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El cerco de Numancia. Verbo producciones

En Málaga, a las 22:00 horas

 

A la guerra se va a matar o a morir con honor. Esta había sido la consigna clásica desde los tiempos de Troya. Una consigna que se quebró durante la conquista de Numancia. A partir de esta guerra las naciones tuvieron claro que a la guerra se iba exclusivamente a vencer. Fuera cuales fueran los métodos. Quizás por eso dicen Polibio y Calpurnio Pisón, testigos presenciales de estos sucesos, que con las guerras de Iberia, Roma entra en decadencia y pierde la honradez, queriendo expresar, sin duda, que lo que hubo fue un desplazamiento del modo de percibirse el hombre frente al mundo y frente a los dioses. Si en Troya la victoria fue un acto de justicia, en Numancia es un acto de astucia. Los dioses ya están de parte del justo sino del vencedor.
 
Esta doble concepción, la clásica, encarnada en el sentir del pueblo numantino, y la moderna, implantada por el genio del general Escipión, es la que entra en conflicto en el cerco a Numancia. La historia es sencilla y mil veces repetida a lo largo de los siglos. Un pueblo poderoso y en plena expansión imperialista choca con una pequeña ciudad que se resiste a ser doblegada. Aún humeaba la ciudad destrozada y ya estaba convertida en símbolo. Lo que convirtió a Numancia en paradigma de entereza y rebeldía y lo que conmocionó a sus contemporáneos y aún hoy nos sigue estremeciendo fue la firme convicción de sus ciudadanos de que la libertad es innegociable y de que la muerte es preferible a una vida de renuncia y servidumbre.
 
Los historiadores cuentan que al cerco de Numancia sobrevivieron unos cincuenta ciudadanos, presentados luego en triunfo por las calles de Roma por el general victorioso. Cervantes, siguiendo tal vez la versión de Florián de Ocampo en su Crónica General de España, prefirió maquillar la historia y contar que Publio Cornelio Escipión Emiliano entra en una Numancia empedrada de cadáveres y entregada por entero al sacrificio. Nosotros hemos respetado esta versión cervantina, más romántica, más idealizada, más literaria y, por lo tanto, más humana.

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