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Colección Soria: la fascinación de una época

24 de julio de 2017

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Una de las principales funciones de un museo es promover la investigación de sus fondos y darlos a conocer al público. Es por ello que este año, el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, que renueva anualmente, con ocasión del Día de Andalucía, una vitrina original de la Exposición Iberoamericana de 1929, exhibe parte de la colección Soria, un conjunto de piezas analizadas por el profesor García Gutiérrez y recientemente revisadas por el investigador David Lacasta Sevillano en el marco de un grupo de investigación internacional liderado por la Universidad de Zaragoza.

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Forman la colección Soria un variado conjunto de más de 300 objetos artísticos japoneses que Joaquín Soria adquirió en la segunda mitad del siglo del siglo XIX y principios del XX y que donó en 1923 al Museo de Bellas Artes de Sevilla, quien la depositó posteriormente en esta institución.

La mayor parte de la colección la componen piezas de delicada porcelana y cerámicas de las escuelas llamadas Kutani-yaki y Satsuma-yaki abarcando una gran cantidad de tipologías de objetos decorativos o del servicio de mesa. Se trata de producciones cerámicas destinadas a la exportación que en un principio respetaban el canon original japonés pero que rápidamente se adaptaron al gusto occidental acomodando formatos y decoración.

La colección también incluye una excelente serie de esculturas de marfil del siglo XIX, entre las que destacan una magnífica representación del ciclo de las edades de la mujer: juventud, madurez y vejez, o un conjunto de personajes ataviados con los atributos de oficios cotidianos (algunos de ellos pueden contemplarse en la exposición temporal “Animalia” en este mismo Museo hasta el mes de septiembre de 2017). La perfección alcanzada en la eboraria es reseñable, llegando a poder expresar, a través del marfil, los sentimientos interiores de los rostros o las texturas de los materiales figurados.

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Completan la colección una serie de cajitas denominadas “netsuke”, pequeñas esculturillas frecuentemente talladas en marfil o madera, diseñadas para llevarlas colgadas con una función práctica, ya que la vestimenta tradicional japonesa carecía de bolsillos; así como pebeteros y piezas de bronce de pequeño formato, entre las que destaca un samurai blandiendo el sable con una notable expresión del movimiento.

 

 

 

 

 

A finales del siglo XIX, el País del Sol Naciente, tras siglos de aislamiento, abre sus fronteras. Se inicia así un período de aperturismo y modernización, en el que el propio Japón se presenta al mundo. Además de la intensificación de las relaciones comerciales, las diversas Exposiciones Universales celebradas en esa época en Europa y Estados Unidos sirven de plataforma de presentación y escaparate privilegiado de la industria y la artesanía nipona. La extraordinaria calidad técnica y el preciosismo en su decoración, así como el exotismo representado por sus manufacturas, causaron un gran impacto en la población occidental, ávida de nuevos modelos y estímulos, que comienza a demandar estos productos.

 

 

 

 

El arte y la cultura oriental influyen de manera decisiva en las corrientes artísticas occidentales del momento como el Modernismo o Art Déco, llegando a materializarse en el Japonismo, donde el arte japonés sirve de inspiración y renovación estética a los artistas europeos, como ya ocurriera con el Orientalismo de la mano del colonialismo francés e inglés.

 

 

Las piezas artísticas japonesas que se envían a Occidente son producciones diseñadas ex profeso para la exportación. Los talleres disponían de líneas y modelos diferenciados para el consumo interno y el externo, de ahí que fabricaran juegos de té con azucareros y lecheras, a pesar de que el azúcar y la leche no formaban parte de la dieta tradicional japonesa y de que consumían el té en boles sin asa. Aún así, llegan formas y tipos que no encajaban en los hábitos de consumo occidentales como pebeteros, tazas de sake, pequeños cuencos para salsas, etc., asumiendo un carácter más decorativo que utilitario.

 

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El estudio y el análisis de las formas del ajuar de mesa y su evolución no responde a un interés erudito por la taxonomía clasificatoria de tipologías sino que constituye un vehículo que permite vislumbrar los hábitos de consumo, la comensalidad, la dieta y la gastronomía, e incluso la estructura familiar de distintos grupos sociales en un momento determinado y cómo estos han evolucionado. La ausencia de grandes fuentes, bandejas e incluso platos con el tamaño propio de Occidente nos indican otra forma de comer, de servir la mesa, otras técnicas culinarias, etc.

 

De un lado, la colección Soria es un ejemplo más de cómo la burguesía emula a la realeza y aristocracia europea y a sus “gabinetes chinos” áulicos, iniciados siglos antes con las “porcelanas de Indias” y decorados con “pinturas a la chinesca”. El deseo de aparentar lleva a la alta sociedad a exponer de forma estética sus adquisiciones, fundiendo arte y decoración como en los interiores cortesanos, con un afán de reafirmación social y personal que conlleva la concepción de un entorno doméstico pensado en función de las relaciones y del prestigio. Observamos así una presencia recurrente de retratos de las clases acomodadas con biombos, kimonos o porcelanas. Se desarrolla entonces un particular coleccionismo, germen de las grandes colecciones privadas que hoy se exhiben en los museos, como es la que presentamos, una de las más destacadas del panorama nacional.

 

Por otro lado, esta colección materializa el interés y la atracción propia por descubrir la alteridad y lo desconocido. Un “oriente” contrapuesto a un “occidente” que sirve para situar una evocación lejana, un topos mental donde ubicar lo misterioso, lo fascinante, lo exótico en definitiva, que se traslada físicamente conforme la sociedad occidental avanza en el conocimiento de esos territorios. Un “lugar”, que, como ya ocurriera con el orientalismo, se conformaba a base de estereotipos y tópicos, la mayoría de las veces retroalimentados por el propio emisor, interesado en consolidar esa visión fantástica y enigmática de sí mismo.

 

La fascinación por la alteridad y las culturas desconocidas es tan antigua como el hombre, del mismo modo que el anhelo de reconocimiento y estatus social a través de la apropiación de signos portadores de prestigio. La importancia de esta colección no sólo radica en su evidente belleza y calidad artística y técnica, sino en su capacidad para documentar un momento histórico determinado acercándonos tanto a la sociedad que la creó como a la que deleitó. Nos encontramos pues ante el testimonio de la fascinación de una época, de una época fascinante.

Carmen García Morillo
Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla

2 Comentarios

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  1. cristhian polo carrasco
    12 Feb 2019

    extraordinaria colección…preciosa…felicitaciones.

  2. cristhian polo carrasco
    14 Jun 2019

    extraordinaria colección de piezas orientales, delicadas y exquisitas ..bellas …sublimes …delicadas…

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