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Patrimonio en femenino: La memoria grabada en piedra

05 de marzo de 2020

Hace ya siete años que empezamos un “hilo” (como hoy se denomina en redes) en este blog con el título genérico de Patrimonio en femenino, y subtítulos diversos según el tema a tratar cada año.

Hoy incidimos en recuperar esa memoria de mujeres que construyeron ciudad, a pesar de las limitaciones y de la desigualdad imperante a lo largo de la historia. Retomamos así la cuestión de mujeres que hacen ciudad, tratada genéricamente también en otro post de esta serie.

Y nos centramos en la mujer romana, profusamente representada en nuestros museos pero sobre la cual hay que seguir investigando y exprimiendo todas aquellas lecturas obviadas en siglos de estudio.

Las mujeres romanas que carecían del estatus de ciudadanía y a las que las leyes les imponían una sujeción al varón, supieron sobreponerse a esa situación y lograr importantes cambios legislativos a partir de mediados del siglo I a.C. Si su valor fundamental era dar hijos a Roma y educarlos como ciudadanos, lograron superar ese papel con su propio esfuerzo y dinero, y se convirtieron en protagonistas de los espacios públicos destinados en principio sólo a los hombres, a través del llamado matronazgo cívico¹ . Su sello quedó impreso sobre todo en piedra, en las inscripciones que hoy estudiamos desde la perspectiva de género, y sobre todo en los pedestales de estatuas.

Los personajes locales que aportaban beneficios a su comunidad a través del mecenazgo o evergetismo, ambicionaban como un honor fundamental que los magistrados de su ciudad les concedieran una estatua, perpetuando así su recuerdo. Y esas estatuas no sólo se dedicaban a los varones; las mujeres estaban también presentes en un número considerable.

Además del matronazgo, la ocupación del sacerdocio fue una de las pocas vías que permitían a la mujer romana obtener honores de su comunidad y participar en la vida pública municipal.

Uno de los honores más ambicionados por los notables locales fue la concesión por parte de los magistrados de la ciudad de una o varias estatuas que recordasen al honrado o a la honrada, y que perpetuaran su recuerdo en la memoria colectiva.

Así, las inscripciones también nos informan cómo se adoptan y adaptan los cultos que son aprovechados por las mujeres para afianzar su identidad y que se perpetúe su memoria cívica².

En el Museo Arqueológico de Córdoba contamos con una pieza excepcional: el pedestal de estatua con inscripción dedicada a Licinia Rufina, que ejerce el sacerdocio perpetuo en los municipios de Ipsca: Castro del Rio, donde se encontró, Iliberri (Granada) y Claritas Iulia Ucubi (Espejo).

A Licinia Rufina, hija de Quinto, sacerdotisa perpetua en la Colonia Claritas Julia (en el Municipio Castro Prisco) y en el Municipio Florentino Iliberritano, amantísima de sus paisanos, la República Contributa Ipscense, por sus méritos, le dedicó una estatua de bronce por suscripción pública. Licina Rufina, hija de Quinto, habiendo aceptado el honor, condonó el gasto.

El honor de que su imagen embelleciera su ciudad fue decretado por el propio municipio, lo que indica el importante papel de Licinia en la vida pública. Y ese privilegio viene avalado por la denominación que se le atribuye a Licinia en el pedestal: amantissima civium suorun, lo que demuestra el afecto cívico hacia sus conciudadanos, y que a su vez era muy querida entre ellos al erigirle éstos la estatua de bronce.

Muestra así esta pieza cómo el recuerdo grabado en piedra pervive en la memoria colectiva hasta llegar al presente.

Mª Dolores Baena Alcántara
Directora del Museo Arqueológico de Córdoba

¹ Cándida Martínez López (2011): “Amantissima civium suorum: Matronazgo cívico en el Occidente romano “Arenal: Revista de historia de mujeres,, 18:2;pág. 277

² María Pilar Molina Torres (2018): “La esfera religiosa de la mujer romana: espacio público vs privado”, Arenal: Revista de historia de mujeres, págs. 125-143

Un comentario

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  1. José Antonio Morena
    05 Mar 2020

    Muy interesante la pieza, sin duda, y excepcional por la información que transmite sobre esa sacerdotisa que lo fue en tres ciudades de la Bética: Ipsca (Baena, no Castro del Río), Iliberri (Granada) y Claritas Iulia Ucubi (Espejo). La lectura sobre un posible Castrum Priscum se debe a una lectura errónea o mal interpretada de la línea sexta de una inscripción (CIL II2/5,387 = II, 1572). La inscripción fue trasladada a comienzos del siglo XVII del lugar de su hallazgo a Castro del Río para servir de pedestal a la cruz que llamaban de Mari Montes. Allí la leyó y copió el célebre anticuario y coleccionista cordobés Pedro Leonardo de Villacevallos en 1736.

    Este error no fue advertido hasta que Emil Hübner revisó y ordenó el material epigráfico hispánico para el CIL y en lugar de Castrum Priscum como leyeron algunos debía leerse Contributa Ipsca.

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