DÍA MUNDIAL DE LA INFANCIA

El niño es la esperanza y la promesa para la humanidad.

María Montessori.

No hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana.

Plan de Acción de la Cumbre Mundial a favor de la Infancia, 30 de septiembre de 1990.

El 20 de noviembre se celebra el Día Mundial de la Infancia.

Estos días marcados especialmente en el calendario sirven, o debiera servir, para pararnos y reflexionar sobre la importancia de los mismos. ¿Por qué es fundamental recordar y celebrar este día?

No ha sido un camino sencillo. Ni rápido. Pese a que muchos países tenían leyes protectoras de la infancia, no siempre se respetaban ni gozaban de obligatoriedad. Por eso fue necesaria una ardua y larga andadura de negociaciones con gobiernos, ONGD, líderes religiosos, instituciones… para acordar el texto de la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, texto cuyo cumplimiento sí es obligatorio para todos los países firmantes, a diferencia de su predecesor, la Declaración de los Derechos del Niño de 1959, sin carácter vinculante e insuficiente para la protección de los derechos de la infancia.

Esta Convención, que es el tratado internacional de derechos humanos más ampliamente respaldado (son 196 las naciones firmantes, siendo Estados Unidos el único país que no ha completado el proceso de ratificación) recoge en los 54 artículos de la Convención y sus tres protocolos facultativos (la participación de niños en conflictos armados; la venta de niños, la prostitución infantil y la utilización de los niños en la pornografía y el procedimiento de comunicaciones), los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos que todos los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a disfrutar.

Esta Convención destaca porque mira a la infancia desde su dignidad. Esta Convención reconoce a estos seres humanos menores de 18 años como individuos de pleno derecho de su desarrollo físico, mental, social, así como de expresar libremente sus opiniones y que éstas sean tenidas en cuenta en todos los asuntos que les afecten.

Esta Convención ayuda a concienciar sobre la importancia de la niñez. Porque los primeros años de vida son irrepetibles y trascendentales para la construcción de la personalidad y el desarrollo integral del ser humano que definirá la futura capacidad para ser ciudadanos y ciudadanas saludables, responsables. En esta etapa fundacional de la persona resulta crucial brindar el mejor entorno para el desarrollo de toda su potencialidad, y ello, con independencia del lugar en el que viva. Porque ellos y ellas son el futuro de la Humanidad. Y precisamente, debido a que en este período vital se está construyendo su identidad y formando su madurez física, mental y espiritual, los infantes son el colectivo más vulnerable. Y por ello se necesita de una especial protección y cuidados que garanticen su pleno desarrollo.

Si bien se han producido avances considerables en el cumplimiento de los derechos a la supervivencia, la salud y la educación a través de las prestaciones de bienes y servicios esenciales así como un reconocimiento cada vez mayor de la necesidad de establecer un entorno protector que defienda a la infancia de la explotación, malos tratos, abandono y violencia, aún queda mucho por hacer, máxime cuando el COVID ha agravado las desigualdades e injusticias revirtiendo los progresos sociales alcanzados en las últimas décadas y poniendo en peligro derechos de la infancia tales como la educación, la sanidad o el esparcimiento, los juegos y las actividades recreativas.

Es en este contexto de pandemia, de un mundo cada vez más interrelacionado y globalizado, con retos cada vez más complejos donde la Agenda 2030 se erige como urgente hoja de ruta a seguir, renovando el compromiso colectivo de la comunidad internacional para avanzar en la erradicación de la pobreza, el desarrollo humano y la transformación y superación de las desigualdades.

Es en esta Agenda 2030 cuando por primera vez aparece como clara prioridad la dignidad de los niños y niñas y su derecho a vivir sin temor ni violencia. Y fueron precisamente ellos y ellas, haciendo valer su derecho a ser escuchados en aquellas materias que les conciernen, quienes exigieron que la nueva agenda incorporara explícitamente la protección contra la violencia poniendo de relieve cómo la violencia afecta a numerosos objetivos y metas y cómo debe concebirse, además, como una prioridad independiente. Así, nace como hito histórico la meta 16.2, centrada en poner fin a todas las formas de violencia contra los infantes y conminando a la comunidad internacional a actuar hacia un mundo libre de temor y violencia.

Porque señalar en el calendario un día para la infancia sirve, además de para reconocer la labor de quienes trabajan a diario a favor de los niños y niñas y para dar a conocer unos derechos como paso previo a su defensa (no se puede proteger lo que se desconoce), para hacer un llamamiento mundial sobre las necesidades de los más pequeños cuyo derecho a la salud, a la educación, a estar seguros y protegidos debe garantizarse siendo corresponsables de la promoción, del cumplimiento y de adoptar las medidas necesarias para dar efectividad de estos derechos tanto los Estado como cada uno de los miembros de la sociedad (progenitores, personal docente y sanitario, dirigentes gubernamentales, líderes religiosos, personalidades de la política, el mundo empresarial, la sociedad civil y los medios de comunicación) que desempeñan un papel clave en el bienestar de la infancia y así asegurarnos que todos los niños y niñas del mundo disfruten de su infancia y se desarrollen de modo integral y alcancen su pleno potencial, lo que redundará en sus comunidades.

En esta tarea corresponsable de ser la voz de quienes en muchas ocasiones son silenciados por esa visión y concepción “adultocentrista” que tenemos de los menores, este día nos ofrece un punto de partida para llevar a cabo medidas inspiradoras para la defensa de los derechos de la infancia.

Esta inspiración nos la ofrece la propia Convención: nos recuerda que toda medida para dar efectividad a los derechos reconocidos en este tratado deben basarse en el interés supremo del infante; nos recuerda que el propósito es prepararle para una vida independiente en sociedad, para lo cual debe ser educado en el espíritu de los ideales proclamados en la Carta de las Naciones Unidas y, en particular, en el respeto a los Derechos Humanos y los valores culturales y nacionales propios y de civilizaciones distintas a la suya, en un espíritu de paz, dignidad, tolerancia, libertad, igualdad y solidaridad.

La Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AACID) no puede sino compartir el compromiso de la corresponsabilidad y la mirada hacia el niño y la niña como seres humanos que, aunque en proceso de formación, son plenos, dignos y sujetos de derechos y especial protección.

Prueba de ello es la cooperación al desarrollo que se hace desde Andalucía, cooperación que como política de Estado que es, se sustenta en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la que emanan valores como la solidaridad y la justicia; el Enfoque Basado en Derechos Humanos recogido en el III Plan Andaluz de Cooperación Internacional para el Desarrollo que transversaliza las actuaciones y el especial reconocimiento a la “infancia y la a juventud en riesgo, con especial atención a la lucha contra la explotación infantil y a los y las menores que estén excluidos del sistema educativo y a jóvenes excluidas y excluidos del mercado de trabajo, y a quienes padecen discapacidades”; pero sobre todo, la firme creencia y consideración de niños, niñas y jóvenes como agentes transformadores fundamentales del cambio hacia un mundo más equitativo, más justo en el que encuentren ya su espacio y protagonismo para imaginar un presente y un futuro, el suyo, con todas las posibilidades en equilibrio y armonía con la Vida.

Porque no hacerlo, supondría ser cómplices, por omisión, de mantener sistemas y estructuras generadoras de desigualdades e injusticias.

Porque no hacerlo, supondría dejar atrás a una cuarta parte de la población mundial, que es la población infantil.

Porque no hacerlo supondría cercenar cualquier esperanza de futuro.

Departamento de Educación para el Desarrollo

Nagore Gardoqui Albizu