poner todos los recursos, cuanto tenemos en nuestras manos, para crear empleo. Y desde aquí ayudaremos, Miguel, a cuantos hombres y mujeres ponen de su parte, juegan en la ruleta de la creación de empleo con su pecunio familiar. Esos hombres y mujeres autónomos, empresarios, que quieren crear riqueza y dar empleo a otros andaluces.

Pese a esa lacra, nuestra sociedad es una sociedad moderna y avanzada. Una sociedad que en los últimos años ha construido infraestructuras de comunicaciones equiparables a las de nuestro entorno español y europeo. Nuestra economía se ha fortalecido, abierto y diversificado y presenta rasgos cada vez más innovadores. Hemos protegido eficazmente y puesto en valor nuestro patrimonio cultural, natural y medioambiental. Contamos con una Andalucía cada día más cohesionada territorialmente, y los equipamientos y la calidad de vida en nuestros pueblos y ciudades eran impensables a ese nivel hace tan solo unos años.

Y de una sociedad avanzada por cuanto se han universalizado los grandes servicios públicos de educación y sanidad, creando las infraestructuras necesarias. Siempre lo hemos hecho y lo seguimos haciendo. Aquí, en Andalucía, se ha generalizado la educación superior y se ha creado todo un sistema de ciencia, investigación e innovación. Se han desarrollado ampliamente los servicios sociales y nuestra comunidad tiene el orgullo de estar a la cabeza de España en la aplicación de la ley de dependencia.

Hemos transformado la agricultura, aumentando la competitividad y situando nuestros productos en una referencia mundial. Hemos transformado la industria, y tendremos que seguir haciéndolo, porque es lo que nos va a permitir que en futuras crisis económicas Andalucía tenga un tejido productivo más fuerte, capaz de superar en mejores condiciones y con menos disparo de la tasa del desempleo situaciones de crisis como ésta que hemos atravesado. Tenemos en estos momentos sectores importantes y punteros, como el aeronáutico o las energías renovables. Hemos fortalecido extraordinariamente nuestra capacidad exportadora y la internacionalización de nuestras empresas

Hemos transformado nuestra relación con el medio ambiente, somos la comunidad con mayor porcentaje de territorio protegido, tenemos espacios naturales de referencia mundial como Doñana o Sierra Nevada y hemos puesto en marcha la estrategia más avanzada contra el cambio climático, que pronto se convertirá en una ley, pionera en España.

Hemos levantado una red de infraestructuras de primer nivel. Contamos con una red de universidades públicas que cada día crece en excelencia: un gran número de empresas de muchos países del mundo, incluido el más poderoso, Estados Unidos, están aplicando patentes y licencias investigadas, creadas y desarrolladas en Andalucía.

Hemos transformado nuestro sistema educativo, universalizándolo, facilitando el acceso de toda la población, incorporando el bilingüismo y las nuevas tecnologías.

Y lo hacemos con la voluntad de que nadie quede excluido de un derecho fundamental como es recibir educación de calidad. Una necesidad que partió de gente como María Luisa Escribano, una vida entera entregada a personas con necesidades especiales.

Creo que nunca podremos agradecer suficientemente los desvelos de nuestros maestros y maestras. Cada mañana, cuando abren con su llave la puerta del aula, abren a la vez un universo de conocimiento y experiencia para nuestros niños y niñas, formándolos como hombres y mujeres libres y críticos. En las manos de los maestros y maestras que moldean a nuestros niños y niñas ponemos lo más preciado de nuestra tierra, que son ellos y son nuestro futuro.

Reconocerles su trabajo, apoyarles, facilitarles su tarea, destinar todos los recursos posibles, es nuestra obligación. Sin ellos, ese formidable ascensor social que es la educación evidentemente no funcionaría. Debemos ser conscientes de que el primer paso en la vida de un ser humano es contar con una educación digna y de calidad. Sin ella, las dificultades que tendría para abrirse paso en la vida se multiplicarían. Lo saben bien muchos de nuestros mayores que me estarán oyendo.

Unos mayores que también saben que durante mucho tiempo de su vida, cuando una enfermedad entraba en casa, entraba con la enfermedad la ruina.

Por eso de pocas cosas podemos estar más orgullosos los andaluces que de haber levantado un sistema público de salud que se sitúa entre los mejores del mundo. Quiero detenerme aquí un momento, porque cuando hablamos de salud hablamos de la vida de las personas.

Ángel Salvatierra, hijo predilecto de Andalucía, estimados profesionales del equipo de neurocirugía del Hospital Regional de Málaga: En vuestras manos no solo está a menudo la vida de las personas a las que operáis. En vuestras manos hay algo más: hay un mensaje de esperanza, de solidaridad, de seguridad de que todos vamos a tener el mismo derecho a ser atendidos en las mismas condiciones cuando enfrentemos algo que es inexorable en la vida de un ser humano como es la enfermedad.

Cuando cualquier ser humano, cualquier hombre o mujer en Andalucía tenga que enfrentarse al hecho de poder mejorar su vida o incluso salvarla.

Cuando la sanidad pública andaluza opera a un chico que en sus labios lleva un instrumento musical a través del cual expresa la creatividad que da sentido a su vida.

Cuando una abuela dona a su nieto bebé un trozo de su hígado en una operación pionera en España. Cuando un paciente que se encuentra en la angustiante lista de espera recibe unos pulmones o un páncreas. Cuando unos médicos andaluces recrean en 3D un corazón infantil que le va a permitir intervenir a otro con más precisión y con mucha más seguridad en el pecho de ese chiquillo.

Cuando patentes desarrolladas por profesionales andaluces de la investigación biomédica se aplican en medio mundo. O cuando investigamos remedios y prevención de enfermedades que cada día sentimos más andaluces más cerca, como es el Alzhéimer. Cuando nacen niños libres de una enfermedad hereditaria que en muchos casos les habría condenado a una vida corta y de sufrimiento. Cuando gente desinteresada, como los andaluces de Medicus Mundi, llevan la atención sanitaria a rincones abandonados del planeta.

Cuando todas estas cosas suceden, y suceden en Andalucía, no sólo se demuestra que la sanidad pública andaluza está a la vanguardia mundial, sino que se expresa un valor fundamental de nuestra tierra: la solidaridad. Encuentra además ahí, en la medicina, un cauce de altísima utilidad humana.

Cuando Andalucía, un año tras otro, está a la cabeza de España de los trasplantes de órganos y tejidos, nuestra tierra lleva a la práctica nuestro concepto de la vida como valor supremo. Y no creo que haya forma más hermosa de expresar ese valor como cuando sabemos que el corazón de un andaluz donante late ahora en el pecho de un catalán o un madrileño. Da igual lo que piense, a quien vote o el color de su piel, da igual que tal vez no sepa nunca que ese corazón era de un andaluz. Pero es así, y debemos estar también muy orgullosos de ello.

Andalucía está igualmente en deuda con sus profesionales sanitarios. Reconocer el enorme esfuerzo que les ha supuesto mantener un sistema universal y de calidad, en las grandes y complejas operaciones o en el día a día de las consultas de médicos de familia, en las salas de curas, en las urgencias o empujando una camilla. Y de haberlo hecho con muchas dificultades presupuestarias en estos años de crisis.

Reconocer dicha deuda significa poner en valor su trabajo y, lo más importante, continuar apostando con toda firmeza por nuestra sanidad pública y por su sostenibilidad.

En realidad, estamos en deuda con el conjunto de trabajadores públicos. Recuperar sus derechos, tener en cuenta su opinión a la hora de organizar estos servicios públicos, fortalecer su prestigio en la sociedad, es una tarea inexcusable y además un reto colectivo de nuestra comunidad.

Porque este conjunto de servicios públicos que engloba el Estado de Bienestar son la principal garantía de que verdaderamente haya una igualdad efectiva entre los ciudadanos. Igualdad en la salud, en la educación, igualdad de oportunidades en todos y cada uno de los ámbitos de la vida.

Esta aspiración de justicia estaba en la base del 28 de febrero que hoy conmemoramos. Pero, si me permiten, esta apuesta por la igualdad no es sólo cuestión de justicia social. Unos servicios públicos eficientes son no solo un factor de cohesión y equilibrio social –bases imprescindibles para una sociedad que aspire a ser próspera- sino que además constituyen un extraordinario factor de competitividad en nuestra economía.

Por eso es importante que defendamos y consolidemos el Estado de Bienestar y que elevemos a categoría de derechos irrenunciables todo este conjunto de servicios y prestaciones que así lo garantizan.

Como he dicho, porque está en el ADN de nuestra autonomía, porque responde a una concepción profundamente humana de la sociedad y porque, además, es una decisión económica correcta: quien piense que permitiendo mayor desigualdad nos ahorramos costes, yerra de medio a medio. A la larga la desigualdad lastra nuestra capacidad de crecimiento y conduce a las sociedades al ostracismo humano y económico.

Las personas son la base de la sociedad, pero también de la economía. Ninguna economía puede funcionar de manera eficiente si no garantiza que las personas puedan desarrollar sus potencialidades y tener una vida digna. Y para lograrlo no hay otro camino que una decidida apuesta por la equidad y la igualdad de oportunidades.

Y, en referencia a la equidad, Andalucía, como el resto de España, se enfrenta a una realidad inaceptable y es que la desigualdad, en muchísimas ocasiones y especialmente en estos años de crisis, tiene rostro de mujer.

En efecto, no tiene mucho sentido que apostemos por la igualdad entre los territorios, por la igualdad en el acceso a los servicios públicos, y sin embargo permanezcamos impasibles o no hagamos lo suficiente por atajar la desigualdad lacerante que afecta a millones de mujeres.

Una sociedad no puede aparecer como cohesionada y unida si la mitad de la población vive discriminada. Si existe una brecha salarial entre mujeres y hombres. Si trabajamos lo mismo y no se cobra igual.

Si son las mujeres las que siempre tienen que salir y entrar del mercado de trabajo para conciliar la vida familiar. Si las pensiones de las mujeres son más bajas de la de los hombres.

Tenemos que ser tajantes en esto: la desigualdad que afecta a las mujeres es incompatible con cualquier sociedad que se reclame avanzada. Combatirla debe ser una prioridad de todos. En toda España, por supuesto. Y en lo que respecta a Andalucía, tener muy claro que no podemos dar ningún paso atrás, denunciar cualquier acto de discriminación, perseverar en la perspectiva de género en cada una de nuestras políticas públicas, fortalecer la inspección y la coordinación para evitar que se segregue ocupacionalmente a hombres y mujeres en los puestos de trabajo.

La lucha contra la discriminación no puede basarse solo en minutos de silencio o golpes de pecho. Son necesarios recursos, ayudas, presupuestos. Lo sabe bien Gracia, una mujer que lucha día a día contra la violencia de género desde la fiscalía de Jaén.

No, no podemos regatear ni un solo esfuerzo para acabar de una vez por todas con una violencia machista que se ha cobrado ya en nuestro país más víctimas que todas las organizaciones terroristas juntas.

No podemos sentir ante eso que no nos atañe. Cuando los atentados, en París o en Bruselas, muchos de nosotros contemplábamos con horror las imágenes en televisión de hombres y mujeres que estaban sentados en la terraza de un bar para almorzar, para tomar un café o para cenar. Y sentíamos con horror que en un momento tan cotidiano como ese les arrancaran la vida.

Os pido que sintamos el mismo horror al pensar que hay mujeres que todos los días del año sienten el horror de que ese puede ser su último día, que quizás en ese momento le llegue la hora. Y de esos niños y niñas menores que miran a los ojos de sus madres y sienten el mismo pánico y el mismo horror recorriendo sus pequeños cuerpos.

Los nombres de las 57 mujeres asesinadas en España el pasado, trece de ellas en Andalucía, deberíamos tenerlos todos grabados a fuego. Deberían de grabarse en nuestras conciencias y poner todo lo que tengamos colectiva e individualmente.

Yo siento también el orgullo de ese andaluz, que ejerce como andaluz, Alejandro Sanz, que con un solo gesto ha hecho muchísimo más de lo que podrían hacer miles de campañas y miles de actuaciones, institucionales o colectivas, hasta estos momentos.

Hace treinta y seis años, el 28 de febrero de 1980, los andaluces tuvimos la oportunidad de decidir nuestro futuro. Lo hicimos en el marco de la Constitución de 1978, una Constitución que se había elaborado y aprobado desde el consenso y la concordia y que, gracias a ese espíritu, nos permitió inaugurar una etapa de nuestra historia que, con todas las carencias que podamos señalar, ha sido la más fructífera, la más justa y la más libre de todo el recorrido histórico de la nación española.

Para algunos, aquella Constitución es un candado. Yo más bien creo que para la inmensa mayoría abrió la puerta a los sueños de libertad, justicia e igualdad.

Igualdad en todos los órdenes, sí, porque en aquel momento inaugural de nuestra autonomía, se trataba de optar por dos caminos diferentes.

Uno era el de continuar un del modelo territorial español que se caracterizaba por la desigualdad desde el punto de vista de cómo articulábamos institucionalmente nuestro país, que no era más otra cosa que la discriminación entre unos territorios y otros, condenar a unos españoles a ser de primer y a otros españoles a ser de segunda.

Otro camino, el que defendió y votó la gran mayoría del pueblo andaluz, era el de la igualdad, igualdad de posibilidades e igualdad de oportunidades para todos los territorios de España.

Al elegir este modelo, Andalucía se dio a sí misma la oportunidad de hacer algo de lo que habíamos adolecido durante mucho tiempo: la posibilidad de emprender un proyecto colectivo, con dos objetivos: la cohesión y la integración social.

Entonces teníamos esperanza. Hoy tenemos mucho más, porque la autonomía ha significado, con sus dificultades, un camino de éxito para nuestra tierra.

Pero me gustaría destacar también que el 28 de febrero no sólo permitió que el pueblo andaluz pudiera empezar a transitar por la vía de la autonomía plena para sí mismo, sino que abrió la puerta para que lo pudieran hacer todas las comunidades que lo desearan.

Franqueamos, con gran esfuerzo una puerta que quedó irrevocablemente abierta para todos los demás.

Este carácter propio y específico de la movilización del pueblo andaluz que culminó el 28 de febrero, el haber sido al mismo tiempo palanca para la autonomía propia y puerta para todos los demás sin excepción, quizás pueda ser la mejor definición de nuestra forma de ser y de sentirnos españoles.

Contribuimos desde Andalucía a hacer una España mejor, imprimimos carácter a la España democrática, y lo hicimos y lo hacemos con la bandera de la igualdad.

Hoy, en 2016, a veces se escuchan algunos ecos de aquellas voces del pasado que se negaban a admitir ese impulso de libertad e igualdad y hoy, como entonces, debemos alzar la voz de nuestra tierra para recordar que la España amante de su diversidad debe y puede construirse todos los días desde el respeto siempre a sus diferencias pero jamás desde el agravio, la discriminación y el privilegio.

Estamos en un momento importante, un momento para sentarnos todos, reflexionar juntos sobre los cambios que, sin duda, debemos acometer y actuar unidos para favorecer, impulsar y llevar a buen puerto esos necesarios ajustes en nuestro modelo de convivencia.

España necesita diálogo y acuerdo. Es el momento de elevar la mirada, de saber distinguir aquello que nos une de lo que nos separa, de esforzarnos por encontrar los puntos comunes y básicos en los que fundamentar este nuevo tiempo en el que nos estamos adentrando. Para ello, el diálogo no se puede entender como un juego de suma cero, en el que para que unos ganen otros tienen que perder. Por ahí no hay posibilidad de avanzar.

Está bien plantear debates, pero es responsabilidad de los políticos no condenar a cada generación de españoles a inventar el fuego abrazándose las manos, aquella advertencia que con tanto acierto nos hizo Manuel Azaña. Debemos mirar el pasado pero hacerlo con ojos de futuro. Una actitud sensata que evite el adanismo, el creer que la historia comienza con nosotros y que lo que nos precede ha sido un error.

Nuestras instituciones democráticas, también nuestra Constitución, necesitan reformas, en algunos casos, reformas profundas.

Oímos hablar ahora de la reforma de las Diputaciones. No puedo estar nada más que a favor de que reformemos instituciones como estas, que son casi bicentenarias y que requieren mejoras. Pero sólo pido que cuando se aborde este asunto se haga teniendo en cuenta la gran tarea que hacen cada día las Diputaciones Provinciales para dar oportunidades a esos pequeños municipios que, de otra manera, no las tendrían. Pienso cómo serían los pueblos de las Alpujarras de Granada o Almería, o El Madroño o Lora de Estepa en Sevilla, o Torre Alhaquime en Cádiz o Santiago Pontones en Jaén. Cómo sería el mantenimiento de sus carreteras, de sus caminos rurales, de sus servicios sociales, o su atención domiciliaria a esas personas que lo necesitan.

Pienso en tantos y tantos municipios y pequeñas entidades locales, y en la población que ha podido mantenerse allí garantizando la cohesión territorial de Andalucía. Y lo hacen con una vida digna y digo: reformemos, mejoremos, hagamos lo que tengamos que hacer para mejorar, sin miedo, pero a la vez conservemos todo lo que tenemos que conservar. Porque lo construido en estos años de democracia es mucho y es bueno.

Las reformas tampoco pueden abordarse desde el rencor ni desde el desprecio a las instituciones y a lo que encarnan: la voluntad democrática de los ciudadanos, que en cada momento histórico han otorgado la confianza libremente a quien han querido.

Queda mucho por hacer, mucho que mejorar en la Administración para que sea más ágil, transparente y eficaz. Y sobre todo, debemos cortar de raíz cualquier atisbo de corrupción. Es bochornoso y es un lastre para nuestra democracia, mina la credibilidad de la política, mina la credibilidad de quienes están en lo público y separa a los ciudadanos de lo que es suyo, sus instituciones.

Hay muchas injusticias que resolver, mucho espacio por ganar en los derechos y el bienestar de todos. Pero no podemos olvidar que cada derecho conquistado, que cada libertad ganada, ha sido fruto del esfuerzo de mucha gente en muchos años de lucha y sacrificio.

Entre los galardonados de hoy se encuentra un ejemplo vivo de esta lucha.

Josefina, en ti rendimos tributo a esa niña alpujarreña que emigró a Orán y que lavaba ropa por las casas. A la luchadora incansable en tiempos muy oscuros. Pero en ti queremos homenajear a los miles y miles de militantes de la izquierda, como tu inseparable Marcelino. Aquellos hombres y mujeres socialistas, comunistas, militantes en todo el arco de la izquierda, como los procesados del 1001, en los sindicatos, en las fábricas, en la universidad o en el exilio, que se jugaron la vida y se dejaron la piel por la libertad y la democracia en España. Algunos piensan hoy que lo que lograsteis fue poco. Yo creo que lo distéis todo y todos ganamos mucho con vuestro esfuerzo y vuestro sacrificio.

Fuisteis ejemplo de la política noble y generosa. Como lo fueron otros, desde posiciones políticas bien distintas. Muchos de estos políticos, han ocupado, con toda dignidad y honradez, escaños en el Parlamento de Andalucía o en el Congreso de los Diputados. Soledad Becerril, Diego Valderas, Luis Uruñuela, Angel López, Antonio Ojeda y tantos otros. La Andalucía de hoy es, en buena medida, fruto de los esfuerzos de estos hombres y mujeres. De bien nacidos es ser agradecidos.

Desde ese reconocimiento a nuestra historia, Andalucía está dispuesta, como siempre, a hacer su aportación. Sólo pedimos, con toda modestia, pero también con toda firmeza, que no se juegue con cosas importantes y me refiero en particular a lo que debe estar fuera de toda discusión: la unidad de España y la igualdad de todos los españoles.

Y desde estos principios básicos, Andalucía tiene mucho que aportar a España, a Europa y al Mediterráneo. A menudo, los propios andaluces hemos interiorizado la idea de que ocupamos una posición periférica. En España o en Europa. Pero vivimos en un mundo global y en ese mundo global, desde muchas perspectivas, Andalucía ocupa un lugar central.

Nuestra tierra es el nexo geográfico entre Europa y el Norte de África, es la puerta del Mediterráneo y es una ventana hacia las Américas. Ha jugado siempre un papel singular como puente entre las distintas culturas, que han dejado entre nosotros una impronta sin la que Europa no puede entenderse como es hoy.

Ocupamos también un lugar central en el tráfico de mercancías, un lugar clave, imbatible. No es sólo Algeciras como primer puerto del Mediterráneo, sino que casi el 25% de todo el tráfico de mercancías de España pasa por los siete puertos andaluces. Y es incomprensible, por ejemplo, que una línea de ferrocarril como la de Algeciras no sea entendida como lo que realmente es: un proyecto estratégico prioritario no sólo para Andalucía, sino también para España y Europa.

Y es importante señalar esto, porque es verdad que algunas comunidades españoles plantean retos urgentes a España, a veces como un auténtico desafío. Y a Andalucía, lo que le corresponde, por el contrario, es aportar cosas importantes a España. En la economía, en la cultura, en las relaciones con el entorno mediterráneo, donde hay multiplicidad de flujos de todo tipo, de intereses políticos, estratégicos y económicos que hacen imprescindible una estrecha, seria y profunda colaboración.

Yo sé que sin colaboración, sin diálogo, sin acuerdo, no vamos a resolver la ansiedad, por ejemplo, de los trabajadores de Abengoa, o la situación de los empleados de la mina de Aguablanca en Extremadura, donde también trabajan muchos andaluces de la Sierra Norte de Sevilla. Por tanto, el diálogo y la colaboración son imprescindibles. Ni la desunión ni la imposición son caminos practicables.

Además, desde este espíritu de colaboración en todos los órdenes, en Andalucía tenemos que poner en valor una realidad: y es que nuestra tierra es, desde un punto de vista geoestratégico, tal vez la comunidad más importante para el conjunto de España, pero también para Europa. Y debemos levantar la voz para que Europa mire más y mejor a las regiones que estamos en el sur.

Desde Andalucía seguimos pensando que lo que necesitamos en estos momentos es más Europa y también una mejor Europa. Una Europa más fuerte en todos los terrenos, y además que sea un actor clave para resolver conflictos y construir un futuro mejor.

Andalucía ocupa un lugar central de los flujos migratorios entre el norte y el sur. Y cuando asistimos al drama incesante de los refugiados que huyen de la guerra, tenemos que levantar la voz ante el trato denigrante e inhumano que están recibiendo estas personas, muchos de ellos ancianos y niños, que lo único que quieren es huir de la guerra y de la muerte. Es imprescindible que desde Europa entendamos que no podemos cerrar los ojos ante lo que está pasando en nuestras fronteras.

Es imprescindible que la dimensión social, de defensa y desarrollo del Estado del bienestar que es uno de los pilares del proyecto europeo, no quede arrinconada por políticas economicistas que olvidan o marginan a las personas.

Los retos de Europa son también los nuestros. En Andalucía conviven con nosotros más de 600.000 personas nacidas en el extranjero. Y este dato que es en sí mismo un signo de los tiempos nos obliga a dar una respuesta a una cuestión clave: cómo nos adaptamos, cómo nos organizamos en las mejores condiciones en este nuevo modelo de sociedad al que nos enfrentamos que es más plural, donde conviven distintas identidades, y cómo lo hacemos de manera respetuosa y enriqueciéndonos el conjunto de la sociedad.

Es lo que tratamos de hacer en nuestra tierra, sobre esa base universal de igualdad de derechos y deberes, y sobre todo de acceso igualitario a los servicios públicos fundamentales. Una apuesta irrenunciable que nos une a España, a Europa y al resto del mundo. Porque precisamente ser andaluz es eso, es una manera de estar en el mundo.

He tratado de fijar algunos retos colectivos que nos afectan a todos y a cada uno de nosotros como andaluces. Tenemos carencias, tenemos problemas, dificultades, especialmente el desempleo, pero también una base sólida y fuerte para superar esas carencias. Contamos con un pueblo noble, pero sobre todo con un pueblo que, cuando recorro los rincones de Andalucía, sé que quiere salir adelante. Y para lograrlo contamos con un preciado don que, lamentablemente, otros pueblos y países no tienen en estos momentos, que es la libertad que te acompaña para decidir tu futuro dentro de España, dentro de Europa y dentro del mundo.

Andaluces y andaluzas, desde ese amor a la libertad y a nuestra tierra, feliz Día de Andalucía.

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