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Breve historia de la Cartuja de Sevilla (I): El Monasterio de Santa María de las Cuevas

12 de junio de 2017

La denominada Isla de la Cartuja -que en realidad no fue quasi tal hasta 1982- está en estrecha relación con el río Guadalquivir desde siempre: sus frecuentes inundaciones han impedido la habitabilidad de esta zona de la que no contamos con testimonios prehistóricos -aparte algún pequeño poblado calcolítico cercano, situado, en todo caso, a cotas algo mas elevadas- ni antiguos -con excepción de una necrópolis romana, encontrada bajo un potente manto de deposiciones fluviales-. Como contrapartida, gracias a los buenos barros de esta margen del río, se vinculó a la alfarería, actividad unida a Sevilla desde la antigüedad (baste recordar que las patronas de la ciudad, las Santas Justa y Rufina, mártires romanas del siglo III, eran alfareras), constatándose, a través de las excavaciones arqueológicas realizadas previamente a la EXPO´92, la existencia de numerosos hornos cerámicos almohades, de los que uno de ellos está integrado en las actuales instalaciones del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.

Fotografía 1_Escudo nobiliario de Gonzalo de Mena

Fig. 1: Escudo nobiliario de Gonzalo de Mena
Foto: Esther Núñez Pariente de León

Sin embargo, a partir de 1248 cambió la situación: según la leyenda (no existe documentación textual o arqueológica que lo avale) en dicho año se halló, en un pozo de extracción de arcilla de los que habitualmente se denominan «cuevas de alfarero», una imagen de la virgen que, por el lugar de su descubrimiento, fue llamada Santa María de las Cuevas, dando con ello origen al nombre del posterior monasterio. Al objeto de rendirle culto, se construyó una pequeña ermita que quedó, inicialmente, bajo el cuidado de monjes franciscanos, para pasar después a manos de cartujos. La devoción de esta imagen, encontrada de forma tan «milagrosa», creció tanto que en 1400 el obispo hispalense Gonzalo de Mena comenzó la construcción de un templo para albergarla con propiedad, cuyo ambicioso proyecto arquitectónico hubo de paralizarse al año siguiente, debido a la muerte del obispo y la derivación de los emolumentos destinados a las obras, para las campañas militares del Infante de Antequera. En 1410, el prohombre sevillano Per Afán de Ribera propuso patrocinar las obras, que fueron reanudadas bajo la condición de exhumar y trasladar los restos mortales del obispo de Mena -que había sido, según su voluntad, enterrado en la Cartuja- y eliminar sus blasones -un lucero de ocho puntas que aún puede verse en algunos espacios del exterior (Fig.1)-, con el fin de dejar expedito el lugar a la familia Ribera. Las obras continuaron hasta finales del siglo XVIII, tanto por cuestiones inherentes a la comunidad monástica, como por los estropicios que generaban las frecuentes crecidas del río y, en 1755, por el terremoto de Lisboa, que afectó en gran manera las edificaciones (Fig.2).

Fotografía 2_El monasterio en sus inicios

Fig.2: El monasterio en sus inicios, previo a la construcción hacia la mitad del siglo XVIII de la monumental Puerta de Tierra de Ambrosio de Figueroa.
Foto: Pick_Diapos_016

La Cartuja de Santa María de las Cuevas se configuró como un centro muy rico debido, principalmente, a las donaciones y herencias de los grandes linajes sevillanos, de suerte que tanto en su arquitectura, como en los bienes artísticos que atesoraba, y en las demás propiedades (Gambogaz, Casasluengas…) que iba sumando a su haber, se configuró como un núcleo de gran importancia no exclusivamente religioso, sino también social. En realidad, era una pequeña urbe, encerrada entre sus muros (construidos más para defenderla de las inundaciones que de posibles invasores) y casi totalmente autárquica: de facto lo único que se necesitaba del exterior era el trigo ya que las aproximadamente 12 ha. del predio no resultaban suficientes para su cultivo. Por lo demás, había huertos colectivos e individuales, tanto para monjes como para legos; herbolarios para cultivar las plantas medicinales al uso en la farmacopea de la época; no comían carne de mamíferos o volátiles, pero sí peces, de manera que contaban con una prebenda papal para pescar en el Guadalquivir todo lo que necesitaran y, además, tenían galapagueros, ya que las tortugas se consideraban animales de agua y, por tanto, comestibles. Así mismo, existían todas las instalaciones que la vida cotidiana podía requerir: silos, molinos (uno de ellos musealizado en la entrada del IAPH,Fig.3), tahonas, carpinterías… y mantenían a personal civil, en amplio número, para realizar aquellas faenas que no recaían en la comunidad monacal.

Fotografía 3_Molino de harina cartujo

Fig.3: Molino de harina cartujo al que se superpone otro molino, ya de época Pickman, para molturar cuarzo, integrado en el IAPH
Foto: Esther Núñez Pariente de Léon

También contaba con dos hospederías, una para familiares y peregrinos y otra para las visitas ilustres; una gran biblioteca y dos cocinas de las cuales en la exterior, denominada de la carne, se podían cocinar productos cárnicos para los huéspedes.

El prestigio de la Cartuja fue creciendo, lo que acarreó la venida de muchos personajes ilustres: desde Isabel I, casi todos los monarcas españoles han visitado el monasterio y, en alguna ocasión, han efectuado una estadía más larga. Y también los mayores representantes del arte y la cultura: Murillo, Zurbarán (que realizó un programa iconográfio exprofeso para la Cartuja (Fig. 4), Santa Teresa (quién en el transcurso de un arrebato místico solicitó que se le construyera una capilla a Santa Ana, no obstante ya existir otra), Arias Montano, Martínez Montañés… y, así mismo, la familia Colón tuvo un gran vínculo con este monasterio: el Almirante, según se cree, estuvo por mucho tiempo consultando su magnífica biblioteca, previamente a reunirse con la reina Católica en Salamanca, manteniendo hasta su muerte un estrecho contacto, que le llevó a nombrar al prior como confesor y albacea de su hijo Hernando. También se dice que este sembró el ombú traído por el padre de tierras americanas, que aun perdura en el paseo al que ha dado nombre. Finalmente, Cristóbal Colón se enterró en suelo cartujo, aunque posteriormente fuera trasladado, posiblemente, a Santo Domingo. Esta relación biunívoca fue determinante a la hora de elegir a la Cartuja como Pabellón Real durante la EXPO´92.

Francisco de Zurbarán - San Hugo en el refectorio, hacia 1655, Museo de Bellas Artes de Sevilla

Fig. 4: «San Hugo en el refectorio cartujo», pintado por Zurbarán para la sacristía de la Cartuja
Foto: francisco-de-zurbaran-el-caravaggio.html

Sin embargo, no todo fueron luces para la Cartuja en sus siglos de oro (XVI-XVII): contra todo pronóstico, por cuanto la vida de los recluidos monjes pareciera estar al margen de las maldades del mundo exterior, también sucedieron aquí hechos reprobables: un joven fraile se suicidó al no poder soportar los rigores que imponía el prior del momento; y poco tiempo después, un monje desconforme por no adquirir el grado de presbítero, asesinó de forma terrible al prior y a un lego que se interpuso en su camino. El homicida iba a ser trasladado a la cárcel para su ulterior ejecución, pero los altos estamentos eclesiásticos se interpusieron, de manera que el reo permaneció 50 años recluidos en su propia celda hasta su muerte.

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Fig 5: Postal de la EXPO´92 con la Cartuja
Foto: http://www.todocoleccion.net/postales/postal-expo-92-sevilla

No obstante, los cartujos realizaban innumerables obras de caridad, como la de repartir pan todas las mañanas a los menesterosos que esperaban a las puertas del monasterio… Pero de entre todas ellas, la labor social que más reconocimiento les otorgó fue la de cuidar a los infantes «enhechados», es decir, a los niños expósitos que dejaban abandonados en las inmediaciones.

En el año 1540 se contabilizaban en la comunidad 24 frailes -lo que representaba una gran población al sumarles legos y seglares-, aunque poco después comenzó un lento e inexorable declive. El primer gran revés le vino de la mano del Conde-Duque de Olivares, que se apropió de la Cartuja hasta que, después de 10 años de litigios, le fue devuelta la propiedad a la orden religiosa.

Sin embargo, sería en 1810 con la invasión francesa, cuando la Cartuja sufrió el mayor desastre de su historia: fueron grandes los daños estructurales que soportó el conjunto, al ser dedicado a cuartel -concretamente la iglesia a cuadra- (como cosa «buena» decir que su cerca fue fortificada para mayor defensa del acuartelamiento), si bien la peor parte se la llevaron los bienes muebles de que era contenedora, al quedar totalmente desvalijada. Los frailes, en su huida, intentaron proteger todos aquellos tesoros que pudieron, para lo cual se dividieron en dos grupos y unos en barco por el Guadalquivir, con la intención de llegar a Cádiz y otros por tierra, en caballerías, con la idea de alcanzar Portugal atravesando la sierra de Huelva, portaron consigo tantos objetos artísticos y valiosos como pudieron, pero la suerte no les acompañó: a los que iban por el río, rápidamente los interceptaron los franceses, desposeyéndoles de todo, y a los que se fueron por tierra, que sí llegaron hasta el país vecino, el regente Juan de Portugal les arrebató los objetos litúrgicos y demás enseres de metales valiosos para fundirlos y acuñar moneda.

Un año después de la expulsión francesa en 1812, el intendente de Sevilla saca a subasta la Cartuja; sin embargo, en 1814 con Fernando VII, los cartujos volvieron. Bajo esas circunstancias, los frailes se dedicaron intensamente a reparar, en lo posible, los daños causados por las tropas napoleónicas, manteniéndose en esa situación hasta 1816. A partir de esta fecha, con los sucesivos cambios políticos, los escasos frailes que todavía permanecían en el monasterio vivieron en situación de semiclandestinidad: en 1820 Fernando VII firma la Constitución de 1812, dando por disuelta oficialmente la congregación, aunque los religiosos, pertinaces, continuaron en estos lares, restableciéndose la orden en 1823. Sin embargo, con la desamortización de Mendizábal en 1835-36, su exclaustración fue definitiva, cerrando con ello el capítulo monacal de la Cartuja.

Esther Núñez Pariente de León

Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico

2 Comentarios

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  1. WILLI
    21 Jun 2018

    DESEO CONSEGUIR EL CORREO DE ESTA MARAVILLOSA DIOSA DE ALTAI.

  2. Lidia
    27 Feb 2020

    He disfrutado muchísimo leyendo la historia de La Cartuja. Muchísimas gracias por el rigor histórico y lo ameno que ha hecho su relato .

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