Escuelas de vida. La importancia del Derecho a la Educación.

La llegada de septiembre anuncia, entre otras cosas, vueltas. Vuelta a propósitos renovados, al trabajo, al cole…

Volver al cole.

Cuántas cuestiones giran alrededor de esto…

Listas recogiendo tareas de cuestiones a preparar (compra de libros, materiales…). ¿Quién se encargará de ello?

Volver… ¿de qué forma, en esta situación de oleadas sucesivas de nuevas variantes de COVID?

¿Volveremos todas y todos? ¿En todos los sitios del mundo? ¿Somos conscientes de todo lo que implica y gira alrededor de un colegio?

A lo largo de estas semanas, desde la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AACID) queremos reflexionar sobre todos estos aspectos poniendo de relevancia como los centros educativos son escuelas de vida porque la Educación, ese derecho humano fundamental, es la clave en la lucha contra la pobreza y las desigualdades que posibilita que la población pueda participar plenamente en la vida comunitaria.

Tal es así que el ODS 4 de la Agenda 2030 está basado en los derechos humanos y tiene el propósito de garantizar el disfrute pleno del derecho a la educación como catalizador para lograr un desarrollo sostenible. Aún más. A los retos cada vez más complejos de este mundo interdependiente donde el COVID ha agravado las desigualdades e injusticias revirtiendo los progresos sociales alcanzados en las últimas décadas, la Agenda 2030 se erige como urgente hoja de ruta a seguir y donde precisamente, este ODS 4, es la llave, la palanca para implementar y lograr todos los ODS transformando las inequidades de la sociedad.

La escuela no es solo un espacio físico. Es incuestionable la importancia del entorno de aprendizaje para proporcionar y acompañar al desarrollo integral de la persona. Así por ejemplo, la experiencia de Honduras brinda la oportunidad de contemplar como desde el colegio, el lema de “la vida en el centro”, la relación “planeta-personas” se materializa. Como a través del huerto escolar se logran los insumos para preparar desayunos con los que alimentar los cuerpos que posibilitará alimentar mentes. Porque de todos es conocida la importancia entre la nutrición y el aprendizaje. Huerto y desayunos, gestionados por los progenitores, porque el aula, el centro educativo, es el mundo en pequeña escala. Porque alrededor del mismo, giran actores como AMPAS, administración pública, barrio, entidades… interactuando, aprendiendo y enriqueciéndose mutuamente. Sin duda alguna, esta experiencia de huertos escolares nos recuerda experiencias similares andaluzas, lo cual no es de extrañar a día de hoy, donde lo local y lo global se difuminan.

Como decíamos, el colegio no es solo un espacio físico. En muchos contextos de violencia o desastres naturales, observamos como ese espacio “inmaterial” que acoge a personas con ganas de aprender basta para que prenda la magia de la educación porque todo espacio es susceptible de ser lugar de aprendizaje. Espacios comunitarios como los vistos en los campos de refugiados, que unas veces abrazan reuniones con organizaciones internacionales y población y otras, alumnado con profesorado para que, a través de metodologías lúdicas, se trabajen, entre otros, aspectos de salud mental que ayuden a los menores a recuperar cierta seguridad y su propia infancia. Porque la educación es el escudo primordial de protección de los menores.

Volver al colegio, a esa educación que como recuerda Nelson Mandela, “es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, lamentablemente, no está exenta de riesgos. Malala Yusufzai fue disparada en el autobús que le llevaba al colegio porque aún hoy, en muchos países, en muchas familias, la educación está prohibida para las niñas o se anteponen los varones al disfrute de este derecho. Y ello, pese a que los datos revelan que la mujer instruida tiene más posibilidades de casarse en edades menos tempranas, tiene un menor riesgo de muerte como consecuencia del parto, logra una mayor tasa de supervivencia de sus hijos, invierte un mayor porcentaje de sus ingresos en alimentos y educación para sus descendientes, beneficiando directamente a la siguiente generación y por ende, a su comunidad con una prosperidad nacional más elevada y acelerada.

Volver a espacios donde eduquen que la diferencia, en sus múltiples facetas (raza, género, funcional, económica…), es un valor y no un elemento discriminatorio ni argumento que dispare violencia (en cualquiera de sus manifestaciones). Donde se distingue entre la información, la opinión y la rumorología intencionada.

La educación inclusiva, equitativa y de calidad, la promoción para todos de este aprendizaje permanente se inicia desde la educación infantil, etapa de desarrollo del ser humano en la que se absorben contenidos y valores de un modo natural sobre la que se cimentará las sucesivas nociones y descubrimientos. Países como Marruecos comienzan su andadura en esta etapa educativa convencidos de su incidencia en la lucha contra el abandono escolar.

Padres, madres, profesorado, entidades han demostrado en estos tiempos de pandemia, en estos contextos tan difíciles que parecen ahogar esperanzas, su valor, su dedicación, convencidos de que la fuerza de la educación reside precisamente en proporcionar esas alas, en liberar la mente, en romper círculos vitales donde los descendientes deben perpetuar las vidas de sus progenitores.

Los protagonistas del derecho a la educación, es decir, los niños, niñas y adolescentes tienen mucho que decir al respecto. De las 342 entidades reconocidas como Ciudad Amiga de la Infancia, 85 son andaluzas. Una Ciudad Amiga de la Infancia es cualquier ciudad, pueblo, comunidad o sistema de gobierno local comprometido con el cumplimiento de los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes de acuerdo a la Convención sobre los Derechos del Niño, donde son considerados como ciudadanos de pleno derecho, reconociendo su protagonismo en la agenda política y opiniones a la hora de tomar decisiones. Escuchar a la infancia implica convertirse en ciudades más democráticas, inclusivas, equitativas, acercándonos al cumplimiento de la Agenda 2030.

En esta vuelta al cole, ¿a qué tipo de educación queremos volver? ¿Qué educación necesitamos? ¿Qué lecciones hemos aprendido del COVID y de otros contextos?

La educación va más allá de la simple adquisición de conocimientos. El mundo es cambiante y no podemos prever el futuro. La educación de hoy para el mañana debiera proporcionar los elementos necesarios para que la infancia del presente, adultos del futuro, tengan esa mirada crítica a la realidad interrelacionada que posibilite identificar las desigualdades y cuestionar los sistemas imperantes que las perpetúan (a través de las lentes de los DDHH, de género, de sostenibilidad medioambiental) buscando la transformación de los mismos en aras de la justicia social; esa mirada integral del mundo y de la persona, que opera en la dimensión cognitiva, social-emocional y conductual y que permite comprender qué son los 17 ODS, la vinculación entre ellos y la interrelación con las vidas individuales y colectivas posibilitando el cumplimiento de la Agenda 2030. Una educación que fomenta la creatividad, la participación colaborativa, el empoderamiento como ser humano y agente social transformador. Una educación que existe, y que no es otra que la Educación para el Desarrollo.

Volvemos al cole, a una educación con muchos y diferentes retos por delante. Con experiencias y aprendizajes de lo vivido en la pandemia y en otros contextos. Pero teniendo claro cómo y a dónde queremos llegar. Juntos. Haciendo de la Educación para el Desarrollo la palanca transformadora para la consecución de la Agenda 2030 y de un mundo más justo y equitativo.

Nagore Gardoqui Albizu, Departamento de Educación para el Desarrollo de la AACID.