La igualdad no es sólo una declaración formal. Tampoco es una expresión de la ley. Es, sobre todo, un compromiso permanente. Porque la igualdad es real o no lo es. Y este compromiso, en el caso español, es además, lo cual se olvida a veces, un imperativo constitucional. Y es que la Constitución Española de 1978, como lo fue la 1812, la Constitución de Cádiz, es un texto comprometido con su tiempo.